Tengo un selfie stick que ya no uso, una batería
portable sin cargar y una trípode para celular en una gaveta, los tengo
guardados junto a un hongo de goma y una manilla con restos de perfume. Los
colecciono como suvenires y los pongo en distintos lugares para recordarme que
no debo salir. “Afuera es peligroso, adentro es seguro”, es mi oración todas
las mañanas y vuelvo a esconderme bajo una carpa de sábanas y cobijas que no he
lavado hace más de dos meses para no borrar los restos de su esencia. Me
refugio en un fuerte de recuerdos, un fuerte casi viviente de memorias
palpitantes que me paralizan justo bajo el dintel de la puerta y me impiden
salir como la gente normal. Claro que nunca he sido del todo normal, soy ese
tipo de tipos diferente a todos los tipos que vive del romanticismo de la
poesía pero igual a todos los tipos que cuando tienen al amor de su vida se
portan tan mal que terminan por espantarlo. Y en esa dualidad me debato cada
mañana, despertando en medio de quien quiero ser y del que tú quisieras. Repito
la misma rutina, todos los días a la misma hora, una alarma en el celular, otra en el
reloj, las pospongo tres veces cada una hasta que se me hace tarde y luego debo
correr. De un salto llego a la ducha, jabón y champú en la misma ronda
para ahorrar tiempo y agua y me pongo, sin planchar, cualquier prenda limpia de
mi armario. Me visto los mismos zapatos sucios de todos los días e intento
salir, pero algo me lo impide: soy agorafóbico.
Según el diccionario la agorafobia es un trastorno
de ansiedad que consiste en el miedo a las situaciones cuya evitación es
difícil o embarazosa y de acuerdo con la etimología de la palabra, la
agorafobia está especialmente relacionada con el temor intenso a los espacios
abiertos o públicos en los que pueden presentarse aglomeraciones. No estoy loco
como dice mi familia, créanme, lo he hablado por varias semanas con mi
terapeuta. Lo que no hemos podido esclarecer es el tipo de agorafobia tan
particular que padezco, porque existe una clara diferencia en salir a ciertos
lugares y a otros, entendiendo “otros lugares” como sitios donde el fatídico
destino, despiadado y burlón la cruce en mi camino. Sí, podría decirse que soy
un agorafóbico selectivo, que no tolero la idea de salir a la calle y verla con
él porque cuando eso pasa se apoderan de mí la taquicardia, los temblores,
astenia náuseas y mareos. Yo sé que ustedes me entienden, que no soy el único
loco sobre la faz de la tierra que se paraliza cuando eso pasa.
Por eso aquí vivo, inmóvil e inmutable, perdido
en una anacronía casi sistemática con segundos que avanzan y se detienen cada
vez que te recuerdo, la clave morse de mi amor que a gritos te necesita. Esperando
que pase el tiempo para volver a tener una oportunidad y aunque sé que la gente
se deja para después, después no está, trato de confortarme en mi castillo
imaginario, rogando al cielo por piedad para acabar este dolor que me consume,
pidiéndole a la tierra que gire al revés, que gire hacia atrás para volverte a
ver aunque sea una sola vez, que gire lo suficiente hasta llegar, si es
necesario, al día antes de conocerte para no volverlo a hacer. Pero este
destino me ligó a ti y ahora no te quiero soltar, no puedo avanzar más, ni
siquiera pueda salir de la puerta de mi casa por el temor que me produce ver
que sigo creyendo que eres para mí mientras tú sonríes con alguien más,
mientras eres feliz. Por eso decidí escribir, este es mi mensaje en la botella
y lo escribo desde la isla del olvido después de haber naufragado en el mar de
tu desprecio. Se alguien me lee y me ve titubear para salir, no me juzguen, no
se burlen, sufro de una rara patología que entorpece mis sueños y me arrebata
la alegría. No es una tuza como algunos dicen, no es un desamor, no es que "mucho
amor pudo matarme" después de todo, es que soy un agorafóbico selectivo.