miércoles, 18 de noviembre de 2015

Dicta Dura

No logro recordar la última vez que me senté en esta vieja máquina para escribir, mucho menos logro recordar de qué hablaba, o qué sentía. Los días de los mensajes ocultos entre las líneas de las columnas del periódico local han terminado. Qué hace diferentes a los dictadores, si parece que repiten las pisadas de sus homólogos y se copian los modelos unos a otros para domesticar naciones salvajes enteras. Qué tienen de especial que terminan por reprimir la opinión de nosotros, los amantes, los apasionados, los soñadores. Las cosas no han sido fáciles desde su ascensión al poder, triunfo paradójico, porque fue marcharse lo que más autoridad le dio. No recuerdo la última vez que pude escribir libremente, pero sí recuerdo la forma en que todo se complicó. Un inicio sencillo tratando de convencer a algunos. Una palabra por ahí, otra palabra por allá, fueron siendo suprimidas de nuestros textos.  Al principio no fue más de una palabra a la semana pero con el paso del tiempo, se prohibían expresiones completas y ahora, a pesar de que se nos considera un pueblo libre, se han prohibido temas completos.

Pero nos hemos acostumbrado, digo, se nos han prohibido las caricias, la cercanía, los vínculos personales, se nos ha prohibido hablar de amor, practicar el amor, decidir el amor. A la más mínima expresión de afecto se nos confina en un pequeño espacio destinado a manera de celda, en el que no se nos habla, no se nos escribe, no se nos piensa siquiera. Pero que dicte lo que quiera una persona, el alma es libre de sentir, libre de pensar, libre de hacer lo que quiera y no hay nada más ingenioso que el corazón de un olvidado. Por eso yo, escoria de los guerreros, en esta afónica e indiferente celda presumo valentía y escribo esta, mi última carta. Última porque tal vez mañana no esté vivo, porque la muerte de un escritor es la condena de no volver a ser leído. No importa que juegue con las palabras, no importa que camufle mi mensaje como hace un tiempo, cuando desafías la dictadura de frente, el poder de la fuerza es implacable. Estricta e indolente, se alzará como la reina impaciente que es y descubrirá mi mensaje, sabrá entonces que me he vendido a la causa y no podrá perdonar a este su perpetuo amante por tocar su tesoro.

Hay temas velados, temas manipulados y temas prohibidos. He recibido amenazas de toda índole si llegase a tocar alguno de ellos, cada una peor que la anterior, cada una más terrorífica que la otra. No puedo hablar de hadas, de fantasías inconclusas, no puedo mencionarlas, no puedo develarlas, ni puedo siquiera insinuarlas, el castigo: disolverme en el rincón que ignora. Imposible hablar de partidas, de despedidas, de adioses sin fin. Imposible merodearlos, imposible pretenderlos, inaudito nombrarlos no importa que la información esté manipulada, porque tal es su furia que inmediatamente recibo un llamado con reprensiones, un llamado a la cordura, recibo un llamado a lo que esta dictadura llama “madurez”.  Pero prohibido tengo sobre todas las cosas hablar de fauna, de animales salvajes, de mamíferos marinos y de mitología griega. Esa es la joya de su corona. No hay ventana por la que pueda escapar, ni pelo que se me escape de su furia si tan solo me acerco a diez mil kilómetros de distancia a esos temas pues sin clemencia seré condenado a la muerte en el exilio. Yo sé que suena ridículo, pero así son las dictaduras, ridículas y sin sentido.


Es esa mi peor condena, amar a quien dicta la soledad de mi destino y ser un patético esclavo de sus caprichos, cuidando el tesoro por el que me reemplazó, un rey sin melena, un semidiós sin fuerza, un brutazo sin palabras y sin letras. No recuerdo cómo todo comenzó, pero sé que con esto todo termina. Un año, dos años o cincuenta años.   

