lunes, 30 de enero de 2012

En el rincón que ignoras...

Bastó con abrir los ojos esta mañana para comenzar a extrañar la melodía de tu voz. La dulzura de tus ojos, me persigue en cada parpadeo y no puedo evitar que vivas en mi mente. Hago un desastre de mí mismo y espero, aunque sea con eso, llamar tu atención. Pero pasas una y otra vez frente a mí con tu característico desprecio y tu graciosa forma de caminar. Te miro y me siento perdido, sabiendo que el destino cobra todo lo que hacemos, que la vida da tantas vueltas que ahora me tocó perder. No sabes cuánto he llorado por permanecer inmóvil y cada vez más lejos de dónde quisiera estar. Imposibilitado por tener que ser un caballero haciéndole frente a lo que con el paso del tiempo se ha decidido. Pero qué cosa tan curiosa, sigo aquí, y ahora me doy cuenta, que no por lo que he decidido sino porque así tú lo quieres, por tener que ser una dama y darte tu lugar.

El pasado a veces me atormenta, pero solo cuando eres tú la protagonista de mis recuerdos. El presente a veces me atormenta, pero solo cuando eres tú la protagonista de mis días. Pero el futuro aún no me atormenta. No lo puede hacer porque soy yo quien forjo mis días, porque depende de mí y de lo que voy a hacer. No sé cuánto más voy a resistir tirado acá donde solo tú sabes y prefieres olvidar. Pero siendo honestos ciertas cosas no pueden olvidarse por eso preferimos ignorarlas. Es el baúl de los recuerdos mi prisión. Llenos de polvo y telarañas resido en ti y en mí. En el libro de las memorias que juntos escribimos y que tanto quisimos realizar. Desde aquí puedo ver cómo has cambiado y cuántas veces me has cambiado. Antes el espacio de tus brazos tenía dibujada mi figura, ahora multiformes esperan masas aleatorias para llenar mi vacío.

Si pudiera hablarte, si quisieras escucharme, si me dejaras como yo te dejo tal vez todo sería diferente. Pero el anacrónico soy yo. El tiempo avanza y temes a la soledad. Yo en cambio temo el olvido. Tiempo es lo único que tengo. Tiempo tengo más que pantalones. Tiempo tengo más voluntad. Solo tiempo tengo más que tiempo y es el tiempo el que me mantiene en soledad. Qué se le hace. En el baúl de tus recuerdos, de felpa y mugroso como un juguete más. En el rincón que ignoras.

viernes, 6 de enero de 2012

Seguramente hoy será un gran día...

¿Qué se necesita para romper la rutina y el fatalismo con el que miras la vida? Todos los días pareciera que hiciera lo mismo. La misma ruta de bus a la misma hora. Casi siempre las mismas personas me acompañan, en un sistema de transporte tan mal planeado, que fácilmente sabemos quién no se bañó o está malito del estómago. Todos los días la misma calle, la misma oficina, con los mismos afanes, con la misma gente, tratando de sobresalir, de hacer algo diferente que rompa mi esquema y me permita sonreír sinceramente. Sonreír no por un buen chiste que lea en algún lado, sino por la satisfacción de hacer algo que realmente cambie el rumbo de mi día.

Sinceramente no recuerdo en cuántas cosas he fallado, cuántos fracasos he tenido o cuántas oportunidades e desperdiciado. Pero cada vez que estoy cerca de una papelera, callejera o de casa, sale un Michael Jordan fracasado que siempre desconozco a hacer el intento de romper la costumbre del temblor muñequero. Pero solo retumba en mi cabeza la idea bien sembrada de mi padre: el perezoso trabaja doble.  De mis intentos fallidos un porcentaje bien alto se lo lleva la idea de encestar papeles. Y no sé si lo intenten tanto como yo pero que satisfacción produce lograr embocar la pequeña bola de papel en la cesta.

