lunes, 24 de febrero de 2014

Tengo un problema con usted


Tengo un problema con usted y con sus ojos que me resultan hipnóticos. Podría pasar el resto de mis días viéndolos en un atardecer, en un amanecer, bajo la lluvia y a la luz de las estrellas. Tengo un problema porque jamás había encontrado unos tan profundos, tan claros, tan expresivos que me hicieran perder la razón. Tengo un problema con sus ojos y es un problema serio, porque no logro encontrar los míos cuando trato de buscarlos. Sólo entreveo el reflejo de los suyos que me han marcado hasta el fondo del alma, que me hacen llevarla como parte de mí. Tengo un problema sin solución, solución que no busco, solución que no quiero. Y tal vez entonces, el mayor problema sea que un problema lleva a otro y sin darme cuenta resulto teniendo un problema con su boca, que me resulta irresistible y no quiero dejar de besarla. Ahora con dos problemas se supone debo aparentar que nada pasa aunque todo pasa. Miro sus ojos, deseo su boca y me olvido de todo, excepto de esa trágica sensación de saber que ahora tengo dos problemas a cuestas sin resolver, pesados como una pluma y ligeros como el viento.

Imán de problemas son los problemas que usted me causa, por eso cuando menos lo espero resulto teniendo un problema con su pelo. Desordenado y peinado por el viento se porta justo como quiero. Se desliza entre mis dedos como la más fina seda y deja escapar un aroma a coco recién rayado. Desaparezco y queda un rastro de mi alma que quiere fundirse con los restos de su fragancia, la más pura, la más tierna. Abro los ojos y quisiera que estuviera ahí para siempre, pero ya se ha ido. Eso hacen los dioses, se visten de humanidad y perfección, enamoran mortales y luego se marchan a seguir con sus labores divinas. Y ahí entre fantasía y dolor, arrebatado y dado a la vez, termina sumándome un problema más. Su beso, más problemático y conflictivo que los anteriores se vuelve mi adicción. Por qué la eternidad no se disfraza de segundos y me hace creer que se va a quedar para siempre. Llevo ya cuatro problemas en mi maleta, envueltos en un pañuelo con tu nombre, junto a una canción sin terminar y varios poemas prestados que repito incansablemente tratando de memorizarlos, tal vez cuando te vea, pueda robarte una sonrisa si recito un fragmento.

Distraído paso mi tiempo mirando los carros pasar por la calle, con la esperanza de que en un gesto de bondad pueda verla llegar. Milagrosamente sucede, coincidimos en tiempo y en espacio como burlándonos del cronos, le suelto el nudo al pañuelo y cuento mis problemas mientras camina hacia mí. Tengo un problema con usted y con sus ojos; tengo un problema con usted y con su boca; tengo un problema con usted y con su pelo; tengo un problema con usted y con su beso. No sé si tanta belleza hizo que se me olvidara contar, pero de cuatro que tenía conté cinco. Reviso de nuevo y efectivamente cinco suman mis problemas con el más grave de todos, su cuerpo. Tengo un problema con usted y con su cuerpo. Un problema grave porque quiero que sea mío, como suyo es el mío. Mío el suyo, suyo el mío, mío y suyo, suyo y mío y en el enredo de este laberinto que es hacer que se enamore, termine por ser mío su corazón. Sin esfuerzo, sin temores, sin pasado, sin futuro, sólo mío como suyo es el mío, desde que los cinco problemas se apoderaron de él. Cuando lo compraron, cuando lo raptaron, cuando se apoderó usted de mí.


Pero no puedo evitar pensar que donde caben cinco, caben seis y que problemas es lo que nunca sobra en la vida. Entonces descubro que tengo un problema con usted y con sus obstinadas ganas de no quererme como yo la quiero. Seis son en total, cinco arremeten contra mis sentidos y uno que atenta contra mi razón. Tal vez el peor de todos los problemas es convencerme que al final ningún problema tiene usted conmigo, míos son los que hay y suyos los que no existen. No existe un mío el suyo como suyo el mío, mucho menos un suyo y mío. Tengo un problema con usted, aterrador, abrumador y absurdo que agota mi impulso. No soy de los que se retiran fácilmente, de los que desisten sin batallar, pero mi problema con usted es más serio de lo que creo. Me paraliza, me aturde y me anula, porque simplemente no puedo tragarme lo que siento a la espera de que sienta. No pretendo solución, no pretendo contagiarte mis problemas, no lo hago porque te conozco. Conozco tu firmeza, tu decisión, tu determinación y al final sólo me encanta más. No puedo hacer más que aprender a soportar, a sonreír con tu sonrisa, a suspirar con tu fragancia, a morir si se te escapa un beso y a vivir con el hecho de que tengo un problema con usted.

