lunes, 16 de diciembre de 2013

El Trovador y La Luna.

Imperante era el silencio que embargaba aquella noche fría. Esas, de luna y estrellas escondidas, que torturan el alma y los sentidos con la oscuridad más profunda que la humanidad jamás pueda ver. No había luz alguna, o rastro de ella, que se colara por las ventanas y las fisuras de las puertas en la pequeña casa al final de la ciudad. Era tan pesada y profunda que no se podía ver el piso, o el techo, o pared alguna. Era tan insondable que el temor se apoderaba de la gente, temor de perderse en ella y no poder volver a la luz. Pero tal vez, sólo tal vez, la quietud y el silencio eran más inquietantes que la oscuridad. Así, que en completo sigilo y completa penumbra; en completa angustia y completa soledad; en la sala de una pequeña casa a las afueras de una ciudad, la Luna daba a luz un pedazo de su ser. Por qué la diosa de las mareas no tendría el respaldo de su padre, el sol, el rey de nuestro universo. Por qué las estrellas, sus aliadas y fieles amigas, no estaban para darle la mano a la princesa y ayudarla en su gemir. Seguramente porque su amante fugitivo era un mortal, un simple mortal que con guitarra al hombro encantaba mientras cantaba.

Ciega, la Luna intentaba encontrar algo que alivianara su tormento y le deshiciera el recuerdo, de la primera y única vez, que se le había permitido descender a la tierra. El dolor era inaguantable. Luchaba para apagar sus gritos con algo, que por la textura y la forma parecía un cojín, y que había arrebatado de un lugar cualquiera. Debía mantener su inmovilidad para no hacer ruido alguno y despertar a la gente que vivía en la casa. Una diminuta casa, como ya dije, llena de mil objetos y decoraciones inútiles, tan auténtico en muchos humanos. Las contracciones se detenían cada tanto y sus pensamientos se despejaban lo suficiente como para recordar la fiesta. Esa fatal celebración que tienen una vez al año los mortales, de toda lengua y nación, para rendirle culto y ofrendas a los dioses del firmamento.

Un día que se reserva una vez al año, los astros toman forma humana y descienden entre los humanos, buscando gente de corazón puro, llenos de luz, para dar origen a nuevos dioses que se posen en el firmamento. Pero la Luna, torpe y primeriza, trastornada por la curiosidad, no se percataba del corazón de nadie. Cuántas fechas especiales vio desde el firmamento con parejas de enamorados que juraban eternidad para su amor y que no podían disimular tanta felicidad. Ella lo envidiaba, lo soñaba, hubiese dado la vida misma por conseguirlo. Por eso, su único objetivo era encontrar un joven galante, que le escribiera los mejores versos, lo más románticos, los más dulces y los más tiernos. Caminaba por entre la muchedumbre, algunos hedían a humano, otros encantaban a amor.

Donde sea que fuese, ella era la luz. Todo cambiaba con la aparición de deidad hecha carne. Los hombres quedaban turbados y las mujeres enceguecidas por los celos los halaban de los brazos. Una diosa en todo su esplendor. Era la Luna que caminaba entre lo mortales y hacía de las suyas con su encanto. Tenía el cabello oscuro como el firmamento sobre el que se posa al brillar. Su tez era tan blanca y tan suave, que parecía como uno de esos halos de luz que acarician la piel en una de esas noches despejadas. En contraste y delicadamente posada sobre su hermoso rostro estaba su boca. Esa boca roja y pequeña como el beso de una cereza que no puedes dejar de mirar y que solo deseas besar. Sus ojos eran grandes, perfectos y tan profundos, que las palabras de todos los alfabetos unidos no alcanzarían para describirlos. Eran claros, muy claros, tan claros, que lo único claro era que quien la viera se perdía en su mirar. Así, divina y encantadora, pasaba de región en región, de nación en nación, buscando el adecuado.

Cuando la noche estaba a punto de terminar el eco del valle le trajo el sonar de una guitarra y una voz. Esa voz gruesa y viril que la estremeció de la cabeza a los pies, cantaba sobre sus amores y sus desventuras. Como un relámpago estruendoso se escabulló entre las copas de los árboles y sin que aquel juglar lo notara se acercó. Pero una mujer así no puede ocultarse, no debe hacerlo, jamás lo lograría por más que quisiera. Se cruzaron sus miradas en una sinfonía silenciosa que además los dejó sin aliento. Ella tan divina y él tan ilícito, conectados en un solo sentir, electrizante y perfectamente platónico. Ella se acerca un poco más y subrepticiamente se cuela hasta estar a junto a él y entre sonrisas, canciones y vino tiene la guarida perfecta para darle un beso. Un beso, de esos que se escapan y no alcanzan a llegar donde quisieras, se posa en su hombro. Se cruzan las miradas y por un instante el corazón no necesitaba latir, si se tienen el uno al otro no sería necesario jamás. Ahí, una sola mirada y un solo ser, envueltos entre sus sentimientos y pasiones se planta en el corazón de la Luna el deseo de ser una mortal más del montón.

Enloquecida y atormentada por las contracciones, contracciones no de su vientre sino del alma, yace en el piso de la diminuta casa medio mortal y medio diosa la culpable de la oscuridad. El culpable del silencio desesperante espera en la puerta por una señal. Espera que decida aniquilar su conciencia de diosa, su responsabilidad de deidad y su vida de perfección, para convertirse en su amante y su compañera. Para convertirse en su alma gemela. Espera que tal vez en un arrebato de demencia deje todo su esplendor celestial y se rinda a los designios de su corazón. Es que hasta los dioses sufren por él, sufren del alma.  La Luna debe parir de su interior, su deidad o su carne, y salir o desaparecer.


Los minutos parecen sempiternos hasta que la oscuridad empieza a desaparecer un poco y parece que el corazón del trovador, también con ella. No hay más llanto, ni terror, ni siquiera hay esperanza. La oscuridad desaparece por completo cuando la Luna se alza en el cielo, llena y brillante. El silencio se rompe con el sollozo del trovador que entiende que ganó la conciencia y el legado de su diosa. Que los mortales siempre serán mortales y los dioses siempre serán dioses.

martes, 3 de diciembre de 2013

La ventana...

Con el alma gastada de tanto esperar una señal, con los ojos gastados de tanto aguantar el llanto, con el corazón gastado de tanto luchar por latir, levanto la mirada por última vez y trato de recoger los pocos pedazos de dignidad que aún quedan en el piso. Todos los hombres saben cuándo retirarse, menos yo. Las trompetas nunca tocan la retirada en mis batallas que siempre terminan con la masacre de muchos de mis sueños y esta vez no es la excepción. Entre pedazos de anhelos rotos y fantasías inconclusas doy unos pesados pasos mientras me alejo. Algo me dice que me quede, que espere un poco más, pero debe ser la gran estupidez que me domina o mi inmensa capacidad de autodestrucción que detecta que algo no ha sido derribado en mi vida. Sea la razón que sea me detengo y miro hacia la ventana una vez más. Esa ventana que como en clave morse codificaba nuestros más sentidos mensajes.

Siempre estuvo abierta, así la conocí, así comenzó todo. No importaba la lluvia, el sol o la brisa, siempre lo estuvo como dándome la bienvenida. Por ella me colé un par de veces para hacer de las mías y por ella me escapé para que nadie me pillara. De un momento a otro, esa, ya no era un objeto más de la infraestructura, era un símbolo de mis cuidados, de mis picardías, de mis ocurrencias y de mis ternuras. Me colaba por ella aunque estuviese cerrada, porque el simple hecho de mirarla sabía tanto a mí, olía tanto a mí, decía tanto de mí, que parecía el portal fantástico de los sueños hechos realidad. Ella la abría para que yo supiera que estaba en casa, luego la cerraba porque me encargué de cuidarla del invierno cuando salía y a veces se entrecerraba porque nunca fui estricto y los puntos medios, para complacerla, siempre fueron mis favoritos.

También era emblema ella, no lo puedo negar. Recuerdo el misterio cuando nos conocimos, repaso incansablemente el juego de sus palabras que me ocultaban cuál de todas era. Muy consciente de que no me moría por otra mujer en el mundo, decía querer evitar que cada vez que pasara por esa calle mirara su ventana y vaya que sí tenía razón, porque desde que la descubrí jamás pasé sin ojearla. Bendita ventana, frontera clandestina de nuestro país de las maravillas, sin ley, sin conciencia y sin arrepentimientos; peaje sin costo a los excesos más exquisitos de su piel, de su cuerpo, de su ser. Bastaba con cruzarla para saber que podía ser yo mismo, podía decir lo que quisiera, pensar lo que se me antojara, ella era mi bondadosa reina y me castigaba con la miel de sus besos. Tanto me fui acostumbrando que poco a poco olvidaba quién era afuera, si le debía algo a los míos, a los tuyos, a los nuestros.