Y si lo piensas bien no es un vano suceso más del día. Si aumentara la cantidad de encestadas al día, subiría el autoestima, tendría una sonrisa prolongada, el sentimiento de triunfo se haría evidente con un brillo especial en el rostro, todos lo notarían y querrían estar a mi lado por la buena energía que irradiaría. No me digan entonces que encestar papeles es de perezosos, porque encestar papeles es de triunfadores. Nada se iguala a esa insaciable y pasajera gloria que sientes cuando logras poner la basura en su lugar desde la comodidad de la silla, o la cama y si a eso le pones estilo, que coman chitos los Negros Bien Altos de la NBA.

Semillas de frutas, las cáscaras mismas, papeles arrugados, bolsas llenas de lo que sea, prometen ser el mejor de los Spalding que puedan llevarme al campeonato imaginario de nuestras vidas. Encestar la basura es diferente a siempre tener que recogerla cuando choca contra el borde. Hagan el ejercicio  en la universidad o en cualquier lugar de detenerse a mirar cuántos se acercan a depositar las cosas en la canasta y verán que son muy pocos los conformes, la mayoría lo tiran. Algunos arriesgados de algunos metros, otros más nerviosos de algunos pasos pero todos inconscientemente tienen anhelo y sueños de gloria.

Encestar algo es romper la rutina de siempre tener que acercarse a recogerlo porque no entró. Por eso esta mañana supe que hoy iba a ser un gran día. Me desperté tarde, punto en contra de mi día. No me quería levantar, otro punto en contra. Estaba congestionado como no lo había estado en los últimos días, más puntos en contra. Me metí al baño y cuando me había mojado noté que no había jabón, en ese momento pensé que no se podía poner peor mi día. Corro la cortina y oh sorpresa, había un jabón nuevo sobre el tanque del sanitario. Lo recojo rápido para no mojar demasiado el piso y de nuevo estoy tras la cortina. Destapo el jabón y no sé qué hacer con la envoltura que ahora resulta estorbar. Si lo dejo en el soporte de los jabones seguramente lo olvidaré causaré desorden, si lo tiro al piso se moja y recogerlo sería un asco. Y si abro la cortina para colocarlo en algún lugar mojo el piso, me toca limpiar y ya es muy tarde para eso. Pero se me ocurrió la grandiosa idea de apuntar hacia el lavamanos para tirarlo y que reposara en él mientras terminaba mi baño. Pero el campeón que hay en mí me retó y dije: por qué no intentar meterlo en la papelera directamente. Esa no es una hazaña cualquiera querido amigo. La papelera está debajo del lavamanos y no hay mucha posibilidad de lograrlo. Me gire en dirección a la papelera, pero para ponerle más dificultad no me empine para ver sobre la cortina sino que permití que me cegara. Apunté. Calculé la fuerza para un recorrido de un metro aproximadamente, con la englobadita y todo. Lancé el papel y escuché el sonido como de caer por fuera. Resignado terminé mi ducha pensando en que ahora sí, mi día no solo era uno más, era uno muy maluco. Corro la cortina, me seco, recojo la pijama y busco el papel para ponerlo en su lugar. Ahora resulta que  el papel no está. Dónde caería. Será que alguien entró, lo recogió y no lo noté. Miré en todos lados del baño menos en uno. Que falta de fe, que falta de confianza, que falta de credibilidad la mía. Cuando miro a la papelera ahí estaba. Con el mayor grado de dificultad jamás intentado por el hombre desnudo en la ducha, logré encestar la envoltura del jabón en la papelera que está debajo del lavamanos y entendí que rompí mi record. Seguramente hoy será un gran día.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Cercana lejanía...