lunes, 3 de agosto de 2015

Odio las placas

Hay mil y una formas de arruinarle la vida a alguien. Están las de tipo novela en que la mujer contrata un asesino para acabar con la amante de su esposo, la famosa y clásica treta de “estoy embarazada” o simplemente decirle a alguien después de muchos años que es adoptado. Son algunos de los más básicos, y novelescos, ejemplos que existen en el inconsciente colectivo de millones de personas que han crecido al lado de Esmeralda, Gata Salvaje y las Marías de Thalía. Pero ¿y si les dijera que hay formas mucho más complejas para arruinar la vida de alguien? seguramente un tradicionalista televisivo diría que es imposible. Encontrar la manera perfecta para arruinarle la vida a alguien requiere de un estudio profundo de las conductas, la rutina y la personalidad de a quien se le va a arruinar la vida (quien de ahora en adelante será llamado “el destruido”) por parte de quien planee dicha destrucción (a quien llamaremos “el destructor”). Si han escuchado la Frase “Cada cabeza es un mundo”, usted sabrá que cada posible destruido es diferente y no se puede ejecutar un mismo método para todos. Les daré un ejemplo perfecto para que tomen como referencia y puedan recibir el diploma de destructores profesionales.

El destructor y el destruido en este caso sostienen una relación compleja desde hace algún tiempo, en los ires y venires del destino han completado varios años en un juego público-oculto de relaciones pseudoclandestinas, lo que hace que el destructor conozca claramente las debilidades del destruido, su personalidad y sus fortalezas. El destructor de esta historia, posee un control supremo sobre el destruido al igual que todos sus congénero por lo que de ahora en adelante se le dirá “La destructora”. Con esa trama de dormir en el sofá o cortar los servicios ha logrado controlar a su antojo al destruido, a quien seguiremos nombrado “el destruido” por cuestiones de género. Esa información, más ese poder, dan como resultado el camuflaje perfecto para esconder detrás de algo tierno una estrategia macabra y el destruido, como todos los de su especie, no es más que una inocente paloma que cree todo lo que le dicen (qué se le hace si así son todos los hombres). Siempre la destrucción funciona mejor cuando va después de algo tierno.

En ese orden de ideas, la destructora del ejemplo, se inventa un juego con las placas de los vehículos que consiste en lo siguiente: Cada placa por lo general tiene tres letras y tres números, si a cada letra se le enlaza con el número del espacio correspondiente encontramos que la primera letra se conecta con el primer número, la segunda con el segundo y la tercera con el tercero (reglas básicas para que el destruido no se confunda). El truco del juego está en que si la placa tiene dos números iguales, la letra que coincida con el espacio del único número diferente será la inicial del nombre de una persona que en ese momento está pensando en ti. De antemano la destructora debía conocer cuánto tiempo pasaba manejando el destruido al día y cuántas posibilidades de combinaciones podían existir con su inicial, datos que surgen de a una pequeña consulta.

La dirección de tránsito de Bucaramanga recientemente publicó las cifras del parque automotor en Bucaramanga donde revela que al menos 165.365 vehículos circulan por las calles de la capital santandereana. Si a eso se le suman los 168.653 de Girón, los 135.198 de Floriblanca y los 9.664 de Piedecuesta, Bucaramanga y su área metropolitana se ubican en un puesto muy elevado entre las ciudades con más vehículos circulando. Como los cálculos de las placas con dos números iguales son astronómicos y las posibilidades de coincidir con su inicial son casi nulas, la segunda fase del plan era convencer al destruido de soñar con viajar por todo el mundo, de hacer una lista de países a los cuales ir y encontrar un nombre popular de cada nación con la cual se reconocerían ¿Sí ven a lo que me refiero? Cada fase del plan está envuelta en un terciopelo romántico que desvíe la atención por completo del destruido. Por ende el listado de países debe ser al menos de diez y con nombres muy populares.

La tercera fase consiste en reiterar el infinito amor que supuestamente se profesa por el destruido y recordarle al ver las placas que en cada momento del día, la destructora piensa en el destruido. La última etapa es la más sencilla de todas pero la más contundente, sin razón alguna la destructora debe ponerse extraña, proyectar sobre el destruido la razón de su comportamiento haciéndolo sentir culpable de sus inseguridades y tristezas y camuflar sus razones en conductas ni remotamente similares en el destruido; esto último para generar confusión y desasosiego. Sin más, marcharse sin dar explicaciones y asegurarse que por un tiempo indefinido el destruido seguirá saliendo a la calle a ver cientos de miles de carros con placas de números repetidos y que coinciden con las iniciales de los nombres de los países de la promesa.

