miércoles, 26 de junio de 2013

Nadie sabe para quién trabaja.

Te dedicas a explorar un universo infinito de posibilidades remotas de conseguir lo que algún día soñaste. Te dedicas a anhelarlo, a suspirarlo, a desearlo y a quererlo. Te dedicas, con toda la dedicación que posees a imaginar que sea posible, que sea real. Te dedicas a planear cómo conseguirlo, cómo arrebatarlo y cómo conquistarlo. Te dedicas a dedicarte a eso sin angustias y sin futuro, solo con la certeza de tener un segundo a la vez para vivir. Haces check list, te aseguras que no falte nada y ejecutas tu plan. Te colmas de grandeza, de fuerzas, de seguridades un poco inseguras, te inundas de fe, de armas, de valor infinito y muchas destrezas. Le pides a la vida que juegue de tu lado y que los planetas se alineen para que nada falle en tu labor.

Paso a paso empiezas a construir lo tuyo. No importa cómo se llame o cómo lo llames todo es igual. Ladrillo sobre ladrillo vas construyendo los muros que sostendrán el techo de tu refugio. Aprendes a contar los días, porque para bien o para mal, lo que haces mientras construyes depende de ti y es lo más especial que podrás recordar. Es ese tesoro que guardas en el fondo del alma porque no sabes si al terminar tu obra seguirá siendo tan tuya como cuando empezaste. Pones tu vida, tu corazón y tu todo en los detalles. Empiezas a creer que tiene forma de algo. Empiezas a soñar con que tiene sentido y hay esperanza. Empiezas a entender que después de todo nadie sabe bien, para quién trabaja.

Cuentas y recuentas las marcas de los días vividos que hiciste en la pared. Sumando y restando no sabes al fin si suman noventa y nueve, o cien, o ciento uno. No sabes si importan las cuentas porque tienes eso en el interior que te advierte que lo que creías que iba a ser para ti, no lo será. No sabes si importa el ingenio porque tienes eso en el alma que te advierte que lo que creías tener seguro, nunca fue tuyo. Palpita en el corazón ese amargo sinsabor de entregarlo todo y no recibir nada cambio. Palpita y desespera esa amargura que queda, por haber marcado sobre el cemento fresco los ideales de un incierto porvenir. Porque aunque no quieras te diste cuenta que construiste en falso y que ahora nada podrá borrar su nombre de ahí, excepto derribar y volver a construir. Sin querer, notaste que haces parte de una cadena. Que lo que tú dedicaste ya fue dedicado. Que lo que cantaste fue reciclado y cantado a alguien más. Que lo que escribiste fue olvidado porque le escribieron a alguien más. Porque todo lo que pensaste, fue re-pensado con otro.


Y ahí, inmutable, suscitas compasión y lástima porque ya la burla y la risa se le agotaron. No te queda más que el escozor de una herida sin sanar y ver cómo perdiste el tiempo. Ya no es necesario lamentarse por lo que no hiciste, definitivamente, el que no hace ve hacer. Empacas los versos que quedaron, los suspiros que sobraron y la poca cordura que te queda. Es que siempre es difícil entender que nadie sabe para quién trabaja.

lunes, 17 de junio de 2013

Solidaridad Masculina...

Es bien sabido que cuando los hombres discutimos con las mujeres siempre llevamos las de perder. No solo porque el genio de algunas sea más poderoso que el de Aladino, sino porque en argumentos nos quedamos cortos. No importa cuánto leamos ni qué tan doctos nos creamos en ciertos temas, al final, ellas siempre van a ganar. Estemos solos o acompañados no daremos a basto juntando argumentos lógicos, o ilógicos, para tratar de ganar y siempre serán ellas las víctimas de toda nuestra supuesta crueldad. Esa crueldad que se propaga como una enfermedad entre todas sus amigas al peor estilo de pandemia viral de AH1N1 con solo recibir una llamada. Esa sensación que sentimos los hombres de ser juzgados por la ofendida y sus amigas, no es más que la solidaridad femenina.

