jueves, 8 de noviembre de 2012

TODO ESTARÁ BIEN



Las tragedias invisibles que nos rodean a diario, hacen que nuestras frágiles almas parezcan insensibles. Gente corriente, que disfraza sus heridas con lujos y maquillaje. Gente frágil y muy ágil para hacer de sus tragedias obras minimalistas, empacadas en pequeñas cajas de cerillos que desearían tirar al fondo del mar. Pero el único mar cercano resulta ser el océano de problemas sobre el que navegan y la mayoría de las veces se hunden. Y ahí anaeróbicos viven, acostumbrados al tortuoso vaivén de  las olas como niños mecidos en hamacas que parecen disfrutarlo, pero que al final irremediablemente terminaran enfermando.

Un panorama invisiblemente real que describe el tamaño de tormento en el que vive Marcela. Que sentada sobre un pequeño resalto de andén sufraga la votación interna de la mejor decisión por tomar. Suplicar, huir, humillarse y arrastrase fueron los candidatos preferidos en esta vuelta electoral, que aún no define ganador. Pero qué difícil es elegir cuando no solo depende la desgracia de tu vida. Cuando sin querer depende de ti, la desgracia o la alegría de la pequeña inocencia que te acompaña porque solo tiene algo seguro en la vida, el amor de una madre. Carolina que apenas supera los diez años, no puede elegir porque no tienen edad de votar en la vida, ni en su propia vida. Una dependencia total de las decisiones de su madre e ingenuamente culpable de las malas consecuencias.

Un borde de andén, una muñeca en las manos y ropa costosa es lo único que la acompaña, por su parte Marcela carga no solo la nostalgia, la desesperación y la incertidumbre sino en costales y cajas, como una “simple” desplazada, las pocas pertenencias que le tiraron por la puerta tras su salida. Ahora tendrá que comerse sus palabras y ver que a los que consideraba simples y nada, eran realmente guerreros del camino. Titubeante Carolina rompe el silencio -Mami me prometes que vamos a recoger a moticas-. Marcela no sabe si tragarse el odio que siente por Juan Pablo o tragarse el llanto para contestar sin que note su amargura. Toma aire y responde –Mi amor mañana pasamos y vemos como está-. Un silencio profundo, la muñeca que gira en las pequeñas manos de la niña, un suspiro y una nueva pregunta – ¿Mi Papi estaba muy bravo contigo cierto? Es que él no se siente bien cuando sale del estudio -. –Si mi amor es que tiene mucho trabajo y sale un poco estresado-. La nena se limpia la frente como si el cabello le molestara, mira su muñeca y apoya su carita sobre su mano derecha que se apoya sobre su rodilla derecha y sopla su propia cara entre angustia y aburrimiento. Mira a su alrededor bastante desubicada y con cara de preocupación.

Marcela toma un espejo que lleva en el bolso y con polvos se sigue cubriendo la alcoholizada marca que le dejo en el rostro Juan Pablo. Ese hermoso rostro que algún día acarició con delicadeza pero que pasado el tiempo no era más que un saco de boxeo en el que desahogaba su borracha frustración. Ese rostro que un día brillaba pero que ahora se opaca de dolor está a punto de decidir. Mira disimuladamente y de reojo a su hija, guarda los polvos en el bolso y lo cambia por un labial. Carolina le dice a su mamá que tiene hambre. Ella revisa la billetera y disimuladamente cuenta los billetes que tiene, sabe que no le alcanza para una noche de hotel y una comida así que ahora debe decidir para cual de los dos deba alcanzar. Le responde a su hija –Ya vamos a comer algo mi amor, ¿qué quieres?- La niña le responde pensativa y frustrada que tal vez una hamburguesa con un malteada. Marcela abre los ojos espantada por la elección de su hija, guarda todo lo que tiene en las manos y la abraza. Carolina se rasca los ojitos que no han tocado el llanto ese día y le dice a la mamá –Tengo sueño mami, ¿dónde vamos a dormir?- Marcela suspira, le consiente la cabeza y le responde –No sé mi amor, pero todo estará bien-. Cierra los ojos para no llorar respira profundo y acompaña silenciosamente a su hija y a sus costales de ropa. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Al olvido el olvido...


He tratado desde hace algún tiempo de re-descubrirme cada mañana para tratar de sacar todo el potencial que hay en mí. He tratado desde hace algún tiempo de explorarme cada mañana para saber qué debo cambiar. He tratado desde hace algún tiempo de modificar los patrones conductuales negativos que lastiman y destruyen la magia con la que me encantas.

