La primera
vez que me dijeron: "tenemos que hablar" no tenía ni idea de lo que
me esperaba. Perfectamente podría ser alguna cosa efímera del montón de
cosas sin sentido que pasan en un día. Pero con el paso del tiempo, y un poco
con la experiencia que se va adquiriendo con los años, entendí que esas tres
palabras implican un conflicto. Sea como sea, esa es una frase cargada de
tensión y energía negativa. Inmediatamente colgué, me senté y me preparé para
lo peor. Sabía que nada bueno vendría después de eso. Por lo tanto, y
conociéndome como me conozco, sé que necesito un plan B., porque una vez que esté frente a ella me voy a hacer un ocho y voy a terminar por decir nada. Espero
no ponerme a llorar como una niña y mantener la compostura que la formalidad exige.
Espero ser tan firme como ella, tan estricta e indolente, porque aunque no estamos hablando todavía sé que así se va a mostrar. Preparo unas palabras en un trozo de papel, arrugado y usado como
mi corazón, y me resigno a la posibilidad de tener que leérselo. Este
es el plan de respaldo porque el primero me falló. Ese que tenía trazado desde el momento en que la vi, ese de
quererla con locura, de adorarla con todas mis fuerzas. Todavía no sé si
voy a necesitar sacar este papel, porque seguramente estaré tratando de encontrarle sentido a ese millón de razones que me va a dar. Mientras
llega la hora cero gasto mi tiempo pensando mil cosas. He tratado de conservar la cordura pero esa me la arrebataron sus ojos. He tratado de
conservar la esperanza pero esa también me la arrebataron, hoy al colgar el teléfono. Lamento que todo tenga que ser así, lamento
que no me haya dejado estar con ella, lamento tener que lamentarme en lugar de
disfrutarla.
Me conozco
tanto que sé que necesito esconder un as bajo mi manga para no dejarla ir sin que sepa lo que pienso. Y, seguramente, lo que pienso lo voy a escribir sin el temor de
esperar un reproche. Bueno, eso no es del todo cierto, no lo he
escuchado todavía pero tienen tanto poder los de ella que ya no quiero
ni escribir. Dicen que las cosas no se hacen si se teme, yo nunca tuve
miedo de lo que hice. Hay cosas que no se hacen si se está inseguro, yo siempre
estuve seguro de lo que hice. Pero tengo miedo, sí, de lo que siento. No por lo impuro o falso
que pudiera ser porque no lo es, sino por la velocidad con que voy sintiendo. No sé todavía si apareció en un momento complicado, pero le abrí de par en par las puertas de mi corazón, sin darme cuenta
que tal vez me equivocaba. Claro que si quiero hablar de equivocaciones
debo poner al principio de la lista no saber exactamente qué es lo que quiere,
para hacerlo. No sé qué razones me vaya a dar pero no quiero que se vaya. No quiero que deje de estar a mi lado. Me rehúso a creer que cuando más feliz estoy
quiera arrebatarme la sonrisa que ella misma se encargó de colocar. Es una especie de diosa imperfecta, una
deidad humanizada que por supuesto tengo claro está lejos de la perfección y tal vez es la persona más imperfecta del mundo, pero así la quiero. La quiero tanto que tiendo a confundirme. Por favor, nunca pensé tener que explicar que te adoro es muy poco
y te quiero es el camuflaje de algo más grande. Con su inocencia y su
ternura hizo borrosa la línea que separa el amor-decisión del amor-sentimiento, porque nunca decidí amarla, pero justo así lo
sentía.
Vaya enredo
en el que me he metido ¿Y si no es nada malo y por el contrario quiere
proponerme algo muy bueno? Qué tal que todo el terror que siento sea una mala
pasada de mi imaginación y ella realmente esté planeando una gran sorpresa para
mí. Sería un grave error desperdiciar mis horas sufriendo la tortura que
produce la incertidumbre del futuro. No sé cómo sentirme o qué pensar pero el
fatalismo siempre ha sido mi mejor aliado. Creo que este plan también empieza a
fallar, como falla casi todo en lo que pongo el corazón. Espero que todas
las razones que me dé pueda creerlas porque sería muy estúpido haber creído tener su
corazón por el simple hecho de que ella tenía el mío, porque en verdad lo tenía.
Tontamente me comprometí con ella, me comprometí con su familia, me comprometí conmigo a ser diferente con ella. Ya qué. Quería hacerla feliz, sin futuro y sin pasado. Quise hacerla feliz en el único segundo que tiene para vivir, pero durante todos los segundos que la vida me permitiera estar a su lado para vivir. Quisiera no ser tan realista y tener en el
bolsillo una cápsula de optimismo pero esas no existen, como no existe un “nosotros”.
Todavía no escojo las palabras precisas, pero supongo que no necesitaré muchas,
tal vez seis sean suficientes. Veintiocho podrían ser más específicas pero
veintinueve fatales. Por eso me decido por escribir seis, seis que me ahorran
el llanto, el drama, las explicaciones y la vergüenza. Desdoblo el papel, lo
aliso con toda la paciencia que no poseo y escribo lo que puedo decir para
hacer que se quede. No cuenta como que la dejé ir si ella se marcha. Seis palabras,
seis ideas, un abrazo, un beso, un adiós y cero esperanzas. Cuido que las
letras sean claras, cuido la ortografía y pongo el punto final de mi plan B: No
tienes nada qué decir, adiós.
interesante señor guerrrero... estaré leyendo las demás entradas a ver con que más me encuentro...
ResponderEliminarMuchísimas gracias. Bienvenido.
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