martes, 27 de septiembre de 2011

Ahí estaba...

Acariciando y desesperando a la vez, el rayo de luz que se filtra por mi oscura cortina, toca mi cara buscando despertarme. Como si se tratara de alguna especie de arma laser sacada de una película futurista de ficción, rápidamente me muevo y quedo escondido bajo el mejor escudo mañanero que existe, la almohada. Corre la brisa en sentido contrario haciendo separar la cortina de la ventana y esta vez es como un baldado de luz que entra a calentar mis pies. Me recojo cual placentero bebé y espero congelar el tiempo y no tener que despertar. Una vuelta más huyendo de mis pocas responsabilidades diarias y espero que suene el despertador. Entre sueños y fantasías matutinas caigo en la cuenta de la extraña combinación del día, mucho sol en mi cuarto y yo bajo las cobijas todavía.

Como soldado ante el llamado militar de su superior, de un brinco salgo de mi cama. Tal cual está la dejo hasta el final del día, siempre firme y fiel a mi consigna: “Para qué tenderla si en la noche la destiendo”. Corro al baño y la casa está en silencio. No necesito toalla por ahora porque mi único espía es mudo y con cuatro patas, no se va a burlar ni me voy a avergonzar con su sigilosa presencia que me sigue hasta al baño. La puerta no se cierra cuando se está solo, pero sí la ducha para no hacer reguero de agua. Cae el gran chorro pero a tientas cierro, el coso ese que hace que el agua salga como lluvia, y cual tormenta congelada siento que mi piel se quema, no sé si por la frialdad o por la presión con la que cae. No tengo tiempo de meditar la mancha roja que va quedando sobre mi piel mientras doy la vuelta para mojarme la espalda y retirarme el jabón. En un solo impulso me bañé. Salgo y la mirada de mi perro me acusa por tan corto baño. Me miro en el espejo y al detenerme en mis ojos noto que el canino tenía razón, pero me digo a mí mismo que caminando rápido no se nota. Bueno, si camino rápido sí se va a notar pero otra cosa, por eso tendré que usar doble desodorante. Salgo de mi diminuto baño pensando en por qué los de las películas son siempre tan grandes. Me seco la cara y en un descuido, por creer conocer muy bien mi casa, olvido la base del piano que sostiene mi puerta para que el viento no la cierre y tres alabanzas salen de mi boca casi al instante en que mi dedo pequeño del pie derecho roza cariñosamente el metal forrado en plástico antideslizante.

No han pasado cinco minutos desde el haz de luz en mi cara hasta el golpe en el dedo. Estoy convencido, que de tener compañía que registre el hecho, mi nombre estaría en el libro de los Guinness Records junto a Germán y su maratónica faena de aerobics. Recojo el jean del piso, le saco los interiores sucios y busco unos limpios en la gaveta del closet. Entra el pantalón y entra la primera camiseta que esté a la vista, con las arrugas del planchado permanente que le dejó el abultamiento junto a las demás. No necesito medias limpias porque no completan la semana todavía. Talcos a los zapatos para disimular el agradable aroma a limpio, que viene de usar las mismas medias por cinco días seguidos, cinco días que incluyen una jornada deportiva y tres chubascos en el centro. No hay correa pero no importa, porque me gusta que se escurran los pantalones hasta donde la tranca natural del cuerpo los detenga.

Ya estoy casi listo para salir. Recojo la billetera y las llaves del escritorio del computador con el que comparto cuarto. Me pregunto dónde dejé las gafas, porque sin gafas no puedo salir, y al instante recuerdo que las dejé en el lavamanos para recordar lavarme la boca, porque sí que le aprendí la lección al Dr. Muelitas. Regreso al cuarto una vez más con la intensión de poder recordar llevar todo lo que necesito, pero no es más que una excusa para mirarme una segunda vez en el espejo y confirmar que esté medio presentable. Me toco los bolsillos de adelante y siento que llevo todo. Toco los bolsillos de atrás, los que se ubican justo en la tranca de los pantalones, los apretó y de una recuerdo que no llevo el celular. Busco entre la sábana con la que me arropo y las dos almohadas que me acompañan, el tiesto que vibra y suena o suena y vibra pero no hace las dos cosas al tiempo. Veo como le queda solo un pedazo de carcasa y la tapa de la batería se le cae sola y pienso en cambiarlo.

