Después de mirar su demacrado
rostro por enésima vez en el espejo, Pablo, llamémoslo así para que no crean
que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, se acomoda la
camisa, se revisa el pantalón y se ajusta el cinturón. Pretende salir a
entretenerse con cualquier mirada que parezca su mirada, con cualquier cabello
que parezca el de ella, con cualquier espejismo que lo saque de la tortura en
que vive. Sale a caminar como no tiene por costumbre, pero no tiene más
opciones. Es salir a ocupar su mente en algo medianamente productivo, o
quedarse y ahogarse en la almohada. Es salir a verla imaginariamente en cada
lugar al que vaya o sufrir estúpidamente con un listado de canciones que le
recuerden a ella. Condenado en su recuerdo vacila en cada paso, suspira con el
poco aliento que le queda y pone la mejor sonrisa que tenga en el bolsillo. No
tiene rumbo, no tiene compañía, no tiene corazón. No sabe cómo sigue vivo si
ella desgarró su pecho y le arrancó despiadadamente el poco corazón que le
quedaba. Es que le quedaba poco, porque sin que ella lo notara se lo había
regalado a pedacitos.
Busca un nuevo vicio que sacie
sus necesidades, ella ya no puede serlo, así que se refugia en el café. Toma
taza tras taza de café hirviente con la esperanza de quemarse la lengua, de
inhabilitarla para siempre, al menos tendría una razón de peso para no volverle
a hablar. Alberto, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy
bien, sonriente, feliz y complacido, camina y no se detiene. Camina para
mantenerse a salvo, camina llenándose de razones para olvidarla. Camina porque
el dínamo de su odio son sus pasos. Camina, porque como todos cuando caminamos,
tenemos la cabeza puesta en otro lado y tal vez entre recuerdos y alucinaciones
encuentre la fórmula perfecta de un encantamiento innecesario que le haga
olvidarla. Suma decepciones, resta razones y divide sentimientos para entender, al fin, que el resultado que tanto quería a su favor, ella se lo daba a otro y
que lo que ella quería de otro, insistentemente, él quería dárselo.
Entonces Pedro, llamémoslo así
para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y
complacido, comienza a entender que pasaran mil noches sin lunas antes de
olvidarla. Comienza a despertar a la realidad. Las falacias del destino han
opacado las quimeras del corazón y destruido las utopías de la imaginación.
Santiago, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente,
feliz y complacido, se rinde al instinto de supervivencia y como torero en
burladero se esconde para evitar una muerte prematura. José, llamémoslo así
para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y
complacido, se acomoda entre los escombros que dejó el huracán de sus mentiras.
Nicolás, llamémoslo así para que no crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente,
feliz y complacido, prueba y comprueba que no hay prueba más dura, que creerle
a una mujer de labios dulces y venenosos. Felipe, llamémoslo así para que no
crean que soy yo, porque yo estoy bien, sonriente, feliz y complacido, al fin
acepta que no hay peor muerte que la que llega con las mentiras de quien le
roba el corazón. Yo, llámenme así para que no crean que es otro, que está bien, sonriente, feliz y complacido, reconozco que hablo en nombre de los difuntos corazones heridos
en la guerra del amor. Esa guerra en la que no todo se vale.