Qué placidez infinita encontraba del otro lado que por un tiempo desconocí que nada dura para siempre. Que la impaciencia es el más común de los arrebatos mortales y que como todas las reinas, por muy magnánima que fuera, tenía sus exigencias. El remordimiento hizo de las suyas y su piedad menguaba como lo hacían sus besos. Encontré el acomodo para no perderla pero tanto desprecio es abrumador y poco a poco me fui gastando. La ventana, a veces abierta y a veces cerrada, siempre habló tan claro que no fallaba en llegar el mensaje hasta mí. Ahora todo era confuso, no sabía exactamente si la abría para que pudiera entrar o para que salieran mis recuerdos, no sabía si la cerraba para retenerme o para prohibir mi ingreso. Y poco a poco me fui gastando.


Me adueñé de la acera de enfrente para vigilarla. Pasó verano e invierno y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mi alma, gasté mis ojos, gasté mi corazón y hasta mi dignidad. Pero ella resultó tan estricta e indolente qué jamás se asomó, jamás respondió. Todos los hombres saben cuándo retirarse menos yo, que sigo aquí esperando con un fardo de recuerdos que se encienda la luz, que aparezcan cortinas, que haya movimiento porque es imposible que se haya ido y no me haya dicho. Pasó invierno y verano y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mis horas, gasté mis sueños, gasté mi vida y hasta mi dignidad. Inmóvil con un ramo de nubes, unos versos prestados y unas canciones recicladas aguanté hasta el límite. Pero ella resultó tan estricta e indolente que jamás se asomó, jamás se asomó porque ya se había ido.

martes, 26 de noviembre de 2013

Usted no alimenta nada en mí.

Cargando los recuerdos con que le bendice, o maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta. Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró jamás de sus motivos.

Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín. No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso, necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de abrazos condensados en uno.

Por un segundo no hay llanto ni pena, solo silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz, imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez, el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.


Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó: Usted no alimenta nada en mí. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

El diario de un “no correspondido”


Soy de esos amigos que nunca están presentes en los buenos momentos, de los que se reservan para las hospitalizaciones, funerales, accidentes, urgencias y matrimonios. Usualmente hago parte de las tragedias de la vida de la gente por elección, porque me traumatizaron los letreros de tienda que recordaban una y mil veces que los verdaderos amigos estaban en las malas. Sí, la mayoría de las veces es mi decisión llorar con la gente en lugar de celebrar y otras tantas es porque debo llevar encima una especie de maldición que hace que me encuentre con la gente en los peores momentos de su vida. La misma maldición, tal vez, que hace que camine sin mirar el piso y de vez en cuando pise algún desecho orgánico, algún mojón que no encontró baño o que no tuvo dueño que lo embolsara. Siempre el proceso de limpieza es el mismo. Siempre me resulta asqueroso. Siempre maldigo y trato de ignorarlo, siempre, menos ayer. Un paso en falso, o más bien, en blando, hizo que por poco acabara con la vida de mi mejor amigo. Era casi imposible reconocerlo porque nunca lo vi tan menguado, tan marrón, tan maloliente. Como dije, di un mal paso y lo aplasté, el grito fue ensordecedor y terrorífico, me detuve a mirar qué había sido y ahí estaba él entre habichuelas y granos de mazorca sin digerir. Lo último que supe era que estaba enamorado, que se había alejado de todos por culpa de su nuevo gran amor, también sabía que ella no lo trataba muy bien que digamos, pero nunca pensé que se acostumbrara tanto a su maltrato que terminara convertido en lo que siempre fue su modelo de comparación.

Cómo me dolió el alma al verlo así, ya no había sonrisa en su rosto ni brillo en sus ojos. Ya no había perfume costoso, excepto el del alto precio que pagó por terminar en esta condición. Me senté en el piso a hablarle y en ese momento comenzó a llover, era su final. Las gotas empezaron a caer, a deshacer su cuerpo y se dejó entrever un rollito de papel. Por respeto esperé que la lluvia terminara de revelarlo y lo tomé. Tenía una letra casi infantil, más bien inmadura, pero llena de sentimiento. Me tomo el atrevimiento de transcribir lo que ahí decía para que sirva de ejemplo, pero sobre todo, de consuelo para los que han pasado, pasan y pasarán por lo mismo:

Día 1.
Nunca he llevado un diario en mi vida y no sé cómo debería escribirlo. Hoy conocí a la mujer más hermosa del mundo. Sus ojos tienen una magia irresistible. Creo que cupido me flechó. No sé cómo se llama, sólo la vi de lejos y no sé si algún día pueda hablarle.

Día 4
Me sigo sintiendo extraño de escribir esto pero no quiero olvidar ni un solo segundo de lo que pasa con ella. Hoy me sorprendió mientras la miraba, casi me muero de nervios. Es más hermosa de lo que recordaba. La última vez que la vi no había notado que su piel fuera tan hermosa, tan blanca, tan suave.

Día 8
Creo que me estoy enamorando. Cuando sonríe es como estar en el paraíso. Sus ojos tienen el color de todos los colores. Todavía no le hablo pero me basta verla de lejos para que mi mundo sea más que perfecto.

Día 12
Estoy planeando interceptarla y hablarle, preguntarle cómo se llama y si no me muero del susto hasta la invito a salir. Hasta ahora nunca la he sorprendido mirándome, ojalá sea un descuido de mi parte y nada más.
Día 16
Hoy coincidimos en tiempo y en espacio y hablamos. Me sentía en las nubes cuando pronunciaba mi nombre, quería que lo repitiera un millón de veces. Nos agregamos a las redes sociales e intercambiamos PIN, ahora sí se me están dando las cosas.

Día 32
No he dormido muy bien los últimos días, pero por ella. Hablamos hasta la madrugada, compartimos tantos gustos que estoy convencido que somos el uno para la otro. Estoy pensando en pedirle que seamos algo más porque voy por buen camino.

Día 45
Hoy salimos por primera vez. Estuvimos en un café. Nos tomamos unas cervezas y hablamos mil horas. La despedida fue lo mejor, lo robé un beso.

Día 64
Ya no hablamos tanto como antes, es que está muy ocupada con las cosas de la universidad. Espero que podamos volver a salir algún día, no quiero creer que estoy metido en un video solo.

Día 128
La invité a salir mañana y me dijo que sí, voy a comprar una camisa, me voy a afeitar y vamos a comernos un helado. Es un poco inocente el plan pero hay que ir despacio. Creo que mejor no le digo nada de lo que había pensado, esperaré un poco más y ahora sí tantearé el terreno con ella.

Día 130
Creo que se me derrumbó todo lo que había pensado. Me canceló la salida porque tenía que cuadrar una exposición para la universidad. Casualmente la vi comiendo helado con un tipo en el centro comercial. Debe ser una exposición sobre la composición molecular de los helados, ella jamás me mentiría.

Día 150
Ya nada es lo mismo, excepto lo que siento por ella. Le escribo al PIN, lo revisa y no contesta. Me ignora y me hace saberlo. Esto se está volviendo una tortura. Creo que no le voy a volver a hablar. No voy a hacer el ridículo. Debo ser fuerte y hacerme desear.

Día 150-2
No me aguanté y le hablé, me respondió como si no me conociera. Creo que llegué al final de mi esperanza.

Día 151
Me habló porque necesitaba un favor. No hay más novedades, solo indiferencia.

Día 170
No hay novedad qué reportar, excepto que solo pone estados de amor, que obviamente no son para mí. Eso y más indiferencia.

Día 199

He perdido mi tiempo, mis amigos, mi vida. Por mucho que trato de calmarme es muy difícil pasar el Niagara en bicicleta. Dónde quedaron nuestras conversaciones, nuestro tiempo, nuestros mensajes. Qué fue de lo que nos dijimos. Yo que creí, que pensé, que soñé. Ya nada queda, ni siquiera más de su indiferencia. Gasté todos los suspiros que tenía en ella. Qué ciego fui por escoger a quien no correspondió. Hoy ya no soy yo, solo el triste desecho de un amor mal digerido y el vivo reflejo de lo que lo que nada vale. Me convertí en las mismas tres tiras de lo poco que le importaba y lo que parecía iba a ser el mejor recordatorio del mundo, se volvió en mi contra como un constante aguijón de lo que pudo ser y no fue. Este maldito diario será mi tormento, mi desgracia y mi ruina. Este diario, siempre será igual a los diarios de los que no serán correspondidos.

martes, 5 de noviembre de 2013

Oda a tu mejor amiga

Tú, que curvilínea despiertas los más profundos deseos,
que asesina y dulce tanto me provocas,
que me haces creer que muchas veces han sido pocas,
te pareces tanto a ella y, aunque no es tan bella,
termino refugiado en su boca.

