lunes, 16 de diciembre de 2013

El Trovador y La Luna.

Imperante era el silencio que embargaba aquella noche fría. Esas, de luna y estrellas escondidas, que torturan el alma y los sentidos con la oscuridad más profunda que la humanidad jamás pueda ver. No había luz alguna, o rastro de ella, que se colara por las ventanas y las fisuras de las puertas en la pequeña casa al final de la ciudad. Era tan pesada y profunda que no se podía ver el piso, o el techo, o pared alguna. Era tan insondable que el temor se apoderaba de la gente, temor de perderse en ella y no poder volver a la luz. Pero tal vez, sólo tal vez, la quietud y el silencio eran más inquietantes que la oscuridad. Así, que en completo sigilo y completa penumbra; en completa angustia y completa soledad; en la sala de una pequeña casa a las afueras de una ciudad, la Luna daba a luz un pedazo de su ser. Por qué la diosa de las mareas no tendría el respaldo de su padre, el sol, el rey de nuestro universo. Por qué las estrellas, sus aliadas y fieles amigas, no estaban para darle la mano a la princesa y ayudarla en su gemir. Seguramente porque su amante fugitivo era un mortal, un simple mortal que con guitarra al hombro encantaba mientras cantaba.

Ciega, la Luna intentaba encontrar algo que alivianara su tormento y le deshiciera el recuerdo, de la primera y única vez, que se le había permitido descender a la tierra. El dolor era inaguantable. Luchaba para apagar sus gritos con algo, que por la textura y la forma parecía un cojín, y que había arrebatado de un lugar cualquiera. Debía mantener su inmovilidad para no hacer ruido alguno y despertar a la gente que vivía en la casa. Una diminuta casa, como ya dije, llena de mil objetos y decoraciones inútiles, tan auténtico en muchos humanos. Las contracciones se detenían cada tanto y sus pensamientos se despejaban lo suficiente como para recordar la fiesta. Esa fatal celebración que tienen una vez al año los mortales, de toda lengua y nación, para rendirle culto y ofrendas a los dioses del firmamento.

Un día que se reserva una vez al año, los astros toman forma humana y descienden entre los humanos, buscando gente de corazón puro, llenos de luz, para dar origen a nuevos dioses que se posen en el firmamento. Pero la Luna, torpe y primeriza, trastornada por la curiosidad, no se percataba del corazón de nadie. Cuántas fechas especiales vio desde el firmamento con parejas de enamorados que juraban eternidad para su amor y que no podían disimular tanta felicidad. Ella lo envidiaba, lo soñaba, hubiese dado la vida misma por conseguirlo. Por eso, su único objetivo era encontrar un joven galante, que le escribiera los mejores versos, lo más románticos, los más dulces y los más tiernos. Caminaba por entre la muchedumbre, algunos hedían a humano, otros encantaban a amor.

Donde sea que fuese, ella era la luz. Todo cambiaba con la aparición de deidad hecha carne. Los hombres quedaban turbados y las mujeres enceguecidas por los celos los halaban de los brazos. Una diosa en todo su esplendor. Era la Luna que caminaba entre lo mortales y hacía de las suyas con su encanto. Tenía el cabello oscuro como el firmamento sobre el que se posa al brillar. Su tez era tan blanca y tan suave, que parecía como uno de esos halos de luz que acarician la piel en una de esas noches despejadas. En contraste y delicadamente posada sobre su hermoso rostro estaba su boca. Esa boca roja y pequeña como el beso de una cereza que no puedes dejar de mirar y que solo deseas besar. Sus ojos eran grandes, perfectos y tan profundos, que las palabras de todos los alfabetos unidos no alcanzarían para describirlos. Eran claros, muy claros, tan claros, que lo único claro era que quien la viera se perdía en su mirar. Así, divina y encantadora, pasaba de región en región, de nación en nación, buscando el adecuado.

Cuando la noche estaba a punto de terminar el eco del valle le trajo el sonar de una guitarra y una voz. Esa voz gruesa y viril que la estremeció de la cabeza a los pies, cantaba sobre sus amores y sus desventuras. Como un relámpago estruendoso se escabulló entre las copas de los árboles y sin que aquel juglar lo notara se acercó. Pero una mujer así no puede ocultarse, no debe hacerlo, jamás lo lograría por más que quisiera. Se cruzaron sus miradas en una sinfonía silenciosa que además los dejó sin aliento. Ella tan divina y él tan ilícito, conectados en un solo sentir, electrizante y perfectamente platónico. Ella se acerca un poco más y subrepticiamente se cuela hasta estar a junto a él y entre sonrisas, canciones y vino tiene la guarida perfecta para darle un beso. Un beso, de esos que se escapan y no alcanzan a llegar donde quisieras, se posa en su hombro. Se cruzan las miradas y por un instante el corazón no necesitaba latir, si se tienen el uno al otro no sería necesario jamás. Ahí, una sola mirada y un solo ser, envueltos entre sus sentimientos y pasiones se planta en el corazón de la Luna el deseo de ser una mortal más del montón.