lunes, 17 de febrero de 2014

Plan B

La primera vez que me dijeron: "tenemos que hablar" no tenía ni idea de lo que me esperaba. Perfectamente podría ser alguna cosa efímera del montón de cosas sin sentido que pasan en un día. Pero con el paso del tiempo, y un poco con la experiencia que se va adquiriendo con los años, entendí que esas tres palabras implican un conflicto. Sea como sea, esa es una frase cargada de tensión y energía negativa. Inmediatamente colgué, me senté y me preparé para lo peor. Sabía que nada bueno vendría después de eso. Por lo tanto, y conociéndome como me conozco, sé que necesito un plan B., porque una vez que esté frente a ella me voy a hacer un ocho y voy a terminar por decir nada. Espero no ponerme a llorar como una niña y mantener la compostura que la formalidad exige. Espero ser tan firme como ella, tan estricta e indolente, porque aunque no estamos hablando todavía sé que así se va a mostrar. Preparo unas palabras en un trozo de papel, arrugado y usado como mi corazón, y me resigno a la posibilidad de tener que leérselo. Este es el plan de respaldo porque el primero me falló. Ese que tenía trazado desde el momento en que la vi, ese de quererla con locura, de adorarla con todas mis fuerzas. Todavía no sé si voy a necesitar sacar este papel, porque seguramente estaré tratando de encontrarle sentido a ese millón de razones que me va a dar. Mientras llega la hora cero gasto mi tiempo pensando mil cosas. He tratado de conservar la cordura pero esa me la arrebataron sus ojos. He tratado de conservar la esperanza pero esa también me la arrebataron, hoy al colgar el teléfono. Lamento que todo tenga que ser así, lamento que no me haya dejado estar con ella, lamento tener que lamentarme en lugar de disfrutarla. 

Me conozco tanto que sé que necesito esconder un as bajo mi manga para no dejarla ir sin que sepa lo que pienso. Y, seguramente, lo que pienso lo voy a escribir sin el temor de esperar un reproche.  Bueno, eso no es del todo cierto, no lo he escuchado todavía pero tienen tanto poder los de ella que ya no quiero ni escribir. Dicen que las cosas no se hacen si se teme, yo nunca tuve miedo de lo que hice. Hay cosas que no se hacen si se está inseguro, yo siempre estuve seguro de lo que hice. Pero tengo miedo, sí, de lo que siento. No por lo impuro o falso que pudiera ser porque no lo es, sino por la velocidad con que voy sintiendo. No sé todavía si apareció en un momento complicado, pero le abrí de par en par las puertas de mi corazón, sin darme cuenta que tal vez me equivocaba. Claro que si quiero hablar de equivocaciones debo poner al principio de la lista no saber exactamente qué es lo que quiere, para hacerlo. No sé qué razones me vaya a dar pero no quiero que se vaya. No quiero que deje de estar a mi lado. Me rehúso a creer que cuando más feliz estoy quiera arrebatarme la sonrisa que ella misma se encargó de colocar. Es una especie de diosa imperfecta, una deidad humanizada que por supuesto tengo claro está lejos de la perfección y tal vez es la persona más imperfecta del mundo, pero así la quiero. La quiero tanto que tiendo a confundirme. Por favor, nunca pensé tener que explicar que te adoro es muy poco y te quiero es el camuflaje de algo más grande. Con su inocencia y su ternura hizo borrosa la línea que separa el amor-decisión del amor-sentimiento, porque nunca decidí amarla, pero justo así lo sentía. 


Vaya enredo en el que me he metido ¿Y si no es nada malo y por el contrario quiere proponerme algo muy bueno? Qué tal que todo el terror que siento sea una mala pasada de mi imaginación y ella realmente esté planeando una gran sorpresa para mí. Sería un grave error desperdiciar mis horas sufriendo la tortura que produce la incertidumbre del futuro. No sé cómo sentirme o qué pensar pero el fatalismo siempre ha sido mi mejor aliado. Creo que este plan también empieza a fallar, como falla casi todo en lo que pongo el corazón. Espero que todas las razones que me dé pueda creerlas porque sería muy estúpido haber creído tener su corazón por el simple hecho de que ella tenía el mío, porque en verdad lo tenía. Tontamente me comprometí con ella, me comprometí con su familia, me comprometí conmigo a ser diferente con ella. Ya qué. Quería hacerla feliz, sin futuro y sin pasado. Quise hacerla feliz en el único segundo que tiene para vivir, pero durante todos los segundos que la vida me permitiera estar a su lado para vivir. Quisiera no ser tan realista y tener en el bolsillo una cápsula de optimismo pero esas no existen, como no existe un “nosotros”. Todavía no escojo las palabras precisas, pero supongo que no necesitaré muchas, tal vez seis sean suficientes. Veintiocho podrían ser más específicas pero veintinueve fatales. Por eso me decido por escribir seis, seis que me ahorran el llanto, el drama, las explicaciones y la vergüenza. Desdoblo el papel, lo aliso con toda la paciencia que no poseo y escribo lo que puedo decir para hacer que se quede. No cuenta como que la dejé ir si ella se marcha. Seis palabras, seis ideas, un abrazo, un beso, un adiós y cero esperanzas. Cuido que las letras sean claras, cuido la ortografía y pongo el punto final de mi plan B: No tienes nada qué decir, adiós. 