Refugio sombrío, oscuro como su alma,
Escondite perfecto de su lóbrega crueldad,
Que tras una piel de cristal su veneno aguarda.
Te pareces tanto a ella y no tengo escapatoria
Más que perderme y ahogarme en su aroma.

Trágica ausencia, como estipendio miserable por toda mi bondad,
Recibo con indolencia de tu cicatero corazón.
Por eso la tengo a ella que disimula mi impaciencia y todas mis carencias.
Te pareces tanto a ella y aunque por mucho duela en la garganta,
No logro detener mis ganas de tenerla.

No las logro detener como no consigo contener el llanto cuando sucede.
No se detiene como no puedo detenerte para que te quedes.
No se hace eterno el tiempo por mucho que lo sueñe.
No logro disimular el dolor que me consume.
No se puede y no quiero.

Te pareces tanto a ella y aunque no es tan bella termino refugiado en su boca.
Esa boca que poco a poco me provoca y hace que me esconda en ella.
Porque nada oculta mejor el llanto que el mismo llanto
Que después de saciarme provoca en mis ojos,

Tu mejor amiga la Coca-Cola

lunes, 28 de octubre de 2013

Un monumento a mi memoria

No me he terminado de ir y siento que ya te extraño. Qué trágicas son las despedidas forzadas, qué trágicas son las muy viles. Resulta reconfortante verte con lágrimas en los ojos, al menos me hace creer que sientes el mismo dolor y que no quieres que me vaya. Pero, ¿quién más debe pagar las consecuencias de mis actos sino yo mismo? Así que empaco la maleta con la poca dignidad que me queda y todos los recuerdos de lo que viví contigo. No necesito ropa para donde voy, no necesito más que la fuerza del amor que algún día nos tuvimos, por eso mi maleta está atiborrada de ti, de tus cosas, de lo intangible, de lo que me va a alentar en la soledad, en la oscuridad. No me quiero ir y eso hace que con cada recuerdo que guarde en la maleta un pedazo de mi corazón quedé tirado, tal vez por eso recorro cada rincón de nuestra casa, para que no exista un solo lugar que no te haga pensarme, que no te haga extrañarme; lo recorro también para recoger tu aroma, para impregnarme de él.


 Deberías detener el llanto por un instante, no solo el tuyo, el mío si puedes, también. Acompáñame a la puerta para un último abrazo, se sienten tan bien que parecen mágicos. Qué mal que nunca lo haya notado, qué mal que como todo en la vida se valora cuando se pierde. Dame la mano y desfilemos por este matadero de ilusiones que se disfraza de pasillo; dame la mano la última vez y apriétala con fuerza hasta que me duelan los dedos, porque necesito confirmar que esto es real, que me debo acostumbrar, que mi peor pesadilla se hizo realidad. Qué disparate tan grande el de los dioses que se confabulan en contra nuestra para separarnos, ojalá el sempiterno y perfecto tenga por bien unirnos más adelante, cuando estemos listos para la eternidad. Tratemos de sonreír, tratemos de ignorar lo que pasa, igual, con lágrimas aunque del alma sean, nada vamos a remediar.

 Todo de mí se queda aunque me vaya, todo, menos yo. Todo reposará en el aire menos mi presencia y mis preguntas; preguntas idiotas que no buscan la verdad, que no buscan conciliar, que buscan la respuesta indicada que calmen mi dolor. Todo me llevo de ti con mi partida, todo, menos a ti. Todo irá embebido en mi piel menos tú y tus disparates. Lo bueno y lo malo, porque como a los mejores postres hay que ponerle sal para que el dulce resalte, necesito del paquete completo para estar seguro que no es el idilio perenne de mis fantasías, que muy por el contrario la realidad de mis días se acompaña de un pequeño monumento que erigiré a la memoria de tu recuerdo. No para idolatrarte, no para castigarme y torturarme. Para recordarte como lo mejor de mi vida.


 Recordarte y que me recuerdes, que alces la bandera de mi trabajo en tu corazón, porque nunca trabajé para mí mismo, nunca quise hacerte un clon, nunca quise que pensaras como yo. Todo lo que dije, todo lo que luché fue para verte libre. Que no tiemblen tus cimientos ahora, que no flaquee tu carácter. Estaré lejos pero no muerto, estaré ausente pero no distante, porque siempre que hagas las cosas al derecho sabré que estarás pensando en mí. Porque siempre que sonrías, que ames con locura, que des sin esperar a cambio; cuando vea que sigues con los pies en la tierra y que no has empezado a levitar con estupideces; porque siempre que me entere que no te dejas llevar, que te actualizas con cada avance; cuando descubras una porción del basto universo del conocimiento, sabré que mi recuerdo sigue haciendo de las suyas. Porque siempre que oiga que estás mejor, sabré que ese es el monumento a mi memoria.

jueves, 24 de octubre de 2013

Ese tipo de tipos igual a todos los tipos.

Soy de ese tipo de tipos que mantiene la esperanza hasta el final, en secreto, en lo profundo del corazón, seguramente porque aparenta ser de ese tipo de tipos que ven el vaso medio vacío. Soy de ese tipo de tipos, como la mayoría de tipos, que juega a parecer duro. De ese tipo de tipos que vive en un mundo análogo, imaginario, absurdamente infinito, absurdamente imposible. Un tipo, de ese tipo de tipos, que construye su fantasía cada mañana, porque como suele suceder los mundos imaginarios colapsan ante la cruel y fatal realidad que los condena a no existir. Esos mundos que deberían ser, al menos, mundos paralelos que nos den el consuelo de saber, que en lo intocable de nuestros destinos, esos otros “Yo” la están pasando bien. Universos que se conectan tanto como para guardar en sí mismos la complicidad de un beso furtivo. Que guarden secretos profundos, tan profundos que no deben ser callados porque al final, envueltos en el absurdo, terminan por contarlo a gritos a los cuatro vientos. Soy de ese tipo de tipos que cree que hay mundos en los que hasta un parqueadero guarda el secreto de un romance prohibido, que los arboles dan sombra a la luz de la luna y que los animales son representaciones vivientes de nuestros sueños, tal vez hasta de nuestros nombres.

No estoy sujeto al prototipo al que se sujetan esos sujetos indolentes y altivos, verdugos de sí mismos, asesinos de sus propios sueños y mártires a su vez de su propia estupidez. No con esto quiero decir que soy un sujeto que no se sujeta a cierto tipo de prototipos que me hagan del tipo de muchos tipos. Solo digo que un sujeto que no sujeta su geta, no es del tipo de tipos que encajan en arquetipos, porque no la sujeta por dejarla libre, sino por pensar libre. Es ahí mismo donde el problema nace y la tortura yace. Pensar libre para luego existir libre, vivir libre y morir cautivo. Porque siempre muere cautivo el que pensó que por pensar libre jamás le romperían el corazón. Ese soy yo. Un tipo de esos tipos que jura no estar sujeto al estilo de los sujetos que se confunden con el montón, pero que carente de excelencia termina esclavo de un perpetuo camuflaje de apariencias vanas. Libre de hablar, mientras hable de corazón. Esclavo de lo que dice, como esclavo es quien habla guiado por el corazón. No estoy sujeto a ese prototipo al que se sujetan ciertos sujetos, porque no hay nada extraordinario en ellos. No lo hay en ellos y no lo hay en mí. Simplemente soy diferente por la compleja contradicción que en mí mismo represento, cautivo de mi libertad y real en la ilusión de mi imaginación.

Siempre contradictorio y siempre fiel al prototipo de tipos como yo, termino odiando en quien me convierto. Porque soy de ese tipo de tipos, que de entre tantos tipos de tipos, escogió ser del tipo pusilánime y procrastinado. De los que juran que, el no que sale de sus bocas, será el definitivo. De los que creen que proponerse no llamar, no escribir, no buscar, es en definitiva la certeza del absoluto cumplimiento de su afirmación, sin saber que en el fondo se oculta la perversa necesidad de ser contario a ella y morir lento hasta terminar llamando, escribiendo y buscando. Siempre he querido ser del tipo de tipos que dicen no más con la tranquilidad que genera concluir un episodio. Siempre he querido ser un sujeto, sujeto al estilo de los sujetos que erguidos y con la frente en alto van por la vida sin recuerdos tormentosos. Pero maldita sea la suerte que se burla de mí, que me ve pasar errante como ese tipo de tipos incapaces de olvidar, que cotillea con suertes ajenas, mejores que ella, nutriéndose de mi soledad. Soy de ese tipo de tipos que al final resulta no ser de ningún tipo. Soy de esos sujetos que no se sujetan al estilo de muchos sujetos, pero que indiscutiblemente anda siendo ese tipo de tipos igual a todos los tipos.

martes, 15 de octubre de 2013

Moriré solo, moriré sin mi media naranja.