Pero he fracasado en mi intento de auto-mejorarme. He fracasado en el propósito de auto-superarme. He desistido de la idea de nutrir un Yo defectuoso para tratar de compensar el daño que en sí mismo producen los vacíos emocionales y morales con los que he crecido.

No he podido, sencillamente, porque busqué soluciones en lugares equivocados. No he podido porque busqué compensar con detalles equivocados. No he podido porque intenté suspirar suspiros ya suspirados, de recrear momentos recordados y de vivir intimidades ya intimadas.

Me olvidé de innovar. Me olvidé de la "extraordinariedad" característica de dos seres extraordinarios que se rinden ante la "superlativización" de sus superlativos sentimientos. Me olvidé que los errores del pasado no cuentan porque ya no los cuentas. Me olvidé que el perdón es más poderoso que la culpa porque no me culpas. Me olvidé de ti, me olvidé de mí, me olvidé de nosotros.

Ahora ya no quiero re-descubrirme. Ahora ya no quiero re-descubrirte. Quiero re-descubrir la infinitud de un amor infinito, la eternidad de un amor eterno y la mutabilidad de un amor vivo. Quiero quemarme en tus brasas y en tus brazos. Quiero ahogarme en tus suspiros. Quiero vivir con los latidos de tu corazón, que ya no late egoístamente solo por ti, sino que se une al mío para componer el agradable beat de la canción que nos une.

Ya no quiero lo que quería. Quiero lo quiero porque lo que quiero es lo que siempre quise y no me daba cuenta de que lo quería por andar perdido en cosas que no quiero. Lo que haces, eso quiero. Lo que sueñas, eso quiero. Lo que vives, eso quiero. Lo que eres eso amo.

jueves, 21 de junio de 2012

Pensé que de nuevo eras tú...


Estaba pensando que hace rato no actualizaba mis entradas en este blog, hasta que esta mañana me desperté con una sensación muy extraña en el pecho. Inmediatamente supe que debía retomar mis textos porque necesitaba liberar la presión que me causaba.

Envuelto en mis cobijas, abrazado a Morfeo, lo único que quería era permanecer ahí, enrollado como una oruga en plena metamorfosis. Quería aferrarme a esa sensación en el pecho que me hacía sentir vivo. Quería agarrarla y sentir que el corazón me latía y se detenía a la vez. Estaba seguro que algo grande estaba pasando. No sabía si eran sueños que se escapaban de mi mente para hacerse realidad o eran los delicados recuerdos de ti que estaban volviendo a la vida en un corazón casi fosilizado.

Es difícil describir los siguientes minutos porque, sigo insistiendo, tenía la sensación de que algo especial iba a pasar. Tengo que confesar que pensé que eras tú, que de nuevo revivías en mí y que capturabas mi inconsciente consciencia que no hace más que pensarte. Pensé que era un fantasma amigable que venía a levantarme de mi cama para hacerme volar un mundo surreal en el que solo existimos tú y yo.

Pero mientras avanzaban los segundos que se hacían minutos, la sensación en mi pecho se hizo más fuerte. Quería correr, quería gritar, quería respirar, quería no redescubrir que tengo neumonía. 

lunes, 30 de enero de 2012

En el rincón que ignoras...

Bastó con abrir los ojos esta mañana para comenzar a extrañar la melodía de tu voz. La dulzura de tus ojos, me persigue en cada parpadeo y no puedo evitar que vivas en mi mente. Hago un desastre de mí mismo y espero, aunque sea con eso, llamar tu atención. Pero pasas una y otra vez frente a mí con tu característico desprecio y tu graciosa forma de caminar. Te miro y me siento perdido, sabiendo que el destino cobra todo lo que hacemos, que la vida da tantas vueltas que ahora me tocó perder. No sabes cuánto he llorado por permanecer inmóvil y cada vez más lejos de dónde quisiera estar. Imposibilitado por tener que ser un caballero haciéndole frente a lo que con el paso del tiempo se ha decidido. Pero qué cosa tan curiosa, sigo aquí, y ahora me doy cuenta, que no por lo que he decidido sino porque así tú lo quieres, por tener que ser una dama y darte tu lugar.