lunes, 10 de febrero de 2014

La cita

Busca en el viejo ropero una camisa que no use con frecuencia. La plancha con toda la paciencia que posee y la cuelga con un viejo gancho de alambre en el picaporte de la puerta de su cuarto. El pantalón que hace juego está listo sobre la cama y parece que tiene todo preparado. Se baña con mayor cuidado que de costumbre y se cepilla los dientes dos veces para asegurarse de pulir su sonrisa. No sabe exactamente hace cuánto sueña con este día. Los nervios le entumen los dedos y abotonarse la camisa es toda una odisea. Se acicala con dedicación y termina con un poco de perfume. Sabe que no es el tipo de tipos que sale a la calle y llama la atención. Sabe que es más bien del tipo de tipos que pasa desapercibido. Víctima de la presión del momento sus manos comienzan a sudar, corre a lavarlas y frente al espejo del baño se dice en voz alta: no debe notar que te mueres por ella, bueno, no a primera vista. Toma un poco de agua de la llave, decepcionado de no encontrarla tan ardiente como la del estante de la sala que hace tiempo está vacío. Una última revisión de los bolsillos, que nada haga falta. Una última revisión que le permita asegurarse de que está listo y no hay marcha atrás.


Un par de cuadras lo separan de su destino, la lucha de cómo recorrerlas termina en que caminarlas tal vez lo relaje un poco y con eso le da tiempo de tardarse como es típico en ella. Cada cuatro o cinco pasos mira el reloj para asegurarse que va a buen ritmo y que va a llegar a tiempo. Las calles son las mismas pero lucen diferentes, unas grises otras coloridas, unas frías otras cálidas, todo depende del video que lleve armado en su cabeza sobre ese momento. Ese momento de la cita en que por primera vez le diga mirándola a los ojos que le encanta, que no tiene idea cómo o cuándo se volvió la ladrona de sus suspiros y sonrisas. Se limpia el sudor de las manos con un pañuelo que lleva en el bolsillo y respira profundo porque está a unos pasos de su destino. Gira en busca de la entrada y la ve, sus ojos se pierden en el vaivén de sus pasos y su corazón late al mismo ritmo. No recordaba que fuera tan divina, no recordaba que le impactara tanto, no recordaba el camino de regreso a la realidad después de verla pasearse frente a él. Se sienta en una mesa cualquiera mientras ella sale del baño donde, asume, revisa estar perfecta para él.



Un saludo formal, típico de esos amores prohibidos, se dan la mano, un beso en la mejilla y como es correcto él se levanta y la invita a sentarse. Comienzan un charla sobre qué van a pedir, ella como la mayoría de mujeres le cuesta trabajo decidirse, aunque para ser honesto a ella le cuesta un poco más que a las demás. Resuelve pedir un café mientras ella decide y agradece con un gesto a la mesera. Mientras revisa en un mar de indecisiones la carta, él no hace más que detallar su figura. Mirar el color miel de sus ojos, la curva de sus mejillas, la forma de sus cejas, las ondas del cabello y pareciera que mágicamente dibuja con su mirada unos labios que sonríen y se portan como sueña cada noche. Ella lo descubre mirándola y se sonroja, mientras le sonríe con amabilidad. No pronuncia palabra alguna, así que, temiendo esos silencios incomodos, comienza hablar de todo un poco. Habla de un poco todo y al final solo controla las vueltas del tema que lo lleven al momento justo para mirarla, tomarla de la mano y decirle suavemente que se muere por ella. Espera de vez en cuando que responda algo, pero solo asiente con la cabeza.



Ella lo mira como creyendo cada palabra que sale de su boca, como deseando esos labios que hacen mágica la realidad y real la magia. Se turba un poco cuando lo piensa y los nervios atacan de nuevo. Aterriza en un segundo y se baja de la nube cuando ella mira el reloj como si tuviese que irse. Se pregunta si la está aburriendo y guarda silencio un instante esperando que diga algo, pero silente y expectante hace un pequeño movimiento con sus ojos como quien quiere que sigan hablando. Su vida se va en el oír. Está seguro que ya descubrió que está tan dentro en su ser que navega por su alma con toda la libertad que la da, descubriendo pasajes insondables a lo profundo del universo que encierra y que pocas personas han querido entender. Enloquecido por ella, en ella y para ella deja escapar un “me encantas” como si no importara, casi displicente. Ella no reacciona y él quiere creer que no hay que alarmarse. Pero qué débil intento de aferrarse a la vida cuándo el tiempo, enemigo de todo ser vivo, decide ser implacable. Mira su reloj de nuevo y comienza a acomodar el bolso como quien se alista para marcharse.