Por eso, razones sobran para odiar las placas, porque un destruido fallecido disfrazado de transeúnte recorre las calles congestionadas de una pequeña ciudad por más de ocho horas al día. Una y otra vez con afán de llegar a ningún lado excepto al límite de su energía para tratar de agotar la mente y dejar de pensar. Más de ocho horas diarias y más de cuatrocientos mil vehículos le dan, el inevitable infortunio, de encontrar la placa precisa una y otra vez (a veces una tras de otra). Razones de sobra para odiar las placas, porque la herida se abre cada vez que estúpidamente el destruido ve la letra que coincide con alguno de sus nombre para creer que lo piensa, pero se obliga a reconocer lo contrario. Si me lo preguntan odio las placas, las placas con dos números iguales y una letra como la inicial de uno de sus nombres.


lunes, 27 de julio de 2015

Agorafobia Selectiva...

Tengo un selfie stick que ya no uso, una batería portable sin cargar y una trípode para celular en una gaveta, los tengo guardados junto a un hongo de goma y una manilla con restos de perfume. Los colecciono como suvenires y los pongo en distintos lugares para recordarme que no debo salir. “Afuera es peligroso, adentro es seguro”, es mi oración todas las mañanas y vuelvo a esconderme bajo una carpa de sábanas y cobijas que no he lavado hace más de dos meses para no borrar los restos de su esencia. Me refugio en un fuerte de recuerdos, un fuerte casi viviente de memorias palpitantes que me paralizan justo bajo el dintel de la puerta y me impiden salir como la gente normal. Claro que nunca he sido del todo normal, soy ese tipo de tipos diferente a todos los tipos que vive del romanticismo de la poesía pero igual a todos los tipos que cuando tienen al amor de su vida se portan tan mal que terminan por espantarlo. Y en esa dualidad me debato cada mañana, despertando en medio de quien quiero ser y del que tú quisieras. Repito la misma rutina, todos los días a la misma hora, una alarma en el celular, otra en el reloj, las pospongo tres veces cada una hasta que se me hace tarde y luego debo correr. De un salto llego a la ducha, jabón y champú en la misma ronda para ahorrar tiempo y agua y me pongo, sin planchar, cualquier prenda limpia de mi armario. Me visto los mismos zapatos sucios de todos los días e intento salir, pero algo me lo impide: soy agorafóbico.

Según el diccionario la agorafobia es un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a las situaciones cuya evitación es difícil o embarazosa y de acuerdo con la etimología de la palabra, la agorafobia está especialmente relacionada con el temor intenso a los espacios abiertos o públicos en los que pueden presentarse aglomeraciones. No estoy loco como dice mi familia, créanme, lo he hablado por varias semanas con mi terapeuta. Lo que no hemos podido esclarecer es el tipo de agorafobia tan particular que padezco, porque existe una clara diferencia en salir a ciertos lugares y a otros, entendiendo “otros lugares” como sitios donde el fatídico destino, despiadado y burlón la cruce en mi camino. Sí, podría decirse que soy un agorafóbico selectivo, que no tolero la idea de salir a la calle y verla con él porque cuando eso pasa se apoderan de mí la taquicardia, los temblores, astenia náuseas y mareos. Yo sé que ustedes me entienden, que no soy el único loco sobre la faz de la tierra que se paraliza cuando eso pasa. 