Dicen las abuelas que es como un baldado de agua fría, como un corrientazo que recorre el cuerpo de la cabeza a los pies derechito por la espalda. Jamás había tenido en mi vida esta absurda sensación. Jamás me había sentido tan incompleto y desesperado. Miro la hora y me doy cuenta que el tiempo ha pasado, que no se detiene, que castiga sin piedad. Miro la hora, me miro al espejo y noto que no soy el mismo, que no debería ser el mismo, que ya es hora de hacer las cosas bien y al derecho. Disparejo he salido muchas veces, incompleto muchas otras. He desperdiciado mi vida combinando inútilmente compañías, para no sentirme desnudo. Para no sentir el frío de andar en mis propios zapatos. Siempre ocultando mis falencias, siempre disimulando los vacíos, siempre, y no nunca, mitigando la esperanza de tenerte.

Te busco en vano en los rincones de mi casa. Los pasillos se hacen túneles y los cuartos celdas. Las ventanas decoradas con floridos barrotes me recuerdan que no tengo escapatoria, que debo encontrarte, que debo sosegarme con tu compañía. Entonces recuerdo la última vez que te vi, la última vez que te tuve. Trato de pisar tus pisadas, de recorrer tus recorridos, pero infructuoso es mi esfuerzo y en vano guardo la esperanza de tenerte. Me doy cuenta que no hay mal más cierto que la incertidumbre de tenerte siempre a mi lado.

Cuánto ansío sentirte, cuánto anhelo que me envuelvas, que me abrigues, que te quedes. Tal vez deba luchar con el desorden de mi mundo, para no perderte más en él. Vas y vuelves como la lluvia, que a veces refresca y a veces inunda. Qué angustia insoportable saber que de todas eres una y ninguna de todas las que aparecen. Tal vez estoy ciego y he pasado por tu lado. Te busco en el ropero, en las gavetas y en la cesta con la ilusión de que tan solo estés jugando conmigo, un juego infantil de los que te gustan.

Pasmado por el cruel escenario voy perdiendo el corazón, voy perdiendo los motivos para seguir creyendo. Desconcertado y aturdido por la angustia pierdo la razón de a pocos y empiezo a tirar las puertas. Golpeo las paredes buscando aminorar el dolor de mi alma, que no es más que la eterna mácula, de la profunda herida que dejó tu tormentosa ausencia. Me empiezan a temblar los pies, solo Dios sabe el dolor y las lesiones que me va a causar que no estés. Angustioso reviso por última vez tu espacio, pero no estás. Qué te has hecho princesa adorada, dónde te metiste guardiana de mis senderos. 

Tu abandono acabó con la sonrisa que me quedaba, que a decir verdad, no era más que un dibujo en mi piel con lápiz para ojos porque desde hace mucho no tenía razones para sonreír. No es fácil vivir con ese fatal destino. Destino que es como una maldición en mi casa, todos estamos sentenciados a estar incompletos, estamos reservados a las malas uniones como si fuera el castigo divino del caos en el que vivimos. No es fácil vivir así, con ese peso encima. Me tocó, como casi siempre, con una de una y otra de otra. Ocultar con la máxima discreción que no me combinan las medias, que moriré solo, que moriré sin mi media naranja.

miércoles, 9 de octubre de 2013

No le encuentro el gusto a la cerveza

He pasado toda la vida cuidando mi hígado, mi páncreas, mi corazón y mi estómago. Con esos antecedentes genéticos no puedo darme el lujo de andar desperdiciando células a diestra y siniestra, uno nunca sabe cuándo vaya a necesitarlas en serio. Mi cuadriculada vida ha sido siempre igual, monótona como eso, como una cuadrícula. Entre medicamentos, dietas y religión, he pasado escondido los últimos 26 años de mi amarga existencia absteniéndome de las mieles de algunas comidas y muchos vicios placenteros (como el sexo y esas cosas malas). Me he dedicado a escuchar las aventuras de mis amigos y la descripción de sus gustos culposos. Digamos que en materia de comidas no ha sido mucho lo que no he probado, si peco en algo es en ser demasiado glotón, pero en cuanto a bebidas se refiere soy un ignorante total. Cada vez que voy a un café termino por pedir algún coctel de colegiala con muchas frutas y colores. Pero no más. Me cansé de que el mesero le sirva el coctel a mi acompañante y ponga cara de asombro cuando deba advertirle que no es para ella sino para mí. Hoy, he decidido hacerles caso omiso a todas las advertencias médicas y obedecer a mi naturaleza masculina que dicta que todo macho de pelo en pecho y espuma al orinar debe ser buen bebedor.

Majestuosas y premiadas existen en mi país. Rubias, morenas, rojas, ligeras, nacionales e importadas, de todo tipo y variedad, la reina de las bebidas se presenta burbujeante y seductora para hacerse desear por los pobres e inocentes bebedores. Me rindo ante la tentación en un bar cualquiera de un parque cualquiera. Un bar de esos que con el nombre hacen temblar la billetera porque en la carta las bebidas nacionales valen lo de las importadas y las importadas valen lo que vale importarlas, exportarlas y de nuevo importarlas. Me siento cerca de la barra para ahorrarle la fatiga al mesero y acabar con mis ahorros, es que tengo pensado probarlas todas. Empiezo con una ligera nacional. El primer sorbo es más amargo de lo que imaginaba, no me gusta para nada. No sé cómo hacen para tomar y tomar de esto sin hacer mala cara, tenía otra idea en mi cabeza. El segundo sorbo baja más suave. Sabe mucho mejor. Es burbujeante, espumosa y está muy helada. Tomo un tercer sorbo, pequeño, lo saboreo y lo trago. Me desaparece la sed es una bebida mágica, sin duda alguna los egipcios son unos genios por haberla inventado. Sin darme cuenta la termino y parece que al final sabe a gloria. La segunda en la mesa es una rubia nacional, no es nada especial. Es bastante más amarga, el mesero tenía razón con eso. No supe en cuántos sorbos la terminé pero estaba como buena, aunque no tanto. Me urge una tercera para seguir probando porque no me convence mucho y el mesero se acerca con otra rubia extrafina nacional. Tiene mucho sentido eso de que las cosas buenas toman su tiempo. No sé mucho de bebidas como lo dije pero esta se siente más añeja que las demás.

De la misma casa una morena y quisiera poder decirles a qué sabe pero me urge ir al baño. Qué afán me dio de la nada, siento que la vejiga se me va a estallar. Voy y vuelvo del baño en un santiamén y hay una roja en la mesa cuando regreso. Sabe diferente, como entre la ligera y la morena o la morena y la normal o más bien normalmente morena ligera. No sé si ya les dije pero la nena de la mesa de al lado está cada vez más linda. Viene el turno de las importadas. Una botella verde se asoma en la bandeja del mesero. Es muy curioso que no se le caiga si la mueve como tabla de surfear cazando ola. La pone sobre la mesa y ahora esta se mueve con ella. Le doy la mano al mesero porque ha sido un gran mesero, el mejor mesero del mundo, se merece una buena propina pero mejor le doy un abrazo que hijuepuyas (perdón con las señoritas). Esta de botella verde sabe a agua, no sé cómo. ni por qué pero baja en tres sorbos. Viene una alemana de botella oscura que se tambalea más que la anterior y la recibo con mucha alegría.
  
Qué música tan buena la de este sitio, qué ambiente, qué gente tan querida, que niñas tan lindas. Cómo los quiero a todos. Después de la anterior todas saben a agua. No les encuentro mucho el gusto por lo que me veo obligado a seguir probando. Si supieran cuánto los quiero, no dejen de leerme por favor que ustedes son los mejores lectores del mundo. Los amo porque son unos verracos, no se preocupen por mí que si esto se publica es que llegué vivo a la casa.

Belgas e inglesas se acomodan en mi mesa, como los machos de verdad. Parece que todos tienen ataque de risa. Todos menos mi billetera que empieza a sufrir por la cuenta. Pero no hay de qué preocuparse le digo yo, eso ahí miramos qué hacemos. Cantemos para alegrar el ambiente mejor. En estos chuzos no ponen ranchera o qué, que me pongan a “Chente” que esto se compone.

