Cuando estoy conmigo mismo y la fluidez de mi imaginación ya no se ve ralentizada por su presencia, solo puedo recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su rostro entero. Era un rostro tan perfecto, tan expresivo, tan marcado y tan anciano. La profundidad de su expresión era semejante a la profundidad de las líneas que la definían. Era tan hermosa y tan llena de experiencia que me recordó qué corta e ingenua es mi existencia. Pensé, por la cara que hacía su pequeña nieta, que tenía un millón de historias para contar. Un millón de historias que a sus más cercanos le causa comezón pero que a mí me hubiese encantado escuchar.
Cada una de las líneas era como un camino vivido. Algunas parecían labradas por el llanto, otras en su frente por la angustia y un resto más, por todas sus mejillas, de tanto sonreír. No parecía tener muchos años encima, porque tal vez los llevaba detrás. No le estorbaban, no la incomodaban, seguramente le daban un gran empujón para sentirse viva, para sentirse bella. Parecía que, aunque no tenía ni idea cómo moverse donde estaba, tenía muy claro para dónde iba. Parecía que era la vida misma caminando por ahí, o tal vez la conciencia de alguien que se había escapado para enseñarme algo. Para enseñarme a sonreír.
y al mejor estilo de Cortazar " no podre diopasar las palabrulas ostanculas de la mentragora extrogena que partela estas discronias y petridas litervas tanidas de cardiosopos apartices de ti"
ResponderEliminarUn abrazo
Me encanta, me encanta mucho, la redaccion la profundidad... simplemente maravilloso...
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