jueves, 13 de octubre de 2011

Hoy pasó por mi lado un bus sonriendo y me alegró la mañana...

Siempre he tenido la extraña idea de que los carros tienen cara. Hace parte de su diseño y quienes piensan igual o logran notar que así los hacen, pueden diferenciar un sin número de expresiones en el frente de los vehículos. Por cuestiones culturales decimos  que la mascota se parece al amo, pero que un carro tiene la misma cara del dueño suena algo raro. Si bien es cierto que un carro limpio y bien cuidado es producto de un dueño muy cuidadoso, no creo que alguien entre a un concesionario preguntando si tiene carros de cara triste o feliz.

Pensar en eso me recuerda mi niñez y los viajes a la costa en el platón de la camioneta de la familia. Porque desde esa época miraba los carros justo a la cara mientras pasaban por el carril de al lado. Creía que los camiones iban serios por tener que llevar esas pesadas cargas. Que los buses tienen caras aburridas por hacer siempre lo mismo durante horas. Que los carros más pequeños llenos de maletas y familias iban sonriendo porque estaban de paseo. Pero ahora que he crecido aprendí a valorar algo más que la cara de un carro. El motor, la suspensión, las llantas, los frenos, en fin todo lo que se supone un hombre debe saber valorar de un carro, sobre todo la marca. Porque aunque la idea del carro es transportar, hoy por hoy, la bandera blanca y azul o los círculos entrelazados  dan estatus y posición. Muy pocos son los que contienen la cabeza para no girarla cuando pasa uno de esos convertibles dos puestos por el lado, casi siempre con un anciano frente al volante o el culicagado hijo del anciano creyéndose más que todos.

Mientras tanto yo en mi bus de sillas rotas y ambiente a cebolla, esperando que avance para llegar a mi casa. Pasan unos segundos frente al semáforo en verde y me pregunto por qué tienen la maldita costumbre de esperar justo ahí para ganar tiempo, si cuando se ilumina el verde la idea es avanzar. Parece que al único que le importa es a mí, por lo que no tengo más remedio que guardar silencio y mover la pierna derecha hacia arriba y hacia abajo más rápido y más fuerte. Me distraigo con alguna vitrina de algún almacén del centro y sigo esperando. Me pregunto por qué no tengo carro y recuerdo las palabras de un buen amigo que me decía que tenía que disfrutar del bus que cuando tuviese carro lo iba a extrañar, sonrío levemente tratando de entender su disparatada idea pero no puedo. Salimos del centro donde se supone está el trancón, damos un par de vueltas más por la ciudad, porque gracias a al sistema de transporte en bus en esta pequeña ciudad un viaje en bus es casi al estilo de un City Tour.

Salimos a encontrar la autopista esquivando huecos, charcos y un par de sus colegas atravesados que se creen dueños de la vía. Avanzamos unas cuadras más y llegamos al puente donde creo que ya coroné mi travesía y me alegra saber que voy llegando. Pero en el último semáforo por la ruta que voy noto algo extraño. Un bus que también va para donde me dirijo va en sentido contrario como quien huye de una catástrofe. Pensé lo peor inmediatamente, una avanzada de Lucho, o peor aún de Celestino. Me calmé y pensé algo menos destructivo, tal vez el puente se cayó. Pero el puente estaba ahí, lo podía medio ver un poco a través de la cortina de “Solo personal autorizado” que separa la gente normal de “Las chicas lindas” y el conductor. Pero como no puedo ver qué pasa pensé que estaba fuera de ruta y me calmo hasta que veo la lentitud dudosa con la que el conductor se acerca a mi tan amado puente. Su mano derecha suelta la palanca de los cambios, mientras mantiene su lento paso en primera, para rascarse su calva cabeza y tratar de activar las neuronas para pensar clara mente. Logro ver qué pasa. El puente no está quebrado, está lleno de carros y los automotores ocupan las vías cercanas haciendo fila para pasar. Al fin el alopécico comandante de mi futuro inmediato decide hacer fila y como por arte de magia tres carros más lo rodean. Ya no hay escapatoria y ni siquiera estoy en el puente. Pienso en la 26 de Bogotá y me digo a mí mismo que todavía en este pueblo no se sabe lo que es un trancón de verdad. Mientras casi paralíticamente avanza mi carruaje mecánico otro viene bajando, viendo el mismo trancón que yo veo. Lleno de personas casi al triple del mío. Pero no es igual. Viene sonriendo. Tal vez porque disfruta su trabajo. Quizás porque en su adornado tablero está estrenando santo. De pronto porque ya había pasado por ahí y estaba disfrutando la laguna en la que estaba la obra de más adelante. Pero sin importar la razón que tuviese me hizo cambiar mi actitud. Me cambió el estado de ánimo. Si él puede yo puedo. Hoy pasó por mi lado un bus sonriendo y me alegró la mañana...

viernes, 7 de octubre de 2011

Mis textos no son yo...

En estos días me he visto en la penosa tarea de explicar, en repetidas ocasiones, por qué no necesito terapia psicológica. Y es que ha sido complicado manejar la cara de pesar con la que me miran algunos después de leer mis textos en este blog. Me ponen la mano en la espalda  con los ojos llenos de llanto pensando en lo terrible que debe ser como yo. Tengo que confesar que después de cada una de esas charlas he quedado con la desagradable sensación, que en lugar de invitarme a buscar un psicólogo que ayude a lidiar con mis traumas, debieron ofrecerme trabajo, plata u otro tipo de beneficios a los que uno realmente pueda decir que sí. Algo de lo que valga la pena aprovecharse. Pero como esas cosas no pasan y quiero que sigan leyendo mi blog escribo y explico por qué mis textos no son yo.

Mis textos no son yo porque soy más que lo que cabe en un par de páginas. Aunque estén llenas de detalles que puedan relacionar los que me conocen un poco más de cerca. Un texto es un texto. Y menos mal que existen estos espacios de libre expresión porque pobre de Pirry si no pudiese decir lo que se le antoja, pobre de Daniel Samper que no podría criticar y pobre de mí que no podría soñar. Definitivamente mis textos no son yo aunque escriba sumergido en ellos. No son yo aunque yo los escriba. Mis textos no son yo aunque a veces no lo crea. No son yo aunque a veces me confunda y no esté tan seguro.

No pueden ser yo porque no los entenderían.  Sería como leer algo que te enoje, luego te haga llorar un rato, con un juego de palabras estas muerto de la risa y al final un poco deprimido porque el texto no era lo que esperabas. Sería más largo que la Biblia y más enredado que un libro de filósofo postmoderno. Están enriquecidos con vivencias e imaginación, con apuntes de conocidos y letras de canciones, viven más allá de la imaginación pero mucho antes de la realidad. Mis textos tal vez no son míos sino de ustedes, porque de una u otra manera expresan en primera persona lo que sentimos y vivimos colectivamente.

No puedo negar que cuando escribo la primera frase es difícil detenerse. Porque sin querer empiezan en mi mente lo real y lo imaginario a jugar en una sinfonía de recuerdos no vividos, enlazados con las dulces melodías de las mil canciones dedicadas y la amargura de los desengaños. Es difícil no quedar impregnado en ellos cuando me hacen desahogarme, liberarme, o tal vez, transformarme en lo que no soy y a la vez soy. Es mi mundo y lo comparto porque mis textos no son yo, yo soy mis textos.