Esta es la historia de un pelo que no sabía que era
peluca. Todas las mañanas se levantaba convencido de ser el más hermoso de los
pelos, de la más hermosa cabellera. Radiante el sol que entraba por la ventaba,
pretendía iluminar su folículo piloso, nutriendo de emociones toda su cutícula
hasta llegar a la raíz. Era espléndido el brillo que podía tener. Con una
sonrisa de oreja a oreja se dejaba consentir por las manos que lo recogían y
recorrían cada centímetro de su ser. Era olido, revisado y cepillado
minuciosamente cada mañana y cada noche, pero curiosamente el único pelo que se
sentía diferente, entre los millones que lo acompañaban, era este.
Siempre tuvo miedo de lo que dijeran los demás, por
eso se guardaba lo que sentía. De vez en mes se hacía el artista y dejaba
escapar uno que otro comentario pero inmediatamente era masacrado por sus
colegas. Vaya vida tan difícil la del que vive engañado. Vaya vida tan difícil
la del que vive escondido. Todas las semanas recibía cariño extra. Cada jueves,
siguiendo un ritual sagrado, era llevado a un tratamiento especial de limpieza
y nutrición. Era un pelo real sin duda alguna, era un pelo de verdad.
Cierto día, mientras era cepillado, oyó hablar de
un viaje. Era el viaje de su vida. Recorrería Suramérica en automóvil. Tardaron
una semana en definir el itinerario y el
domingo en la noche tenían empacadas las maletas y subidas en la parte de atrás
del carro. Partieron muy temprano en la mañana del lunes. Las maletas se
tambaleaban y el techo del carro se había replegado para que la brisa y el sol
lo acariciaran. No podía ser más fantástico el recorrido. Una que otra parada
técnica para ir al baño, poner gasolina en el tanque y muchas paradas para
tomar fotos. El pelo se lucía en cada captura, quería dar su mejor pose y su
mejor ángulo. Era un viaje mágico.
Ya habían pasado Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.
Para cuando cruzaron la frontera con Argentina, un presentimiento lo hizo
temblar de la raíz a la punta. Algo no andaba bien. La abundante cabellera que
lo acompañaba ya no era tan abundante. El brillo que lo caracterizaba, había
desaparecido. Debe ser la falta de cariño, debe ser que por cinco meses se
habían olvidado de su tratamiento semanal de cariño y cuidados, los jueves en
la noche. Debe ser que el descuido y el olvido lo estaban asesinando. Cómo hace
un pelo para aferrarse a la vida, cómo hace para vivir lo que siempre estuvo
inerte. Vivía lejos del sosiego, con un alma perturbada porque la brisa le
dejaba ver como se arrancaban uno a uno sus oscuros homólogos.
Algo no andaba bien y ya era evidente. El
recorrido, al menos para él, había terminado. Se consolaba pensando en todo lo
que había vivido, aunque la tortura de lo que quería vivir le resultaba
insoportable. Tal vez lo último que alcanzaría a ver sería el hielo impetuoso
de la Patagonia, como presagio de su
frío final. Ya ni la Tierra de Fuego, donde estaba, podría abrigar el frío de
la muerte que lo acorralaba. El último tramo atraviesa desde Santa Cruz hasta
Buenos Aires y no se dio cuenta cómo llegó. Preso de la angustia y esclavo de
un amargo desconsuelo sabe que al llegar a la capital en un salón de belleza dará
el adiós final. Avenidas y calles que deberían estar llenas de vida y color
parecen simplemente opacas y muertas.
Entran en un extraño recinto, la campanita suena al
abrir y cerrar la puerta. Adiós Paraguay, adiós Brasil, su desierto y su
carnaval, adiós al feliz regreso. Está tan distraído que no nota lo particular
del lugar, no nota que hace mucho dejaron de notarlo. Pero con esa tranquilidad
que sobreviene un momento antes de morir, abre los ojos para hacer fotografías
mentales de todo. Justo ahí se percata que nunca había sido lo que siempre creyó.
Que no está en un salón de belleza y que nunca lo necesitó. Que aquí todos
parecen perfectos, que los pelos argentinos son divinos, más elegantes y
estables. Abre los ojos y se percata que nunca tuvo claro que era un pelo más,
en una peluca, de pelos cualquieras.
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