Quiero confesarles algo…

Tráiganme otra porque quiero confesarles algo desde el corazón, otra "monita" de esas…

¡Yo no quiero agua, yo quiero bebida! ¡¿Cuál chito?! Es que mi plata no vale que no puedo cantar o qué. Venga amigo yo estoy bien, perdón, de verdad perdóneme pero es que estoy triste, o bueno, no triste, estoy feliz, o bueno no feliz, estoy… balde. Páseme un balde que no me siento bien.

Qué le echaron a esto ustedes le echaron algo. Cómo que no sé tomar, yo sé tomar porque no me echo la cerveza encima ¿Que cómo me llamo, qué dónde vivo, que dónde estoy? Me va a dar trabajo o qué que esto parece una entrevista. Yo no necesito trabajo, yo necesito saber y quiero saber si me amas tú, jajajajajaja. No estoy borracho, no. Es que si el lobo de los tres cerditos se comió a caperucita y besó a la bella durmiente entonces qué pasó con los enanos de Blancanieves, a mí me devuelven la plata. Cómo que no entiende lo que digo, yo no hablo inglés, le estoy hablando un alemán claro. Yo pago esa pinche cuenta ¿cuánto es o qué, cuántas me tomé?


Ustedes sí es que son muy líchigos peleando por 8 cervezas. Mire no me gustó su chuzo mejor me largo y para que conste: no le encuentro el gusto a la cerveza.

martes, 24 de septiembre de 2013

El pelo que no sabía que era peluca

Esta es la historia de un pelo que no sabía que era peluca. Todas las mañanas se levantaba convencido de ser el más hermoso de los pelos, de la más hermosa cabellera. Radiante el sol que entraba por la ventaba, pretendía iluminar su folículo piloso, nutriendo de emociones toda su cutícula hasta llegar a la raíz. Era espléndido el brillo que podía tener. Con una sonrisa de oreja a oreja se dejaba consentir por las manos que lo recogían y recorrían cada centímetro de su ser. Era olido, revisado y cepillado minuciosamente cada mañana y cada noche, pero curiosamente el único pelo que se sentía diferente, entre los millones que lo acompañaban, era este.

Siempre tuvo miedo de lo que dijeran los demás, por eso se guardaba lo que sentía. De vez en mes se hacía el artista y dejaba escapar uno que otro comentario pero inmediatamente era masacrado por sus colegas. Vaya vida tan difícil la del que vive engañado. Vaya vida tan difícil la del que vive escondido. Todas las semanas recibía cariño extra. Cada jueves, siguiendo un ritual sagrado, era llevado a un tratamiento especial de limpieza y nutrición. Era un pelo real sin duda alguna, era un pelo de verdad.

Cierto día, mientras era cepillado, oyó hablar de un viaje. Era el viaje de su vida. Recorrería Suramérica en automóvil. Tardaron una semana en definir el itinerario  y el domingo en la noche tenían empacadas las maletas y subidas en la parte de atrás del carro. Partieron muy temprano en la mañana del lunes. Las maletas se tambaleaban y el techo del carro se había replegado para que la brisa y el sol lo acariciaran. No podía ser más fantástico el recorrido. Una que otra parada técnica para ir al baño, poner gasolina en el tanque y muchas paradas para tomar fotos. El pelo se lucía en cada captura, quería dar su mejor pose y su mejor ángulo. Era un viaje mágico.

Ya habían pasado Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Para cuando cruzaron la frontera con Argentina, un presentimiento lo hizo temblar de la raíz a la punta. Algo no andaba bien. La abundante cabellera que lo acompañaba ya no era tan abundante. El brillo que lo caracterizaba, había desaparecido. Debe ser la falta de cariño, debe ser que por cinco meses se habían olvidado de su tratamiento semanal de cariño y cuidados, los jueves en la noche. Debe ser que el descuido y el olvido lo estaban asesinando. Cómo hace un pelo para aferrarse a la vida, cómo hace para vivir lo que siempre estuvo inerte. Vivía lejos del sosiego, con un alma perturbada porque la brisa le dejaba ver como se arrancaban uno a uno sus oscuros homólogos.

Algo no andaba bien y ya era evidente. El recorrido, al menos para él, había terminado. Se consolaba pensando en todo lo que había vivido, aunque la tortura de lo que quería vivir le resultaba insoportable. Tal vez lo último que alcanzaría a ver sería el hielo impetuoso de la Patagonia, como  presagio de su frío final. Ya ni la Tierra de Fuego, donde estaba, podría abrigar el frío de la muerte que lo acorralaba. El último tramo atraviesa desde Santa Cruz hasta Buenos Aires y no se dio cuenta cómo llegó. Preso de la angustia y esclavo de un amargo desconsuelo sabe que al llegar a la capital en un salón de belleza dará el adiós final. Avenidas y calles que deberían estar llenas de vida y color parecen simplemente opacas y muertas.


Entran en un extraño recinto, la campanita suena al abrir y cerrar la puerta. Adiós Paraguay, adiós Brasil, su desierto y su carnaval, adiós al feliz regreso. Está tan distraído que no nota lo particular del lugar, no nota que hace mucho dejaron de notarlo. Pero con esa tranquilidad que sobreviene un momento antes de morir, abre los ojos para hacer fotografías mentales de todo. Justo ahí se percata que nunca había sido lo que siempre creyó. Que no está en un salón de belleza y que nunca lo necesitó. Que aquí todos parecen perfectos, que los pelos argentinos son divinos, más elegantes y estables. Abre los ojos y se percata que nunca tuvo claro que era un pelo más, en una peluca, de pelos cualquieras. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Pensándolo bien no es machismo, es sensualidad.

Este siempre ha sido un espacio de opinión. No discriminamos las ideas de la gente por su sexo, orientaciones, desorientaciones o mala ortografía (se les arregla antes de publicar). Hoy quiero compartir con ustedes uno de los textos más sentidos que se hayan publicado en este blog. Mi maestra, "La señorita de los Rines", se tomó unos minutos para sacarse la piedra del zapato y plasmar un par de ideas que espero les gusten tanto como a mí. Por ella, en gran parte, escribo como escribo. Por ella, en menor parte, soy como soy. Pero sin duda alguna por ella siento como siento porque nadie siente como ella. ("La señorita de los Rines" es su seudónimo, ustedes saben cómo son los artistas siempre ocultándose).

"El machismo está marcado por épocas de esclavitud, donde la mujer no era valorada intelectualmente, no tenía opinión pública y se convertía en la sombra de un marido, que sin importar clase social, era quien traía el pan y la leche. Muchas cosas han cambiado desde esos tiempos, hay que reconocerlo. Las mujeres de ahora deciden si ambicionan ir a la universidad, estudiar lo que su corazón les inspire, ser reconocidas por su intelecto, tener una posición propia en la sociedad y no esperar que el hombre lleve el pan y la leche a su casa, porque ellas ya pueden comprar la marca de leche que les guste o vaya con su dieta. Otras mujeres, sin que se valore menos su esfuerzo,  deciden quedarse en el hogar, atender a su esposo, cuidar de sus hijos y así son felices. Esa discrepancia enseña que ahora pueden opinar, llevar las riendas del hogar o hacer casi todo lo que se les antoje. Diferencias, que evidentemente,  definen nuestra sociedad entre una época y otra.


Por otra parte, también escogemos con quién queremos estar. Las mujeres salimos a la calle,  conocemos un hombre intelectualmente atractivo, físicamente seductor, de palabras encantadoras, que sabe de música y que tal vez interpreta melodías silenciosas de algún instrumento, opina algo sobre política, le gustan los niños y los ancianos, tiene ese pensamiento idealista de querer cambiar el mundo sin hacer nada, se plasma perfecto y nos saca una sonrisa. Nos hace suspirar y levitamos mientras disfrutamos de su compañía, pero ¿quién es ese hombre tan perfecto en realidad?

Con el tiempo, tal vez, se dan las cosas. Comenzamos a conocerlo un poco más. Es un personaje familiar, con una profesión interesante y prometedora y  nos damos cuenta que es un “buen partido”, hipotéticamente hablando. Cierto día, de ese idílico cuento de hadas, tomamos la decisión de vivir con él. Ahora, somos madres  que trabajan y estudian. Mujeres que nos desvelamos haciendo tareas y madrugamos para preparar desayuno y levantar los hijos para el colegio. Mujeres que deben recoger ropa sucia y lavarla, barrer, trapear y limpiar el polvo, ¡claro!, es que eso nos hace grandes mujeres ¿A caso no son muchas funciones para una sola persona? Dónde quedan las oportunidades profesionales que llegamos a perder al prevalecer nuestro instinto de madre. Entonces, en ese preciso instante nos preguntamos, ¿qué pasó con ese” hombre perfecto”?