Coloco bruscamente la taza de café sobre la mesa. Casi desinteresado con la esperanza de romperla, como olvidada, para que tengas la suficiente valentía de revolver el cianuro que tanto anhelas. Pero no lo haces eres hermosamente cobarde. Quieres estar conmigo, por eso no te has ido, pero ya olvidé hace cuánto no nos sentamos a conversar. Miro por una ventana sin paisaje que solo trae malos recuerdos. Me siento en un sillón sin clase que trae malos recuerdos. Miro aquel cuadro sin firma y solo tengo más malos recuerdos. Afligido me levanto a recoger la taza. Un café frío y sin azúcar pasa por mi garganta y dos o tres sorbos más, desaparece la insípida bebida. Entro a una desarreglada cocina que solo trae malos recuerdos. Coloco sobre la torre de trastes sucios el último que aparentemente estaba limpio. De un giro dejo la mugre detrás y atravieso el pasillo lentamente, un pasillo que trae recuerdos. Me cruzo contigo y parece que voy a tocarte para ver si reaccionas, pero sencillamente no puedo.
Termino de recoger mis cosas para salir. Tal vez te despidas de mí con un cálido beso. Llego a la sala y ya no estás. Pasa un día como cualquier otro de oficina. Sonriendo por educación para no decir que por hipocresía, aparentando ser feliz, aparentando que no pasa nada, aparentando no afectarme, aparentando absurdas apariencias. Cansado ya de aparentar regreso al sitio donde puedo ser yo mismo, al sitio donde puedo estar más cerca de ti. Regreso a mi anacrónica prisión. Cuatro paredes tipo loft que encierran a este pobre tipo y la locura de vivir contigo. Agotado y desvelado busco un espacio para descansar pero es imposible contigo aquí. No puedo siquiera intentar dormir pensando que estás dando vueltas por ahí. Que me olvidas en el rincón de los recuerdos para no olvidarme del todo. Que puedes ser tan fría y tan letal como depredador hambriento. Que puedes acabar conmigo en un segundo y darme vida en el siguiente si tan solo me hablas. Poco a poco pierdo la razón y crees todavía que no pasa nada.
El tiempo nada cura, no perdona y cada segundo asegura una tumba. Es un infierno estar así contigo, pero estar lejos me daña, me destruye, me aniquila. Cuánto diera porque el brillo de tus ojos de nuevo me iluminara, porque tu deliciosa boca me besara y porque en un abrazo interminable todo fuese como antes. Prefiero que me odies, pero por favor no me ignores porque duele más la indiferencia que el odio que surge, como en un paso del amor. Tócame con la piedad de tu odio, pero no me abandones en la demencia de tenerte y no tenerte. Yo sé que el daño es irreversible, pero también sé que daña más aquí que allá. Explícame cómo abandono el vicio de quererte, devuélveme mi orgullo y si se te antoja la fuerza para olvidarte. Aunque pensándolo mejor no lo hagas, porque al final para mi quererte es irremediable. Otro soliloquio, nocturno, termino y como alma en pena recorro el pasillo lleno de recuerdos, el cuarto lleno de recuerdos, la cama llena de recuerdos, para al final caer en la cuenta que solo eres un fantasma.

martes, 22 de noviembre de 2011

Valiente Cobardía

Por última vez el acero afilado atraviesa mi piel. La misma piel que muchas veces acarició ella pero que hoy, si intentara hacerlo de nuevo, sería inútil. No porque no quiera, de hecho es lo que más anhelo en este momento, sino por lo insensible de mi ser, por la frialdad con la que respiro, por la lentitud de mis latidos y por el poco brillo que queda en mis ojos que me impediría sentir su calor. Trato de moverme para luchar contra mi fatal destino pero la sangre a mi alrededor, que podría decirse todavía palpita al ritmo de mi corazón, me espanta más que pensar en la muerte misma y me quedo inmóvil. Veo entre mis lágrimas y los vidrios de los lentes rotos por la caída, una sombra correr, con el cinismo que caracteriza al asesino. No sé quién es ni qué buscaba, pero me arrebató los sueños y la poca dignidad que me quedaba después de hacer lo más valiente que jamás había hecho, o tal vez, lo más estúpido.

Son siete los pecados capitales y yo un practicante empedernido de cada uno de ellos. Uno al que parece que la ley divina se los cobra con cálculo y cuidado, con sangre y acero. No sé cuántas veces ese pedazo de cuchillo habrá perforado a las personas, pero ya perdí la cuenta en la anterior, de cuántas veces a entrado en el mío. De cara doy contra el piso porque no puedo mover las manos para detener el golpe. Siento como mi tabique se quiebra al unísono con los lentes que no he cambiado hace más de cinco años. Esos lentes que me permitieron verla la primera vez y redescubrirla en la segunda, cuando apareció a enredar todo lo que soy. Aunque tal vez en este punto ya no soy más yo, solo el doloroso recuerdo que quedará en sus corazones, o bueno, tal vez solo en uno porque el otro lo destruí antes de salir.