Por eso aquí vivo, inmóvil e inmutable, perdido en una anacronía casi sistemática con segundos que avanzan y se detienen cada vez que te recuerdo, la clave morse de mi amor que a gritos te necesita. Esperando que pase el tiempo para volver a tener una oportunidad y aunque sé que la gente se deja para después, después no está, trato de confortarme en mi castillo imaginario, rogando al cielo por piedad para acabar este dolor que me consume, pidiéndole a la tierra que gire al revés, que gire hacia atrás para volverte a ver aunque sea una sola vez, que gire lo suficiente hasta llegar, si es necesario, al día antes de conocerte para no volverlo a hacer. Pero este destino me ligó a ti y ahora no te quiero soltar, no puedo avanzar más, ni siquiera pueda salir de la puerta de mi casa por el temor que me produce ver que sigo creyendo que eres para mí mientras tú sonríes con alguien más, mientras eres feliz. Por eso decidí escribir, este es mi mensaje en la botella y lo escribo desde la isla del olvido después de haber naufragado en el mar de tu desprecio. Se alguien me lee y me ve titubear para salir, no me juzguen, no se burlen, sufro de una rara patología que entorpece mis sueños y me arrebata la alegría. No es una tuza como algunos dicen, no es un desamor, no es que "mucho amor pudo matarme" después de todo, es que soy un agorafóbico selectivo.

lunes, 20 de julio de 2015

No se parece a mí

Jamás había escuchado una estupidez tan grande en mi vida, ¿cómo que se parece a mí? En lo más mínimo se acerca un poco a quien soy. Si te paras a detallar notas que algo le falta, solo que aún no descifro bien qué es. Puede ser la sonrisa, este monigote no tiene sonrisa y yo siempre sonrío, por favor, si todos saben que nadie sonríe como yo. Sonrío aun cuando debiera llorar. La sonrisa es algo característico en mí, cómo vas a decir que se parece a mí si ni siquiera sonríe. Recuerda la primera vez que te fuiste y cómo sentí que el mundo desaparecía, que no iba a volver a amar, que no lo iba a superar jamás y sin embargo sonreía. Esta caricatura mal pintada no tiene sonrisa, es imposible que se parezca a mí. Y ni hablar de los ojos. Esos ojos sin brillo, sin esperanza, no son como mis ojos. Yo nunca pierdo la esperanza. Recuerda cuando caminabas agarrada de la mano de él y yo no dejaba de creer que ibas a volver conmigo, que no importaba el tiempo si estábamos destinados tendrías que regresar. Pues eso es esperanza pura y esos ojos no tienen la esperanza de los míos. Cualquier taxidermista estaría orgulloso de ellos pero simplemente es tonto creer que esos ojos inertes sean como los míos. 

No puedo creer que insistas en que nos parecemos, es que no tiene nada de mí, mira sus manos, están vacías y en las mías siempre habían regalos para ti. Alguna nota, algún detalle de esos cursis que sabes que me encanta darte. Vienen sin helado, sin postre ¡eso es! No se parece a mí porque no tiene ningún postre en las manos, sólo veo heridas mal cuidadas, cicatrices de mil espinas, pero no veo nada más. Esto ya me está hartando, en serio que no le encuentro sentido. Qué gran esfuerzo por conseguirle la misma ropa vieja que tengo puesta pero dejemos la tontería y vámonos de aquí. En serio que no quiero ver más esto. No quiero someterme a esta tortura, compararme a esta cosa sin sueños, sin esperanza, sin motivos no es justo conmigo que siempre lo di todo. Se le nota en la cara que ha nacido para nada, yo por el contrario nací para amarte con cada latido de mi corazón, nací para cuidarte cada día de mi vida. No digas que se parece a mí porque me haces odiarlo y el misómano es él, no yo. 

No me hagas mirar más por favor, esto se está volviendo muy incómodo, me está costando respirar, no puedo creer que de verdad digas que ese esperpento soy yo porque no se parece a mí. Yo soy todo menos un fracaso, no cargo con el peso de mil pasado como él, no dejo se suspirar aún por ti, no dejo de soñar contigo, dejemos este juego para después y vamos, sigamos con nuestras vidas como si nada. Mira que ya hice de tripas corazón para seguir sonriendo, para seguir con la esperanza. No sé quién es más necio, si tú por obligarme o yo por seguir mirando. Tampoco sé qué es lo que más duele, que digas que soy yo o que este yo que me muestras tiene roto el corazón y no te ama. No se parece a mí, dejémonos de tonterías y vamos que si me haces quedarme un minuto más te juro que rompo este maldito espejo.

