Estrenando el último iPhone del mercado, levanta
una copa llena de gaseosa porque aún es muy joven para beber y brinda diciendo:
“la navidad se trata de estar en familia, no importa que no hayan regalos, no
importa que no haya dinero para celulares y cosas que se quieran. La navidad es
para compartir abrazos y cariño con la gente que uno realmente valora. Salud”.
Inmediatamente después, se pierde en los mensajes que envía y recibe ignorando
cualquier cosa, o persona, a su alrededor. Acariciando las llaves de su nuevo
automóvil deportivo levanta un vaso del mejor whisky que pudo conseguir y dice:
“Estoy de acuerdo con la peque y qué gran enseñanza nos da. Esta es una época
en la que no deberían importar los regalos, el modelo del carro, los viajes o
la ropa. Eso es el consumismo que nos imponen los medios de comunicación, lo
mejor es dar un fuerte abrazo y compartir un pan en paz. Salud”. Se levanta de
la silla, se dirige a la ventana, mueve la cortina y mira que el auto esté
bien, le desactiva y activa la alarma por costumbre y porque le encanta como
suena.
Con las mejillas aun rojas y quemadas por el frio
de la nieve, revisa por enésima vez tener el pasaporte y la Visa siempre a la
mano. Toma de la mesa una copa de vino, un Merlot supuestamente exquisito que compró
en Napa Valley unos días antes de
pasar a New York y que justo hoy sacó
de la maleta para la ocasión. Lo huele, le mira la piernas y lo agita como le
enseñaron el mes pasado en Chile en una visita a un viñedo. Suspira ante la
mirada de todos y dice: “Brindo por ustedes, porque no hay nada mejor que estar
en casa. No sé por qué la gente quisiera desgastarse viajando cuando lo mejor
es estar en casa con los nuestros. Salud”. Disimuladamente revisa en su iPad el
calendario y los recordatorios, para tener presente a qué hora sale su vuelo.
Sin esperar un silencio incomodo el más anciano de la casa feliz de ver a casi
todos sus hijos reunidos, no por los que están sino por los que no están, toma
la palabra para agradecer su presencia, bueno, no la de todos pero sí la de la
mayoría. Se levanta y toma un vaso con agua para su brindis, con agua porque
guarda la vieja costumbre de su grupo de ayuda y sin el cual hubiese perdido todo
su dinero. Los mira a uno a uno, pide que despierten a los que duermen en el
sofá y con aire de presentador frustrado brinda diciendo: “Antes del brindis
les recuerdo que la cuota para la cena, por familia, no la han pagado todos así
que es importante que lo hagan. Y pues para agradecerles por venir a los que
vinieron. Salud”. Se va hacia la cocina a buscar la comida cuando en el fondo
se oye una voz que dice: Falta esa parte de la familia por brindar.
En un rincón de la sala estaban ellos, con su
sonrisa gigante, agarrados de la mano esperando la media noche. Tenían lo de la
cuota y los transportes exactamente, no acariciaban llaves, no tienen Visa,
celulares nuevos o ropa costosa. Su rostro estaba quemado también pero por el
ardiente sol de la calurosa ciudad donde viven y trabajan. Tienen lo que el salario
mínimo les permite disfrutar con esa encantadora sensación de poder estar en su
casa con su familia, de no deber millones en bancos para guardar apariencias,
pero sobretodo con esa sutil y placentera satisfacción de conseguirlo todo con
su propio esfuerzo sin pasar por encima de nadie, sin humillar a nadie y sin
quitarle nada a nadie. Levanta un vaso de pasta, de esos que les dan a los
pobres de la familia, con un fresco rojo y agua de tubo sin filtrar. Disimula
el roto del zapato derecho parándose con los pies juntos, aclara la voz y dice:
“Este año también fui a USA, Chile, Alemania, Holanda, Austria, Argentina y
México con ustedes. Fui porque me alegran sus triunfos. Este año cuando iba en
bus y los veía zigzagueando entre el tráfico, sentía que desaparecía el
trancón. Desaparecía porque me alegra verlos en sus autos nuevos. Este año
aprendí más de tecnología porque ustedes me dejaban ver de lejos los celulares,
tabletas y demás aparatos que compraban. Y me alegré por ustedes. Pero también
estuve triste, porque vi sus lágrimas de soledad. Cuando pasaron sus cumpleaños
a solas en sus apartamentos, cuando no hubo día de la madre o el padre, lloré
mientras sí podía celebrar con los míos y ustedes no. Por eso hoy que hago el
recuento y pongo en la balanza alegrías y tristezas me pregunto quién es
realmente el pariente pobre de la familia. Ustedes me miran con vergüenza, yo
los miro con amor. Ustedes se abrazan por protocolo, yo disfruto compartir un
momento de cariño con mi familia. Por eso brindo para que de regalo esta
navidad reciban pobreza, si eso los hace más humanos, si eso los hace ricos.
Brindo para que sean felices con lo realmente importante y para que disfruten,
como nosotros. Salud”.
Baja el vaso de pasta después de tomar un sorbo de
fresco, sonríe y el silencio es perturbador. Las miradas atónitas se cruzan
mientras fruncen el ceño por el atrevimiento del “igualado” joven. Poco a poco
desaparecen los gestos de desagrado y se transforman en enormes sonrisas.
Sonrisas que se vuelven carcajadas. Carcajadas que se vuelven burlas. Burlas
que borran la utópica idea de una navidad amorosa. El reloj marca la media
noche sin que se den cuenta por el ataque de risa y los comentarios peyorativos,
casi como por arte de magia, se vuelven en felicitaciones. Se abrazan todos con
todos, por hipocresía, por protocolo, por apariencias. Nada cambia con palabras
bonitas, nada cambia con mensajes de amor y paz. Nada cambia en el corazón
pobre de la gente rica que envilece la bondad de quienes sueñan un mundo mejor,
lleno de familias mejores. Mejores que la pobreza que ahoga a los pudientes
pero que enriquece y hace mejores al pariente pobre de la familia. Comen y
beben como cerdos rendidos a sus placeres. Cada uno es un mundo, cada uno es su
propio mundo. Planetas distantes que se gritan muy de vez en cuando un “cómo
están”, para consolar su casi inexistente conciencia. Se gritan, porque eso
hacen los corazones que están lejos. Gritar. Gritar y recordarles a los ricos de verdad que son "el pariente pobre de la familia".
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