Todavía no acababa de entender qué sucedía y por quinta vez un frío letal recorría mi cuerpo de pies a cabeza. A diferencia de las anteriores, en esta sentí tan claro cómo entro por mi espalda, giró un poco a la derecha y salió. Me sentía hace unos segundos el hombre más valiente de la tierra. Por fin había decidido qué camino tomar. Por fin y después de algunos meses había cortado el cable azul y no el rojo, la bomba iba a explotar pero cuando yo no estuviera porque mi ausencia iba a ser el remoto que la activaría. Todas las sonrisas, las miradas, las caricias y los sueños compartidos se convertirían en polvo rosa después del gran boom que les pondría fin.

Apenas me reponía de un tercer impacto, cuando uno nuevo hacía doler mi brazo derecho como para querer arrancarlo. Que frialdad sentí sin ver su rostro. Y es que no necesitaba verlo para saber que quien ataca por la espalda ni orgullo tiene. Logro moverme tratando de evitar mi castigo pero no puedo, es más fuerte que yo. Es más fuerte que yo porque sangraba mi estómago, mi pierna izquierda, mi pecho y ahora el brazo. Es más fuerte que yo porque un miserable así no tiene corazón. No tiene un corazón como el mío que iba a medias, porque de alguna manera una parte la había dejado tres casas atrás. En ese momento empecé a lamentar y a recordar que cuatro veces me insistió que no me fuera. Cuatro fueron en total. Cuatro sumaron con la de la puerta. Tres con las escaleras. Dos en el cuarto. Una en la sala cuando le dije que no podía seguir. Tengo un segundo para pensar como si no importara lo que pasa a mi alrededor. Y creo que la frialdad que siento ahora, es la que sale de mi corazón junto con mi sangre y que estuvo retenida y sostenida en mi mirada mientras expulsaba las fatales palabras. La vida con nada se queda y todo lo cobra. El tiempo nada perdona y cómo lamento no poder echar atrás el tiempo.

Con una mano en el estomago y arrastrando una pierna trato de correr, pero un asqueroso brazo me toma por el cuello mientras siento el otro atravesar sin la más mínima duda y con un pedazo de puñal mi pecho. Buscaba el corazón. Sabía lo que quería pero por cosas del destino, que quería algo lento y doloroso para mí, falló torpemente. No sale de mi cabeza que como una daga fueron mis inclementes palabras para ella. Pero yo tenía el valor que daba un nuevo amor y que juraba me iba a sostener. Un amor clandestino. Un amor prohibido. Algo emocionante y con sabor a revivido. Lo estaba dejando todo por ella. Por quién acabo de notar le grita a mi perpetrador para que no se pase conmigo que era solo para asustarme. Lamento ser un tipo de sorpresas, quizás lamento más, que ella sea una impaciente. Quería con emoción llamar a su puerta y decirle que todo el malentendido estaba resuelto, que ahora podía hacer lo que tantas veces me había reprochado que no podía. Maldita suerte la mía que por querer dar una sorpresa el sorprendido fui yo.
Algo me dice que todo va mal, que no me quieren robar. No escuche que me exigieran entregar algo de lo que llevaba, que la verdad no era más que basura de mí mismo. El ardor en la parte de atrás de mi pierna me impedía correr. Espantado grité por ayuda una vez más pero la gente mira como si fuera un espectáculo taurino. Mi estomago duele pero más mi pierna que arde como si me quemara con ácido. Quiero llorar porque me están quitando la emoción de salir al encuentro de mi nueva amada. Quiero gritar porque por fin saqué fuerzas de donde no las tenía para al menos hacer lo correcto y dejar la hipocresía. Pero no puedo ni lo uno ni lo otro porque mi pierna sangra por montones. No sé si hacer presión en ella, en mi estómago o en el desgraciado que no da cara y solo juega conmigo como cocinero con un pavo navideño. Quiero regresar, pero no soy bienvenido. Creo que empiezo a entender el precio de los actos y que el karma existe. Pero me tranquiliza la estúpida idea que después de la tormenta viene la calma y mi calma serían sus brazos. Estúpida ilusión que se derrumbaría con la sorpresa que me llevaría más adelante.

