martes, 26 de noviembre de 2013

Usted no alimenta nada en mí.

Cargando los recuerdos con que le bendice, o maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta. Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró jamás de sus motivos.

Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín. No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso, necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de abrazos condensados en uno.

Por un segundo no hay llanto ni pena, solo silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz, imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez, el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.


Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó: Usted no alimenta nada en mí. 

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