lunes, 29 de abril de 2013

La inmolación de las ratas


Junto a las cucarachas, los gusanos de basura y las tortugas, están las ratas  compitiendo por el último lugar de los animales más desagradables del mundo. Algunos dirán: “por qué las tortugas” y no quiero entrar en detalles de lo desagradable de sus patas y sus cuellos, solo pienso que me resultan repugnantes. No son más lindas que un perro, no son más divertidas que un perro y mucho menos más tiernas que un perro. Pero cuentan con la simpatía de muchos y ahora las protegen para que nadie las mate y bla, bla, bla. Las cucarachas son más odiadas por todos. Pero tenemos que reconocer que las malditas son casi inmortales. Es una lucha poder matarlas. Así que el recurso más utilizado para erradicarlas son los venenos. Como cuando meten a un criminal a la cámara de gas, es una muerte de alguna manera digna. Los gusanos de basura cuentan con algo más de suerte, los barren, los lavan o algo se inventan pero nadie se pone a aplastarlos. Pero al final de la lista de los indignos, con las muertes más indignas, están las ratas.

Debo confesar que me identifico con los perros, más que con cualquier otro animal en el planeta, en todo el sentido de sus características. Debe ser, en parte, porque soy hombre. Si fuera mujer no me gustaría que me dijeran perra. Pero dejando el machismo a un lado, últimamente he sentido una gran solidaridad, casi de género, con las ratas. Las pobres sufren muertes terribles, indignas, “inratianas” (el equivalente a inhumanas para el que no entienda) y muy poco consideradas. A quién le gustaría que le pusieran comida y cuando vaya a tomarla en sus manos después de titubear al respecto, una barra metálica descienda velozmente y le parta el cuello. O a quién le gustaría que sobre el piso derramaran algún pegamento del que no te pudieras librar y solo tuvieras como salida morir de hambre. Estoy seguro que a nadie.

Si algunos escritores definen el afán constante del hombre por tener más y más como una “carrera de ratas”, yo defino esas situaciones en las que, te ofrecen algo y luego te matan, como: “homicidios de rata”. Me explico. ¿Cuántos han hecho cuentas con dinero que promete llegar y en el último segundo se cae?  Homicidio de rata. ¿Cuántos han  comprado cosas y cuando las están empezando a disfrutar toca devolverlas? Homicidio de ratas. ¿Cuántos han dejado todo con la esperanza de un cambio y luego que es peor? Homicidio de rata. Cuando lo vi de esa manera, me dije, eres una vil rata. Una vil y alcantarillera rata que se ha burlado de la muerte ¿Qué tal si te inmolas y acabas con eso? Por un instante contemplé la posibilidad de tener control sobre mis cosas, por placer y no por lo que otros puedan pensar. Pero si esa idea fuese comunicada de alguna manera, a los famosos roedores, enfrentaríamos un problema mayor al de la peste negra. En cualquier momento, cualquier rata, en cualquier calle que se sienta cansada de tanto abuso explotaría.

Así que tengan cuidado cómo me tratan, cómo me miran y las cosas que me dicen, porque en cualquier momento me inmolo. Piensen bien las cosas que me van a dar o me van a quitar porque me inmolo. Y si me inmolo yo, siembro la esperanza de inmolación y redención al resto de mi especie y se lamentarían tanto Bullying. Si me inmolo hoy, como dice la ciencia, solo las cucarachas sobrevivirían y ustedes, ustedes no son cucarachas.

lunes, 22 de abril de 2013

Me lo he dicho mil veces


“Es difícil enfrentarse a una página en blanco cuando en blanco tienes la cabeza. Cuando quieres decir todo pero al final no puedes decir nada. Es difícil enfrentar sonriendo las vicisitudes, trágicas y cómicas a las vez, de la vida porque aunque no quieras parece que todos los que están a tu alrededor te obligan. Es difícil que sin mapa encuentres un tesoro.
Pero tengo derecho a ser humano. Tengo derecho a seguir comiendo y evacuando. Si me lo permite tu mirada a seguir respirando, a que mi corazón siga latiendo. Tengo derecho a mis derechos. Si cada cabeza es un mundo, en el mundo de la mía estamos en guerra interna, crisis económica, conflictos en relaciones internacionales y bajo amenaza de atentados.”

Me detengo un instante, pienso que no vale la pena seguir, escribir una nota para avisarle al resto del mundo que no me volverán a ver no es tan fácil como parece y menos si la única persona que quiero que la lea no lo va a hacer. No quiero valerme de la grandilocuencia, inexistente ya en mi alma y solo recordada en algunos de mis más tontos libros, para justificar el mayor acto de cobardía que jamás he hecho. Es que nadie puede ser valiente cuando se trata de la hija del jefe. Nadie puede enfrentarse a su poder ni a su imperio, menos un prospecto de escritor insulso como yo. Bastó solo un instante para verla y perderme en su mirada. Bastó solo un segundo para escucharla y quedar hipnotizado por su voz. Bastó que pasara por mi lado una sola vez para que su aroma la hiciera inolvidable. Sé que parece tonto pero un día me bastó para conocerla. Que tal vez me haga falta tiempo para comprenderla. Pero si de algo estoy seguro es que no es un beso lo que dicta un amor eterno.

Es la hija del jefe, me lo he dicho mil veces. Pero cuando el corazón se enloquece la mente al instante pierde la razón con él. Trato de convencerme de desistir pero es imposible, trato de decirme que es muy pronto para lo que digo y siento pero llego siempre al mismo punto. Estoy convencido que ella es mi vida y la vida misma daría, toda entera, por estar con ella. Tal vez si yo fuera ella todo sería diferente. Pero la vida es cruel, casi un poco más que mi jefe. Por eso, si para algo debo ser valiente es para ser cobarde. Si para algo debo tener fuerzas es para hacerme a un lado y en la distancia extrema de mi infelicidad verla sonreír para que ilumine mis días como el so,l para que sus ojos, mis luceros, iluminen mi noche.

Es la hija del jefe, me lo he dicho mil veces. Y lleno de recuerdos me lo sigo diciendo mientras empaco la maleta. Si a partir de hoy no puedo hacer más que escaparme de esta realidad y buscarla en mis recuerdos lo haré. Si no va a ser para mí, viviré soñando que a mi lado podría ser feliz.  Termino mi circunloquio con la última prenda que entra en la maleta. La cierro como cierro mi alma para asegurarme que nadie entre intempestivamente de nuevo en ella.

martes, 16 de abril de 2013

Educación Maleducada


Antes de comenzar debo decir que siento un gran respeto por las personas de la tercera edad. En una de sus prácticas de grafología, mi hermana dice de mí, que tengo una mente retorcida y que soy irrespetuoso con la tercera edad. Puede ser cierto pero en la práctica no es tan notorio. Admito que en un par de ocasiones me he imaginado haciéndole zancadilla a uno que otro que use bastón, pero la verdad es que jamás lo haría. Por eso digo, realmente los respeto sin importar lo que ellos me hagan.

Y es que no sé si ustedes han sufrido como yo las inclemencias de tener abuelos con temperamentos incontrolables. Casi toda mi infancia crecí con el yugo de tener la “lora” de mis abuelos.  No una lora cualquiera. Cuando visitaba a mis amigos escuchaba cantaletas que decían “mi amor ponte los zapatos que te puedes enfermar” o “coma papito que muchos desearían   tener un plato de sopa”. Era algo tierno, algo de abuelos, dulce. Pero a mí, a mí me tocó una tragedia diferente “Salude, abra la jeta no sea maleducado”, “Si no se pone zapatos le arranco las uñas de un pisotón”, “¿No va a tragar? Pues no trague más comemos nosotros”. Siempre me pegunté cómo me pedían que fuera educado con esa maleducada forma de corregirme.

Con todo y eso jamás les he hecho algún tipo de atentado terrorista. Ni a ellos ni a los desconocidos. Cada vez que veo un abuelo en cualquier lugar pienso en cómo repiten una y otra vez “Sea educado”. Pero son ellos los maleducados. Una situación normal en un supermercado sería como esto: Estoy parado en un pasillo como cualquier otro individuo, tranquilo, mirando y escogiendo, cuando de repente escucho una chitada como para un perro. Un carrito, que perfectamente podría dislocarme la cadera, empujando por detrás. Inmediatamente una voz que se nota cansada de la vida y no tan fuerte, creo que ahorra fuerza para maltratarme con el carro, quite de ahí deje pasar.