Por qué querría arrebatarle la gloria de las manos cuando más la disfruta. Cuántas veces un pobre diablo se topa en el camino con la perfección hecha mujer y corresponde a su miseria con un poco de atención. Desaparece de su ser cualquier rastro de alegría fundiendo su alma y su cuerpo en la más profunda tristeza y desolación. Pero resignado no tiene más remedio que permitir que se marche. Y ahí se deslizan entre sus dedos la esperanza y la ilusión como se desliza la arena cuando no quiere ser atrapada. Qué absurdo creer que en algo podrían complementarse y que ella no podría resistirse a él. Levanta la mano y le hace una señal a la mesera para que le traiga la cuenta ¿Cuánto podría tardar en llegar con el trozo de papel, un par de siglos o unos cuantos milenios? El tiempo se congela mientras descubre que no le importó, que escuchó claramente lo que conscientemente dejó escapar, pero hizo caso omiso. El silencio es incómodo y no hace nada por remediarlo.


Se porta como un espejismo en el desierto aprovechándose de toda su necesidad de ella pero no hace nada por remediarlo. Su corazón se acelera y empieza a entender que realmente jamás asintió, jamás escuchó, estuvo presente la ausencia misma del amor imposible que golpeó la cara de un enceguecido enamorado, como quien se estrella a toda marcha con una pared. Aparece un nudo en la garganta mientras desaparece el nerviosismo, aparece un afán repentino de marcharse mientras desaparece la sonrisa del rostro. El soliloquio infinito de las fantasías inconclusas llega a su fin mientras el barco, de las realidades limitadas por el siempre maldito deber, atraca en un rincón desesperanzado de su alma. Qué tan incierto es creer que le escuchó. Qué tan ciertas son las posibilidades que jamás tuvo. Desorientado en una mala jugada de su locura intenta recordar si la citó en ese lugar. Por fin llega la mesera con la cuenta y saca del bolsillo un billete. Se retira sin decir adiós ni agradecer. Se va sin despedirse y errante tropieza con las mesas. Se va mientras la mesera se queda recogiendo sólo una taza y acomodando sólo una silla.

lunes, 3 de febrero de 2014

Ella debería volver

Disfrazando lagrimas con sonrisas trato de endulzar la amargura que ha dejado tu partida. Estático, casi inerte, más bien agónico, transformo mis sollozos en gemidos para tratar de aliviar la pena que traigo amarrada al pecho, pero es demasiado inútil porque aunque he intentado varias veces arrancar mi corazón, no sería la solución aunque lo lograra. No hay nada más tormentoso que intentar caminar, que tratar de seguir. Simplemente no puedo fingir que nada pasó y pretender olvidar todo lo que vivimos. Esas actuaciones tan pobres y viles sólo les quedan bien a los payasos. Y yo, aunque hice de todo para hacerte sonreír, jamás quise ser tu payaso. Jamás quise ser un estorbo. Jamás quise ser un recuerdo. Es entonces cuando llego a la misma pregunta, constante, cíclica, conflictiva en sí misma. Mordaz, asesina y venenosa la repito como placebo inútil a mi dolor. Es que me lo he preguntado tanto que ya me parece estúpido. Quisiera verte por un segundo y preguntarte si alguna vez has pensado en volver.

Podrían por favor dejar de repetirme una y otra, y otra, y otra vez que nadie se muere de amor. En serio se los agradecería desde el fondo del alma, porque aunque a veces mi propia estupidez me sorprende, no alcanza como para no entenderlo. Lo dicen las canciones, los libros, las paredes, lo dice todo el mundo y lo entiendo. Pero no se trata de entender, es que no se siente así. Porque todavía siento la tibieza de su mejilla junto a la mía, el frío de sus manos acariciando mi piel, el corazón acelerado en su pecho. Es que todavía la siento mía y esa tal vez la peor tragedia de mis días. Sigue siendo el ángel que me acompaña a todos lados, aunque en realidad no esté. Sé lo patético que suena pero el alma a veces es terca y el corazón muy obstinado, porque a pesar que me esfuerzo por olvidarla, solo termino recordándola más. Ya basta de sermones por favor que sé que no me voy a morir, porque eso sería demasiado fácil y parece que mi destino es feliz burlándose de mí y restregando sal en mi herida.

Tengo mil razones para odiarla, incluyendo el maldito anillo y el idiota que se lo puso en la mano. Tengo mil razones para sacarla y jamás volver a pensar en ella, pero tal vez, veintidós son suficientes para que sea imposible. Veintidós golpes que se repiten cada veintidós y que hacen insoportable el dolor. Dolor con el que me he visto obligado a vivir. Vivir que es casi imposible como imposible es hacer que regrese. Me he refugiado en lo prohibido, en lo extraño, en lo absurdo, en lo ilegal, hasta en lo infinito; con lágrimas del alma y mirando al cielo he clamado misericordia, un segundo de paz, un segundo de alivio pero algo debo haber hecho para que ni la misericordia misma se apiade de mí. He tratado de quererla menos, en serio que lo he hecho, he tratado de seguir, pero no comprendo cómo hay gente que lo logra. Jamás podría sentarme a verla pasar con otro de la mano y simplemente no hacer nada, o sencillamente sonreír, no sé cómo se cierran los cuentos porque claramente no soy escritor.


