miércoles, 18 de noviembre de 2015

Dicta Dura

No logro recordar la última vez que me senté en esta vieja máquina para escribir, mucho menos logro recordar de qué hablaba, o qué sentía. Los días de los mensajes ocultos entre las líneas de las columnas del periódico local han terminado. Qué hace diferentes a los dictadores, si parece que repiten las pisadas de sus homólogos y se copian los modelos unos a otros para domesticar naciones salvajes enteras. Qué tienen de especial que terminan por reprimir la opinión de nosotros, los amantes, los apasionados, los soñadores. Las cosas no han sido fáciles desde su ascensión al poder, triunfo paradójico, porque fue marcharse lo que más autoridad le dio. No recuerdo la última vez que pude escribir libremente, pero sí recuerdo la forma en que todo se complicó. Un inicio sencillo tratando de convencer a algunos. Una palabra por ahí, otra palabra por allá, fueron siendo suprimidas de nuestros textos.  Al principio no fue más de una palabra a la semana pero con el paso del tiempo, se prohibían expresiones completas y ahora, a pesar de que se nos considera un pueblo libre, se han prohibido temas completos.

Pero nos hemos acostumbrado, digo, se nos han prohibido las caricias, la cercanía, los vínculos personales, se nos ha prohibido hablar de amor, practicar el amor, decidir el amor. A la más mínima expresión de afecto se nos confina en un pequeño espacio destinado a manera de celda, en el que no se nos habla, no se nos escribe, no se nos piensa siquiera. Pero que dicte lo que quiera una persona, el alma es libre de sentir, libre de pensar, libre de hacer lo que quiera y no hay nada más ingenioso que el corazón de un olvidado. Por eso yo, escoria de los guerreros, en esta afónica e indiferente celda presumo valentía y escribo esta, mi última carta. Última porque tal vez mañana no esté vivo, porque la muerte de un escritor es la condena de no volver a ser leído. No importa que juegue con las palabras, no importa que camufle mi mensaje como hace un tiempo, cuando desafías la dictadura de frente, el poder de la fuerza es implacable. Estricta e indolente, se alzará como la reina impaciente que es y descubrirá mi mensaje, sabrá entonces que me he vendido a la causa y no podrá perdonar a este su perpetuo amante por tocar su tesoro.

Hay temas velados, temas manipulados y temas prohibidos. He recibido amenazas de toda índole si llegase a tocar alguno de ellos, cada una peor que la anterior, cada una más terrorífica que la otra. No puedo hablar de hadas, de fantasías inconclusas, no puedo mencionarlas, no puedo develarlas, ni puedo siquiera insinuarlas, el castigo: disolverme en el rincón que ignora. Imposible hablar de partidas, de despedidas, de adioses sin fin. Imposible merodearlos, imposible pretenderlos, inaudito nombrarlos no importa que la información esté manipulada, porque tal es su furia que inmediatamente recibo un llamado con reprensiones, un llamado a la cordura, recibo un llamado a lo que esta dictadura llama “madurez”.  Pero prohibido tengo sobre todas las cosas hablar de fauna, de animales salvajes, de mamíferos marinos y de mitología griega. Esa es la joya de su corona. No hay ventana por la que pueda escapar, ni pelo que se me escape de su furia si tan solo me acerco a diez mil kilómetros de distancia a esos temas pues sin clemencia seré condenado a la muerte en el exilio. Yo sé que suena ridículo, pero así son las dictaduras, ridículas y sin sentido.


Es esa mi peor condena, amar a quien dicta la soledad de mi destino y ser un patético esclavo de sus caprichos, cuidando el tesoro por el que me reemplazó, un rey sin melena, un semidiós sin fuerza, un brutazo sin palabras y sin letras. No recuerdo cómo todo comenzó, pero sé que con esto todo termina. Un año, dos años o cincuenta años.   

