martes, 15 de octubre de 2013

Moriré solo, moriré sin mi media naranja.

Dicen las abuelas que es como un baldado de agua fría, como un corrientazo que recorre el cuerpo de la cabeza a los pies derechito por la espalda. Jamás había tenido en mi vida esta absurda sensación. Jamás me había sentido tan incompleto y desesperado. Miro la hora y me doy cuenta que el tiempo ha pasado, que no se detiene, que castiga sin piedad. Miro la hora, me miro al espejo y noto que no soy el mismo, que no debería ser el mismo, que ya es hora de hacer las cosas bien y al derecho. Disparejo he salido muchas veces, incompleto muchas otras. He desperdiciado mi vida combinando inútilmente compañías, para no sentirme desnudo. Para no sentir el frío de andar en mis propios zapatos. Siempre ocultando mis falencias, siempre disimulando los vacíos, siempre, y no nunca, mitigando la esperanza de tenerte.

Te busco en vano en los rincones de mi casa. Los pasillos se hacen túneles y los cuartos celdas. Las ventanas decoradas con floridos barrotes me recuerdan que no tengo escapatoria, que debo encontrarte, que debo sosegarme con tu compañía. Entonces recuerdo la última vez que te vi, la última vez que te tuve. Trato de pisar tus pisadas, de recorrer tus recorridos, pero infructuoso es mi esfuerzo y en vano guardo la esperanza de tenerte. Me doy cuenta que no hay mal más cierto que la incertidumbre de tenerte siempre a mi lado.

Cuánto ansío sentirte, cuánto anhelo que me envuelvas, que me abrigues, que te quedes. Tal vez deba luchar con el desorden de mi mundo, para no perderte más en él. Vas y vuelves como la lluvia, que a veces refresca y a veces inunda. Qué angustia insoportable saber que de todas eres una y ninguna de todas las que aparecen. Tal vez estoy ciego y he pasado por tu lado. Te busco en el ropero, en las gavetas y en la cesta con la ilusión de que tan solo estés jugando conmigo, un juego infantil de los que te gustan.

Pasmado por el cruel escenario voy perdiendo el corazón, voy perdiendo los motivos para seguir creyendo. Desconcertado y aturdido por la angustia pierdo la razón de a pocos y empiezo a tirar las puertas. Golpeo las paredes buscando aminorar el dolor de mi alma, que no es más que la eterna mácula, de la profunda herida que dejó tu tormentosa ausencia. Me empiezan a temblar los pies, solo Dios sabe el dolor y las lesiones que me va a causar que no estés. Angustioso reviso por última vez tu espacio, pero no estás. Qué te has hecho princesa adorada, dónde te metiste guardiana de mis senderos. 

Tu abandono acabó con la sonrisa que me quedaba, que a decir verdad, no era más que un dibujo en mi piel con lápiz para ojos porque desde hace mucho no tenía razones para sonreír. No es fácil vivir con ese fatal destino. Destino que es como una maldición en mi casa, todos estamos sentenciados a estar incompletos, estamos reservados a las malas uniones como si fuera el castigo divino del caos en el que vivimos. No es fácil vivir así, con ese peso encima. Me tocó, como casi siempre, con una de una y otra de otra. Ocultar con la máxima discreción que no me combinan las medias, que moriré solo, que moriré sin mi media naranja.

No hay comentarios:

Publicar un comentario