Ya han pasado casi siete minutos y me siento más cerca de Germán en los registros del mencionado libro. Salgo por última vez de mi cuarto. De nuevo y de reojo me miro en el espejo y noto que me falta algo, algo imprescindible. Me desespero por medio segundo pero guardo la calma y trato de recordar dónde la dejé. Paso por la sala, entro a la cocina que está pegada a un minúsculo espacio al que llamamos patio de ropa pero no está. De nuevo salgo y miro en el sofá y sobre la mesa del comedor pero tampoco está. Empiezo a desesperarme porque no podría imaginarme salir sin ella a la calle. No sabría cómo afrontar el mundo sino la llevo conmigo. Entro al cuarto de mi hermana que parece un campo de guerra y miro sobre su armatoste de libros si por error la deje ahí, cosa que no creo porque no la conoce bien. La fiera me sigue los pasos con la esperanza de no quedar solo en el apartamento pero corto sus perrunas ilusiones, como pudiera si discernir lo que le digo, cuando le comento que me voy y se tiene que quedar juicioso sin hacer daños ni orinarse dentro. Salgo de ese cuarto y cruzo rápidamente al de mis papás a buscar bajo la cama de ellos, porque son los que mejor la conocen y tal vez la olvidé ahí al decir buenas noches. Miro su mesa de noche y la repisa del televisor pero no está. Mi desesperación aumenta y siento que voy a reventar en llanto. Me siento desprotegido. Me imagino cómo sería salir a la calle así y que todos pudieran conocerme. No logro concebirlo porque la angustia me aturde nuevamente. Me voy para mi cuarto haber si está, pero a la entrada en el gran espejo que la vigila me detengo porque vi su reflejo. Siento que el alma me volvió al cuerpo. Estaba ahí, donde siempre. Sonrío y pienso que se ha vuelto tan natural que casi ni yo mismo la puedo notar. La acomodo para que no se vea mi alma ni lo que pienso. Vuelvo a encontrar el equilibrio, tomo un aire de tranquilidad y con mi gigante careta salgo a seguir mi vida pareciendo ser feliz.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Hoy me encontré con la muerte...

Aún no sale el sol y la fastidiosa vibración de mi celular está avisando que tengo que soltarme de los placenteros brazos de Morfeo y prepararme para ocho horas más de un tiempo que todavía no sé si llegará. Horas que pasan lento, torturando mis sueños, masacrando mis fantasías y destruyendo mi vejiga. Pasan diez minutos más y vuelve a sonar el vergonzoso artefacto del que me quiero deshacer hace mucho tiempo. Pienso que no debería levantarme o que si lo hago debería lavarme la boca con un buen trago del Whisky barato que reposa sobre el estante de la cocina y para garantizar el despido completo mi cuidado oral con gárgaras de una bebida alcohólica típica de mi país, que tiene un desagradable sabor a menta y un alto grado de alcohol. Pero cuando estoy casi convencido de hacerlo se ilumina mi bombillo y pienso que “no todos los días es domingo”, que la prueba de alcoholemia no la hacen cada vez que llego.

Me siento a la orilla de mi cama queriendo maldecir, pero recuerdo que en lugar de eso es un milagro estar vivo y uno más grande, en este país de desempleados y políticos corruptos, tener que trabajar. Somnoliento me levanto y me quito la pijama aún con la luz apagada, tal vez para creer que es una pesadilla o para imaginarme con quince kilos menos. Pesada se extiende mi mano contra la pared buscando el click que me hará doler los ojos. Los cierro fuertemente y cuando los vuelvo a abrir sigo igual de gordo, sigo igual, ahí. Me envuelvo en la toalla que dejé arrumada, de la tan acostumbrada ducha de antes de dormir, que todavía guarda la humedad de la noche anterior pero que ahora lleva impregnado un desagradable aroma, no sé si a piso, a perro o a qué pero igual es la única que tengo a la mano. Entro al baño caminando lentamente como si tuviera que pedirle permiso un pie al otro para moverse. Me miro la cara en el espejo y procuro no hacer ruido para no despertar a mis compañeros de casa. Compañeros que por amor y consanguinidad entre sueños y saliva escurrida por su rostro me preguntan cómo amanecí.