El pasado a veces me atormenta, pero solo cuando eres tú la protagonista de mis recuerdos. El presente a veces me atormenta, pero solo cuando eres tú la protagonista de mis días. Pero el futuro aún no me atormenta. No lo puede hacer porque soy yo quien forjo mis días, porque depende de mí y de lo que voy a hacer. No sé cuánto más voy a resistir tirado acá donde solo tú sabes y prefieres olvidar. Pero siendo honestos ciertas cosas no pueden olvidarse por eso preferimos ignorarlas. Es el baúl de los recuerdos mi prisión. Llenos de polvo y telarañas resido en ti y en mí. En el libro de las memorias que juntos escribimos y que tanto quisimos realizar. Desde aquí puedo ver cómo has cambiado y cuántas veces me has cambiado. Antes el espacio de tus brazos tenía dibujada mi figura, ahora multiformes esperan masas aleatorias para llenar mi vacío.

Si pudiera hablarte, si quisieras escucharme, si me dejaras como yo te dejo tal vez todo sería diferente. Pero el anacrónico soy yo. El tiempo avanza y temes a la soledad. Yo en cambio temo el olvido. Tiempo es lo único que tengo. Tiempo tengo más que pantalones. Tiempo tengo más voluntad. Solo tiempo tengo más que tiempo y es el tiempo el que me mantiene en soledad. Qué se le hace. En el baúl de tus recuerdos, de felpa y mugroso como un juguete más. En el rincón que ignoras.

viernes, 6 de enero de 2012

Seguramente hoy será un gran día...

¿Qué se necesita para romper la rutina y el fatalismo con el que miras la vida? Todos los días pareciera que hiciera lo mismo. La misma ruta de bus a la misma hora. Casi siempre las mismas personas me acompañan, en un sistema de transporte tan mal planeado, que fácilmente sabemos quién no se bañó o está malito del estómago. Todos los días la misma calle, la misma oficina, con los mismos afanes, con la misma gente, tratando de sobresalir, de hacer algo diferente que rompa mi esquema y me permita sonreír sinceramente. Sonreír no por un buen chiste que lea en algún lado, sino por la satisfacción de hacer algo que realmente cambie el rumbo de mi día.

Sinceramente no recuerdo en cuántas cosas he fallado, cuántos fracasos he tenido o cuántas oportunidades e desperdiciado. Pero cada vez que estoy cerca de una papelera, callejera o de casa, sale un Michael Jordan fracasado que siempre desconozco a hacer el intento de romper la costumbre del temblor muñequero. Pero solo retumba en mi cabeza la idea bien sembrada de mi padre: el perezoso trabaja doble.  De mis intentos fallidos un porcentaje bien alto se lo lleva la idea de encestar papeles. Y no sé si lo intenten tanto como yo pero que satisfacción produce lograr embocar la pequeña bola de papel en la cesta.

Y si lo piensas bien no es un vano suceso más del día. Si aumentara la cantidad de encestadas al día, subiría el autoestima, tendría una sonrisa prolongada, el sentimiento de triunfo se haría evidente con un brillo especial en el rostro, todos lo notarían y querrían estar a mi lado por la buena energía que irradiaría. No me digan entonces que encestar papeles es de perezosos, porque encestar papeles es de triunfadores. Nada se iguala a esa insaciable y pasajera gloria que sientes cuando logras poner la basura en su lugar desde la comodidad de la silla, o la cama y si a eso le pones estilo, que coman chitos los Negros Bien Altos de la NBA.

Semillas de frutas, las cáscaras mismas, papeles arrugados, bolsas llenas de lo que sea, prometen ser el mejor de los Spalding que puedan llevarme al campeonato imaginario de nuestras vidas. Encestar la basura es diferente a siempre tener que recogerla cuando choca contra el borde. Hagan el ejercicio  en la universidad o en cualquier lugar de detenerse a mirar cuántos se acercan a depositar las cosas en la canasta y verán que son muy pocos los conformes, la mayoría lo tiran. Algunos arriesgados de algunos metros, otros más nerviosos de algunos pasos pero todos inconscientemente tienen anhelo y sueños de gloria.