lunes, 3 de agosto de 2015

Odio las placas

Hay mil y una formas de arruinarle la vida a alguien. Están las de tipo novela en que la mujer contrata un asesino para acabar con la amante de su esposo, la famosa y clásica treta de “estoy embarazada” o simplemente decirle a alguien después de muchos años que es adoptado. Son algunos de los más básicos, y novelescos, ejemplos que existen en el inconsciente colectivo de millones de personas que han crecido al lado de Esmeralda, Gata Salvaje y las Marías de Thalía. Pero ¿y si les dijera que hay formas mucho más complejas para arruinar la vida de alguien? seguramente un tradicionalista televisivo diría que es imposible. Encontrar la manera perfecta para arruinarle la vida a alguien requiere de un estudio profundo de las conductas, la rutina y la personalidad de a quien se le va a arruinar la vida (quien de ahora en adelante será llamado “el destruido”) por parte de quien planee dicha destrucción (a quien llamaremos “el destructor”). Si han escuchado la Frase “Cada cabeza es un mundo”, usted sabrá que cada posible destruido es diferente y no se puede ejecutar un mismo método para todos. Les daré un ejemplo perfecto para que tomen como referencia y puedan recibir el diploma de destructores profesionales.

El destructor y el destruido en este caso sostienen una relación compleja desde hace algún tiempo, en los ires y venires del destino han completado varios años en un juego público-oculto de relaciones pseudoclandestinas, lo que hace que el destructor conozca claramente las debilidades del destruido, su personalidad y sus fortalezas. El destructor de esta historia, posee un control supremo sobre el destruido al igual que todos sus congénero por lo que de ahora en adelante se le dirá “La destructora”. Con esa trama de dormir en el sofá o cortar los servicios ha logrado controlar a su antojo al destruido, a quien seguiremos nombrado “el destruido” por cuestiones de género. Esa información, más ese poder, dan como resultado el camuflaje perfecto para esconder detrás de algo tierno una estrategia macabra y el destruido, como todos los de su especie, no es más que una inocente paloma que cree todo lo que le dicen (qué se le hace si así son todos los hombres). Siempre la destrucción funciona mejor cuando va después de algo tierno.

En ese orden de ideas, la destructora del ejemplo, se inventa un juego con las placas de los vehículos que consiste en lo siguiente: Cada placa por lo general tiene tres letras y tres números, si a cada letra se le enlaza con el número del espacio correspondiente encontramos que la primera letra se conecta con el primer número, la segunda con el segundo y la tercera con el tercero (reglas básicas para que el destruido no se confunda). El truco del juego está en que si la placa tiene dos números iguales, la letra que coincida con el espacio del único número diferente será la inicial del nombre de una persona que en ese momento está pensando en ti. De antemano la destructora debía conocer cuánto tiempo pasaba manejando el destruido al día y cuántas posibilidades de combinaciones podían existir con su inicial, datos que surgen de a una pequeña consulta.

La dirección de tránsito de Bucaramanga recientemente publicó las cifras del parque automotor en Bucaramanga donde revela que al menos 165.365 vehículos circulan por las calles de la capital santandereana. Si a eso se le suman los 168.653 de Girón, los 135.198 de Floriblanca y los 9.664 de Piedecuesta, Bucaramanga y su área metropolitana se ubican en un puesto muy elevado entre las ciudades con más vehículos circulando. Como los cálculos de las placas con dos números iguales son astronómicos y las posibilidades de coincidir con su inicial son casi nulas, la segunda fase del plan era convencer al destruido de soñar con viajar por todo el mundo, de hacer una lista de países a los cuales ir y encontrar un nombre popular de cada nación con la cual se reconocerían ¿Sí ven a lo que me refiero? Cada fase del plan está envuelta en un terciopelo romántico que desvíe la atención por completo del destruido. Por ende el listado de países debe ser al menos de diez y con nombres muy populares.

La tercera fase consiste en reiterar el infinito amor que supuestamente se profesa por el destruido y recordarle al ver las placas que en cada momento del día, la destructora piensa en el destruido. La última etapa es la más sencilla de todas pero la más contundente, sin razón alguna la destructora debe ponerse extraña, proyectar sobre el destruido la razón de su comportamiento haciéndolo sentir culpable de sus inseguridades y tristezas y camuflar sus razones en conductas ni remotamente similares en el destruido; esto último para generar confusión y desasosiego. Sin más, marcharse sin dar explicaciones y asegurarse que por un tiempo indefinido el destruido seguirá saliendo a la calle a ver cientos de miles de carros con placas de números repetidos y que coinciden con las iniciales de los nombres de los países de la promesa.