Termino de arreglarme y vuelvo a pensar en el whisky cuando me lo encuentro de frente. Mejor, abro la nevera, saco un vaso de leche pensando en hacerla una mezcla heterogénea con cereal y fruta, pero miro la hora y caigo en la cuenta que solo me quedan diez minutos para llegar a donde no quisiera. Salgo con pesadez y mucho sueño a esperar una ruta de bus. Un bus cualquiera que me lleve lo más rápido posible a mi función vespertina. A veces me encuentro con un par de desconocidos que comparten mi uniforme y hasta mi cargo, pero no los saludo e intento buscar una silla en la cual esperar mi descenso triunfal. Llego a la última curva antes de bajarme y veo la cara de quien me hizo el favor de estar en este plan, rodeado de mucho rojo y un texto gigante recordando su nombre y como llevarlo a su triunfo electoral.
Ya el sol empieza a mirar este lado del planeta con más fuerza. Bajo unas escaleras que nunca he contado, pongo la hora de llegada, mi firma en un papel y mirando a mis jefes una sonrisa se me escapa hipócritamente junto con un oscuro, grave y enfermizo buenos días, como si tuvieran algo de buenos. Bajo más escaleras mirando los rostros demacrados de quienes han pasado la noche entera vigilando el vacío y la ausencia de los clientes. Entro a mi puesto de trabajo y siento en lo profundo de mi corazón que es el momento de abrir el telón. Una sonrisa como de reina de belleza se dibuja en mi rostro. Una sonrisa que no siento y que no quiero pero que según el protocolo debo mantener hasta el final de mi jornada, junto con el contacto visual a los usuarios y una buena actitud. Pasan cientos de personas frente a mí, están los de cara triste, cara larga, los que sonríen como yo sin querer para ocultar su amargura y los que simplemente la dejan salir y me tratan mal. Me debato siempre en cuál de las dos puertas que tengo a lado y lado merece más mi atención. Al final a ninguna de las dos le doy tanta y solo hago lo que me toca. Pasan cientos de personas más en la siguiente hora, como han pasado cientos de segundos. Quiero proponer un millón de cosas que agilicen las labores, pero no me pagan por pensar. Lo hacen por trazar arabescos sobre unos papeles que se deslizan sobre un frío mesón verde lleno de rastros de café y estornudos. 

Cuando llega la mitad de la jornada y el sol parece marcar un ángulo recto, la soledad se apodera de nuevo del lugar como a media noche y los aromas de comida repagada me despiertan el apetito. Aunque no solo el apetito, también la nostalgia de pensar en un almuerzo frío que me espera porque no se puede probar bocado alguno hasta que esté en la casa. Me invade la tristeza de estar en el mausoleo de mis melodías. Es una tumba gigante de armonías que solo me recuerdan lo insignificante que soy en un mundo al que pareciera no le importo. Me estiro para ver la hora en un reloj digital exactamente igual al que veo cuando me levanto pegado a la pared de mi cuarto y que se hace eterna compañía con un monitor que registra cada uno de mis movimientos y que contradice la hermosa sonrisa del jefe de personal que me juraba que no iba a tener el jefe encima.