Es el “Machismo civilizado” en todo su esplendor. El hombre “perfecto” no sabe cocinar y tampoco le interesa aprender, no “colabora” con recoger los calzoncillos del baño y mucho  menos los platos de la mesa después de comer. No sabe lavar ropa, ni cómo barrer o trapear, es aún no sabe lo sexy que se ve en delantal y por lo visto ni le importa enterarse. Piensa que siempre tendrá quien haga ese tipo de cosas, mamá, abuela, novia o esposa, disfraza la sumisión en palabras como “verracas”, “emprendedoras”, “echadas pa’ lante” y “hacendosas”,  excusas aberrantes que nos dejan en el mismo lugar de la época de nuestras abuelas. Excusas que muchas escuchamos al crecer, pero que olvidamos, o ignoramos, con el transcurso de los días.

Instruyámonos mujeres, ¿por qué engañarnos? la responsabilidad no es toda nuestra, la responsabilidad debe ser 50/50, y digo debe porque no puede ser negociable. El hombre tiene la misma “carga” a la hora de enfrentar el hogar. No soy feminista al 100%, porque en mí existe esa parte machista en la que el hombre debe llevar el paso en el baile, cuando te toma fuerte por la cintura y te sostiene contra su pecho. Aunque pensándolo bien  no es machismo, es sensualidad, y bastante que les hace falta por estos días."

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Apareces, desapareces.

Apareces de la nada, con tu carita y tus palabras. Apareces con nada en las manos excepto un paquete de promesas. Apareces para hacer que crea, para hacer que olvide las heridas. Apareces para calentar mis noches frías. Apareces y sin cuestionar te dejo entrar, te invito a seguir, te hago dueña y señora de casi todo. -Todo lo que no ves es tuyo. -Por qué lo que no veo. -Porque lo intangible es lo que más valor tiene. -Pero quiero lo que se ve y lo que no se ve, lo quiero todo y punto. Apareces con tu ambición para dejar que fragüe lentamente la idea de no sacarte, que fragüe lenta y dolorosamente mi obsesión porque te quedes. Aceleras la llama con tu aliento en mi oído, la aceleras estratégicamente con tus susurros para que creas que soy yo el que tiene afán. Apareces y pareces perdida, tal vez una pérdida más que le encuentro a mi lista, perdida o no, decides pasar al menos la noche.

Desapareces como tienes por costumbre. Recorro cada rincón, cada pliegue de mi cuerpo para tratar de encontrar tu aroma. Recorro mi ser para tratar de encontrar el mío al menos, porque siempre que desapareces te llevas todo mí. Desapareces como tienes por costumbre, vienes llorando, te quedas peleando y te vas sonriendo. Desapareces como hacen los fantasmas, que aunque muy amigables sean, tienden a desaparecer cuando se aburren. Desapareces para llevar al límite mi cordura, para serruchar las vigas que sostienen el techo que resguarda la esperanza de que algún día aparezcas y te quedes. Con lamentos recorro mis lugares, sollozando tus lugares, a gritos nuestros lugares. Esos lugares que si hablaran, darían testimonio de mi sufrimiento.

Apareces, sublime, perfecta, casi inalcanzable de nuevo, disfrazando el abatimiento y el cansancio de tantas guerras perdidas. Apareces con un regalo en tus manos y una promesa en tus labios. Promesa que he escuchado tantas veces que perdí la cuenta. Llenas todo con tu olor de nuevo y sacias mis ganas de ti. Te rindes en mis brazos y perdemos la noción del tiempo y de la vida.

Desapareces antes de que abra mis ojos. Desapareces sin que lo note, desapareces y me dejas peor que al principio. No puedo ni maldecir el momento en que te dejé entrar, porque sumando, malditos serían todos mis días. Desapareces sin razón con razones que siempre te sobran a la hora de volver.

Apareces, jurando con lágrimas en los ojos que no te volverás a marchar. Incrédulo vacilo un segundo antes de dejarte entrar, pero acaso podría dejarte ahí.

Desapareces cuando volteo la cabeza para indicarte el camino. Desapareces más rápido de lo que imagino.

Apareces para evitar que muera.

Desapareces para ahondar la herida.

Apareces porque sí.

Desapareces sin porqué


Apareces, desapareces. Eso hacen los fantasmas.

lunes, 29 de julio de 2013

Tal vez debió decir hasta nunca...

Marca en la pared, al mejor estilo de un preso aburrido, los días que han pasado desde la última vez que habló con ella. Ya no sabe exactamente por qué sigue creyendo que siente algo. Es que, de su lista de pretendientes, ya le encontró un reemplazo (o varios) y no le volvió a hablar. Pero estúpido es el corazón y más estúpido es el que cree en las cosas que no pasan.  Estúpido entre los estúpidos se levanta y recuerda cuando insaciablemente se conocían, insaciablemente se coqueteaban, insaciablemente hablaban. Recuerda las promesas de un amor secreto, de un amor furtivo, de un amor fugaz. Recuerda que solo debe quedar en el secreto de su olvido porque nadie debe saber qué hablan y cómo hablan. Debe ser que alucina, aun cuando no alucina. No está seguro de si le está escribiendo o hablando. No tiene claro si le están leyendo sus mensajes o pensando en otra cosa.

-          Hey tú, sí tú, dile al elefante rosado que está volando sobre el monitor que vuelva en cinco minutos porque vamos a hablar.
 
-          Pero, hablar de qué a ver.

-          Hablemos de todo, de lo que no pasó, de lo que no dijiste, de lo que no creí. Hablemos de lo que no entendí y de lo que nunca diste a entender.

-          Eso sería no hablar o hablar de nada.

-          Entonces hablemos de otra cosa, por ejemplo de tu película favorita, de esa serie de televisión que te encanta, de tus artistas favoritos, esos que nunca he escuchado pero que ya mismo los estoy googleando.

-          (Tararea alguna canción que suena en el fondo).

-          Y ¿qué más, cómo estuvo tu día?

-          Bien.

-          Mi día estuvo genial. Mucho trabajo pero bien. Escuché esa canción que tanto me hace pensar en ti y cuando salí estaba sonando otra vez y de nuevo pensé en ti. Antes de llegar a la casa entré al supermercado y vi esa chocolatina que tanto te gusta y pensé en ti de nuevo. Es que no te sales de mi cabeza.

-          Tiene como mucho tiempo libre para pensar cosas que no debe.

-          Pues es inevitable. Pero, cuéntame algo de tu día.

-          Me desperté, pensé en él todo el día y aquí estoy pensando en él otra vez pero un poco distraída y aburrida.

-          Ah, ok. Bueno supongo que hablamos después.

-          No, no cuelgues.

-          Pero te estoy distrayendo de tus muchas ocupaciones. (Pensar en él)

-          No, es que ahora él debe estar hablando con otra, bueno, con otras. Pero por favor no le digas a nadie, ni siquiera puedes decir que hablamos, qué van a pensar de mí.

-          Eso pasa hasta en las mejores familias, pero tranquila que yo le guardo el secretico.

-          Visto a las 11:43


Empieza a alistar todo para irse a la cama. Ya es tarde, ya no van a responder más, ya se cansó de tanta estupidez. Toma la toalla, se ducha para despejarse y refrescarse antes de dormir. Revisa el celular por última vez y recibe una copia de la conversación de tres contactos diferentes. Era un secreto bien guardado. No hay nada oculto entre el cielo y la tierra, ni siquiera el hecho de lo poco que le importa a él. Apaga la luz, cierra los ojos y sonríe. Sonríe porque será una plácida noche. Una noche en que se va a sentir libre para soñar lo que quiera. Ya no es preso de su recuerdo, ya no es reo en la cárcel del olvido. Extiende la mano hacia la pared y con la punta de los dedos borra las marcas de los días pasados. Ya no importa si fueron cinco, veinte, noventa y nueve o cien. Ajustó cuentas consigo mismo y su paz lo refleja. Puede dormir tranquilo el que nunca mintió, puede vivir tranquilo el que saludó y se despidió con el corazón. Da media vuelta y se dice a sí mismo: hasta mañana, aunque tal vez debió decir, hasta nunca.

lunes, 22 de julio de 2013

Esa guerra en la que no todo se vale...

