lunes, 3 de agosto de 2015

Odio las placas

Hay mil y una formas de arruinarle la vida a alguien. Están las de tipo novela en que la mujer contrata un asesino para acabar con la amante de su esposo, la famosa y clásica treta de “estoy embarazada” o simplemente decirle a alguien después de muchos años que es adoptado. Son algunos de los más básicos, y novelescos, ejemplos que existen en el inconsciente colectivo de millones de personas que han crecido al lado de Esmeralda, Gata Salvaje y las Marías de Thalía. Pero ¿y si les dijera que hay formas mucho más complejas para arruinar la vida de alguien? seguramente un tradicionalista televisivo diría que es imposible. Encontrar la manera perfecta para arruinarle la vida a alguien requiere de un estudio profundo de las conductas, la rutina y la personalidad de a quien se le va a arruinar la vida (quien de ahora en adelante será llamado “el destruido”) por parte de quien planee dicha destrucción (a quien llamaremos “el destructor”). Si han escuchado la Frase “Cada cabeza es un mundo”, usted sabrá que cada posible destruido es diferente y no se puede ejecutar un mismo método para todos. Les daré un ejemplo perfecto para que tomen como referencia y puedan recibir el diploma de destructores profesionales.

El destructor y el destruido en este caso sostienen una relación compleja desde hace algún tiempo, en los ires y venires del destino han completado varios años en un juego público-oculto de relaciones pseudoclandestinas, lo que hace que el destructor conozca claramente las debilidades del destruido, su personalidad y sus fortalezas. El destructor de esta historia, posee un control supremo sobre el destruido al igual que todos sus congénero por lo que de ahora en adelante se le dirá “La destructora”. Con esa trama de dormir en el sofá o cortar los servicios ha logrado controlar a su antojo al destruido, a quien seguiremos nombrado “el destruido” por cuestiones de género. Esa información, más ese poder, dan como resultado el camuflaje perfecto para esconder detrás de algo tierno una estrategia macabra y el destruido, como todos los de su especie, no es más que una inocente paloma que cree todo lo que le dicen (qué se le hace si así son todos los hombres). Siempre la destrucción funciona mejor cuando va después de algo tierno.

En ese orden de ideas, la destructora del ejemplo, se inventa un juego con las placas de los vehículos que consiste en lo siguiente: Cada placa por lo general tiene tres letras y tres números, si a cada letra se le enlaza con el número del espacio correspondiente encontramos que la primera letra se conecta con el primer número, la segunda con el segundo y la tercera con el tercero (reglas básicas para que el destruido no se confunda). El truco del juego está en que si la placa tiene dos números iguales, la letra que coincida con el espacio del único número diferente será la inicial del nombre de una persona que en ese momento está pensando en ti. De antemano la destructora debía conocer cuánto tiempo pasaba manejando el destruido al día y cuántas posibilidades de combinaciones podían existir con su inicial, datos que surgen de a una pequeña consulta.

La dirección de tránsito de Bucaramanga recientemente publicó las cifras del parque automotor en Bucaramanga donde revela que al menos 165.365 vehículos circulan por las calles de la capital santandereana. Si a eso se le suman los 168.653 de Girón, los 135.198 de Floriblanca y los 9.664 de Piedecuesta, Bucaramanga y su área metropolitana se ubican en un puesto muy elevado entre las ciudades con más vehículos circulando. Como los cálculos de las placas con dos números iguales son astronómicos y las posibilidades de coincidir con su inicial son casi nulas, la segunda fase del plan era convencer al destruido de soñar con viajar por todo el mundo, de hacer una lista de países a los cuales ir y encontrar un nombre popular de cada nación con la cual se reconocerían ¿Sí ven a lo que me refiero? Cada fase del plan está envuelta en un terciopelo romántico que desvíe la atención por completo del destruido. Por ende el listado de países debe ser al menos de diez y con nombres muy populares.

La tercera fase consiste en reiterar el infinito amor que supuestamente se profesa por el destruido y recordarle al ver las placas que en cada momento del día, la destructora piensa en el destruido. La última etapa es la más sencilla de todas pero la más contundente, sin razón alguna la destructora debe ponerse extraña, proyectar sobre el destruido la razón de su comportamiento haciéndolo sentir culpable de sus inseguridades y tristezas y camuflar sus razones en conductas ni remotamente similares en el destruido; esto último para generar confusión y desasosiego. Sin más, marcharse sin dar explicaciones y asegurarse que por un tiempo indefinido el destruido seguirá saliendo a la calle a ver cientos de miles de carros con placas de números repetidos y que coinciden con las iniciales de los nombres de los países de la promesa.

Por eso, razones sobran para odiar las placas, porque un destruido fallecido disfrazado de transeúnte recorre las calles congestionadas de una pequeña ciudad por más de ocho horas al día. Una y otra vez con afán de llegar a ningún lado excepto al límite de su energía para tratar de agotar la mente y dejar de pensar. Más de ocho horas diarias y más de cuatrocientos mil vehículos le dan, el inevitable infortunio, de encontrar la placa precisa una y otra vez (a veces una tras de otra). Razones de sobra para odiar las placas, porque la herida se abre cada vez que estúpidamente el destruido ve la letra que coincide con alguno de sus nombre para creer que lo piensa, pero se obliga a reconocer lo contrario. Si me lo preguntan odio las placas, las placas con dos números iguales y una letra como la inicial de uno de sus nombres.