Por eso propongo que los hombres inventemos la solidaridad masculina. No nos pisemos la manguera entre bomberos señores. Es que entre nosotros todo es tan diferente. Si salimos mal librados en alguna relación con una mujer nuestros amigos son los primeros en hacerse amigos de ella y burlarse de nosotros. Si nos terminan son los primeros en meter el dedo en la herida y si somos los primeros en terminar están haciendo fila para "gusanear". Por eso, amigos, hagamos un alto en nuestras vidas y decidamos ser mejores que eso, mejores que el instinto, no importa que la ex de mi amigo sea Jennifer Aniston o Natalia París ¡No señores! solidaridad masculina.


Unamos fuerzas y exijamos los derechos de la masculinidad. No se trata de ser princesos ni más faltaba, los hombres de verdad no sufrimos de esas estupideces. Se trata de dar y recibir. Porque o nos cogen de marranos o nos extorsionan pero siempre se salen con la suya. Bueno, pues llegó el momento de estandarizar las tarifas del gremio y definir qué cosas estamos dispuestos a dar y cuáles exigimos recibir. Los hombres también esperamos invitaciones, llamadas, visitas y bobadas así. Al menos esperamos que jueguen limpio y nos digan lo que sienten sin tapujos ni condiciones. Si quieren jugar con nosotros, díganlo. Si hay reglas, díganlo. Si no hay reglas, díganlo. Pero definitivamente es dando y recibiendo. Empecemos a exigir que nos llamen, que nos digan que nos piensan, que se les escape un mensaje de texto de vez en cuando, que en ocasiones nos rueguen un poquito. No permitamos más patanería por parte de ellas porque los hombres buenos todavía existimos y estamos uniendo nuestras fuerzas para crear la solidaridad masculina...

martes, 11 de junio de 2013

Así es el alma del que mata la fiera y le asusta la piel...

Ese entusiasmo con el que a veces la gente se levanta, en el que se apoyan para soñar y creer que todo puede ser posible, con el que quieren caminar todo el día y  esperar que no los abandone, ese entusiasmo, es el que no conozco. No conozco entusiasmo alguno, porque cuando pretendo presentarme o que se presente formalmente termina siendo la fantasía inconclusa de algún sueño perdido. Ese corazón acelerado que muchos conocen como emoción y ansiedad, para mí no es más que la tortura inevitable del recordatorio de una falsa sonrisa y una frustración más.

Te miras en el espejo buscando verte de la mejor manera. Tratas de vestirte lo mejor posible para tu cita con el destino, como tratas de ubicar la mejor máscara del armario. Al final no haces ni lo uno ni lo otro, solo consigues cubrirte con los harapos que guardas en un viejo ropero y te vas sin máscara, vulnerable y expuesto a que vean tu verdadero yo. El verdadero desgaste que produce ver una y otra vez tus sueños hechos escombros derribados por algún terrorista emocional que vive del sufrimiento de los demás.

Pero es más fuerte el impulso que la verdad. La conciencia advierte, el subconsciente alerta y el inconsciente, a gritos, trata de prever la tragedia. Pero displicente con tu instinto decides alejar la razón, dejarte llevar, verle a los ojos e intentar cambiar la fatalidad que sabes que aguarda por ti al final de cada uno de tus días. No importa que empiecen las trabas y los peros, no importan los problemas o el viento en contra, no importa la imperfección del mundo porque tienes trazado un plan que debes cumplir. Te agitas, te angustias, te apretas las heridas para poder seguir, pero todo es imposible para el que está a punto de caer en batalla. Ves al final del túnel el destino personificado, tratas de convencerle, pero el destino del destino mismo parece ser, huir de ti. Te tomas un tiempo para reponerte, te tomas dos tiempos para levantarte y te tomas medio tiempo para correr a hacerlo realidad.


