Las
tragedias invisibles que nos rodean a diario, hacen que nuestras frágiles almas
parezcan insensibles. Gente corriente, que disfraza sus
heridas con lujos y maquillaje. Gente frágil y muy ágil para hacer de sus
tragedias obras minimalistas, empacadas en pequeñas cajas de cerillos que
desearían tirar al fondo del mar. Pero el único mar cercano resulta ser el
océano de problemas sobre el que navegan y la mayoría de las veces se hunden. Y
ahí anaeróbicos viven, acostumbrados al tortuoso vaivén de las olas como niños mecidos en hamacas que
parecen disfrutarlo, pero que al final irremediablemente terminaran enfermando.
Un
panorama invisiblemente real que describe el tamaño de tormento en el que vive
Marcela. Que sentada sobre un pequeño resalto de andén sufraga la votación
interna de la mejor decisión por tomar. Suplicar, huir, humillarse y arrastrase
fueron los candidatos preferidos en esta vuelta electoral, que aún no define ganador.
Pero qué difícil es elegir cuando no solo depende la desgracia de tu vida.
Cuando sin querer depende de ti, la desgracia o la alegría de la pequeña
inocencia que te acompaña porque solo tiene algo seguro en la vida, el amor de
una madre. Carolina que apenas supera los diez años, no puede elegir porque no
tienen edad de votar en la vida, ni en su propia vida. Una dependencia total de
las decisiones de su madre e ingenuamente culpable de las malas consecuencias.
Un
borde de andén, una muñeca en las manos y ropa costosa es lo único que la
acompaña, por su parte Marcela carga no solo la nostalgia, la desesperación y
la incertidumbre sino en costales y cajas, como una “simple” desplazada, las
pocas pertenencias que le tiraron por la puerta tras su salida. Ahora tendrá
que comerse sus palabras y ver que a los que consideraba simples y nada, eran
realmente guerreros del camino. Titubeante Carolina rompe el silencio -Mami me
prometes que vamos a recoger a moticas-. Marcela no sabe si tragarse el odio
que siente por Juan Pablo o tragarse el llanto para contestar sin que note su
amargura. Toma aire y responde –Mi amor mañana pasamos y vemos como está-. Un
silencio profundo, la muñeca que gira en las pequeñas manos de la niña, un
suspiro y una nueva pregunta – ¿Mi Papi estaba muy bravo contigo cierto? Es que
él no se siente bien cuando sale del estudio -. –Si mi amor es que tiene mucho
trabajo y sale un poco estresado-. La nena se limpia la frente como si el
cabello le molestara, mira su muñeca y apoya su carita sobre su mano derecha
que se apoya sobre su rodilla derecha y sopla su propia cara entre angustia y
aburrimiento. Mira a su alrededor bastante desubicada y con cara de preocupación.
Marcela
toma un espejo que lleva en el bolso y con polvos se sigue cubriendo la
alcoholizada marca que le dejo en el rostro Juan Pablo. Ese hermoso rostro que
algún día acarició con delicadeza pero que pasado el tiempo no era más que un
saco de boxeo en el que desahogaba su borracha frustración. Ese rostro que un
día brillaba pero que ahora se opaca de dolor está a punto de decidir. Mira disimuladamente
y de reojo a su hija, guarda los polvos en el bolso y lo cambia por un labial.
Carolina le dice a su mamá que tiene hambre. Ella revisa la billetera y
disimuladamente cuenta los billetes que tiene, sabe que no le alcanza para una
noche de hotel y una comida así que ahora debe decidir para cual de los dos
deba alcanzar. Le responde a su hija –Ya vamos a comer algo mi amor, ¿qué
quieres?- La niña le responde pensativa y frustrada que tal vez una hamburguesa
con un malteada. Marcela abre los ojos espantada por la elección de su hija,
guarda todo lo que tiene en las manos y la abraza. Carolina se rasca los ojitos
que no han tocado el llanto ese día y le dice a la mamá –Tengo sueño mami,
¿dónde vamos a dormir?- Marcela suspira, le consiente la cabeza y le responde
–No sé mi amor, pero todo estará bien-. Cierra los ojos para no llorar respira
profundo y acompaña silenciosamente a su hija y a sus costales de ropa.
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