Todavía no sé que es más fácil - dijo Alejandro mientras lavaba su navaja de afeitar - si lograr que me entiendas o entenderme a mí mismo. Todavía no sé que es más difícil, si alejarme o sufrir a tu lado, respondió desde la oscuridad una delicada voz que parecía sollozar ante las frías palabras. Con su mirada perdida en el espejo del baño Alejandro intentaba recordar por qué estaba tan confundido y tan adolorido. El vapor del agua empañaba el espejo y ya se hacía tarde para que saliera a su rutinaria vida. El mismo autobús que cubre la misma ruta, que avanza por las mismas frías calles y que lleva al mismo lúgubre parque donde Alejandro desperdicia los últimos años de vida.
No era una mañana normal, de un día normal. La soledad con la que Filomena convivió ese día no se podía comparar a la de los últimos treinta y cinco años. Toma la escoba como de costumbre y recorriendo la casa con su particular movimiento trata de escribir, con la mugre del suelo, el triste lamento que en su corazón suena y que solo con los gemidos de su llanto había podido expresar.
No era un mediodía normal, de un día normal. El almuerzo que Alejandro acostumbraba a saborear en la esquina del lúgubre parque, justo cuando las manecillas del reloj parecían bostezar de hambre, tenía el sabor más amargo que jamás alguien haya probado. El sabor de la fatalidad con la que Alejandro sobre una servilleta de papel, representaba con sus extraños signos, a los que llamaba letras, las palabras de lo que sería la última carta que Filomena leería.
Solo motas, el gato, había visto a Filomena lamentarse tantas veces por la absurda decisión que tomó de dejar regresar a Alejandro a su lado. –Es que no puedo vivir sin él – le decía al gato pretendiendo tener con quien hablar. Pretendiendo como pretendió tantas cosas que solo ella imaginaba. Ella y su corazón que era como el último grafema que quedaba en el idioma de amor que había inventado.
No era una tarde normal, de un día normal. No era nada normal. No era normal el papel, ni el lápiz, ni el grafito que quedaba esparcido sobre la anormal textura del trozo. No eran normales las lágrimas con las que parecía estar escribiendo Filomena. Motas ronroneando se acerca a sus piernas como suelen hacer los gatos en busca de caricias. Lo levanta sobre la mesa y como si pudiese entender le lee lo que ha quedado plasmado en lo que para ella es casi un monumento de libertad, erguido entre dolor y llanto y escrito con su puño y su letra.
No era una noche normal, de un día que ya no era normal. Alejandro, tal vez cansado o indeciso por lo que planeaba hacer de nuevo, no tomó el autobús de costumbre sino que caminó las doce cuadras y cruzó las tres avenidas que separaban su calurosa casa del lúgubre parque. Caminaba tal vez para retractarse. Caminaba tal vez para despejarse. Pero con las luces de las calles y las sombras en la carretera intentaba graficar imaginariamente lo que los últimos días había calculado con la destreza que solo la ingeniería ejercida por tantos años le permitiría. Un suspiro más, una cuadra más y estaría en su casa para empacar lo que no hacía mucho había desempacado de su vieja maleta de cuero. Tembloroso, un poco, saca las llaves del bolsillo. Se despeja la garganta para saludar. Abre la puerta. Pero ya no era un día normal, Filomena se había ido.