Aún no sale el sol y la fastidiosa vibración de mi celular está avisando que tengo que soltarme de los placenteros brazos de Morfeo y prepararme para ocho horas más de un tiempo que todavía no sé si llegará. Horas que pasan lento, torturando mis sueños, masacrando mis fantasías y destruyendo mi vejiga. Pasan diez minutos más y vuelve a sonar el vergonzoso artefacto del que me quiero deshacer hace mucho tiempo. Pienso que no debería levantarme o que si lo hago debería lavarme la boca con un buen trago del Whisky barato que reposa sobre el estante de la cocina y para garantizar el despido completo mi cuidado oral con gárgaras de una bebida alcohólica típica de mi país, que tiene un desagradable sabor a menta y un alto grado de alcohol. Pero cuando estoy casi convencido de hacerlo se ilumina mi bombillo y pienso que “no todos los días es domingo”, que la prueba de alcoholemia no la hacen cada vez que llego.
Me siento a la orilla de mi cama queriendo maldecir, pero recuerdo que en lugar de eso es un milagro estar vivo y uno más grande, en este país de desempleados y políticos corruptos, tener que trabajar. Somnoliento me levanto y me quito la pijama aún con la luz apagada, tal vez para creer que es una pesadilla o para imaginarme con quince kilos menos. Pesada se extiende mi mano contra la pared buscando el click que me hará doler los ojos. Los cierro fuertemente y cuando los vuelvo a abrir sigo igual de gordo, sigo igual, ahí. Me envuelvo en la toalla que dejé arrumada, de la tan acostumbrada ducha de antes de dormir, que todavía guarda la humedad de la noche anterior pero que ahora lleva impregnado un desagradable aroma, no sé si a piso, a perro o a qué pero igual es la única que tengo a la mano. Entro al baño caminando lentamente como si tuviera que pedirle permiso un pie al otro para moverse. Me miro la cara en el espejo y procuro no hacer ruido para no despertar a mis compañeros de casa. Compañeros que por amor y consanguinidad entre sueños y saliva escurrida por su rostro me preguntan cómo amanecí.
Termino de arreglarme y vuelvo a pensar en el whisky cuando me lo encuentro de frente. Mejor, abro la nevera, saco un vaso de leche pensando en hacerla una mezcla heterogénea con cereal y fruta, pero miro la hora y caigo en la cuenta que solo me quedan diez minutos para llegar a donde no quisiera. Salgo con pesadez y mucho sueño a esperar una ruta de bus. Un bus cualquiera que me lleve lo más rápido posible a mi función vespertina. A veces me encuentro con un par de desconocidos que comparten mi uniforme y hasta mi cargo, pero no los saludo e intento buscar una silla en la cual esperar mi descenso triunfal. Llego a la última curva antes de bajarme y veo la cara de quien me hizo el favor de estar en este plan, rodeado de mucho rojo y un texto gigante recordando su nombre y como llevarlo a su triunfo electoral.
Ya el sol empieza a mirar este lado del planeta con más fuerza. Bajo unas escaleras que nunca he contado, pongo la hora de llegada, mi firma en un papel y mirando a mis jefes una sonrisa se me escapa hipócritamente junto con un oscuro, grave y enfermizo buenos días, como si tuvieran algo de buenos. Bajo más escaleras mirando los rostros demacrados de quienes han pasado la noche entera vigilando el vacío y la ausencia de los clientes. Entro a mi puesto de trabajo y siento en lo profundo de mi corazón que es el momento de abrir el telón. Una sonrisa como de reina de belleza se dibuja en mi rostro. Una sonrisa que no siento y que no quiero pero que según el protocolo debo mantener hasta el final de mi jornada, junto con el contacto visual a los usuarios y una buena actitud. Pasan cientos de personas frente a mí, están los de cara triste, cara larga, los que sonríen como yo sin querer para ocultar su amargura y los que simplemente la dejan salir y me tratan mal. Me debato siempre en cuál de las dos puertas que tengo a lado y lado merece más mi atención. Al final a ninguna de las dos le doy tanta y solo hago lo que me toca. Pasan cientos de personas más en la siguiente hora, como han pasado cientos de segundos. Quiero proponer un millón de cosas que agilicen las labores, pero no me pagan por pensar. Lo hacen por trazar arabescos sobre unos papeles que se deslizan sobre un frío mesón verde lleno de rastros de café y estornudos.
Cuando llega la mitad de la jornada y el sol parece marcar un ángulo recto, la soledad se apodera de nuevo del lugar como a media noche y los aromas de comida repagada me despiertan el apetito. Aunque no solo el apetito, también la nostalgia de pensar en un almuerzo frío que me espera porque no se puede probar bocado alguno hasta que esté en la casa. Me invade la tristeza de estar en el mausoleo de mis melodías. Es una tumba gigante de armonías que solo me recuerdan lo insignificante que soy en un mundo al que pareciera no le importo. Me estiro para ver la hora en un reloj digital exactamente igual al que veo cuando me levanto pegado a la pared de mi cuarto y que se hace eterna compañía con un monitor que registra cada uno de mis movimientos y que contradice la hermosa sonrisa del jefe de personal que me juraba que no iba a tener el jefe encima.
Espero ansiosamente pronunciar por radio un código que parece sacado de una canción de Alejo Durán y que como a él, me lleva a la gloria. Bueno a mi vejiga. Tengo diez minutos para relajar mis esfínteres, revisar un par de mensajes de texto que me roban una sonrisa y para hacer una llamada que quisiera fuera eterna. Regreso más rápido de lo que quisiera a seguir mirando un horizonte lleno de comida empaquetada y empanadas frías, casi agrias. Regreso y me siento cual Pedro Picapiedra a esperar la hora de la salida. Reviso la intranet, por puro protocolo. Me siento a contar los segundos restantes, segundos que ahora parecen correr más lento. Tan lento que se detienen imaginariamente. Tan lento que puedo entender que hago lo mismo de la misma manera por los últimos días, días que aquí entre nos parecen años. Pasan tan lento que me invade un frío casi mortal. Ese frío que se siente cuando ves a la muerte a los ojos. El frío que solo la infame muerte de la monotonía y la desdicha te hace sentir…
Me gusta mucho...
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