Aún recuerdo su primer viaje. No sé exactamente por
qué viaja tanto pero supongo que la presión de sus parientes acaba por
convencerla. Aún recuerdo su primer viaje porque todo comenzó ahí. Un viaje a
tierra caliente, como si el calor generalizado del calentamiento global hiciera
que muchos suplicaran vacaciones para ir a buscar más calor. Se fue sin que lo
supiera y no tenía razones para saberlo. Perfectamente pudo ser un lunes o un
viernes y me hubiese dado exactamente igual porque no fue su partida lo que
alteró el curso de los hechos sino su estadía. No sé qué tanto advierten las
personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero siempre he sido
demasiado despistado para eso. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros
pero parece que es mentira. Ella tampoco tenía pensada la dulce tragedia que
rompió los paradigmas de los protocolos y derribó las fortalezas de las imposibilidades.
No es de esas personas que pierden los estribos con
el calor, más bien, siempre guarda la compostura de la pulcritud que la
formalidad exige. Así que no podemos echarle la culpa al alcohol o al típico ambiente
festivo de los que habitan a ese nivel del mar. Por otra parte, la pereza sí
que es un problema, o el aburrimiento lo es casi igual de peligroso. No sé si
no tenía nada qué hacer, pero bendito sea el ocio que la puso a hablar conmigo.
Un “Hola” fue el comienzo de una limitada cadena de emociones echas mensaje. Un
“cómo estás” el principio de un interrogatorio romántico que terminó por
estrechar lazos de intimidad. No es de esas personas que pierdan los estribos
de sus sentimientos, pero algo debo tener yo que hice que se olvidara de que
los límites existen. Envalentonado de leer su desmedida dulzura y su vasto
interés, excavé en su mente con preguntas y coquetos mensajes. Por un momento
pensé que quería convertirme en su todo, quería ser su “buenos días” y su
“hasta mañana”. Quería ser el que movía el segundero del reloj de sus días,
perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.
Aún recuerdo su regreso. No sé exactamente por qué
regresó a buscarme pero supongo que la presión de su deseo acabo por
convencerla. Aún recuerdo su regreso porque todo se concretó ahí. Se concretó y
se selló con la dulzura de sus labios, que como si estuviesen obligados por la
vida a estar pegaditos a los míos, se posaron naturalmente sobre ellos. Regresó
justamente cuando lo sabía porque no dejamos de hablar un solo instante.
Conocía los pormenores de la partida, el recorrido y la llegada. Sabía cuánto
tardó desempacando y cuánto en saludar, despedirse y salir corriendo a mi
encuentro. No sé si sabía lo que vendría después, si sabía que todo se iba a
poner patas arriba, si sospechaba que iba a ser más grande de lo que ella misma
creía; pero yo no, soy muy despistado para eso. Dicen que las mujeres controlan
más cómo demuestran sus sentimientos que los hombres, pero parece que es
mentira. Ellas sienten más que nosotros, eso está claro, pero también son más
estratégicas. Y ella, perfectamente podría ser la mayor estratega jamás
conocida por la humanidad, pero no conmigo. Conmigo no lo era, porque
simplemente no sabía qué la sacudía tan desesperadamente a buscarme, no sabía
qué movía sus ansias de mí.
No es de esas personas que pierdan los estribos con
el amor. Más bien siempre guarda la distancia que la pulcritud del pudor exige.
Así que no podemos echarle la culpa al libertinaje que se apoderó de ella o a
una lujuria filtrada en un momento de locura. Por otra parte sentir tantas
cosas por alguien sí que es un problema, o sentirse enamorado que es mucho más
peligroso. No sé si estaba enamorada, pero benditos los sentimientos que la
pusieron ahí conmigo. De un café pasamos al sofá, de un botón a todo lo demás y
no le pusimos reglas al reloj. No es de esas personas que cedan el control de
las cosas, pero algo debo tener yo que hice que olvidara su necesidad de poder
y mandato. Envalentonado por verla sin temores o prevenciones entre mis brazos
exploré su cuerpo poro a poro y cabello a cabello. Por un momento sentí
convertirme en su todo, fui su suspiro, su palpitar acelerado, su aliento
perdido y su éxtasis. Fui el impulso del segundero en ese momento de su día,
perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.
Aún recuerdo su siguiente partida. No sé
exactamente por qué se volvió a ir pero supongo que la presión de sus parientes
acabó por convencerla. Aún recuerdo su siguiente partida porque todo se puso
extraño en ese momento. Un viaje de nuevo a tierra caliente, como si el calor
de nuestro amor la hubiese aburrido y la hiciera suplicar vacaciones para ir a
buscar otro calor. Se fue y aunque sabía que lo tenía que hacer, no tenía ganas
de que fuera así. Perfectamente podía quedarse, congelar esos mágicos momentos
y no dejar que nada cambiara con su partida. No sé qué tanto advierten las
personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero aunque siempre he sido
demasiado despistado para eso esta vez tenía un temblor en el pecho que me
advertía. Dicen que las mujeres tienen un sexto
sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira, porque
esta vez era yo quien presentía la tragedia. Esta vez tampoco tenía pensada la amarga
tragedia que rompió los enlaces que al amor había creado.
No es de esas personas que recuperen los estribos
con el calor, más bien, siempre guarda la frialdad que las buenas costumbres y
la determinación obligan. Así que no podemos echarle la culpa al clima. Por
otra parte, el desinterés sí que es un problema, o el fastidio que es casi
igual de peligroso. No sé si ya no tenía nada qué hacer conmigo, si ya había
hecho todo lo que quería y no me había dado por enterado, pero maldita sea la
distancia que la puso a ignorarme. Ni un “Hola” que diera comienzo a una
limitada cadena de emociones echas mensaje. Ni un “cómo estás” como principio
de una mínima oportunidad comunicarnos. No es de esas personas que recuperen
los estribos de su cordura sin razón, pero algo debí hacer yo, que terminó por
olvidar el cariño que me había jurado. Decepcionado de leer de su silencio, esa desmedida
indiferencia y ese vasto desinterés terminé lleno de preguntas y sin ningún
mensaje. Por un momento supe que ya no era su todo, más bien era su nada. Como un
Deja Vu mal repetido, volví a vivir los frutos de sus viajes. Fue entonces
cuando entendí que nuestro amor fue entre viajes y que como todos los viajes,
terminó cuando menos lo quería.
Aún recuerdo su segundo regreso… No es cierto,
nunca regresó.
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