Lentamente caminaba
por las oscuras calles de la ciudad que lo vio crecer. Lentamente suspiraba
entre los reflejos de las luces en los charcos de un pavimento mojado, lenta
pero desesperadamente lo hacía como quien toma aire luchando por no ahogarse
tras naufragar. Lentamente trata de convencerse de no morir, de no vivir, de
pensar, de no pensar, de no cruzar al otro lado. Buscaba donde escampar de
tanto llanto, una trinchera para resguardarse de tanto dolor. Pero qué inútil intentar
cuando ni siquiera el corazón tiene suficiente fuerza para palpitar.
Detenido, nota que sin darse cuenta ha caminado
más calles esa noche que en toda su vida. Lejos del chofer y del aire
acondicionado de su coche último modelo, lejos de su familia y su trabajo,
lejos de la gente, lejos del sudor, lejos de la lejanía misma busca encontrarse
con algo o alguien que le devuelva la vida. Tal vez solo necesite encontrarse
consigo mismo. Paralizado como el árbol que lo acompaña, ni la lluvia ni el
viento en su cara lo hacen recuperar la cordura.
Por qué tanto dolor sería necesario, ó, por qué
tanto dolor resultaría innecesario. Por qué damos vueltas inútiles alrededor de
un sol al que no le importamos, por qué seguimos ahí parados bajo una luna que
solo nos mira para burlarse. Por qué la gente a su alrededor se espanta, por
qué los que logran verlo no se compadecen. Qué tiene en su cara que no produce
ni lástima.
Ahí, aquí o allá todo es lo mismo, el mismo
lugar, el mismo círculo infinito de desgracias y alegrías. Llanto o sonrisa,
todo da igual. Lluvia o sol, todo da igual. Miedo o certeza, todo da igual.
Todo da igual para el alma de quien acaba de morir.
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