Salgo envalentonado de la casa que me juré no volvería a pisar con la adrenalina del momento. Salgo extasiado de pensar en poder hacer realidad mi idilio con quién por orgullo siempre dijo ser la otra pero que yo creía no era la otra sino la única. Todavía recordaba con un poco de tristeza las lágrimas de los ojos de quien indolentemente abandonaba, pero debía hacerlo, debía parar el juego. Recorrí toda la casa, tal vez para purgar mi conciencia y asegurarme que en cada lugar donde había dicho que la amaba le estaba reprochando que estaba engañado y que no era más que costumbre. Busco la puerta antes del drama final. Salgo sin cerrar y con prisa en mi andar. Ella grita algo que prefiero no recordar y tira la puerta. Apresuro mi paso porque quiero salir a dar una gran sorpresa, pero sorpresa es la que me llevo yo cuando por detrás una mano rasga mi estómago con algo. Grito desesperado en busca de ayuda pero nadie responde. Se me va el aire y no entiendo qué es lo que sucede. Intento correr en medio de mi desconcierto, pero algo atraviesa mi pierna. Un brazo me agarra por el cuello, el otro como quien busca el corazón atraviesa mi pecho con un puñal de acero. Forcejeo un poco pero en el mismo movimiento rompe mi brazo con el cuchillo dejándome sin fuerza para defenderme. El peor escalofrío que haya sentido jamás recorre mi cuerpo cuando de nuevo, por mi espalda esta vez, el helado metal que ya empieza a tibiarse con mi sangre rompe lenta fulminantemente. Todo se congela. Parece que ya no siento y que ya no vivo. Parece que no soy sino que empiezo a formar parte de los que eran. Todo es confuso y muy doloroso. Ya no estoy seguro de por dónde entra pero dos veces más el acero perfora mi cuerpo. Caigo de cara contra el piso mientras siento como se rompe mi cara, o mis gafas, o las dos. Entre lagrimas y vidrios quebrados veo que sale corriendo un asqueroso ser.

Me pesa el pecho para respirar. Me tiemblan las manos. Rompo en llanto como quien se encuentra cara a cara con la muerte y no quiere ser llevado. La cálida sangre me empieza a arrullar y el sentimiento de culpa a atormentar. Pero ya no hay más que hacer. Ya no hay más que decir y si pudiera decir, no tendría palabras para hacerlo. Todo se pone negro y no paro de recordar casi segundo a segundo cada momento vivido. Todo termina de oscurecerse y entre tinieblas retumban las últimas palabras de quién ahora estoy seguro es el amor de mi vida: Ojalá no te quedes sin el pan y sin el queso.

jueves, 13 de octubre de 2011

Hoy pasó por mi lado un bus sonriendo y me alegró la mañana...

Siempre he tenido la extraña idea de que los carros tienen cara. Hace parte de su diseño y quienes piensan igual o logran notar que así los hacen, pueden diferenciar un sin número de expresiones en el frente de los vehículos. Por cuestiones culturales decimos  que la mascota se parece al amo, pero que un carro tiene la misma cara del dueño suena algo raro. Si bien es cierto que un carro limpio y bien cuidado es producto de un dueño muy cuidadoso, no creo que alguien entre a un concesionario preguntando si tiene carros de cara triste o feliz.

Pensar en eso me recuerda mi niñez y los viajes a la costa en el platón de la camioneta de la familia. Porque desde esa época miraba los carros justo a la cara mientras pasaban por el carril de al lado. Creía que los camiones iban serios por tener que llevar esas pesadas cargas. Que los buses tienen caras aburridas por hacer siempre lo mismo durante horas. Que los carros más pequeños llenos de maletas y familias iban sonriendo porque estaban de paseo. Pero ahora que he crecido aprendí a valorar algo más que la cara de un carro. El motor, la suspensión, las llantas, los frenos, en fin todo lo que se supone un hombre debe saber valorar de un carro, sobre todo la marca. Porque aunque la idea del carro es transportar, hoy por hoy, la bandera blanca y azul o los círculos entrelazados  dan estatus y posición. Muy pocos son los que contienen la cabeza para no girarla cuando pasa uno de esos convertibles dos puestos por el lado, casi siempre con un anciano frente al volante o el culicagado hijo del anciano creyéndose más que todos.