lunes, 24 de febrero de 2014

Tengo un problema con usted


Tengo un problema con usted y con sus ojos que me resultan hipnóticos. Podría pasar el resto de mis días viéndolos en un atardecer, en un amanecer, bajo la lluvia y a la luz de las estrellas. Tengo un problema porque jamás había encontrado unos tan profundos, tan claros, tan expresivos que me hicieran perder la razón. Tengo un problema con sus ojos y es un problema serio, porque no logro encontrar los míos cuando trato de buscarlos. Sólo entreveo el reflejo de los suyos que me han marcado hasta el fondo del alma, que me hacen llevarla como parte de mí. Tengo un problema sin solución, solución que no busco, solución que no quiero. Y tal vez entonces, el mayor problema sea que un problema lleva a otro y sin darme cuenta resulto teniendo un problema con su boca, que me resulta irresistible y no quiero dejar de besarla. Ahora con dos problemas se supone debo aparentar que nada pasa aunque todo pasa. Miro sus ojos, deseo su boca y me olvido de todo, excepto de esa trágica sensación de saber que ahora tengo dos problemas a cuestas sin resolver, pesados como una pluma y ligeros como el viento.

Imán de problemas son los problemas que usted me causa, por eso cuando menos lo espero resulto teniendo un problema con su pelo. Desordenado y peinado por el viento se porta justo como quiero. Se desliza entre mis dedos como la más fina seda y deja escapar un aroma a coco recién rayado. Desaparezco y queda un rastro de mi alma que quiere fundirse con los restos de su fragancia, la más pura, la más tierna. Abro los ojos y quisiera que estuviera ahí para siempre, pero ya se ha ido. Eso hacen los dioses, se visten de humanidad y perfección, enamoran mortales y luego se marchan a seguir con sus labores divinas. Y ahí entre fantasía y dolor, arrebatado y dado a la vez, termina sumándome un problema más. Su beso, más problemático y conflictivo que los anteriores se vuelve mi adicción. Por qué la eternidad no se disfraza de segundos y me hace creer que se va a quedar para siempre. Llevo ya cuatro problemas en mi maleta, envueltos en un pañuelo con tu nombre, junto a una canción sin terminar y varios poemas prestados que repito incansablemente tratando de memorizarlos, tal vez cuando te vea, pueda robarte una sonrisa si recito un fragmento.

Distraído paso mi tiempo mirando los carros pasar por la calle, con la esperanza de que en un gesto de bondad pueda verla llegar. Milagrosamente sucede, coincidimos en tiempo y en espacio como burlándonos del cronos, le suelto el nudo al pañuelo y cuento mis problemas mientras camina hacia mí. Tengo un problema con usted y con sus ojos; tengo un problema con usted y con su boca; tengo un problema con usted y con su pelo; tengo un problema con usted y con su beso. No sé si tanta belleza hizo que se me olvidara contar, pero de cuatro que tenía conté cinco. Reviso de nuevo y efectivamente cinco suman mis problemas con el más grave de todos, su cuerpo. Tengo un problema con usted y con su cuerpo. Un problema grave porque quiero que sea mío, como suyo es el mío. Mío el suyo, suyo el mío, mío y suyo, suyo y mío y en el enredo de este laberinto que es hacer que se enamore, termine por ser mío su corazón. Sin esfuerzo, sin temores, sin pasado, sin futuro, sólo mío como suyo es el mío, desde que los cinco problemas se apoderaron de él. Cuando lo compraron, cuando lo raptaron, cuando se apoderó usted de mí.


Pero no puedo evitar pensar que donde caben cinco, caben seis y que problemas es lo que nunca sobra en la vida. Entonces descubro que tengo un problema con usted y con sus obstinadas ganas de no quererme como yo la quiero. Seis son en total, cinco arremeten contra mis sentidos y uno que atenta contra mi razón. Tal vez el peor de todos los problemas es convencerme que al final ningún problema tiene usted conmigo, míos son los que hay y suyos los que no existen. No existe un mío el suyo como suyo el mío, mucho menos un suyo y mío. Tengo un problema con usted, aterrador, abrumador y absurdo que agota mi impulso. No soy de los que se retiran fácilmente, de los que desisten sin batallar, pero mi problema con usted es más serio de lo que creo. Me paraliza, me aturde y me anula, porque simplemente no puedo tragarme lo que siento a la espera de que sienta. No pretendo solución, no pretendo contagiarte mis problemas, no lo hago porque te conozco. Conozco tu firmeza, tu decisión, tu determinación y al final sólo me encanta más. No puedo hacer más que aprender a soportar, a sonreír con tu sonrisa, a suspirar con tu fragancia, a morir si se te escapa un beso y a vivir con el hecho de que tengo un problema con usted.

