Ese entusiasmo con el que a veces la gente se
levanta, en el que se apoyan para soñar y creer que todo puede ser posible, con
el que quieren caminar todo el día y esperar que no los abandone, ese entusiasmo,
es el que no conozco. No conozco entusiasmo alguno, porque cuando pretendo
presentarme o que se presente formalmente termina siendo la fantasía inconclusa
de algún sueño perdido. Ese corazón acelerado que muchos conocen como emoción y
ansiedad, para mí no es más que la tortura inevitable del recordatorio de una
falsa sonrisa y una frustración más.
Te miras en el espejo buscando verte de la mejor
manera. Tratas de vestirte lo mejor posible para tu cita con el destino, como
tratas de ubicar la mejor máscara del armario. Al final no haces ni lo uno ni
lo otro, solo consigues cubrirte con los harapos que guardas en un viejo ropero
y te vas sin máscara, vulnerable y expuesto a que vean tu verdadero yo. El
verdadero desgaste que produce ver una y otra vez tus sueños hechos escombros
derribados por algún terrorista emocional que vive del sufrimiento de los
demás.
Pero es más fuerte el impulso que la verdad. La
conciencia advierte, el subconsciente alerta y el inconsciente, a gritos, trata
de prever la tragedia. Pero displicente con tu instinto decides alejar la
razón, dejarte llevar, verle a los ojos e intentar cambiar la fatalidad que
sabes que aguarda por ti al final de cada uno de tus días. No importa que
empiecen las trabas y los peros, no importan los problemas o el viento en
contra, no importa la imperfección del mundo porque tienes trazado un plan que
debes cumplir. Te agitas, te angustias, te apretas las heridas para poder
seguir, pero todo es imposible para el que está a punto de caer en batalla. Ves
al final del túnel el destino personificado, tratas de convencerle, pero el
destino del destino mismo parece ser, huir de ti. Te tomas un tiempo para
reponerte, te tomas dos tiempos para levantarte y te tomas medio tiempo para correr
a hacerlo realidad.
Cuando el peso de la nueva herida es mayor a lo que
puedes soportar y te estás dando por vencido, cuando en una mala jugada resulta
que descubres que eres el hazmerreír de ti mismo, entonces, de nuevo parece
posible. El destino se cruza en tu camino. Quieres envolverlo en los brazos y
no dejarlo ir, pelear con él por él mismo. Es que tal vez no ha notado su
destino y por eso quiere escapar de ti. No se ha dado cuenta el destino, que su
destino es ser tu destino. Inmóvil e idiota quedas absorto con la certeza de
verle de nuevo. Quieres raptarlo, robártelo solo para ti, pero te puede el
pudor y el respeto. No obligas al destino a ser tu destino aunque sea su
destino, porque tal vez quiera ser el destino de alguien más. Piensas que es
inevitable la despedida y planeas la mejor de todas, la que le convenza
quedarse. Pero al final, como siempre, dejas que se diluya entre tus dedos y le
dejas ir con la más fría cortesía. Te arrepientes y gritas por dentro pero qué
se le hace, si así es el alma del que mata la fiera y le asusta la piel.