Mientras tanto yo en mi bus de sillas rotas y ambiente a cebolla, esperando que avance para llegar a mi casa. Pasan unos segundos frente al semáforo en verde y me pregunto por qué tienen la maldita costumbre de esperar justo ahí para ganar tiempo, si cuando se ilumina el verde la idea es avanzar. Parece que al único que le importa es a mí, por lo que no tengo más remedio que guardar silencio y mover la pierna derecha hacia arriba y hacia abajo más rápido y más fuerte. Me distraigo con alguna vitrina de algún almacén del centro y sigo esperando. Me pregunto por qué no tengo carro y recuerdo las palabras de un buen amigo que me decía que tenía que disfrutar del bus que cuando tuviese carro lo iba a extrañar, sonrío levemente tratando de entender su disparatada idea pero no puedo. Salimos del centro donde se supone está el trancón, damos un par de vueltas más por la ciudad, porque gracias a al sistema de transporte en bus en esta pequeña ciudad un viaje en bus es casi al estilo de un City Tour.

Salimos a encontrar la autopista esquivando huecos, charcos y un par de sus colegas atravesados que se creen dueños de la vía. Avanzamos unas cuadras más y llegamos al puente donde creo que ya coroné mi travesía y me alegra saber que voy llegando. Pero en el último semáforo por la ruta que voy noto algo extraño. Un bus que también va para donde me dirijo va en sentido contrario como quien huye de una catástrofe. Pensé lo peor inmediatamente, una avanzada de Lucho, o peor aún de Celestino. Me calmé y pensé algo menos destructivo, tal vez el puente se cayó. Pero el puente estaba ahí, lo podía medio ver un poco a través de la cortina de “Solo personal autorizado” que separa la gente normal de “Las chicas lindas” y el conductor. Pero como no puedo ver qué pasa pensé que estaba fuera de ruta y me calmo hasta que veo la lentitud dudosa con la que el conductor se acerca a mi tan amado puente. Su mano derecha suelta la palanca de los cambios, mientras mantiene su lento paso en primera, para rascarse su calva cabeza y tratar de activar las neuronas para pensar clara mente. Logro ver qué pasa. El puente no está quebrado, está lleno de carros y los automotores ocupan las vías cercanas haciendo fila para pasar. Al fin el alopécico comandante de mi futuro inmediato decide hacer fila y como por arte de magia tres carros más lo rodean. Ya no hay escapatoria y ni siquiera estoy en el puente. Pienso en la 26 de Bogotá y me digo a mí mismo que todavía en este pueblo no se sabe lo que es un trancón de verdad. Mientras casi paralíticamente avanza mi carruaje mecánico otro viene bajando, viendo el mismo trancón que yo veo. Lleno de personas casi al triple del mío. Pero no es igual. Viene sonriendo. Tal vez porque disfruta su trabajo. Quizás porque en su adornado tablero está estrenando santo. De pronto porque ya había pasado por ahí y estaba disfrutando la laguna en la que estaba la obra de más adelante. Pero sin importar la razón que tuviese me hizo cambiar mi actitud. Me cambió el estado de ánimo. Si él puede yo puedo. Hoy pasó por mi lado un bus sonriendo y me alegró la mañana...

viernes, 7 de octubre de 2011

Mis textos no son yo...

En estos días me he visto en la penosa tarea de explicar, en repetidas ocasiones, por qué no necesito terapia psicológica. Y es que ha sido complicado manejar la cara de pesar con la que me miran algunos después de leer mis textos en este blog. Me ponen la mano en la espalda  con los ojos llenos de llanto pensando en lo terrible que debe ser como yo. Tengo que confesar que después de cada una de esas charlas he quedado con la desagradable sensación, que en lugar de invitarme a buscar un psicólogo que ayude a lidiar con mis traumas, debieron ofrecerme trabajo, plata u otro tipo de beneficios a los que uno realmente pueda decir que sí. Algo de lo que valga la pena aprovecharse. Pero como esas cosas no pasan y quiero que sigan leyendo mi blog escribo y explico por qué mis textos no son yo.