lunes, 17 de febrero de 2014

Plan B

La primera vez que me dijeron: "tenemos que hablar" no tenía ni idea de lo que me esperaba. Perfectamente podría ser alguna cosa efímera del montón de cosas sin sentido que pasan en un día. Pero con el paso del tiempo, y un poco con la experiencia que se va adquiriendo con los años, entendí que esas tres palabras implican un conflicto. Sea como sea, esa es una frase cargada de tensión y energía negativa. Inmediatamente colgué, me senté y me preparé para lo peor. Sabía que nada bueno vendría después de eso. Por lo tanto, y conociéndome como me conozco, sé que necesito un plan B., porque una vez que esté frente a ella me voy a hacer un ocho y voy a terminar por decir nada. Espero no ponerme a llorar como una niña y mantener la compostura que la formalidad exige. Espero ser tan firme como ella, tan estricta e indolente, porque aunque no estamos hablando todavía sé que así se va a mostrar. Preparo unas palabras en un trozo de papel, arrugado y usado como mi corazón, y me resigno a la posibilidad de tener que leérselo. Este es el plan de respaldo porque el primero me falló. Ese que tenía trazado desde el momento en que la vi, ese de quererla con locura, de adorarla con todas mis fuerzas. Todavía no sé si voy a necesitar sacar este papel, porque seguramente estaré tratando de encontrarle sentido a ese millón de razones que me va a dar. Mientras llega la hora cero gasto mi tiempo pensando mil cosas. He tratado de conservar la cordura pero esa me la arrebataron sus ojos. He tratado de conservar la esperanza pero esa también me la arrebataron, hoy al colgar el teléfono. Lamento que todo tenga que ser así, lamento que no me haya dejado estar con ella, lamento tener que lamentarme en lugar de disfrutarla. 

Me conozco tanto que sé que necesito esconder un as bajo mi manga para no dejarla ir sin que sepa lo que pienso. Y, seguramente, lo que pienso lo voy a escribir sin el temor de esperar un reproche.  Bueno, eso no es del todo cierto, no lo he escuchado todavía pero tienen tanto poder los de ella que ya no quiero ni escribir. Dicen que las cosas no se hacen si se teme, yo nunca tuve miedo de lo que hice. Hay cosas que no se hacen si se está inseguro, yo siempre estuve seguro de lo que hice. Pero tengo miedo, sí, de lo que siento. No por lo impuro o falso que pudiera ser porque no lo es, sino por la velocidad con que voy sintiendo. No sé todavía si apareció en un momento complicado, pero le abrí de par en par las puertas de mi corazón, sin darme cuenta que tal vez me equivocaba. Claro que si quiero hablar de equivocaciones debo poner al principio de la lista no saber exactamente qué es lo que quiere, para hacerlo. No sé qué razones me vaya a dar pero no quiero que se vaya. No quiero que deje de estar a mi lado. Me rehúso a creer que cuando más feliz estoy quiera arrebatarme la sonrisa que ella misma se encargó de colocar. Es una especie de diosa imperfecta, una deidad humanizada que por supuesto tengo claro está lejos de la perfección y tal vez es la persona más imperfecta del mundo, pero así la quiero. La quiero tanto que tiendo a confundirme. Por favor, nunca pensé tener que explicar que te adoro es muy poco y te quiero es el camuflaje de algo más grande. Con su inocencia y su ternura hizo borrosa la línea que separa el amor-decisión del amor-sentimiento, porque nunca decidí amarla, pero justo así lo sentía. 


