Imperante era el
silencio que embargaba aquella noche fría. Esas, de luna y estrellas
escondidas, que torturan el alma y los sentidos con la oscuridad más profunda
que la humanidad jamás pueda ver. No había luz alguna, o rastro de ella, que se
colara por las ventanas y las fisuras de las puertas en la pequeña casa al
final de la ciudad. Era tan pesada y profunda que no se podía ver el piso, o el
techo, o pared alguna. Era tan insondable que el temor se apoderaba de la
gente, temor de perderse en ella y no poder volver a la luz. Pero tal vez, sólo
tal vez, la quietud y el silencio eran más inquietantes que la oscuridad. Así,
que en completo sigilo y completa penumbra; en completa angustia y completa
soledad; en la sala de una pequeña casa a las afueras de una ciudad, la Luna
daba a luz un pedazo de su ser. Por qué la diosa de las mareas no tendría el
respaldo de su padre, el sol, el rey de nuestro universo. Por qué las
estrellas, sus aliadas y fieles amigas, no estaban para darle la mano a la
princesa y ayudarla en su gemir. Seguramente porque su amante fugitivo era un
mortal, un simple mortal que con guitarra al hombro encantaba mientras cantaba.
Ciega, la Luna
intentaba encontrar algo que alivianara su tormento y le deshiciera el recuerdo,
de la primera y única vez, que se le había permitido descender a la tierra. El
dolor era inaguantable. Luchaba para apagar sus gritos con algo, que por la
textura y la forma parecía un cojín, y que había arrebatado de un lugar
cualquiera. Debía mantener su inmovilidad para no hacer ruido alguno y
despertar a la gente que vivía en la casa. Una diminuta casa, como ya dije,
llena de mil objetos y decoraciones inútiles, tan auténtico en muchos humanos.
Las contracciones se detenían cada tanto y sus pensamientos se despejaban lo
suficiente como para recordar la fiesta. Esa fatal celebración que tienen una vez
al año los mortales, de toda lengua y nación, para rendirle culto y ofrendas a
los dioses del firmamento.
Un día que se
reserva una vez al año, los astros toman forma humana y descienden entre los humanos,
buscando gente de corazón puro, llenos de luz, para dar origen a nuevos dioses
que se posen en el firmamento. Pero la Luna, torpe y primeriza, trastornada por
la curiosidad, no se percataba del corazón de nadie. Cuántas fechas especiales
vio desde el firmamento con parejas de enamorados que juraban eternidad para su
amor y que no podían disimular tanta felicidad. Ella lo envidiaba, lo soñaba,
hubiese dado la vida misma por conseguirlo. Por eso, su único objetivo era
encontrar un joven galante, que le escribiera los mejores versos, lo más
románticos, los más dulces y los más tiernos. Caminaba por entre la
muchedumbre, algunos hedían a humano, otros encantaban a amor.
Donde sea que fuese,
ella era la luz. Todo cambiaba con la aparición de deidad hecha carne. Los
hombres quedaban turbados y las mujeres enceguecidas por los celos los halaban
de los brazos. Una diosa en todo su esplendor. Era la Luna que caminaba entre
lo mortales y hacía de las suyas con su encanto. Tenía el cabello oscuro como
el firmamento sobre el que se posa al brillar. Su tez era tan blanca y tan
suave, que parecía como uno de esos halos de luz que acarician la piel en una de
esas noches despejadas. En contraste y delicadamente posada sobre su hermoso
rostro estaba su boca. Esa boca roja y pequeña como el beso de una cereza que
no puedes dejar de mirar y que solo deseas besar. Sus ojos eran grandes, perfectos
y tan profundos, que las palabras de todos los alfabetos unidos no alcanzarían
para describirlos. Eran claros, muy claros, tan claros, que lo único claro era
que quien la viera se perdía en su mirar. Así, divina y encantadora, pasaba de región
en región, de nación en nación, buscando el adecuado.
Cuando la noche
estaba a punto de terminar el eco del valle le trajo el sonar de una guitarra y
una voz. Esa voz gruesa y viril que la estremeció de la cabeza a los pies,
cantaba sobre sus amores y sus desventuras. Como un relámpago estruendoso se
escabulló entre las copas de los árboles y sin que aquel juglar lo notara se
acercó. Pero una mujer así no puede ocultarse, no debe hacerlo, jamás lo
lograría por más que quisiera. Se cruzaron sus miradas en una sinfonía silenciosa
que además los dejó sin aliento. Ella tan divina y él tan ilícito, conectados
en un solo sentir, electrizante y perfectamente platónico. Ella se acerca un
poco más y subrepticiamente se cuela hasta estar a junto a él y entre sonrisas,
canciones y vino tiene la guarida perfecta para darle un beso. Un beso, de esos
que se escapan y no alcanzan a llegar donde quisieras, se posa en su hombro. Se
cruzan las miradas y por un instante el corazón no necesitaba latir, si se
tienen el uno al otro no sería necesario jamás. Ahí, una sola mirada y un solo
ser, envueltos entre sus sentimientos y pasiones se planta en el corazón de la
Luna el deseo de ser una mortal más del montón.
Enloquecida y
atormentada por las contracciones, contracciones no de su vientre sino del
alma, yace en el piso de la diminuta casa medio mortal y medio diosa la
culpable de la oscuridad. El culpable del silencio desesperante espera en la
puerta por una señal. Espera que decida aniquilar su conciencia de diosa, su
responsabilidad de deidad y su vida de perfección, para convertirse en su
amante y su compañera. Para convertirse en su alma gemela. Espera que tal vez
en un arrebato de demencia deje todo su esplendor celestial y se rinda a los
designios de su corazón. Es que hasta los dioses sufren por él, sufren del
alma. La Luna debe parir de su interior,
su deidad o su carne, y salir o desaparecer.
Los minutos
parecen sempiternos hasta que la oscuridad empieza a desaparecer un poco y
parece que el corazón del trovador, también con ella. No hay más llanto, ni
terror, ni siquiera hay esperanza. La oscuridad desaparece por completo cuando
la Luna se alza en el cielo, llena y brillante. El silencio se rompe con el
sollozo del trovador que entiende que ganó la conciencia y el legado de su
diosa. Que los mortales siempre serán mortales y los dioses siempre serán
dioses.