Mis textos no son yo porque soy más que lo que cabe en un par de páginas. Aunque estén llenas de detalles que puedan relacionar los que me conocen un poco más de cerca. Un texto es un texto. Y menos mal que existen estos espacios de libre expresión porque pobre de Pirry si no pudiese decir lo que se le antoja, pobre de Daniel Samper que no podría criticar y pobre de mí que no podría soñar. Definitivamente mis textos no son yo aunque escriba sumergido en ellos. No son yo aunque yo los escriba. Mis textos no son yo aunque a veces no lo crea. No son yo aunque a veces me confunda y no esté tan seguro.

No pueden ser yo porque no los entenderían.  Sería como leer algo que te enoje, luego te haga llorar un rato, con un juego de palabras estas muerto de la risa y al final un poco deprimido porque el texto no era lo que esperabas. Sería más largo que la Biblia y más enredado que un libro de filósofo postmoderno. Están enriquecidos con vivencias e imaginación, con apuntes de conocidos y letras de canciones, viven más allá de la imaginación pero mucho antes de la realidad. Mis textos tal vez no son míos sino de ustedes, porque de una u otra manera expresan en primera persona lo que sentimos y vivimos colectivamente.

No puedo negar que cuando escribo la primera frase es difícil detenerse. Porque sin querer empiezan en mi mente lo real y lo imaginario a jugar en una sinfonía de recuerdos no vividos, enlazados con las dulces melodías de las mil canciones dedicadas y la amargura de los desengaños. Es difícil no quedar impregnado en ellos cuando me hacen desahogarme, liberarme, o tal vez, transformarme en lo que no soy y a la vez soy. Es mi mundo y lo comparto porque mis textos no son yo, yo soy mis textos.

martes, 27 de septiembre de 2011

Ahí estaba...

Acariciando y desesperando a la vez, el rayo de luz que se filtra por mi oscura cortina, toca mi cara buscando despertarme. Como si se tratara de alguna especie de arma laser sacada de una película futurista de ficción, rápidamente me muevo y quedo escondido bajo el mejor escudo mañanero que existe, la almohada. Corre la brisa en sentido contrario haciendo separar la cortina de la ventana y esta vez es como un baldado de luz que entra a calentar mis pies. Me recojo cual placentero bebé y espero congelar el tiempo y no tener que despertar. Una vuelta más huyendo de mis pocas responsabilidades diarias y espero que suene el despertador. Entre sueños y fantasías matutinas caigo en la cuenta de la extraña combinación del día, mucho sol en mi cuarto y yo bajo las cobijas todavía.

Como soldado ante el llamado militar de su superior, de un brinco salgo de mi cama. Tal cual está la dejo hasta el final del día, siempre firme y fiel a mi consigna: “Para qué tenderla si en la noche la destiendo”. Corro al baño y la casa está en silencio. No necesito toalla por ahora porque mi único espía es mudo y con cuatro patas, no se va a burlar ni me voy a avergonzar con su sigilosa presencia que me sigue hasta al baño. La puerta no se cierra cuando se está solo, pero sí la ducha para no hacer reguero de agua. Cae el gran chorro pero a tientas cierro, el coso ese que hace que el agua salga como lluvia, y cual tormenta congelada siento que mi piel se quema, no sé si por la frialdad o por la presión con la que cae. No tengo tiempo de meditar la mancha roja que va quedando sobre mi piel mientras doy la vuelta para mojarme la espalda y retirarme el jabón. En un solo impulso me bañé. Salgo y la mirada de mi perro me acusa por tan corto baño. Me miro en el espejo y al detenerme en mis ojos noto que el canino tenía razón, pero me digo a mí mismo que caminando rápido no se nota. Bueno, si camino rápido sí se va a notar pero otra cosa, por eso tendré que usar doble desodorante. Salgo de mi diminuto baño pensando en por qué los de las películas son siempre tan grandes. Me seco la cara y en un descuido, por creer conocer muy bien mi casa, olvido la base del piano que sostiene mi puerta para que el viento no la cierre y tres alabanzas salen de mi boca casi al instante en que mi dedo pequeño del pie derecho roza cariñosamente el metal forrado en plástico antideslizante.

