jueves, 15 de septiembre de 2011

Para enseñarme

Jamás había estado tan callado frente a alguien. Jamás, hasta mis pensamientos, se habían silenciado frente a alguien. Tal vez porque jamás, había estado frente un alguien como ese alguien. Quería preguntar tanto, quería saber tanto, quería imaginarme tanto acerca de ella que mis pensamientos y mis palabras, cual trancón de mediodía, permanecían inmóviles y si en algo parecían moverse, era para caer en la cuenta del atasco en el que estaba metido. No supe exactamente cuánto tiempo pasé frente a ella. Ni siquiera recuerdo detalladamente el tono de su voz o tan siquiera el color de sus dientes. Desearía poder hacerlo, pero, no puedo. Quisiera preguntar, pero, no puedo. Bendito sea el tiempo que pasa y castiga sin clemencia, que pasa y no vuelve a pasar. Que avanza y jamás retrocede, ni siquiera para enmendar un error, para decir lo que no se dijo o para callar unas cuantas estupideces que se escapan de la necedad que nos envuelve. 

Cuando estoy conmigo mismo y la fluidez de mi imaginación ya no se ve ralentizada por su presencia, solo puedo recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su rostro entero. Era un rostro tan perfecto, tan expresivo, tan marcado y tan anciano. La profundidad de su expresión era semejante a la profundidad de las líneas que la definían. Era tan hermosa y tan llena de experiencia que me recordó qué corta e ingenua es mi existencia. Pensé, por la cara que hacía su pequeña nieta, que tenía un millón de historias para contar. Un millón de historias que a sus más cercanos le causa comezón pero que a mí me hubiese encantado escuchar.

Cada una de las líneas era como un camino vivido. Algunas parecían labradas por el llanto, otras en su frente por la angustia y un resto más, por todas sus mejillas, de tanto sonreír. No parecía tener muchos años encima, porque tal vez los llevaba detrás. No le estorbaban, no la incomodaban, seguramente le daban un gran empujón para sentirse viva, para sentirse bella. Parecía que, aunque no tenía ni idea cómo moverse donde estaba, tenía muy claro para dónde iba. Parecía que era la vida misma caminando por ahí, o tal vez la conciencia de alguien que se había escapado para enseñarme algo. Para enseñarme a sonreír.

2 comentarios:

  1. y al mejor estilo de Cortazar " no podre diopasar las palabrulas ostanculas de la mentragora extrogena que partela estas discronias y petridas litervas tanidas de cardiosopos apartices de ti"

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Me encanta, me encanta mucho, la redaccion la profundidad... simplemente maravilloso...

    ResponderEliminar