Por eso, razones sobran para odiar las placas, porque un destruido fallecido disfrazado de transeúnte recorre las calles congestionadas de una pequeña ciudad por más de ocho horas al día. Una y otra vez con afán de llegar a ningún lado excepto al límite de su energía para tratar de agotar la mente y dejar de pensar. Más de ocho horas diarias y más de cuatrocientos mil vehículos le dan, el inevitable infortunio, de encontrar la placa precisa una y otra vez (a veces una tras de otra). Razones de sobra para odiar las placas, porque la herida se abre cada vez que estúpidamente el destruido ve la letra que coincide con alguno de sus nombre para creer que lo piensa, pero se obliga a reconocer lo contrario. Si me lo preguntan odio las placas, las placas con dos números iguales y una letra como la inicial de uno de sus nombres.


lunes, 27 de julio de 2015

Agorafobia Selectiva...

Tengo un selfie stick que ya no uso, una batería portable sin cargar y una trípode para celular en una gaveta, los tengo guardados junto a un hongo de goma y una manilla con restos de perfume. Los colecciono como suvenires y los pongo en distintos lugares para recordarme que no debo salir. “Afuera es peligroso, adentro es seguro”, es mi oración todas las mañanas y vuelvo a esconderme bajo una carpa de sábanas y cobijas que no he lavado hace más de dos meses para no borrar los restos de su esencia. Me refugio en un fuerte de recuerdos, un fuerte casi viviente de memorias palpitantes que me paralizan justo bajo el dintel de la puerta y me impiden salir como la gente normal. Claro que nunca he sido del todo normal, soy ese tipo de tipos diferente a todos los tipos que vive del romanticismo de la poesía pero igual a todos los tipos que cuando tienen al amor de su vida se portan tan mal que terminan por espantarlo. Y en esa dualidad me debato cada mañana, despertando en medio de quien quiero ser y del que tú quisieras. Repito la misma rutina, todos los días a la misma hora, una alarma en el celular, otra en el reloj, las pospongo tres veces cada una hasta que se me hace tarde y luego debo correr. De un salto llego a la ducha, jabón y champú en la misma ronda para ahorrar tiempo y agua y me pongo, sin planchar, cualquier prenda limpia de mi armario. Me visto los mismos zapatos sucios de todos los días e intento salir, pero algo me lo impide: soy agorafóbico.

Según el diccionario la agorafobia es un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a las situaciones cuya evitación es difícil o embarazosa y de acuerdo con la etimología de la palabra, la agorafobia está especialmente relacionada con el temor intenso a los espacios abiertos o públicos en los que pueden presentarse aglomeraciones. No estoy loco como dice mi familia, créanme, lo he hablado por varias semanas con mi terapeuta. Lo que no hemos podido esclarecer es el tipo de agorafobia tan particular que padezco, porque existe una clara diferencia en salir a ciertos lugares y a otros, entendiendo “otros lugares” como sitios donde el fatídico destino, despiadado y burlón la cruce en mi camino. Sí, podría decirse que soy un agorafóbico selectivo, que no tolero la idea de salir a la calle y verla con él porque cuando eso pasa se apoderan de mí la taquicardia, los temblores, astenia náuseas y mareos. Yo sé que ustedes me entienden, que no soy el único loco sobre la faz de la tierra que se paraliza cuando eso pasa. 