No sé cuánto tiempo deba pasar, no sé siquiera si existe esa medida. No sé para qué me desgasto en escribirle si ni le importa. Por eso ya no trato de moverme, ya no trato de seguir, solo observo cómo pasan los días frente a mí y como malgasto mis horas en ella. Duele como nada ha dolido antes. Duele adentro en lo profundo de mi ser, donde todo eran mariposas y ternuras. Ahí donde sus besos hacían un vacío. Duele por mí y duele por ella, porque siempre llevaré la duda por dentro y juzgaré sus motivos. Duele porque siempre creeré que todo es la fachada que usa para taparme, para ocultar su realidad, para esconder que me ama.  Ella debería volver, se ahorraría tanto maquillaje y tal vez me ahorraría tanto dolor. Ella debería volver porque tengo preparadas mil cosas para ella. Ella debería volver para que pueda entender por qué se fue. Ella debería volver para tener la satisfacción de ser yo quien se marche esta vez.

lunes, 27 de enero de 2014

Entre viajes

Aún recuerdo su primer viaje. No sé exactamente por qué viaja tanto pero supongo que la presión de sus parientes acaba por convencerla. Aún recuerdo su primer viaje porque todo comenzó ahí. Un viaje a tierra caliente, como si el calor generalizado del calentamiento global hiciera que muchos suplicaran vacaciones para ir a buscar más calor. Se fue sin que lo supiera y no tenía razones para saberlo. Perfectamente pudo ser un lunes o un viernes y me hubiese dado exactamente igual porque no fue su partida lo que alteró el curso de los hechos sino su estadía. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero siempre he sido demasiado despistado para eso. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira. Ella tampoco tenía pensada la dulce tragedia que rompió los paradigmas de los protocolos y derribó las fortalezas de las imposibilidades.

No es de esas personas que pierden los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la compostura de la pulcritud que la formalidad exige. Así que no podemos echarle la culpa al alcohol o al típico ambiente festivo de los que habitan a ese nivel del mar. Por otra parte, la pereza sí que es un problema, o el aburrimiento lo es casi igual de peligroso. No sé si no tenía nada qué hacer, pero bendito sea el ocio que la puso a hablar conmigo. Un “Hola” fue el comienzo de una limitada cadena de emociones echas mensaje. Un “cómo estás” el principio de un interrogatorio romántico que terminó por estrechar lazos de intimidad. No es de esas personas que pierdan los estribos de sus sentimientos, pero algo debo tener yo que hice que se olvidara de que los límites existen. Envalentonado de leer su desmedida dulzura y su vasto interés, excavé en su mente con preguntas y coquetos mensajes. Por un momento pensé que quería convertirme en su todo, quería ser su “buenos días” y su “hasta mañana”. Quería ser el que movía el segundero del reloj de sus días, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su regreso. No sé exactamente por qué regresó a buscarme pero supongo que la presión de su deseo acabo por convencerla. Aún recuerdo su regreso porque todo se concretó ahí. Se concretó y se selló con la dulzura de sus labios, que como si estuviesen obligados por la vida a estar pegaditos a los míos, se posaron naturalmente sobre ellos. Regresó justamente cuando lo sabía porque no dejamos de hablar un solo instante. Conocía los pormenores de la partida, el recorrido y la llegada. Sabía cuánto tardó desempacando y cuánto en saludar, despedirse y salir corriendo a mi encuentro. No sé si sabía lo que vendría después, si sabía que todo se iba a poner patas arriba, si sospechaba que iba a ser más grande de lo que ella misma creía; pero yo no, soy muy despistado para eso. Dicen que las mujeres controlan más cómo demuestran sus sentimientos que los hombres, pero parece que es mentira. Ellas sienten más que nosotros, eso está claro, pero también son más estratégicas. Y ella, perfectamente podría ser la mayor estratega jamás conocida por la humanidad, pero no conmigo. Conmigo no lo era, porque simplemente no sabía qué la sacudía tan desesperadamente a buscarme, no sabía qué movía sus ansias de mí.

