Estaba pensando que
hace rato no actualizaba mis entradas en este blog, hasta que esta mañana me
desperté con una sensación muy extraña en el pecho. Inmediatamente supe que
debía retomar mis textos porque necesitaba liberar la presión que me causaba.
Envuelto en mis
cobijas, abrazado a Morfeo, lo único que quería era permanecer ahí, enrollado como
una oruga en plena metamorfosis. Quería aferrarme a esa sensación en el pecho
que me hacía sentir vivo. Quería agarrarla y sentir que el corazón me latía y
se detenía a la vez. Estaba seguro que algo grande estaba pasando. No sabía si
eran sueños que se escapaban de mi mente para hacerse realidad o eran los
delicados recuerdos de ti que estaban volviendo a la vida en un corazón casi
fosilizado.
Es difícil describir
los siguientes minutos porque, sigo insistiendo, tenía la sensación de que algo
especial iba a pasar. Tengo que confesar que pensé que eras tú, que de nuevo revivías
en mí y que capturabas mi inconsciente consciencia que no hace más que
pensarte. Pensé que era un fantasma amigable que venía a levantarme de mi cama
para hacerme volar un mundo surreal en el que solo existimos tú y yo.
Pero mientras
avanzaban los segundos que se hacían minutos, la sensación en mi pecho se hizo
más fuerte. Quería correr, quería gritar, quería respirar, quería no
redescubrir que tengo neumonía.