Por eso aquí vivo, inmóvil e inmutable, perdido en una anacronía casi sistemática con segundos que avanzan y se detienen cada vez que te recuerdo, la clave morse de mi amor que a gritos te necesita. Esperando que pase el tiempo para volver a tener una oportunidad y aunque sé que la gente se deja para después, después no está, trato de confortarme en mi castillo imaginario, rogando al cielo por piedad para acabar este dolor que me consume, pidiéndole a la tierra que gire al revés, que gire hacia atrás para volverte a ver aunque sea una sola vez, que gire lo suficiente hasta llegar, si es necesario, al día antes de conocerte para no volverlo a hacer. Pero este destino me ligó a ti y ahora no te quiero soltar, no puedo avanzar más, ni siquiera pueda salir de la puerta de mi casa por el temor que me produce ver que sigo creyendo que eres para mí mientras tú sonríes con alguien más, mientras eres feliz. Por eso decidí escribir, este es mi mensaje en la botella y lo escribo desde la isla del olvido después de haber naufragado en el mar de tu desprecio. Se alguien me lee y me ve titubear para salir, no me juzguen, no se burlen, sufro de una rara patología que entorpece mis sueños y me arrebata la alegría. No es una tuza como algunos dicen, no es un desamor, no es que "mucho amor pudo matarme" después de todo, es que soy un agorafóbico selectivo.

lunes, 20 de julio de 2015

No se parece a mí

Jamás había escuchado una estupidez tan grande en mi vida, ¿cómo que se parece a mí? En lo más mínimo se acerca un poco a quien soy. Si te paras a detallar notas que algo le falta, solo que aún no descifro bien qué es. Puede ser la sonrisa, este monigote no tiene sonrisa y yo siempre sonrío, por favor, si todos saben que nadie sonríe como yo. Sonrío aun cuando debiera llorar. La sonrisa es algo característico en mí, cómo vas a decir que se parece a mí si ni siquiera sonríe. Recuerda la primera vez que te fuiste y cómo sentí que el mundo desaparecía, que no iba a volver a amar, que no lo iba a superar jamás y sin embargo sonreía. Esta caricatura mal pintada no tiene sonrisa, es imposible que se parezca a mí. Y ni hablar de los ojos. Esos ojos sin brillo, sin esperanza, no son como mis ojos. Yo nunca pierdo la esperanza. Recuerda cuando caminabas agarrada de la mano de él y yo no dejaba de creer que ibas a volver conmigo, que no importaba el tiempo si estábamos destinados tendrías que regresar. Pues eso es esperanza pura y esos ojos no tienen la esperanza de los míos. Cualquier taxidermista estaría orgulloso de ellos pero simplemente es tonto creer que esos ojos inertes sean como los míos. 

No puedo creer que insistas en que nos parecemos, es que no tiene nada de mí, mira sus manos, están vacías y en las mías siempre habían regalos para ti. Alguna nota, algún detalle de esos cursis que sabes que me encanta darte. Vienen sin helado, sin postre ¡eso es! No se parece a mí porque no tiene ningún postre en las manos, sólo veo heridas mal cuidadas, cicatrices de mil espinas, pero no veo nada más. Esto ya me está hartando, en serio que no le encuentro sentido. Qué gran esfuerzo por conseguirle la misma ropa vieja que tengo puesta pero dejemos la tontería y vámonos de aquí. En serio que no quiero ver más esto. No quiero someterme a esta tortura, compararme a esta cosa sin sueños, sin esperanza, sin motivos no es justo conmigo que siempre lo di todo. Se le nota en la cara que ha nacido para nada, yo por el contrario nací para amarte con cada latido de mi corazón, nací para cuidarte cada día de mi vida. No digas que se parece a mí porque me haces odiarlo y el misómano es él, no yo. 

No me hagas mirar más por favor, esto se está volviendo muy incómodo, me está costando respirar, no puedo creer que de verdad digas que ese esperpento soy yo porque no se parece a mí. Yo soy todo menos un fracaso, no cargo con el peso de mil pasado como él, no dejo se suspirar aún por ti, no dejo de soñar contigo, dejemos este juego para después y vamos, sigamos con nuestras vidas como si nada. Mira que ya hice de tripas corazón para seguir sonriendo, para seguir con la esperanza. No sé quién es más necio, si tú por obligarme o yo por seguir mirando. Tampoco sé qué es lo que más duele, que digas que soy yo o que este yo que me muestras tiene roto el corazón y no te ama. No se parece a mí, dejémonos de tonterías y vamos que si me haces quedarme un minuto más te juro que rompo este maldito espejo.