No es de esas personas que pierdan los estribos con el amor. Más bien siempre guarda la distancia que la pulcritud del pudor exige. Así que no podemos echarle la culpa al libertinaje que se apoderó de ella o a una lujuria filtrada en un momento de locura. Por otra parte sentir tantas cosas por alguien sí que es un problema, o sentirse enamorado que es mucho más peligroso. No sé si estaba enamorada, pero benditos los sentimientos que la pusieron ahí conmigo. De un café pasamos al sofá, de un botón a todo lo demás y no le pusimos reglas al reloj. No es de esas personas que cedan el control de las cosas, pero algo debo tener yo que hice que olvidara su necesidad de poder y mandato. Envalentonado por verla sin temores o prevenciones entre mis brazos exploré su cuerpo poro a poro y cabello a cabello. Por un momento sentí convertirme en su todo, fui su suspiro, su palpitar acelerado, su aliento perdido y su éxtasis. Fui el impulso del segundero en ese momento de su día, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su siguiente partida. No sé exactamente por qué se volvió a ir pero supongo que la presión de sus parientes acabó por convencerla. Aún recuerdo su siguiente partida porque todo se puso extraño en ese momento. Un viaje de nuevo a tierra caliente, como si el calor de nuestro amor la hubiese aburrido y la hiciera suplicar vacaciones para ir a buscar otro calor. Se fue y aunque sabía que lo tenía que hacer, no tenía ganas de que fuera así. Perfectamente podía quedarse, congelar esos mágicos momentos y no dejar que nada cambiara con su partida. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero aunque siempre he sido demasiado despistado para eso esta vez tenía un temblor en el pecho que me advertía. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira, porque esta vez era yo quien presentía la tragedia. Esta vez tampoco tenía pensada la amarga tragedia que rompió los enlaces que al amor había creado.

No es de esas personas que recuperen los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la frialdad que las buenas costumbres y la determinación obligan. Así que no podemos echarle la culpa al clima. Por otra parte, el desinterés sí que es un problema, o el fastidio que es casi igual de peligroso. No sé si ya no tenía nada qué hacer conmigo, si ya había hecho todo lo que quería y no me había dado por enterado, pero maldita sea la distancia que la puso a ignorarme. Ni un “Hola” que diera comienzo a una limitada cadena de emociones echas mensaje. Ni un “cómo estás” como principio de una mínima oportunidad comunicarnos. No es de esas personas que recuperen los estribos de su cordura sin razón, pero algo debí hacer yo, que terminó por olvidar el cariño que me había jurado. Decepcionado de leer de su silencio, esa desmedida indiferencia y ese vasto desinterés terminé lleno de preguntas y sin ningún mensaje. Por un momento supe que ya no era su todo, más bien era su nada. Como un Deja Vu mal repetido, volví a vivir los frutos de sus viajes. Fue entonces cuando entendí que nuestro amor fue entre viajes y que como todos los viajes, terminó cuando menos lo quería.


Aún recuerdo su segundo regreso… No es cierto, nunca regresó.

lunes, 20 de enero de 2014

Decisiones, confusiones

Nadie nunca me entenderá como ella lo hace. Descifra con tanta facilidad mi complejidad que parece leer mi mente. Una extensión de mi maraña emocional que, perfecta, se levanta y me hace sucumbir antes los encantos de verme reflejado en cada una de sus indirectas. Tan natural adorarnos que nunca necesitamos decirlo. Bastaba una mirada para acabar perdidos en un mar de nervios, esos que se sienten en el vientre y que roban el aire. Mi respiración se contaba en cuántas veces suspiraba por ella. Mi pulso lo marcaba la arritmia que me causaba verle. Para qué decirnos las cosas de frente si nos entendíamos tan bien, para qué traducir el lenguaje de la piel si todo estaba claro. Por eso decidimos jugar en la intimidad de un secreto. De nuestro secreto. Prohibido incluso para nosotros mismos. Por eso no era extraño que me vieran sonriendo por la calle cuando escuchaba alguna canción. Todo se transformaba en ella. El aire traía su olor y me hacía necesitarla, como cuando llega el aroma del pan recién horneado por las tardes. Todo era perfecto y decidimos que así se mantendría.

Pero de decisiones vivimos y son ellas mismas las que con implacable justicia nos condenan en círculos viciosos, productos de nuestra necedad, a padecer con el alma. Un alma que sufre víctima de nuestra propia estupidez y presa entre los barrotes de la resignación, clama a gritos la misericordia de un beso. Así decidimos vivir. Intocables, inalcanzables, paralelos. El vacío que separa nuestros caminos se unía milagrosamente con el error fatal de coincidir en tiempo y espacio, deseándonos desde la mísera distancia de unos pasos, la infame lejanía de unos cuerpos. Decidí que jamás le diría lo que sentía, para qué usar palabras y mundanizar esa divina conexión que todo lo conoce. Pero tal vez ese fue mi error, darle demasiado crédito a la piel, a su lenguaje, olvidándome, que aunque las miradas hablan, nada supera la certeza de un te amo al oído, de un me gustas agarrados de la mano. Me dejé confundir por la maldita inseguridad que me hizo creer, que si abría la boca para decirlo, la magia de nuestro encanto se rompía y nos convertiríamos en dos mortales más, que sólo desean la mortalidad de sus cuerpos y no la infinitud de sus almas.