Vaya enredo en el que me he metido ¿Y si no es nada malo y por el contrario quiere proponerme algo muy bueno? Qué tal que todo el terror que siento sea una mala pasada de mi imaginación y ella realmente esté planeando una gran sorpresa para mí. Sería un grave error desperdiciar mis horas sufriendo la tortura que produce la incertidumbre del futuro. No sé cómo sentirme o qué pensar pero el fatalismo siempre ha sido mi mejor aliado. Creo que este plan también empieza a fallar, como falla casi todo en lo que pongo el corazón. Espero que todas las razones que me dé pueda creerlas porque sería muy estúpido haber creído tener su corazón por el simple hecho de que ella tenía el mío, porque en verdad lo tenía. Tontamente me comprometí con ella, me comprometí con su familia, me comprometí conmigo a ser diferente con ella. Ya qué. Quería hacerla feliz, sin futuro y sin pasado. Quise hacerla feliz en el único segundo que tiene para vivir, pero durante todos los segundos que la vida me permitiera estar a su lado para vivir. Quisiera no ser tan realista y tener en el bolsillo una cápsula de optimismo pero esas no existen, como no existe un “nosotros”. Todavía no escojo las palabras precisas, pero supongo que no necesitaré muchas, tal vez seis sean suficientes. Veintiocho podrían ser más específicas pero veintinueve fatales. Por eso me decido por escribir seis, seis que me ahorran el llanto, el drama, las explicaciones y la vergüenza. Desdoblo el papel, lo aliso con toda la paciencia que no poseo y escribo lo que puedo decir para hacer que se quede. No cuenta como que la dejé ir si ella se marcha. Seis palabras, seis ideas, un abrazo, un beso, un adiós y cero esperanzas. Cuido que las letras sean claras, cuido la ortografía y pongo el punto final de mi plan B: No tienes nada qué decir, adiós. 

lunes, 10 de febrero de 2014

La cita

Busca en el viejo ropero una camisa que no use con frecuencia. La plancha con toda la paciencia que posee y la cuelga con un viejo gancho de alambre en el picaporte de la puerta de su cuarto. El pantalón que hace juego está listo sobre la cama y parece que tiene todo preparado. Se baña con mayor cuidado que de costumbre y se cepilla los dientes dos veces para asegurarse de pulir su sonrisa. No sabe exactamente hace cuánto sueña con este día. Los nervios le entumen los dedos y abotonarse la camisa es toda una odisea. Se acicala con dedicación y termina con un poco de perfume. Sabe que no es el tipo de tipos que sale a la calle y llama la atención. Sabe que es más bien del tipo de tipos que pasa desapercibido. Víctima de la presión del momento sus manos comienzan a sudar, corre a lavarlas y frente al espejo del baño se dice en voz alta: no debe notar que te mueres por ella, bueno, no a primera vista. Toma un poco de agua de la llave, decepcionado de no encontrarla tan ardiente como la del estante de la sala que hace tiempo está vacío. Una última revisión de los bolsillos, que nada haga falta. Una última revisión que le permita asegurarse de que está listo y no hay marcha atrás.


Un par de cuadras lo separan de su destino, la lucha de cómo recorrerlas termina en que caminarlas tal vez lo relaje un poco y con eso le da tiempo de tardarse como es típico en ella. Cada cuatro o cinco pasos mira el reloj para asegurarse que va a buen ritmo y que va a llegar a tiempo. Las calles son las mismas pero lucen diferentes, unas grises otras coloridas, unas frías otras cálidas, todo depende del video que lleve armado en su cabeza sobre ese momento. Ese momento de la cita en que por primera vez le diga mirándola a los ojos que le encanta, que no tiene idea cómo o cuándo se volvió la ladrona de sus suspiros y sonrisas. Se limpia el sudor de las manos con un pañuelo que lleva en el bolsillo y respira profundo porque está a unos pasos de su destino. Gira en busca de la entrada y la ve, sus ojos se pierden en el vaivén de sus pasos y su corazón late al mismo ritmo. No recordaba que fuera tan divina, no recordaba que le impactara tanto, no recordaba el camino de regreso a la realidad después de verla pasearse frente a él. Se sienta en una mesa cualquiera mientras ella sale del baño donde, asume, revisa estar perfecta para él.