Después de mirar su demacrado rostro por enésima vez en el espejo, Pablo, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, se acomoda la camisa, se revisa el pantalón y se ajusta el cinturón. Pretende salir a entretenerse con cualquier mirada que parezca su mirada, con cualquier cabello que parezca el de ella, con cualquier espejismo que lo saque de la tortura en que vive. Sale a caminar como no tiene por costumbre, pero no tiene más opciones. Es salir a ocupar su mente en algo medianamente productivo, o quedarse y ahogarse en la almohada. Es salir a verla imaginariamente en cada lugar al que vaya o sufrir estúpidamente con un listado de canciones que le recuerden a ella. Condenado en su recuerdo vacila en cada paso, suspira con el poco aliento que le queda y pone la mejor sonrisa que tenga en el bolsillo. No tiene rumbo, no tiene compañía, no tiene corazón. No sabe cómo sigue vivo si ella desgarró su pecho y le arrancó despiadadamente el poco corazón que le quedaba. Es que le quedaba poco, porque sin que ella lo notara se lo había regalado a pedacitos.

Busca un nuevo vicio que sacie sus necesidades, ella ya no puede serlo, así que se refugia en el café. Toma taza tras taza de café hirviente con la esperanza de quemarse la lengua, de inhabilitarla para siempre, al menos tendría una razón de peso para no volverle a hablar. Alberto, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, camina y no se detiene. Camina para mantenerse a salvo, camina llenándose de razones para olvidarla. Camina porque el dínamo de su odio son sus pasos. Camina, porque como todos cuando caminamos, tenemos la cabeza puesta en otro lado y tal vez entre recuerdos y alucinaciones encuentre la fórmula perfecta de un encantamiento innecesario que le haga olvidarla. Suma decepciones, resta razones y divide sentimientos para entender, al fin, que el resultado que tanto quería a su favor, ella se lo daba a otro y que lo que ella quería de otro, insistentemente, él quería dárselo.


Entonces Pedro, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, comienza a entender que pasaran mil noches sin lunas antes de olvidarla. Comienza a despertar a la realidad. Las falacias del destino han opacado las quimeras del corazón y destruido las utopías de la imaginación. Santiago, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, se rinde al instinto de supervivencia y como torero en burladero se esconde para evitar una muerte prematura. José, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, se acomoda entre los escombros que dejó el huracán de sus mentiras. Nicolás, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, prueba y comprueba que no hay prueba más dura, que creerle a una mujer de labios dulces y venenosos. Felipe, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, al fin acepta que no hay peor muerte que la que llega con las mentiras de quien le roba el corazón. Yo, llámenme así para que no crean que es otro, que está bien, sonriente, feliz y complacido, reconozco que hablo en nombre de los difuntos corazones heridos en la guerra del amor. Esa guerra en la que no todo se vale.

lunes, 15 de julio de 2013

Asociación Nacional de Ayuda Al Hombre

Desde que escribí “Solidaridad Masculina” he recibido muchos comentarios de mis doloridos amigos quienes se identificaron con la historia. Tanta es la represión en la que vivimos los hombres hoy en día, que muchos han tomado las riendas del asunto y han decidido empezar a escribir sus propias historias. Para la muestra “Conquista o Relación”, el texto que fue publicado en este mismo blog y que no es de mi autoría. Es que al mejor estilo de la línea de atención al maltrato masculino de los comerciales de hace unos años, nos hemos unido y estamos formando nuestra propia asociación contra los abusos de las mujeres. Sé que parece gracioso, pero es cierto. Hace unos años ellas estaban más que unidas. Se escuchaban, casi coralmente, diciendo incansablemente que los hombres eran unos perros. Pues para el asombro de muchos ahora somos nosotros, los que indignados, gritamos que todas las mujeres son unas… “¡Princesas!”. Por eso convoco a mis hermanos hombres, burlados, rumbeados, engañados, maltratados y despreciados, a que hagan parte de A.N.A.Y.A.H. la Asociación Nacional de Ayuda Al Hombre. Como jefe de admisiones de dicha asociación, decidí publicar la lista de requisitos para obtener la membresía.

1.       TENER UNA TRAGA MALUCA: Quienes deseen ser parte de la A.N.A.Y.A.H. deberán tener, mínimo una relación conflictiva. Entendiéndose como relación al vínculo comunicativo que se ejerce con alguien por medio de WhatsApp, Twitter, Facebook, Llamadas y demás servicios, recíproco o no, es decir, si le responden con regularidad o lo dejan hablando solo.

2.       SER PAYASO: Este requisito no tiene nada que ver con disfrazarse, pintarse la cara y gritar: “Dónde están los papitos”. Tiene que ver con ese sentimiento confuso que se crea de la mezcla entre la frustración y la humillación. Los payasos, son esos sujetos que se encargaron de hacer mil cosas bonitas, que fueron recibidas pero al final no dieron resultados. Los payasos son los que gastaron tiempo e ideas haciendo cosas para conquistar a alguien, ese alguien le corresponde, pero en secreto tiene un vínculo “comunicativo” con otro. Si usted se entera que le dice amor a todos, déjeme decirle que es un payaso.

3.       SER DRAMÁTICO: No hay nada que le moleste más a una mujer que un hombre dramático. Pero siendo honestos, no es que uno sea dramático de verdad. Lo que sucede es que como no sienten lo mismo, cuando les expresan el 1% de lo mal que se está pasando, ellas creen que uno es un dramático. Si usted se ha visto tragándose los sentimientos y tapándolos con indiferencia es un dramático reprimido, por favor solicite el formulario de inscripción.

4.       SER ILUSO: Si se conforma con cualquier “Ola K Ase”, aunque en las últimas y próximas 24 horas no le vuelvan a hablar, usted es un iluso. Si sale corriendo a vestirse porque cree en cada vez que le dicen “veámonos” aunque desde el principio usted sabía que  lo iban a plantar, es un iluso. Si secuestra el teléfono de su casa y lo mete debajo de la almohada esperando una llamada que nunca va a llegar, es un iluso. Por favor saque cita con un psicólogo

5.       SER "AUTOFALAZ": No importa cuántas veces se mienta a usted mismo y trate de obligarse a no llamarla, no pensarla y no sentir lo que siente por ella, si termina haciéndolo es un autofalaz (Auto = uno mismo, Falacia = mentira). Si pretende ser fuerte como para hablar con ella sin derretirse, si cree que puede llamarla como un amigo, si cree que no le va a dar un infarto verla, si asume que no le van a dar celos que salude al celador del conjunto, usted se miente a sí mismo, o sea, es un autofalaz. Por favor contrate al equipo de “Cheaters” y de paso visite una clínica de reposo.

6.       SER UN STALKER: Si entendió que no tiene la habilidad del hombre invisible de no ser visto como para seguirla a todos lados y le toca estar pendiente de cada uno de sus movimientos en redes sociales, usted es un Stalker. Si pasa horas actualizando la ventana del explorador que tiene abierta con el perfil de ella para enterarse de primera mano de lo que ella publica usted es un Stalker. Si activa en su celular las notificaciones del perfil de ella, usted es un Stalker y con cien años de experiencia. Por favor descárguese una vida, es una aplicación gratuita en AppStore y Google PlayStore.

7.       CERRAR LAS REDES SOCIALES: Si nota que estúpidamente creyó que las publicaciones de ese “alguien” eran para usted, pero en realidad nunca lo fueron y se deprime tanto como para que un bloqueo no sea suficiente, lo mejor es que cierre las redes sociales. Si lo ha hecho mínimo una vez por favor consulte un psiquiatra, usted necesita medicación.

8.       VOLVERSE MUSICAL: No tiene que ser músico para volverse musical. No tiene que componerle canciones para volverse musical. Si tiene una lista de reproducción con esas canciones que hacen que la recuerde para darse palo, usted es musical. Si tiene que cambiar la radio de estación porque canción le habla de ella, usted seguramente se volvió musical. Por favor abandone el tratamiento médico, cómprese una canasta de lo que prefiera y supérelo.


No es nada complicado ingresar a la A.N.A.Y.A.H. por el contrario si se sintió identificado con alguno de los requisitos, por favor acérquese a nosotros, busque ayuda. Las tuzas no se deben pasar a solas, porque al final uno siempre resulta llamándolas e invitándolas a comer obleas, helado o a tomarse una gaseosa y como no van a aparecer porque están con alguien más, usted necesita la ayuda de sus amigos de la Asociación Nacional de Ayuda Al Hombre A.N.A.Y.A.H. 

lunes, 8 de julio de 2013

Conquista o relación

Lunes de Blog y quiero compartir este texto que un amigo me pasó para que todos ustedes lo vieran. Es como la continuación a "Solidaridad Masculina" y por eso decidí compartirlo. Disfrútenlo.