Cansado de solo tocarla en mis sueños, intenté escribir con las estrellas mensajes que solo ella entendiera, para que de vez en cuando tuviera la ocurrencia de mirar el cielo y dejara escapar una sonrisa. Enmudecida, y siempre tomada de la mano de alguien más, estoy seguro que los notó un par de veces, los ignoró otras tantas, pero no me cabe la menor duda que siempre los entendió. Y decidí que no necesitaba más que eso, que me bastaba un baño de júbilo ocasional cuando soñaba con esa sonrisa que producían mis mensajes. Pero no hay esfuerzo más infructuoso que el que se hace con la mitad de la fuerza. Por qué no dejaba todo y salía corriendo a abrazarla, a besarla, a decirle, a adorarla. Porque es difícil decidir cuando las señales se tornan confusas y das por entendido un mensaje que nunca llegó al destinatario. Porque la mayor cobardía de un hombre es no tomar la decisión de mirar a los ojos al amor de su vida, agarrarla fuerte de las manos y abrir la boca para confesar los misterios de amor que esconde en las profundidades de su alma. No lo haces cuando tu aliado se confunde y se vuelve en tu contra, se vuelve y te confunde.

Por eso hoy, reúno toda la fuerza que no tengo y saco el impulso de donde no hay para decirlo todo. No más silencio, no más distancia, debe enterarse. Claro está que no puedo aparecer de la nada, con extrema sutileza y precisión quirúrgica, debo dejar un rastro de señales que la lleven a mí, que la lleven a acercarse dejando todo de lado porque yo ya lo hice. Optimista, fascinado con mi determinación y creyendo que esta vez mi plan es infalible, dejo un surco de migajas de letras que llamen su atención y la traigan a mis brazos. Hoy es el día, la hora de mi felicidad ha llegado. Ha notado, como lo tenía previsto, mi mensaje. Mi corazón arrítmico, como cada vez que hablo con ella, me avisa que el momento es ahora, que por fin existirá un tú y yo, que ya nada estorbará nuestros destinos que por fin se tocan en la inmensidad de lo extraordinario haciéndose realidad. Responde amablemente al código que minuciosamente diseñé y que sabía que sólo ella entendería y con el tono más dulce que jamás le haya podido escuchar me dice: Dile a tu miedo que ya no quieres estar más con él, que quieres estar conmigo, que quieres ser feliz a mi lado.

Sus palabras retumban en lo profundo de mi cabeza y las piernas me empiezan a temblar. Es justo como lo había soñado, justo como lo había deseado, justo como anhelé por mucho tiempo que fuera. Sonrío amablemente para disimular que me estoy muriendo, que no siento el piso y parece que estoy levanto con el encantamiento que lanza sobre mí con esas palabras. Me tomo un tiempo para responder y con la esperanza de no precipitarme y arruinar el momento quiero jugar con su mente y hacer que me entienda como siempre lo había hecho. Escojo muy bien mis palabras y digo: desde hace un tiempo no necesito hablar con mi miedo para decirle con quién quiero estar. Su rostro se transforma y, tal vez de dolor o de desconcierto, se echa a correr y se pierde entre la muchedumbre. Trato de seguirla pero es imposible, estoy perdido y ella también. Dibujo un “buenas noches” con nubes y estrellas y es lo último que digo esa noche. Trato de dormir para no pensar y en un santiamén el sol ilumina mi ventana. Salgo a la calle a buscarla para preguntarle qué entendió, por qué corrió, en qué momento no me entendió y se confundió. Pero víctima de mi propia torpeza la veo pasar de brazo con otra decisión que no soy yo. Con otro que dibuja una sonrisa postiza en su rostro.

lunes, 13 de enero de 2014

El pariente pobre de la familia.

Estrenando el último iPhone del mercado, levanta una copa llena de gaseosa porque aún es muy joven para beber y brinda diciendo: “la navidad se trata de estar en familia, no importa que no hayan regalos, no importa que no haya dinero para celulares y cosas que se quieran. La navidad es para compartir abrazos y cariño con la gente que uno realmente valora. Salud”. Inmediatamente después, se pierde en los mensajes que envía y recibe ignorando cualquier cosa, o persona, a su alrededor. Acariciando las llaves de su nuevo automóvil deportivo levanta un vaso del mejor whisky que pudo conseguir y dice: “Estoy de acuerdo con la peque y qué gran enseñanza nos da. Esta es una época en la que no deberían importar los regalos, el modelo del carro, los viajes o la ropa. Eso es el consumismo que nos imponen los medios de comunicación, lo mejor es dar un fuerte abrazo y compartir un pan en paz. Salud”. Se levanta de la silla, se dirige a la ventana, mueve la cortina y mira que el auto esté bien, le desactiva y activa la alarma por costumbre y porque le encanta como suena.