Enloquecida y atormentada por las contracciones, contracciones no de su vientre sino del alma, yace en el piso de la diminuta casa medio mortal y medio diosa la culpable de la oscuridad. El culpable del silencio desesperante espera en la puerta por una señal. Espera que decida aniquilar su conciencia de diosa, su responsabilidad de deidad y su vida de perfección, para convertirse en su amante y su compañera. Para convertirse en su alma gemela. Espera que tal vez en un arrebato de demencia deje todo su esplendor celestial y se rinda a los designios de su corazón. Es que hasta los dioses sufren por él, sufren del alma.  La Luna debe parir de su interior, su deidad o su carne, y salir o desaparecer.


Los minutos parecen sempiternos hasta que la oscuridad empieza a desaparecer un poco y parece que el corazón del trovador, también con ella. No hay más llanto, ni terror, ni siquiera hay esperanza. La oscuridad desaparece por completo cuando la Luna se alza en el cielo, llena y brillante. El silencio se rompe con el sollozo del trovador que entiende que ganó la conciencia y el legado de su diosa. Que los mortales siempre serán mortales y los dioses siempre serán dioses.

martes, 3 de diciembre de 2013

La ventana...

Con el alma gastada de tanto esperar una señal, con los ojos gastados de tanto aguantar el llanto, con el corazón gastado de tanto luchar por latir, levanto la mirada por última vez y trato de recoger los pocos pedazos de dignidad que aún quedan en el piso. Todos los hombres saben cuándo retirarse, menos yo. Las trompetas nunca tocan la retirada en mis batallas que siempre terminan con la masacre de muchos de mis sueños y esta vez no es la excepción. Entre pedazos de anhelos rotos y fantasías inconclusas doy unos pesados pasos mientras me alejo. Algo me dice que me quede, que espere un poco más, pero debe ser la gran estupidez que me domina o mi inmensa capacidad de autodestrucción que detecta que algo no ha sido derribado en mi vida. Sea la razón que sea me detengo y miro hacia la ventana una vez más. Esa ventana que como en clave morse codificaba nuestros más sentidos mensajes.

Siempre estuvo abierta, así la conocí, así comenzó todo. No importaba la lluvia, el sol o la brisa, siempre lo estuvo como dándome la bienvenida. Por ella me colé un par de veces para hacer de las mías y por ella me escapé para que nadie me pillara. De un momento a otro, esa, ya no era un objeto más de la infraestructura, era un símbolo de mis cuidados, de mis picardías, de mis ocurrencias y de mis ternuras. Me colaba por ella aunque estuviese cerrada, porque el simple hecho de mirarla sabía tanto a mí, olía tanto a mí, decía tanto de mí, que parecía el portal fantástico de los sueños hechos realidad. Ella la abría para que yo supiera que estaba en casa, luego la cerraba porque me encargué de cuidarla del invierno cuando salía y a veces se entrecerraba porque nunca fui estricto y los puntos medios, para complacerla, siempre fueron mis favoritos.

También era emblema ella, no lo puedo negar. Recuerdo el misterio cuando nos conocimos, repaso incansablemente el juego de sus palabras que me ocultaban cuál de todas era. Muy consciente de que no me moría por otra mujer en el mundo, decía querer evitar que cada vez que pasara por esa calle mirara su ventana y vaya que sí tenía razón, porque desde que la descubrí jamás pasé sin ojearla. Bendita ventana, frontera clandestina de nuestro país de las maravillas, sin ley, sin conciencia y sin arrepentimientos; peaje sin costo a los excesos más exquisitos de su piel, de su cuerpo, de su ser. Bastaba con cruzarla para saber que podía ser yo mismo, podía decir lo que quisiera, pensar lo que se me antojara, ella era mi bondadosa reina y me castigaba con la miel de sus besos. Tanto me fui acostumbrando que poco a poco olvidaba quién era afuera, si le debía algo a los míos, a los tuyos, a los nuestros.

Qué placidez infinita encontraba del otro lado que por un tiempo desconocí que nada dura para siempre. Que la impaciencia es el más común de los arrebatos mortales y que como todas las reinas, por muy magnánima que fuera, tenía sus exigencias. El remordimiento hizo de las suyas y su piedad menguaba como lo hacían sus besos. Encontré el acomodo para no perderla pero tanto desprecio es abrumador y poco a poco me fui gastando. La ventana, a veces abierta y a veces cerrada, siempre habló tan claro que no fallaba en llegar el mensaje hasta mí. Ahora todo era confuso, no sabía exactamente si la abría para que pudiera entrar o para que salieran mis recuerdos, no sabía si la cerraba para retenerme o para prohibir mi ingreso. Y poco a poco me fui gastando.


Me adueñé de la acera de enfrente para vigilarla. Pasó verano e invierno y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mi alma, gasté mis ojos, gasté mi corazón y hasta mi dignidad. Pero ella resultó tan estricta e indolente qué jamás se asomó, jamás respondió. Todos los hombres saben cuándo retirarse menos yo, que sigo aquí esperando con un fardo de recuerdos que se encienda la luz, que aparezcan cortinas, que haya movimiento porque es imposible que se haya ido y no me haya dicho. Pasó invierno y verano y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mis horas, gasté mis sueños, gasté mi vida y hasta mi dignidad. Inmóvil con un ramo de nubes, unos versos prestados y unas canciones recicladas aguanté hasta el límite. Pero ella resultó tan estricta e indolente que jamás se asomó, jamás se asomó porque ya se había ido.