Encestar algo es romper la rutina de siempre tener que acercarse a recogerlo porque no entró. Por eso esta mañana supe que hoy iba a ser un gran día. Me desperté tarde, punto en contra de mi día. No me quería levantar, otro punto en contra. Estaba congestionado como no lo había estado en los últimos días, más puntos en contra. Me metí al baño y cuando me había mojado noté que no había jabón, en ese momento pensé que no se podía poner peor mi día. Corro la cortina y oh sorpresa, había un jabón nuevo sobre el tanque del sanitario. Lo recojo rápido para no mojar demasiado el piso y de nuevo estoy tras la cortina. Destapo el jabón y no sé qué hacer con la envoltura que ahora resulta estorbar. Si lo dejo en el soporte de los jabones seguramente lo olvidaré causaré desorden, si lo tiro al piso se moja y recogerlo sería un asco. Y si abro la cortina para colocarlo en algún lugar mojo el piso, me toca limpiar y ya es muy tarde para eso. Pero se me ocurrió la grandiosa idea de apuntar hacia el lavamanos para tirarlo y que reposara en él mientras terminaba mi baño. Pero el campeón que hay en mí me retó y dije: por qué no intentar meterlo en la papelera directamente. Esa no es una hazaña cualquiera querido amigo. La papelera está debajo del lavamanos y no hay mucha posibilidad de lograrlo. Me gire en dirección a la papelera, pero para ponerle más dificultad no me empine para ver sobre la cortina sino que permití que me cegara. Apunté. Calculé la fuerza para un recorrido de un metro aproximadamente, con la englobadita y todo. Lancé el papel y escuché el sonido como de caer por fuera. Resignado terminé mi ducha pensando en que ahora sí, mi día no solo era uno más, era uno muy maluco. Corro la cortina, me seco, recojo la pijama y busco el papel para ponerlo en su lugar. Ahora resulta que  el papel no está. Dónde caería. Será que alguien entró, lo recogió y no lo noté. Miré en todos lados del baño menos en uno. Que falta de fe, que falta de confianza, que falta de credibilidad la mía. Cuando miro a la papelera ahí estaba. Con el mayor grado de dificultad jamás intentado por el hombre desnudo en la ducha, logré encestar la envoltura del jabón en la papelera que está debajo del lavamanos y entendí que rompí mi record. Seguramente hoy será un gran día.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Cercana lejanía...

Coloco bruscamente la taza de café sobre la mesa. Casi desinteresado con la esperanza de romperla, como olvidada, para que tengas la suficiente valentía de revolver el cianuro que tanto anhelas. Pero no lo haces eres hermosamente cobarde. Quieres estar conmigo, por eso no te has ido, pero ya olvidé hace cuánto no nos sentamos a conversar. Miro por una ventana sin paisaje que solo trae malos recuerdos. Me siento en un sillón sin clase que trae malos recuerdos. Miro aquel cuadro sin firma y solo tengo más malos recuerdos. Afligido me levanto a recoger la taza. Un café frío y sin azúcar pasa por mi garganta y dos o tres sorbos más, desaparece la insípida bebida. Entro a una desarreglada cocina que solo trae malos recuerdos. Coloco sobre la torre de trastes sucios el último que aparentemente estaba limpio. De un giro dejo la mugre detrás y atravieso el pasillo lentamente, un pasillo que trae recuerdos. Me cruzo contigo y parece que voy a tocarte para ver si reaccionas, pero sencillamente no puedo.
Termino de recoger mis cosas para salir. Tal vez te despidas de mí con un cálido beso. Llego a la sala y ya no estás. Pasa un día como cualquier otro de oficina. Sonriendo por educación para no decir que por hipocresía, aparentando ser feliz, aparentando que no pasa nada, aparentando no afectarme, aparentando absurdas apariencias. Cansado ya de aparentar regreso al sitio donde puedo ser yo mismo, al sitio donde puedo estar más cerca de ti. Regreso a mi anacrónica prisión. Cuatro paredes tipo loft que encierran a este pobre tipo y la locura de vivir contigo. Agotado y desvelado busco un espacio para descansar pero es imposible contigo aquí. No puedo siquiera intentar dormir pensando que estás dando vueltas por ahí. Que me olvidas en el rincón de los recuerdos para no olvidarme del todo. Que puedes ser tan fría y tan letal como depredador hambriento. Que puedes acabar conmigo en un segundo y darme vida en el siguiente si tan solo me hablas. Poco a poco pierdo la razón y crees todavía que no pasa nada.
El tiempo nada cura, no perdona y cada segundo asegura una tumba. Es un infierno estar así contigo, pero estar lejos me daña, me destruye, me aniquila. Cuánto diera porque el brillo de tus ojos de nuevo me iluminara, porque tu deliciosa boca me besara y porque en un abrazo interminable todo fuese como antes. Prefiero que me odies, pero por favor no me ignores porque duele más la indiferencia que el odio que surge, como en un paso del amor. Tócame con la piedad de tu odio, pero no me abandones en la demencia de tenerte y no tenerte. Yo sé que el daño es irreversible, pero también sé que daña más aquí que allá. Explícame cómo abandono el vicio de quererte, devuélveme mi orgullo y si se te antoja la fuerza para olvidarte. Aunque pensándolo mejor no lo hagas, porque al final para mi quererte es irremediable. Otro soliloquio, nocturno, termino y como alma en pena recorro el pasillo lleno de recuerdos, el cuarto lleno de recuerdos, la cama llena de recuerdos, para al final caer en la cuenta que solo eres un fantasma.

