Acariciando y desesperando a la vez, el rayo de luz que se filtra por mi oscura cortina, toca mi cara buscando despertarme. Como si se tratara de alguna especie de arma laser sacada de una película futurista de ficción, rápidamente me muevo y quedo escondido bajo el mejor escudo mañanero que existe, la almohada. Corre la brisa en sentido contrario haciendo separar la cortina de la ventana y esta vez es como un baldado de luz que entra a calentar mis pies. Me recojo cual placentero bebé y espero congelar el tiempo y no tener que despertar. Una vuelta más huyendo de mis pocas responsabilidades diarias y espero que suene el despertador. Entre sueños y fantasías matutinas caigo en la cuenta de la extraña combinación del día, mucho sol en mi cuarto y yo bajo las cobijas todavía.
Como soldado ante el llamado militar de su superior, de un brinco salgo de mi cama. Tal cual está la dejo hasta el final del día, siempre firme y fiel a mi consigna: “Para qué tenderla si en la noche la destiendo”. Corro al baño y la casa está en silencio. No necesito toalla por ahora porque mi único espía es mudo y con cuatro patas, no se va a burlar ni me voy a avergonzar con su sigilosa presencia que me sigue hasta al baño. La puerta no se cierra cuando se está solo, pero sí la ducha para no hacer reguero de agua. Cae el gran chorro pero a tientas cierro, el coso ese que hace que el agua salga como lluvia, y cual tormenta congelada siento que mi piel se quema, no sé si por la frialdad o por la presión con la que cae. No tengo tiempo de meditar la mancha roja que va quedando sobre mi piel mientras doy la vuelta para mojarme la espalda y retirarme el jabón. En un solo impulso me bañé. Salgo y la mirada de mi perro me acusa por tan corto baño. Me miro en el espejo y al detenerme en mis ojos noto que el canino tenía razón, pero me digo a mí mismo que caminando rápido no se nota. Bueno, si camino rápido sí se va a notar pero otra cosa, por eso tendré que usar doble desodorante. Salgo de mi diminuto baño pensando en por qué los de las películas son siempre tan grandes. Me seco la cara y en un descuido, por creer conocer muy bien mi casa, olvido la base del piano que sostiene mi puerta para que el viento no la cierre y tres alabanzas salen de mi boca casi al instante en que mi dedo pequeño del pie derecho roza cariñosamente el metal forrado en plástico antideslizante.
No han pasado cinco minutos desde el haz de luz en mi cara hasta el golpe en el dedo. Estoy convencido, que de tener compañía que registre el hecho, mi nombre estaría en el libro de los Guinness Records junto a Germán y su maratónica faena de aerobics. Recojo el jean del piso, le saco los interiores sucios y busco unos limpios en la gaveta del closet. Entra el pantalón y entra la primera camiseta que esté a la vista, con las arrugas del planchado permanente que le dejó el abultamiento junto a las demás. No necesito medias limpias porque no completan la semana todavía. Talcos a los zapatos para disimular el agradable aroma a limpio, que viene de usar las mismas medias por cinco días seguidos, cinco días que incluyen una jornada deportiva y tres chubascos en el centro. No hay correa pero no importa, porque me gusta que se escurran los pantalones hasta donde la tranca natural del cuerpo los detenga.
Ya estoy casi listo para salir. Recojo la billetera y las llaves del escritorio del computador con el que comparto cuarto. Me pregunto dónde dejé las gafas, porque sin gafas no puedo salir, y al instante recuerdo que las dejé en el lavamanos para recordar lavarme la boca, porque sí que le aprendí la lección al Dr. Muelitas. Regreso al cuarto una vez más con la intensión de poder recordar llevar todo lo que necesito, pero no es más que una excusa para mirarme una segunda vez en el espejo y confirmar que esté medio presentable. Me toco los bolsillos de adelante y siento que llevo todo. Toco los bolsillos de atrás, los que se ubican justo en la tranca de los pantalones, los apretó y de una recuerdo que no llevo el celular. Busco entre la sábana con la que me arropo y las dos almohadas que me acompañan, el tiesto que vibra y suena o suena y vibra pero no hace las dos cosas al tiempo. Veo como le queda solo un pedazo de carcasa y la tapa de la batería se le cae sola y pienso en cambiarlo.
Ya han pasado casi siete minutos y me siento más cerca de Germán en los registros del mencionado libro. Salgo por última vez de mi cuarto. De nuevo y de reojo me miro en el espejo y noto que me falta algo, algo imprescindible. Me desespero por medio segundo pero guardo la calma y trato de recordar dónde la dejé. Paso por la sala, entro a la cocina que está pegada a un minúsculo espacio al que llamamos patio de ropa pero no está. De nuevo salgo y miro en el sofá y sobre la mesa del comedor pero tampoco está. Empiezo a desesperarme porque no podría imaginarme salir sin ella a la calle. No sabría cómo afrontar el mundo sino la llevo conmigo. Entro al cuarto de mi hermana que parece un campo de guerra y miro sobre su armatoste de libros si por error la deje ahí, cosa que no creo porque no la conoce bien. La fiera me sigue los pasos con la esperanza de no quedar solo en el apartamento pero corto sus perrunas ilusiones, como pudiera si discernir lo que le digo, cuando le comento que me voy y se tiene que quedar juicioso sin hacer daños ni orinarse dentro. Salgo de ese cuarto y cruzo rápidamente al de mis papás a buscar bajo la cama de ellos, porque son los que mejor la conocen y tal vez la olvidé ahí al decir buenas noches. Miro su mesa de noche y la repisa del televisor pero no está. Mi desesperación aumenta y siento que voy a reventar en llanto. Me siento desprotegido. Me imagino cómo sería salir a la calle así y que todos pudieran conocerme. No logro concebirlo porque la angustia me aturde nuevamente. Me voy para mi cuarto haber si está, pero a la entrada en el gran espejo que la vigila me detengo porque vi su reflejo. Siento que el alma me volvió al cuerpo. Estaba ahí, donde siempre. Sonrío y pienso que se ha vuelto tan natural que casi ni yo mismo la puedo notar. La acomodo para que no se vea mi alma ni lo que pienso. Vuelvo a encontrar el equilibrio, tomo un aire de tranquilidad y con mi gigante careta salgo a seguir mi vida pareciendo ser feliz.
Que buen relato Camilo, me imagine todo, paso a paso. ¿Como sera un Domingo? jajajaja felicitaciones.
ResponderEliminarGracias...
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