No sé por qué son tan maleducados, no bastaría un permiso por favor. No sé por qué escupen en todos lados. Por qué gritan para todo. Por qué llegan, no saludan, y uno sale perdiendo. Por qué solo se fijan en los defectos de uno. Por qué aplauden en los restaurantes. Por qué hacer compras es una pelea porque los quieren robar, señores la ropa ya no cuesta diez pesos.  En fin, tal vez ustedes no han sufrido como yo una educación maleducada.

martes, 2 de abril de 2013

Una serie de sucesos desafortunados, perdón, Stalkeados...



La vida es una consecución de sucesos interminables, incontables, importantes y muchas veces fatales. Es un suceso nacer y otro, un tanto mejor para algunos, morir. Pensar es un suceso importante para los que, como Platón y Los Croods, vivimos en un mundo de ideas iluminado eternamente por el sol del discernimiento y la crítica. Pero aclaro, la crítica nunca es constructiva o destructiva, eso se lo inventaron los sensibles para evitar la confrontación que produce darse cuenta que a veces las cosas que hacemos son solo basura.

Ese mismo sol calienta cada mañana de mis días llueva, truene o relampaguee. No permito que el esófago de mi cerebro se atragante con trozos de información que pasen sin ser masticados. Eso, parecía una cualidad hasta el día en que se inventaron las redes sociales virtuales. O mejor aún, era una cualidad hasta que las redes sociales generaban tanta curiosidad en los seguidores, que desarrollaron la macabra idea de stalkear. Fue un suceso terrible descubrirlo. Tener que poner un filtro entre mi cerebro y mis dedos era demasiado complicado si tenía que supervisar el que tenía instalado entre el cerebro y la lengua y que además tenía sus fallas.

Lo intenté, trabajé con esmero, contraté de supervisores a los oídos (tal vez por eso empecé a oír menos a la gente), la interventoría la hacían las morales ajenas de mis allegados que me alertaban sobre la conjugación y el simbolismo de las palabras. Tarde o temprano me acostumbré y empecé a bajar la guardia. Pero todos ya sabemos lo que pasa en una película de terror cuando el protagonista baja la guardia y si pasa en las películas pasa en la vida real. Los lunes eran lunes normales, los viernes, lo miércoles y los domingos. Todo se volvió normal.

Mi cerebro comenzó a acomodarse a pagar peaje para expresarse y a vivir en un cubículo blindado a prueba de ideas (para evitar fugas). Los libros como siempre ensanchan el conocimiento y las conferencias la percepción. Buscando saciar mi sed de conocimiento me metí a una conferencia sobre un buen libro, para mi sorpresa hablaban de otro, pero valía la pena quedarse. La interventora se reportó enferma así que no tenía compañía. Me concentré tanto que los supervisores, los oídos, dejaron su trabajo para prestar atención. El filtro de la boca era inútil porque no tenía con quién comentar. Así que el cúmulo de ideas y pensamientos represados se dirigieron a los dedos y se dieron a conocer unos pocos cientos de seguidores en la web. Tal vez solo una persona estaba pendiente de mis ideas en ese momento, aunque muchos repetían mis frases. Tal vez solo esa persona tenía algo contra mí sin que yo sospechara qué, muy típico de los stalkers. Y vaya stalker que me tocó. No solo satisfizo su necesidad chismeante, sino que hizo todo lo que estuviera a su alcance para intentar que despidieran a mi cerebro de su cargo, dejar el puesto vacío y tal vez quedar en su estado. Afortunadamente no lo logró.

Hoy mis filtros funcionan normalmente, aunque tal vez yo no tanto. Decidí conservar la conexión entre cerebro-lengua y cerebro-dedos, pero confieso que quise cambiarla por intestinos-lengua e intestinos-dedos, tal vez así la gente disfrutaría más mis publicaciones. Descubrí que las ideas pueden ser peligrosas, pero sobre todo aprendí, que ese día viví una serie de sucesos desafortunados, perdón, Stalkeados.