Dicen las abuelas que es como un baldado de agua
fría, como un corrientazo que recorre el cuerpo de la cabeza a los pies derechito
por la espalda. Jamás había tenido en mi vida esta absurda sensación. Jamás me
había sentido tan incompleto y desesperado. Miro la hora y me doy cuenta que el
tiempo ha pasado, que no se detiene, que castiga sin piedad. Miro la hora, me
miro al espejo y noto que no soy el mismo, que no debería ser el mismo, que ya
es hora de hacer las cosas bien y al derecho. Disparejo he salido muchas veces,
incompleto muchas otras. He desperdiciado mi vida combinando inútilmente compañías,
para no sentirme desnudo. Para no sentir el frío de andar en mis propios
zapatos. Siempre ocultando mis falencias, siempre disimulando los vacíos,
siempre, y no nunca, mitigando la esperanza de tenerte.
Te busco en vano en los rincones de mi casa. Los
pasillos se hacen túneles y los cuartos celdas. Las ventanas decoradas con
floridos barrotes me recuerdan que no tengo escapatoria, que debo encontrarte,
que debo sosegarme con tu compañía. Entonces recuerdo la última vez que te vi,
la última vez que te tuve. Trato de pisar tus pisadas, de recorrer tus
recorridos, pero infructuoso es mi esfuerzo y en vano guardo la esperanza de
tenerte. Me doy cuenta que no hay mal más cierto que la incertidumbre de
tenerte siempre a mi lado.
Cuánto ansío sentirte, cuánto anhelo que me envuelvas,
que me abrigues, que te quedes. Tal vez deba luchar con el desorden de mi
mundo, para no perderte más en él. Vas y vuelves como la lluvia, que a veces
refresca y a veces inunda. Qué angustia insoportable saber que de todas eres
una y ninguna de todas las que aparecen. Tal vez estoy ciego y he pasado por tu
lado. Te busco en el ropero, en las gavetas y en la cesta con la ilusión de que
tan solo estés jugando conmigo, un juego infantil de los que te gustan.
Pasmado por el cruel escenario voy perdiendo el
corazón, voy perdiendo los motivos para seguir creyendo. Desconcertado y
aturdido por la angustia pierdo la razón de a pocos y empiezo a tirar las
puertas. Golpeo las paredes buscando aminorar el dolor de mi alma, que no es más
que la eterna mácula, de la profunda herida que dejó tu tormentosa ausencia. Me
empiezan a temblar los pies, solo Dios sabe el dolor y las lesiones que me va a
causar que no estés. Angustioso reviso por última vez tu espacio, pero no estás. Qué te has hecho princesa adorada, dónde te metiste guardiana de mis senderos.
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