No han pasado cinco minutos desde el haz de luz en mi cara hasta el golpe en el dedo. Estoy convencido, que de tener compañía que registre el hecho, mi nombre estaría en el libro de los Guinness Records junto a Germán y su maratónica faena de aerobics. Recojo el jean del piso, le saco los interiores sucios y busco unos limpios en la gaveta del closet. Entra el pantalón y entra la primera camiseta que esté a la vista, con las arrugas del planchado permanente que le dejó el abultamiento junto a las demás. No necesito medias limpias porque no completan la semana todavía. Talcos a los zapatos para disimular el agradable aroma a limpio, que viene de usar las mismas medias por cinco días seguidos, cinco días que incluyen una jornada deportiva y tres chubascos en el centro. No hay correa pero no importa, porque me gusta que se escurran los pantalones hasta donde la tranca natural del cuerpo los detenga.

Ya estoy casi listo para salir. Recojo la billetera y las llaves del escritorio del computador con el que comparto cuarto. Me pregunto dónde dejé las gafas, porque sin gafas no puedo salir, y al instante recuerdo que las dejé en el lavamanos para recordar lavarme la boca, porque sí que le aprendí la lección al Dr. Muelitas. Regreso al cuarto una vez más con la intensión de poder recordar llevar todo lo que necesito, pero no es más que una excusa para mirarme una segunda vez en el espejo y confirmar que esté medio presentable. Me toco los bolsillos de adelante y siento que llevo todo. Toco los bolsillos de atrás, los que se ubican justo en la tranca de los pantalones, los apretó y de una recuerdo que no llevo el celular. Busco entre la sábana con la que me arropo y las dos almohadas que me acompañan, el tiesto que vibra y suena o suena y vibra pero no hace las dos cosas al tiempo. Veo como le queda solo un pedazo de carcasa y la tapa de la batería se le cae sola y pienso en cambiarlo.

Ya han pasado casi siete minutos y me siento más cerca de Germán en los registros del mencionado libro. Salgo por última vez de mi cuarto. De nuevo y de reojo me miro en el espejo y noto que me falta algo, algo imprescindible. Me desespero por medio segundo pero guardo la calma y trato de recordar dónde la dejé. Paso por la sala, entro a la cocina que está pegada a un minúsculo espacio al que llamamos patio de ropa pero no está. De nuevo salgo y miro en el sofá y sobre la mesa del comedor pero tampoco está. Empiezo a desesperarme porque no podría imaginarme salir sin ella a la calle. No sabría cómo afrontar el mundo sino la llevo conmigo. Entro al cuarto de mi hermana que parece un campo de guerra y miro sobre su armatoste de libros si por error la deje ahí, cosa que no creo porque no la conoce bien. La fiera me sigue los pasos con la esperanza de no quedar solo en el apartamento pero corto sus perrunas ilusiones, como pudiera si discernir lo que le digo, cuando le comento que me voy y se tiene que quedar juicioso sin hacer daños ni orinarse dentro. Salgo de ese cuarto y cruzo rápidamente al de mis papás a buscar bajo la cama de ellos, porque son los que mejor la conocen y tal vez la olvidé ahí al decir buenas noches. Miro su mesa de noche y la repisa del televisor pero no está. Mi desesperación aumenta y siento que voy a reventar en llanto. Me siento desprotegido. Me imagino cómo sería salir a la calle así y que todos pudieran conocerme. No logro concebirlo porque la angustia me aturde nuevamente. Me voy para mi cuarto haber si está, pero a la entrada en el gran espejo que la vigila me detengo porque vi su reflejo. Siento que el alma me volvió al cuerpo. Estaba ahí, donde siempre. Sonrío y pienso que se ha vuelto tan natural que casi ni yo mismo la puedo notar. La acomodo para que no se vea mi alma ni lo que pienso. Vuelvo a encontrar el equilibrio, tomo un aire de tranquilidad y con mi gigante careta salgo a seguir mi vida pareciendo ser feliz.