Un saludo formal, típico de esos amores prohibidos, se dan la mano, un beso en la mejilla y como es correcto él se levanta y la invita a sentarse. Comienzan un charla sobre qué van a pedir, ella como la mayoría de mujeres le cuesta trabajo decidirse, aunque para ser honesto a ella le cuesta un poco más que a las demás. Resuelve pedir un café mientras ella decide y agradece con un gesto a la mesera. Mientras revisa en un mar de indecisiones la carta, él no hace más que detallar su figura. Mirar el color miel de sus ojos, la curva de sus mejillas, la forma de sus cejas, las ondas del cabello y pareciera que mágicamente dibuja con su mirada unos labios que sonríen y se portan como sueña cada noche. Ella lo descubre mirándola y se sonroja, mientras le sonríe con amabilidad. No pronuncia palabra alguna, así que, temiendo esos silencios incomodos, comienza hablar de todo un poco. Habla de un poco todo y al final solo controla las vueltas del tema que lo lleven al momento justo para mirarla, tomarla de la mano y decirle suavemente que se muere por ella. Espera de vez en cuando que responda algo, pero solo asiente con la cabeza.



Ella lo mira como creyendo cada palabra que sale de su boca, como deseando esos labios que hacen mágica la realidad y real la magia. Se turba un poco cuando lo piensa y los nervios atacan de nuevo. Aterriza en un segundo y se baja de la nube cuando ella mira el reloj como si tuviese que irse. Se pregunta si la está aburriendo y guarda silencio un instante esperando que diga algo, pero silente y expectante hace un pequeño movimiento con sus ojos como quien quiere que sigan hablando. Su vida se va en el oír. Está seguro que ya descubrió que está tan dentro en su ser que navega por su alma con toda la libertad que la da, descubriendo pasajes insondables a lo profundo del universo que encierra y que pocas personas han querido entender. Enloquecido por ella, en ella y para ella deja escapar un “me encantas” como si no importara, casi displicente. Ella no reacciona y él quiere creer que no hay que alarmarse. Pero qué débil intento de aferrarse a la vida cuándo el tiempo, enemigo de todo ser vivo, decide ser implacable. Mira su reloj de nuevo y comienza a acomodar el bolso como quien se alista para marcharse.



Por qué querría arrebatarle la gloria de las manos cuando más la disfruta. Cuántas veces un pobre diablo se topa en el camino con la perfección hecha mujer y corresponde a su miseria con un poco de atención. Desaparece de su ser cualquier rastro de alegría fundiendo su alma y su cuerpo en la más profunda tristeza y desolación. Pero resignado no tiene más remedio que permitir que se marche. Y ahí se deslizan entre sus dedos la esperanza y la ilusión como se desliza la arena cuando no quiere ser atrapada. Qué absurdo creer que en algo podrían complementarse y que ella no podría resistirse a él. Levanta la mano y le hace una señal a la mesera para que le traiga la cuenta ¿Cuánto podría tardar en llegar con el trozo de papel, un par de siglos o unos cuantos milenios? El tiempo se congela mientras descubre que no le importó, que escuchó claramente lo que conscientemente dejó escapar, pero hizo caso omiso. El silencio es incómodo y no hace nada por remediarlo.


Se porta como un espejismo en el desierto aprovechándose de toda su necesidad de ella pero no hace nada por remediarlo. Su corazón se acelera y empieza a entender que realmente jamás asintió, jamás escuchó, estuvo presente la ausencia misma del amor imposible que golpeó la cara de un enceguecido enamorado, como quien se estrella a toda marcha con una pared. Aparece un nudo en la garganta mientras desaparece el nerviosismo, aparece un afán repentino de marcharse mientras desaparece la sonrisa del rostro. El soliloquio infinito de las fantasías inconclusas llega a su fin mientras el barco, de las realidades limitadas por el siempre maldito deber, atraca en un rincón desesperanzado de su alma. Qué tan incierto es creer que le escuchó. Qué tan ciertas son las posibilidades que jamás tuvo. Desorientado en una mala jugada de su locura intenta recordar si la citó en ese lugar. Por fin llega la mesera con la cuenta y saca del bolsillo un billete. Se retira sin decir adiós ni agradecer. Se va sin despedirse y errante tropieza con las mesas. Se va mientras la mesera se queda recogiendo sólo una taza y acomodando sólo una silla.