La
soledad es el enemigo más grande de la mujer y a su vez, el amigo más peligroso
que pueda tener. Es en ella misma, la falta de razón que perturba la salud del
pensamiento de quien sea su fiel aliado. Desolada, perturbada y hermosa vive
Luciana. Una casa antigua de su pertenencia es el escondite perfecto para ella hace
más de 20 años. Sola y muy bien acompañada recorre los pasillos y los rincones
de su palacio imaginario, deteniéndose en cada espejo para deleitarse en su
propia belleza. Por poco narcisa, por poco perfecta, por poco enamorada de ella
misma pasa hora tras hora de sus días contemplándose.
Cada
mañana entra a la cocina con afán de preparar las dos tazas de café que sirven
de consuelo y alimento para Augusto y para ella. Perfecto, casi como ella; de
piel blanca, casi como la de ella; de labios rojos, casi como los de ella; de
ojos profundos, casi como los de ella; de apariencia casi como la de ella no
prueba ni un sorbo del café, solo se sienta a contemplar la belleza de Luciana
hasta que la silla queda vacía. Misteriosamente jamás han cruzado palabra, solo
compañía. Misteriosamente nadie jamás le ha visto excepto ella. Misteriosamente
no vive, únicamente lo hace para ella.
Se
levanta de la mesa urgida y ansiosa de recorrer espejo por espejo de su casa,
pero su cotidiano ritual no comienza hasta que entre en su cuarto y pose desnuda
ante su más grande amor. Lentamente desprende su vestido y lo deja caer de
arriba hacia abajo. Su piel, como de durazno, queda expuesta. Se recuesta y
pareciera que hasta los ángeles le ayudaran.
Toma aire, se sonríe, abre los ojos para
mirarse y entre un borroso reflejo despierta a la realidad. La soledad le ha
robado la cordura.