Cuando el peso de la nueva herida es mayor a lo que puedes soportar y te estás dando por vencido, cuando en una mala jugada resulta que descubres que eres el hazmerreír de ti mismo, entonces, de nuevo parece posible. El destino se cruza en tu camino. Quieres envolverlo en los brazos y no dejarlo ir, pelear con él por él mismo. Es que tal vez no ha notado su destino y por eso quiere escapar de ti. No se ha dado cuenta el destino, que su destino es ser tu destino. Inmóvil e idiota quedas absorto con la certeza de verle de nuevo. Quieres raptarlo, robártelo solo para ti, pero te puede el pudor y el respeto. No obligas al destino a ser tu destino aunque sea su destino, porque tal vez quiera ser el destino de alguien más. Piensas que es inevitable la despedida y planeas la mejor de todas, la que le convenza quedarse. Pero al final, como siempre, dejas que se diluya entre tus dedos y le dejas ir con la más fría cortesía. Te arrepientes y gritas por dentro pero qué se le hace, si así es el alma del que mata la fiera y le asusta la piel.

miércoles, 5 de junio de 2013

Si mis perros tuvieran pulgares...

Siempre he creído que las mamás tienen la razón en muchas de las cosas que dicen. Están los defensores maternales que dirán que mi apreciación es equivocada y que las mamás tienen razón en todo lo que dicen. Pero debo insistir en que eso no es cierto. Las mamás siempre dan consejos acertados y cuando dicen que alguien o que algo no les cuadra, corran, porque al final algo trágico sucede. Lo único en lo que las mamás no tienen la razón es en la apreciación que tienen de sus hijos. Todas las mamás creen que sus hijos son lo máximo, los más lindos, los más inteligentes, los más dedicados, los más, más de los más. Ustedes y yo sabemos que eso no es cierto. Mi mamá siempre que habla con la gente saca pecho por su hijo, por lo elocuente, por las notas, porque canta, porque cree que es lindo, pero sobre todo por lo buena gente que es.

Pensando en eso, hice un análisis introspectivo y descubrí que mi mamá exagera solo por tener motivos para sacar pecho. Es más, descubrí que me ve de una mejor manera de la que realmente soy. Así que empecé a comparar mis atributos con los de otros seres, que tal vez ame igual o que seguramente ame más y llegué a la conclusión que si mis perros tuviesen pulgares opuestos serían mejores personas que yo. Cuando hablamos en términos evolucionistas, los seres humanos están en la cima de la evolución y entre otras cosas los pulgares opuestos marcan un hito muy importante a la hora de determinarlo. Por lo tanto, si mis perros tuviesen pulgares opuestos estarían por encima de mi propia evolución. No hay seres más nobles que ese par de animalejos. No importa cuán mal los trate ellos siempre vuelven con su carita a saludar. No importa si los piso o los insulto y les digo que su mamá es una perra, porque de verdad lo es, ellos parece que lo olvidan y ya.


No necesitan hablar, no necesitan comprar regalos o portarse bien, los muy canes solo tienen que ser canes. Si yo me dedicara a ser yo, tendría demasiados problemas y tal vez ni mi propio reflejo en el espejo podría soportarme. Así que cada vez que consiento a mis perros les agarro las patas y me cercioro que no les estén saliendo pulgares opuestos porque sería mi acabose. La hecatombe sobrevendría sobre la humanidad entera y un apocalipsis zombie sería el paraíso. Se los aseguro, nadie querría estar con seres tan desleales y rencorosos como nosotros. Así que les prometo, que si en algún momento mi paranoia me lleva a presentir que mis perros están mutando y generando pulgares opuestos, yo seré el primero en cortárselos porque sería el primer damnificado en esta historia y perdería rotundamente la esperanza de que algún día mi mamá me quisiera más que a mis perros.