Con las mejillas aun rojas y quemadas por el frio de la nieve, revisa por enésima vez tener el pasaporte y la Visa siempre a la mano. Toma de la mesa una copa de vino, un Merlot supuestamente exquisito que compró en Napa Valley unos días antes de pasar a New York y que justo hoy sacó de la maleta para la ocasión. Lo huele, le mira la piernas y lo agita como le enseñaron el mes pasado en Chile en una visita a un viñedo. Suspira ante la mirada de todos y dice: “Brindo por ustedes, porque no hay nada mejor que estar en casa. No sé por qué la gente quisiera desgastarse viajando cuando lo mejor es estar en casa con los nuestros. Salud”. Disimuladamente revisa en su iPad el calendario y los recordatorios, para tener presente a qué hora sale su vuelo. Sin esperar un silencio incomodo el más anciano de la casa feliz de ver a casi todos sus hijos reunidos, no por los que están sino por los que no están, toma la palabra para agradecer su presencia, bueno, no la de todos pero sí la de la mayoría. Se levanta y toma un vaso con agua para su brindis, con agua porque guarda la vieja costumbre de su grupo de ayuda y sin el cual hubiese perdido todo su dinero. Los mira a uno a uno, pide que despierten a los que duermen en el sofá y con aire de presentador frustrado brinda diciendo: “Antes del brindis les recuerdo que la cuota para la cena, por familia, no la han pagado todos así que es importante que lo hagan. Y pues para agradecerles por venir a los que vinieron. Salud”. Se va hacia la cocina a buscar la comida cuando en el fondo se oye una voz que dice: Falta esa parte de la familia por brindar.

En un rincón de la sala estaban ellos, con su sonrisa gigante, agarrados de la mano esperando la media noche. Tenían lo de la cuota y los transportes exactamente, no acariciaban llaves, no tienen Visa, celulares nuevos o ropa costosa. Su rostro estaba quemado también pero por el ardiente sol de la calurosa ciudad donde viven y trabajan. Tienen lo que el salario mínimo les permite disfrutar con esa encantadora sensación de poder estar en su casa con su familia, de no deber millones en bancos para guardar apariencias, pero sobretodo con esa sutil y placentera satisfacción de conseguirlo todo con su propio esfuerzo sin pasar por encima de nadie, sin humillar a nadie y sin quitarle nada a nadie. Levanta un vaso de pasta, de esos que les dan a los pobres de la familia, con un fresco rojo y agua de tubo sin filtrar. Disimula el roto del zapato derecho parándose con los pies juntos, aclara la voz y dice: “Este año también fui a USA, Chile, Alemania, Holanda, Austria, Argentina y México con ustedes. Fui porque me alegran sus triunfos. Este año cuando iba en bus y los veía zigzagueando entre el tráfico, sentía que desaparecía el trancón. Desaparecía porque me alegra verlos en sus autos nuevos. Este año aprendí más de tecnología porque ustedes me dejaban ver de lejos los celulares, tabletas y demás aparatos que compraban. Y me alegré por ustedes. Pero también estuve triste, porque vi sus lágrimas de soledad. Cuando pasaron sus cumpleaños a solas en sus apartamentos, cuando no hubo día de la madre o el padre, lloré mientras sí podía celebrar con los míos y ustedes no. Por eso hoy que hago el recuento y pongo en la balanza alegrías y tristezas me pregunto quién es realmente el pariente pobre de la familia. Ustedes me miran con vergüenza, yo los miro con amor. Ustedes se abrazan por protocolo, yo disfruto compartir un momento de cariño con mi familia. Por eso brindo para que de regalo esta navidad reciban pobreza, si eso los hace más humanos, si eso los hace ricos. Brindo para que sean felices con lo realmente importante y para que disfruten, como nosotros. Salud”.


Baja el vaso de pasta después de tomar un sorbo de fresco, sonríe y el silencio es perturbador. Las miradas atónitas se cruzan mientras fruncen el ceño por el atrevimiento del “igualado” joven. Poco a poco desaparecen los gestos de desagrado y se transforman en enormes sonrisas. Sonrisas que se vuelven carcajadas. Carcajadas que se vuelven burlas. Burlas que borran la utópica idea de una navidad amorosa. El reloj marca la media noche sin que se den cuenta por el ataque de risa y los comentarios peyorativos, casi como por arte de magia, se vuelven en felicitaciones. Se abrazan todos con todos, por hipocresía, por protocolo, por apariencias. Nada cambia con palabras bonitas, nada cambia con mensajes de amor y paz. Nada cambia en el corazón pobre de la gente rica que envilece la bondad de quienes sueñan un mundo mejor, lleno de familias mejores. Mejores que la pobreza que ahoga a los pudientes pero que enriquece y hace mejores al pariente pobre de la familia. Comen y beben como cerdos rendidos a sus placeres. Cada uno es un mundo, cada uno es su propio mundo. Planetas distantes que se gritan muy de vez en cuando un “cómo están”, para consolar su casi inexistente conciencia. Se gritan, porque eso hacen los corazones que están lejos. Gritar. Gritar y recordarles a los ricos de verdad que son "el pariente pobre de la familia".