martes, 24 de septiembre de 2013

El pelo que no sabía que era peluca

Esta es la historia de un pelo que no sabía que era peluca. Todas las mañanas se levantaba convencido de ser el más hermoso de los pelos, de la más hermosa cabellera. Radiante el sol que entraba por la ventaba, pretendía iluminar su folículo piloso, nutriendo de emociones toda su cutícula hasta llegar a la raíz. Era espléndido el brillo que podía tener. Con una sonrisa de oreja a oreja se dejaba consentir por las manos que lo recogían y recorrían cada centímetro de su ser. Era olido, revisado y cepillado minuciosamente cada mañana y cada noche, pero curiosamente el único pelo que se sentía diferente, entre los millones que lo acompañaban, era este.

Siempre tuvo miedo de lo que dijeran los demás, por eso se guardaba lo que sentía. De vez en mes se hacía el artista y dejaba escapar uno que otro comentario pero inmediatamente era masacrado por sus colegas. Vaya vida tan difícil la del que vive engañado. Vaya vida tan difícil la del que vive escondido. Todas las semanas recibía cariño extra. Cada jueves, siguiendo un ritual sagrado, era llevado a un tratamiento especial de limpieza y nutrición. Era un pelo real sin duda alguna, era un pelo de verdad.

Cierto día, mientras era cepillado, oyó hablar de un viaje. Era el viaje de su vida. Recorrería Suramérica en automóvil. Tardaron una semana en definir el itinerario  y el domingo en la noche tenían empacadas las maletas y subidas en la parte de atrás del carro. Partieron muy temprano en la mañana del lunes. Las maletas se tambaleaban y el techo del carro se había replegado para que la brisa y el sol lo acariciaran. No podía ser más fantástico el recorrido. Una que otra parada técnica para ir al baño, poner gasolina en el tanque y muchas paradas para tomar fotos. El pelo se lucía en cada captura, quería dar su mejor pose y su mejor ángulo. Era un viaje mágico.

Ya habían pasado Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Para cuando cruzaron la frontera con Argentina, un presentimiento lo hizo temblar de la raíz a la punta. Algo no andaba bien. La abundante cabellera que lo acompañaba ya no era tan abundante. El brillo que lo caracterizaba, había desaparecido. Debe ser la falta de cariño, debe ser que por cinco meses se habían olvidado de su tratamiento semanal de cariño y cuidados, los jueves en la noche. Debe ser que el descuido y el olvido lo estaban asesinando. Cómo hace un pelo para aferrarse a la vida, cómo hace para vivir lo que siempre estuvo inerte. Vivía lejos del sosiego, con un alma perturbada porque la brisa le dejaba ver como se arrancaban uno a uno sus oscuros homólogos.

Algo no andaba bien y ya era evidente. El recorrido, al menos para él, había terminado. Se consolaba pensando en todo lo que había vivido, aunque la tortura de lo que quería vivir le resultaba insoportable. Tal vez lo último que alcanzaría a ver sería el hielo impetuoso de la Patagonia, como  presagio de su frío final. Ya ni la Tierra de Fuego, donde estaba, podría abrigar el frío de la muerte que lo acorralaba. El último tramo atraviesa desde Santa Cruz hasta Buenos Aires y no se dio cuenta cómo llegó. Preso de la angustia y esclavo de un amargo desconsuelo sabe que al llegar a la capital en un salón de belleza dará el adiós final. Avenidas y calles que deberían estar llenas de vida y color parecen simplemente opacas y muertas.


Entran en un extraño recinto, la campanita suena al abrir y cerrar la puerta. Adiós Paraguay, adiós Brasil, su desierto y su carnaval, adiós al feliz regreso. Está tan distraído que no nota lo particular del lugar, no nota que hace mucho dejaron de notarlo. Pero con esa tranquilidad que sobreviene un momento antes de morir, abre los ojos para hacer fotografías mentales de todo. Justo ahí se percata que nunca había sido lo que siempre creyó. Que no está en un salón de belleza y que nunca lo necesitó. Que aquí todos parecen perfectos, que los pelos argentinos son divinos, más elegantes y estables. Abre los ojos y se percata que nunca tuvo claro que era un pelo más, en una peluca, de pelos cualquieras. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario