Busca en el viejo ropero una camisa que no use con frecuencia. La plancha con toda la paciencia que posee y la cuelga con un viejo gancho de alambre en el picaporte de la puerta de su cuarto. El pantalón que hace juego está listo sobre la cama y parece que tiene todo preparado. Se baña con mayor cuidado que de costumbre y se cepilla los dientes dos veces para asegurarse de pulir su sonrisa. No sabe exactamente hace cuánto sueña con este día. Los nervios le entumen los dedos y abotonarse la camisa es toda una odisea. Se acicala con dedicación y termina con un poco de perfume. Sabe que no es el tipo de tipos que sale a la calle y llama la atención. Sabe que es más bien del tipo de tipos que pasa desapercibido. Víctima de la presión del momento sus manos comienzan a sudar, corre a lavarlas y frente al espejo del baño se dice en voz alta: no debe notar que te mueres por ella, bueno, no a primera vista. Toma un poco de agua de la llave, decepcionado de no encontrarla tan ardiente como la del estante de la sala que hace tiempo está vacío. Una última revisión de los bolsillos, que nada haga falta. Una última revisión que le permita asegurarse de que está listo y no hay marcha atrás.
Un par de cuadras lo separan de su destino, la lucha de cómo recorrerlas termina en que caminarlas tal vez lo relaje un poco y con eso le da tiempo de tardarse como es típico en ella. Cada cuatro o cinco pasos mira el reloj para asegurarse que va a buen ritmo y que va a llegar a tiempo. Las calles son las mismas pero lucen diferentes, unas grises otras coloridas, unas frías otras cálidas, todo depende del video que lleve armado en su cabeza sobre ese momento. Ese momento de la cita en que por primera vez le diga mirándola a los ojos que le encanta, que no tiene idea cómo o cuándo se volvió la ladrona de sus suspiros y sonrisas. Se limpia el sudor de las manos con un pañuelo que lleva en el bolsillo y respira profundo porque está a unos pasos de su destino. Gira en busca de la entrada y la ve, sus ojos se pierden en el vaivén de sus pasos y su corazón late al mismo ritmo. No recordaba que fuera tan divina, no recordaba que le impactara tanto, no recordaba el camino de regreso a la realidad después de verla pasearse frente a él. Se sienta en una mesa cualquiera mientras ella sale del baño donde, asume, revisa estar perfecta para él.
Un saludo formal, típico de esos amores prohibidos, se dan la mano, un beso en la mejilla y como es correcto él se levanta y la invita a sentarse. Comienzan un charla sobre qué van a pedir, ella como la mayoría de mujeres le cuesta trabajo decidirse, aunque para ser honesto a ella le cuesta un poco más que a las demás. Resuelve pedir un café mientras ella decide y agradece con un gesto a la mesera. Mientras revisa en un mar de indecisiones la carta, él no hace más que detallar su figura. Mirar el color miel de sus ojos, la curva de sus mejillas, la forma de sus cejas, las ondas del cabello y pareciera que mágicamente dibuja con su mirada unos labios que sonríen y se portan como sueña cada noche. Ella lo descubre mirándola y se sonroja, mientras le sonríe con amabilidad. No pronuncia palabra alguna, así que, temiendo esos silencios incomodos, comienza hablar de todo un poco. Habla de un poco todo y al final solo controla las vueltas del tema que lo lleven al momento justo para mirarla, tomarla de la mano y decirle suavemente que se muere por ella. Espera de vez en cuando que responda algo, pero solo asiente con la cabeza.
Ella lo mira como creyendo cada palabra que sale de su boca, como deseando esos labios que hacen mágica la realidad y real la magia. Se turba un poco cuando lo piensa y los nervios atacan de nuevo. Aterriza en un segundo y se baja de la nube cuando ella mira el reloj como si tuviese que irse. Se pregunta si la está aburriendo y guarda silencio un instante esperando que diga algo, pero silente y expectante hace un pequeño movimiento con sus ojos como quien quiere que sigan hablando. Su vida se va en el oír. Está seguro que ya descubrió que está tan dentro en su ser que navega por su alma con toda la libertad que la da, descubriendo pasajes insondables a lo profundo del universo que encierra y que pocas personas han querido entender. Enloquecido por ella, en ella y para ella deja escapar un “me encantas” como si no importara, casi displicente. Ella no reacciona y él quiere creer que no hay que alarmarse. Pero qué débil intento de aferrarse a la vida cuándo el tiempo, enemigo de todo ser vivo, decide ser implacable. Mira su reloj de nuevo y comienza a acomodar el bolso como quien se alista para marcharse.
Por qué querría arrebatarle la gloria de las manos cuando más la disfruta. Cuántas veces un pobre diablo se topa en el camino con la perfección hecha mujer y corresponde a su miseria con un poco de atención. Desaparece de su ser cualquier rastro de alegría fundiendo su alma y su cuerpo en la más profunda tristeza y desolación. Pero resignado no tiene más remedio que permitir que se marche. Y ahí se deslizan entre sus dedos la esperanza y la ilusión como se desliza la arena cuando no quiere ser atrapada. Qué absurdo creer que en algo podrían complementarse y que ella no podría resistirse a él. Levanta la mano y le hace una señal a la mesera para que le traiga la cuenta ¿Cuánto podría tardar en llegar con el trozo de papel, un par de siglos o unos cuantos milenios? El tiempo se congela mientras descubre que no le importó, que escuchó claramente lo que conscientemente dejó escapar, pero hizo caso omiso. El silencio es incómodo y no hace nada por remediarlo.
Se porta como un espejismo en el desierto aprovechándose de toda su necesidad de ella pero no hace nada por remediarlo. Su corazón se acelera y empieza a entender que realmente jamás asintió, jamás escuchó, estuvo presente la ausencia misma del amor imposible que golpeó la cara de un enceguecido enamorado, como quien se estrella a toda marcha con una pared. Aparece un nudo en la garganta mientras desaparece el nerviosismo, aparece un afán repentino de marcharse mientras desaparece la sonrisa del rostro. El soliloquio infinito de las fantasías inconclusas llega a su fin mientras el barco, de las realidades limitadas por el siempre maldito deber, atraca en un rincón desesperanzado de su alma. Qué tan incierto es creer que le escuchó. Qué tan ciertas son las posibilidades que jamás tuvo. Desorientado en una mala jugada de su locura intenta recordar si la citó en ese lugar. Por fin llega la mesera con la cuenta y saca del bolsillo un billete. Se retira sin decir adiós ni agradecer. Se va sin despedirse y errante tropieza con las mesas. Se va mientras la mesera se queda recogiendo sólo una taza y acomodando sólo una silla.
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