Te dedicas a explorar un universo
infinito de posibilidades remotas de conseguir lo que algún día soñaste. Te
dedicas a anhelarlo, a suspirarlo, a desearlo y a quererlo. Te dedicas, con
toda la dedicación que posees a imaginar que sea posible, que sea real. Te dedicas
a planear cómo conseguirlo, cómo arrebatarlo y cómo conquistarlo. Te dedicas a
dedicarte a eso sin angustias y sin futuro, solo con la certeza de tener un
segundo a la vez para vivir. Haces check
list, te aseguras que no falte nada y ejecutas tu plan. Te colmas de
grandeza, de fuerzas, de seguridades un poco inseguras, te inundas de fe, de
armas, de valor infinito y muchas destrezas. Le pides a la vida que juegue de
tu lado y que los planetas se alineen para que nada falle en tu labor.
Paso a paso empiezas a construir
lo tuyo. No importa cómo se llame o cómo lo llames todo es igual. Ladrillo
sobre ladrillo vas construyendo los muros que sostendrán el techo de tu refugio.
Aprendes a contar los días, porque para bien o para mal, lo que haces mientras
construyes depende de ti y es lo más especial que podrás recordar. Es ese
tesoro que guardas en el fondo del alma porque no sabes si al terminar tu obra seguirá
siendo tan tuya como cuando empezaste. Pones tu vida, tu corazón y tu todo en
los detalles. Empiezas a creer que tiene forma de algo. Empiezas a soñar con
que tiene sentido y hay esperanza. Empiezas a entender que después de todo nadie
sabe bien, para quién trabaja.
Cuentas y recuentas las marcas de
los días vividos que hiciste en la pared. Sumando y restando no sabes al fin si
suman noventa y nueve, o cien, o ciento uno. No sabes si importan las cuentas
porque tienes eso en el interior que te advierte que lo que creías que iba a
ser para ti, no lo será. No sabes si importa el ingenio porque tienes eso en el
alma que te advierte que lo que creías tener seguro, nunca fue tuyo. Palpita en
el corazón ese amargo sinsabor de entregarlo todo y no recibir nada cambio.
Palpita y desespera esa amargura que queda, por haber marcado sobre el cemento
fresco los ideales de un incierto porvenir. Porque aunque no quieras te diste
cuenta que construiste en falso y que ahora nada podrá borrar su nombre de ahí,
excepto derribar y volver a construir. Sin querer, notaste que haces parte de
una cadena. Que lo que tú dedicaste ya fue dedicado. Que lo que cantaste fue
reciclado y cantado a alguien más. Que lo que escribiste fue olvidado porque le
escribieron a alguien más. Porque todo lo que pensaste, fue re-pensado con
otro.
Y ahí, inmutable, suscitas
compasión y lástima porque ya la burla y la risa se le agotaron. No te queda
más que el escozor de una herida sin sanar y ver cómo perdiste el tiempo. Ya no
es necesario lamentarse por lo que no hiciste, definitivamente, el que no hace
ve hacer. Empacas los versos que quedaron, los suspiros que sobraron y la poca
cordura que te queda. Es que siempre es difícil entender que nadie sabe para
quién trabaja.