Hay mil
y una formas de arruinarle la vida a alguien. Están las de tipo novela en que
la mujer contrata un asesino para acabar con la amante de su esposo, la famosa
y clásica treta de “estoy embarazada” o simplemente decirle a alguien después
de muchos años que es adoptado. Son algunos de los más básicos, y novelescos,
ejemplos que existen en el inconsciente colectivo de millones de personas que
han crecido al lado de Esmeralda, Gata Salvaje y las Marías de Thalía. Pero ¿y
si les dijera que hay formas mucho más complejas para arruinar la vida de
alguien? seguramente un tradicionalista televisivo diría que es imposible.
Encontrar la manera perfecta para arruinarle la vida a alguien requiere de un
estudio profundo de las conductas, la rutina y la personalidad de a quien se le
va a arruinar la vida (quien de ahora en adelante será llamado “el destruido”)
por parte de quien planee dicha destrucción (a quien llamaremos “el
destructor”). Si han escuchado la Frase “Cada
cabeza es un mundo”, usted sabrá que cada posible destruido es diferente y
no se puede ejecutar un mismo método para todos. Les daré un ejemplo perfecto
para que tomen como referencia y puedan recibir el diploma de destructores
profesionales.
El
destructor y el destruido en este caso sostienen una relación compleja desde
hace algún tiempo, en los ires y venires del destino han completado varios años
en un juego público-oculto de relaciones pseudoclandestinas, lo que hace que el
destructor conozca claramente las debilidades del destruido, su personalidad y
sus fortalezas. El destructor de esta historia, posee un control supremo sobre
el destruido al igual que todos sus congénero por lo que de ahora en adelante
se le dirá “La destructora”. Con esa trama de dormir en el sofá o cortar los
servicios ha logrado controlar a su antojo al destruido, a quien seguiremos
nombrado “el destruido” por cuestiones de género. Esa información, más ese
poder, dan como resultado el camuflaje perfecto para esconder detrás de algo
tierno una estrategia macabra y el destruido, como todos los de su especie, no
es más que una inocente paloma que cree todo lo que le dicen (qué se le hace si
así son todos los hombres). Siempre la destrucción funciona mejor cuando va
después de algo tierno.
En ese
orden de ideas, la destructora del ejemplo, se inventa un juego con las placas
de los vehículos que consiste en lo siguiente: Cada placa por lo general tiene
tres letras y tres números, si a cada letra se le enlaza con el número del
espacio correspondiente encontramos que la primera letra se conecta con el
primer número, la segunda con el segundo y la tercera con el tercero (reglas
básicas para que el destruido no se confunda). El truco del juego está en que
si la placa tiene dos números iguales, la letra que coincida con el espacio del
único número diferente será la inicial del nombre de una persona que en ese
momento está pensando en ti. De antemano la destructora debía conocer cuánto
tiempo pasaba manejando el destruido al día y cuántas posibilidades de
combinaciones podían existir con su inicial, datos que surgen de a una pequeña
consulta.
La
dirección de tránsito de Bucaramanga recientemente publicó las cifras del
parque automotor en Bucaramanga donde revela que al menos 165.365
vehículos circulan por las calles de la capital santandereana. Si a eso se le
suman los 168.653 de Girón, los 135.198 de Floriblanca y los 9.664 de
Piedecuesta, Bucaramanga y su área metropolitana se ubican en un puesto muy
elevado entre las ciudades con más vehículos circulando. Como los cálculos de
las placas con dos números iguales son astronómicos y las posibilidades de
coincidir con su inicial son casi nulas, la segunda fase del plan era convencer
al destruido de soñar con viajar por todo el mundo, de hacer una lista de países
a los cuales ir y encontrar un nombre popular de cada nación con la cual se
reconocerían ¿Sí ven a lo que me refiero? Cada fase del plan está envuelta en
un terciopelo romántico que desvíe la atención por completo del destruido. Por
ende el listado de países debe ser al menos de diez y con nombres muy
populares.
La
tercera fase consiste en reiterar el infinito amor que supuestamente se profesa
por el destruido y recordarle al ver las placas que en cada momento del día, la
destructora piensa en el destruido. La última etapa es la más sencilla de todas
pero la más contundente, sin razón alguna la destructora debe ponerse extraña,
proyectar sobre el destruido la razón de su comportamiento haciéndolo sentir
culpable de sus inseguridades y tristezas y camuflar sus razones en conductas
ni remotamente similares en el destruido; esto último para generar confusión y
desasosiego. Sin más, marcharse sin dar explicaciones y asegurarse que por un
tiempo indefinido el destruido seguirá saliendo a la calle a ver cientos de
miles de carros con placas de números repetidos y que coinciden con las
iniciales de los nombres de los países de la promesa.
Por eso,
razones sobran para odiar las placas, porque un destruido fallecido disfrazado
de transeúnte recorre las calles congestionadas de una pequeña ciudad por más
de ocho horas al día. Una y otra vez con afán de llegar a ningún lado excepto
al límite de su energía para tratar de agotar la mente y dejar de pensar. Más
de ocho horas diarias y más de cuatrocientos mil vehículos le dan, el
inevitable infortunio, de encontrar la placa precisa una y otra vez (a veces
una tras de otra). Razones de sobra para odiar las placas, porque la herida se
abre cada vez que estúpidamente el destruido ve la letra que coincide con
alguno de sus nombre para creer que lo piensa, pero se obliga a reconocer lo
contrario. Si me lo preguntan odio las placas, las placas con dos números
iguales y una letra como la inicial de uno de sus nombres.