lunes, 27 de enero de 2014

Entre viajes

Aún recuerdo su primer viaje. No sé exactamente por qué viaja tanto pero supongo que la presión de sus parientes acaba por convencerla. Aún recuerdo su primer viaje porque todo comenzó ahí. Un viaje a tierra caliente, como si el calor generalizado del calentamiento global hiciera que muchos suplicaran vacaciones para ir a buscar más calor. Se fue sin que lo supiera y no tenía razones para saberlo. Perfectamente pudo ser un lunes o un viernes y me hubiese dado exactamente igual porque no fue su partida lo que alteró el curso de los hechos sino su estadía. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero siempre he sido demasiado despistado para eso. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira. Ella tampoco tenía pensada la dulce tragedia que rompió los paradigmas de los protocolos y derribó las fortalezas de las imposibilidades.

No es de esas personas que pierden los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la compostura de la pulcritud que la formalidad exige. Así que no podemos echarle la culpa al alcohol o al típico ambiente festivo de los que habitan a ese nivel del mar. Por otra parte, la pereza sí que es un problema, o el aburrimiento lo es casi igual de peligroso. No sé si no tenía nada qué hacer, pero bendito sea el ocio que la puso a hablar conmigo. Un “Hola” fue el comienzo de una limitada cadena de emociones echas mensaje. Un “cómo estás” el principio de un interrogatorio romántico que terminó por estrechar lazos de intimidad. No es de esas personas que pierdan los estribos de sus sentimientos, pero algo debo tener yo que hice que se olvidara de que los límites existen. Envalentonado de leer su desmedida dulzura y su vasto interés, excavé en su mente con preguntas y coquetos mensajes. Por un momento pensé que quería convertirme en su todo, quería ser su “buenos días” y su “hasta mañana”. Quería ser el que movía el segundero del reloj de sus días, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su regreso. No sé exactamente por qué regresó a buscarme pero supongo que la presión de su deseo acabo por convencerla. Aún recuerdo su regreso porque todo se concretó ahí. Se concretó y se selló con la dulzura de sus labios, que como si estuviesen obligados por la vida a estar pegaditos a los míos, se posaron naturalmente sobre ellos. Regresó justamente cuando lo sabía porque no dejamos de hablar un solo instante. Conocía los pormenores de la partida, el recorrido y la llegada. Sabía cuánto tardó desempacando y cuánto en saludar, despedirse y salir corriendo a mi encuentro. No sé si sabía lo que vendría después, si sabía que todo se iba a poner patas arriba, si sospechaba que iba a ser más grande de lo que ella misma creía; pero yo no, soy muy despistado para eso. Dicen que las mujeres controlan más cómo demuestran sus sentimientos que los hombres, pero parece que es mentira. Ellas sienten más que nosotros, eso está claro, pero también son más estratégicas. Y ella, perfectamente podría ser la mayor estratega jamás conocida por la humanidad, pero no conmigo. Conmigo no lo era, porque simplemente no sabía qué la sacudía tan desesperadamente a buscarme, no sabía qué movía sus ansias de mí.

No es de esas personas que pierdan los estribos con el amor. Más bien siempre guarda la distancia que la pulcritud del pudor exige. Así que no podemos echarle la culpa al libertinaje que se apoderó de ella o a una lujuria filtrada en un momento de locura. Por otra parte sentir tantas cosas por alguien sí que es un problema, o sentirse enamorado que es mucho más peligroso. No sé si estaba enamorada, pero benditos los sentimientos que la pusieron ahí conmigo. De un café pasamos al sofá, de un botón a todo lo demás y no le pusimos reglas al reloj. No es de esas personas que cedan el control de las cosas, pero algo debo tener yo que hice que olvidara su necesidad de poder y mandato. Envalentonado por verla sin temores o prevenciones entre mis brazos exploré su cuerpo poro a poro y cabello a cabello. Por un momento sentí convertirme en su todo, fui su suspiro, su palpitar acelerado, su aliento perdido y su éxtasis. Fui el impulso del segundero en ese momento de su día, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su siguiente partida. No sé exactamente por qué se volvió a ir pero supongo que la presión de sus parientes acabó por convencerla. Aún recuerdo su siguiente partida porque todo se puso extraño en ese momento. Un viaje de nuevo a tierra caliente, como si el calor de nuestro amor la hubiese aburrido y la hiciera suplicar vacaciones para ir a buscar otro calor. Se fue y aunque sabía que lo tenía que hacer, no tenía ganas de que fuera así. Perfectamente podía quedarse, congelar esos mágicos momentos y no dejar que nada cambiara con su partida. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero aunque siempre he sido demasiado despistado para eso esta vez tenía un temblor en el pecho que me advertía. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira, porque esta vez era yo quien presentía la tragedia. Esta vez tampoco tenía pensada la amarga tragedia que rompió los enlaces que al amor había creado.

No es de esas personas que recuperen los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la frialdad que las buenas costumbres y la determinación obligan. Así que no podemos echarle la culpa al clima. Por otra parte, el desinterés sí que es un problema, o el fastidio que es casi igual de peligroso. No sé si ya no tenía nada qué hacer conmigo, si ya había hecho todo lo que quería y no me había dado por enterado, pero maldita sea la distancia que la puso a ignorarme. Ni un “Hola” que diera comienzo a una limitada cadena de emociones echas mensaje. Ni un “cómo estás” como principio de una mínima oportunidad comunicarnos. No es de esas personas que recuperen los estribos de su cordura sin razón, pero algo debí hacer yo, que terminó por olvidar el cariño que me había jurado. Decepcionado de leer de su silencio, esa desmedida indiferencia y ese vasto desinterés terminé lleno de preguntas y sin ningún mensaje. Por un momento supe que ya no era su todo, más bien era su nada. Como un Deja Vu mal repetido, volví a vivir los frutos de sus viajes. Fue entonces cuando entendí que nuestro amor fue entre viajes y que como todos los viajes, terminó cuando menos lo quería.


Aún recuerdo su segundo regreso… No es cierto, nunca regresó.

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