Muchas veces, escuchamos a las mujeres decir que están buscando un hombre que las enamore para poder ser felices. Que las llenen de regalos, detalles, llamadas y mil palabras bonitas que les recuerden que son unas princesas encerradas en una torre esperando un valiente caballero que las rescate. Pero, siendo honestos, es bastante contradictorio y hasta incoherente. Si están esperando que las enamoren y que las rescaten sin colocar un solo grano de arena de su parte, definitivamente, no quieren una relación ¡Quieren una conquista! Esa falsa utopía que venden las películas de época a las mujeres de hoy es lo que nos está complicando la vida a los hombres. Cuando es uno el que hace todo el trabajo, el que conquista y reconquista una y otra vez según el SPM lo requiera, déjenme decirles que están tragados solos. Si la reciprocidad de palabras, detalles y expresiones no es evidente están, digámoslo amablemente, razonando fuera del recipiente, y en una relación las cosas deben ser de ambas partes. Es dando y recibiendo. Cada quien poniendo empeño al conocer, determinar y observar a la otra persona, si es o no es, la indicada.

Por otra parte, en una conquista el hombre solo hace lo que a ella le parece. Dicho de otra manera se camufla de hombre ideal, podría ser un sapo con armadura de príncipe y ellas encantadas porque encontraron lo que querían sin darse cuenta que todo puede ser un engaño. Pero bueno, ellas mismas se lo buscan. Si no les interesa demostrar, ni conocer a la persona que tanto les demuestra y hace por ellas, debe ser por una de dos razones: les pareció bien físicamente o sus regalos y detalles sin corazón las han engañado. Y eso, suponiendo que como todos dicen, primero se debe pasar por una amistad, la pregunta es ¿qué tipo de amistad?


En mi humilde opinión y con mi no desmedida experiencia, creo que he tenido varios tipos de amistades. Y en el mejor de los casos puede que con algunas haya pasado a segunda base, pero tampoco es que segunda base sea la gran cosa, apenas medio ser correspondidos y ya.  Entonces qué manual o qué pasos debemos seguir los hombres para buscar esa mujer, no con la que solo queremos “cositas”, sino con la mujer que queremos una familia. Por supuesto dejando en claro que los hombres también buscamos cosas más allá de la belleza física. Buscamos esa mujer que sea trabajadora, honesta, ordenada, juiciosa, divertida. Tal vez mil hojas no nos alcancen para terminar la lista de lo que buscamos. Pero así sea una hoja o mil, siempre llega de nuevo mi pregunta ¿cómo hacemos? Si las invitamos a salir, las llamamos, estamos pendientes y no recibimos nada de su parte ¿Qué hacemos? ¿Nos alejamos? ¿Seguimos? ¿Tiramos una moneda al aire para decidir nuestro destino o qué? Porque siendo sincero con ustedes, he escuchado muchas veces esta frase de las mujeres: ¡es que ustedes son los hombres¡ Eso qué tiene que ver ¿que tenemos que ir al límite de comprometer nuestros corazones con todas sin saber cuál va ser o en que vamos a terminar? Por favor, así sea un indicio no nos haría daño. A nosotros también nos gustan los mensajes inesperados, las llamadas sorpresa, los sms con caritas. Si lo hacemos es porque nos gusta ¿no creen?

miércoles, 26 de junio de 2013

Nadie sabe para quién trabaja.

Te dedicas a explorar un universo infinito de posibilidades remotas de conseguir lo que algún día soñaste. Te dedicas a anhelarlo, a suspirarlo, a desearlo y a quererlo. Te dedicas, con toda la dedicación que posees a imaginar que sea posible, que sea real. Te dedicas a planear cómo conseguirlo, cómo arrebatarlo y cómo conquistarlo. Te dedicas a dedicarte a eso sin angustias y sin futuro, solo con la certeza de tener un segundo a la vez para vivir. Haces check list, te aseguras que no falte nada y ejecutas tu plan. Te colmas de grandeza, de fuerzas, de seguridades un poco inseguras, te inundas de fe, de armas, de valor infinito y muchas destrezas. Le pides a la vida que juegue de tu lado y que los planetas se alineen para que nada falle en tu labor.

Paso a paso empiezas a construir lo tuyo. No importa cómo se llame o cómo lo llames todo es igual. Ladrillo sobre ladrillo vas construyendo los muros que sostendrán el techo de tu refugio. Aprendes a contar los días, porque para bien o para mal, lo que haces mientras construyes depende de ti y es lo más especial que podrás recordar. Es ese tesoro que guardas en el fondo del alma porque no sabes si al terminar tu obra seguirá siendo tan tuya como cuando empezaste. Pones tu vida, tu corazón y tu todo en los detalles. Empiezas a creer que tiene forma de algo. Empiezas a soñar con que tiene sentido y hay esperanza. Empiezas a entender que después de todo nadie sabe bien, para quién trabaja.

Cuentas y recuentas las marcas de los días vividos que hiciste en la pared. Sumando y restando no sabes al fin si suman noventa y nueve, o cien, o ciento uno. No sabes si importan las cuentas porque tienes eso en el interior que te advierte que lo que creías que iba a ser para ti, no lo será. No sabes si importa el ingenio porque tienes eso en el alma que te advierte que lo que creías tener seguro, nunca fue tuyo. Palpita en el corazón ese amargo sinsabor de entregarlo todo y no recibir nada cambio. Palpita y desespera esa amargura que queda, por haber marcado sobre el cemento fresco los ideales de un incierto porvenir. Porque aunque no quieras te diste cuenta que construiste en falso y que ahora nada podrá borrar su nombre de ahí, excepto derribar y volver a construir. Sin querer, notaste que haces parte de una cadena. Que lo que tú dedicaste ya fue dedicado. Que lo que cantaste fue reciclado y cantado a alguien más. Que lo que escribiste fue olvidado porque le escribieron a alguien más. Porque todo lo que pensaste, fue re-pensado con otro.


Y ahí, inmutable, suscitas compasión y lástima porque ya la burla y la risa se le agotaron. No te queda más que el escozor de una herida sin sanar y ver cómo perdiste el tiempo. Ya no es necesario lamentarse por lo que no hiciste, definitivamente, el que no hace ve hacer. Empacas los versos que quedaron, los suspiros que sobraron y la poca cordura que te queda. Es que siempre es difícil entender que nadie sabe para quién trabaja.

lunes, 17 de junio de 2013

Solidaridad Masculina...

Es bien sabido que cuando los hombres discutimos con las mujeres siempre llevamos las de perder. No solo porque el genio de algunas sea más poderoso que el de Aladino, sino porque en argumentos nos quedamos cortos. No importa cuánto leamos ni qué tan doctos nos creamos en ciertos temas, al final, ellas siempre van a ganar. Estemos solos o acompañados no daremos a basto juntando argumentos lógicos, o ilógicos, para tratar de ganar y siempre serán ellas las víctimas de toda nuestra supuesta crueldad. Esa crueldad que se propaga como una enfermedad entre todas sus amigas al peor estilo de pandemia viral de AH1N1 con solo recibir una llamada. Esa sensación que sentimos los hombres de ser juzgados por la ofendida y sus amigas, no es más que la solidaridad femenina.

Por eso propongo que los hombres inventemos la solidaridad masculina. No nos pisemos la manguera entre bomberos señores. Es que entre nosotros todo es tan diferente. Si salimos mal librados en alguna relación con una mujer nuestros amigos son los primeros en hacerse amigos de ella y burlarse de nosotros. Si nos terminan son los primeros en meter el dedo en la herida y si somos los primeros en terminar están haciendo fila para "gusanear". Por eso, amigos, hagamos un alto en nuestras vidas y decidamos ser mejores que eso, mejores que el instinto, no importa que la ex de mi amigo sea Jennifer Aniston o Natalia París ¡No señores! solidaridad masculina.


Unamos fuerzas y exijamos los derechos de la masculinidad. No se trata de ser princesos ni más faltaba, los hombres de verdad no sufrimos de esas estupideces. Se trata de dar y recibir. Porque o nos cogen de marranos o nos extorsionan pero siempre se salen con la suya. Bueno, pues llegó el momento de estandarizar las tarifas del gremio y definir qué cosas estamos dispuestos a dar y cuáles exigimos recibir. Los hombres también esperamos invitaciones, llamadas, visitas y bobadas así. Al menos esperamos que jueguen limpio y nos digan lo que sienten sin tapujos ni condiciones. Si quieren jugar con nosotros, díganlo. Si hay reglas, díganlo. Si no hay reglas, díganlo. Pero definitivamente es dando y recibiendo. Empecemos a exigir que nos llamen, que nos digan que nos piensan, que se les escape un mensaje de texto de vez en cuando, que en ocasiones nos rueguen un poquito. No permitamos más patanería por parte de ellas porque los hombres buenos todavía existimos y estamos uniendo nuestras fuerzas para crear la solidaridad masculina...