martes, 22 de noviembre de 2011

Valiente Cobardía

Por última vez el acero afilado atraviesa mi piel. La misma piel que muchas veces acarició ella pero que hoy, si intentara hacerlo de nuevo, sería inútil. No porque no quiera, de hecho es lo que más anhelo en este momento, sino por lo insensible de mi ser, por la frialdad con la que respiro, por la lentitud de mis latidos y por el poco brillo que queda en mis ojos que me impediría sentir su calor. Trato de moverme para luchar contra mi fatal destino pero la sangre a mi alrededor, que podría decirse todavía palpita al ritmo de mi corazón, me espanta más que pensar en la muerte misma y me quedo inmóvil. Veo entre mis lágrimas y los vidrios de los lentes rotos por la caída, una sombra correr, con el cinismo que caracteriza al asesino. No sé quién es ni qué buscaba, pero me arrebató los sueños y la poca dignidad que me quedaba después de hacer lo más valiente que jamás había hecho, o tal vez, lo más estúpido.

Son siete los pecados capitales y yo un practicante empedernido de cada uno de ellos. Uno al que parece que la ley divina se los cobra con cálculo y cuidado, con sangre y acero. No sé cuántas veces ese pedazo de cuchillo habrá perforado a las personas, pero ya perdí la cuenta en la anterior, de cuántas veces a entrado en el mío. De cara doy contra el piso porque no puedo mover las manos para detener el golpe. Siento como mi tabique se quiebra al unísono con los lentes que no he cambiado hace más de cinco años. Esos lentes que me permitieron verla la primera vez y redescubrirla en la segunda, cuando apareció a enredar todo lo que soy. Aunque tal vez en este punto ya no soy más yo, solo el doloroso recuerdo que quedará en sus corazones, o bueno, tal vez solo en uno porque el otro lo destruí antes de salir.

Todavía no acababa de entender qué sucedía y por quinta vez un frío letal recorría mi cuerpo de pies a cabeza. A diferencia de las anteriores, en esta sentí tan claro cómo entro por mi espalda, giró un poco a la derecha y salió. Me sentía hace unos segundos el hombre más valiente de la tierra. Por fin había decidido qué camino tomar. Por fin y después de algunos meses había cortado el cable azul y no el rojo, la bomba iba a explotar pero cuando yo no estuviera porque mi ausencia iba a ser el remoto que la activaría. Todas las sonrisas, las miradas, las caricias y los sueños compartidos se convertirían en polvo rosa después del gran boom que les pondría fin.

Apenas me reponía de un tercer impacto, cuando uno nuevo hacía doler mi brazo derecho como para querer arrancarlo. Que frialdad sentí sin ver su rostro. Y es que no necesitaba verlo para saber que quien ataca por la espalda ni orgullo tiene. Logro moverme tratando de evitar mi castigo pero no puedo, es más fuerte que yo. Es más fuerte que yo porque sangraba mi estómago, mi pierna izquierda, mi pecho y ahora el brazo. Es más fuerte que yo porque un miserable así no tiene corazón. No tiene un corazón como el mío que iba a medias, porque de alguna manera una parte la había dejado tres casas atrás. En ese momento empecé a lamentar y a recordar que cuatro veces me insistió que no me fuera. Cuatro fueron en total. Cuatro sumaron con la de la puerta. Tres con las escaleras. Dos en el cuarto. Una en la sala cuando le dije que no podía seguir. Tengo un segundo para pensar como si no importara lo que pasa a mi alrededor. Y creo que la frialdad que siento ahora, es la que sale de mi corazón junto con mi sangre y que estuvo retenida y sostenida en mi mirada mientras expulsaba las fatales palabras. La vida con nada se queda y todo lo cobra. El tiempo nada perdona y cómo lamento no poder echar atrás el tiempo.

Con una mano en el estomago y arrastrando una pierna trato de correr, pero un asqueroso brazo me toma por el cuello mientras siento el otro atravesar sin la más mínima duda y con un pedazo de puñal mi pecho. Buscaba el corazón. Sabía lo que quería pero por cosas del destino, que quería algo lento y doloroso para mí, falló torpemente. No sale de mi cabeza que como una daga fueron mis inclementes palabras para ella. Pero yo tenía el valor que daba un nuevo amor y que juraba me iba a sostener. Un amor clandestino. Un amor prohibido. Algo emocionante y con sabor a revivido. Lo estaba dejando todo por ella. Por quién acabo de notar le grita a mi perpetrador para que no se pase conmigo que era solo para asustarme. Lamento ser un tipo de sorpresas, quizás lamento más, que ella sea una impaciente. Quería con emoción llamar a su puerta y decirle que todo el malentendido estaba resuelto, que ahora podía hacer lo que tantas veces me había reprochado que no podía. Maldita suerte la mía que por querer dar una sorpresa el sorprendido fui yo.
Algo me dice que todo va mal, que no me quieren robar. No escuche que me exigieran entregar algo de lo que llevaba, que la verdad no era más que basura de mí mismo. El ardor en la parte de atrás de mi pierna me impedía correr. Espantado grité por ayuda una vez más pero la gente mira como si fuera un espectáculo taurino. Mi estomago duele pero más mi pierna que arde como si me quemara con ácido. Quiero llorar porque me están quitando la emoción de salir al encuentro de mi nueva amada. Quiero gritar porque por fin saqué fuerzas de donde no las tenía para al menos hacer lo correcto y dejar la hipocresía. Pero no puedo ni lo uno ni lo otro porque mi pierna sangra por montones. No sé si hacer presión en ella, en mi estómago o en el desgraciado que no da cara y solo juega conmigo como cocinero con un pavo navideño. Quiero regresar, pero no soy bienvenido. Creo que empiezo a entender el precio de los actos y que el karma existe. Pero me tranquiliza la estúpida idea que después de la tormenta viene la calma y mi calma serían sus brazos. Estúpida ilusión que se derrumbaría con la sorpresa que me llevaría más adelante.

Salgo envalentonado de la casa que me juré no volvería a pisar con la adrenalina del momento. Salgo extasiado de pensar en poder hacer realidad mi idilio con quién por orgullo siempre dijo ser la otra pero que yo creía no era la otra sino la única. Todavía recordaba con un poco de tristeza las lágrimas de los ojos de quien indolentemente abandonaba, pero debía hacerlo, debía parar el juego. Recorrí toda la casa, tal vez para purgar mi conciencia y asegurarme que en cada lugar donde había dicho que la amaba le estaba reprochando que estaba engañado y que no era más que costumbre. Busco la puerta antes del drama final. Salgo sin cerrar y con prisa en mi andar. Ella grita algo que prefiero no recordar y tira la puerta. Apresuro mi paso porque quiero salir a dar una gran sorpresa, pero sorpresa es la que me llevo yo cuando por detrás una mano rasga mi estómago con algo. Grito desesperado en busca de ayuda pero nadie responde. Se me va el aire y no entiendo qué es lo que sucede. Intento correr en medio de mi desconcierto, pero algo atraviesa mi pierna. Un brazo me agarra por el cuello, el otro como quien busca el corazón atraviesa mi pecho con un puñal de acero. Forcejeo un poco pero en el mismo movimiento rompe mi brazo con el cuchillo dejándome sin fuerza para defenderme. El peor escalofrío que haya sentido jamás recorre mi cuerpo cuando de nuevo, por mi espalda esta vez, el helado metal que ya empieza a tibiarse con mi sangre rompe lenta fulminantemente. Todo se congela. Parece que ya no siento y que ya no vivo. Parece que no soy sino que empiezo a formar parte de los que eran. Todo es confuso y muy doloroso. Ya no estoy seguro de por dónde entra pero dos veces más el acero perfora mi cuerpo. Caigo de cara contra el piso mientras siento como se rompe mi cara, o mis gafas, o las dos. Entre lagrimas y vidrios quebrados veo que sale corriendo un asqueroso ser.

Me pesa el pecho para respirar. Me tiemblan las manos. Rompo en llanto como quien se encuentra cara a cara con la muerte y no quiere ser llevado. La cálida sangre me empieza a arrullar y el sentimiento de culpa a atormentar. Pero ya no hay más que hacer. Ya no hay más que decir y si pudiera decir, no tendría palabras para hacerlo. Todo se pone negro y no paro de recordar casi segundo a segundo cada momento vivido. Todo termina de oscurecerse y entre tinieblas retumban las últimas palabras de quién ahora estoy seguro es el amor de mi vida: Ojalá no te quedes sin el pan y sin el queso.