Espero ansiosamente pronunciar por radio un código que parece sacado de una canción de Alejo Durán y que como a él, me lleva a la gloria. Bueno a mi vejiga. Tengo diez minutos para relajar mis esfínteres, revisar un par de mensajes de texto que me roban una sonrisa y para hacer una llamada que quisiera fuera eterna. Regreso más rápido de lo que quisiera a seguir mirando un horizonte lleno de comida empaquetada y empanadas frías, casi agrias. Regreso y me siento cual Pedro Picapiedra a esperar la hora de la salida. Reviso la intranet, por puro protocolo. Me siento a contar los segundos restantes, segundos que ahora parecen correr más lento. Tan lento que se detienen imaginariamente. Tan lento que puedo entender que hago lo mismo de la misma manera por los últimos días, días que aquí entre nos parecen años. Pasan tan lento que me invade un frío casi mortal. Ese frío que se siente cuando ves a la muerte a los ojos. El frío que solo la infame muerte de la monotonía y la desdicha te hace sentir…

jueves, 15 de septiembre de 2011

Para enseñarme

Jamás había estado tan callado frente a alguien. Jamás, hasta mis pensamientos, se habían silenciado frente a alguien. Tal vez porque jamás, había estado frente un alguien como ese alguien. Quería preguntar tanto, quería saber tanto, quería imaginarme tanto acerca de ella que mis pensamientos y mis palabras, cual trancón de mediodía, permanecían inmóviles y si en algo parecían moverse, era para caer en la cuenta del atasco en el que estaba metido. No supe exactamente cuánto tiempo pasé frente a ella. Ni siquiera recuerdo detalladamente el tono de su voz o tan siquiera el color de sus dientes. Desearía poder hacerlo, pero, no puedo. Quisiera preguntar, pero, no puedo. Bendito sea el tiempo que pasa y castiga sin clemencia, que pasa y no vuelve a pasar. Que avanza y jamás retrocede, ni siquiera para enmendar un error, para decir lo que no se dijo o para callar unas cuantas estupideces que se escapan de la necedad que nos envuelve. 

Cuando estoy conmigo mismo y la fluidez de mi imaginación ya no se ve ralentizada por su presencia, solo puedo recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su rostro entero. Era un rostro tan perfecto, tan expresivo, tan marcado y tan anciano. La profundidad de su expresión era semejante a la profundidad de las líneas que la definían. Era tan hermosa y tan llena de experiencia que me recordó qué corta e ingenua es mi existencia. Pensé, por la cara que hacía su pequeña nieta, que tenía un millón de historias para contar. Un millón de historias que a sus más cercanos le causa comezón pero que a mí me hubiese encantado escuchar.

Cada una de las líneas era como un camino vivido. Algunas parecían labradas por el llanto, otras en su frente por la angustia y un resto más, por todas sus mejillas, de tanto sonreír. No parecía tener muchos años encima, porque tal vez los llevaba detrás. No le estorbaban, no la incomodaban, seguramente le daban un gran empujón para sentirse viva, para sentirse bella. Parecía que, aunque no tenía ni idea cómo moverse donde estaba, tenía muy claro para dónde iba. Parecía que era la vida misma caminando por ahí, o tal vez la conciencia de alguien que se había escapado para enseñarme algo. Para enseñarme a sonreír.

viernes, 26 de agosto de 2011

Cosas que no son...

Todavía no sé que es más fácil - dijo Alejandro mientras lavaba su navaja de afeitar - si lograr que me entiendas  o entenderme a mí mismo. Todavía no sé que es más difícil, si alejarme o sufrir a tu lado, respondió desde la oscuridad una delicada voz que parecía sollozar ante las frías palabras. Con su mirada perdida en el espejo del baño Alejandro intentaba recordar por qué estaba tan confundido y tan adolorido. El vapor del agua empañaba el espejo y ya se hacía tarde para que saliera a su rutinaria vida. El mismo autobús que cubre la misma ruta, que avanza por las mismas frías calles y que lleva al mismo lúgubre parque donde Alejandro desperdicia los últimos años de vida.

No era una mañana normal, de un día normal. La soledad con la que Filomena convivió ese día no se podía comparar a la de los últimos treinta y cinco años. Toma la escoba como de costumbre y recorriendo la casa con su particular movimiento trata de escribir, con la mugre del suelo, el triste lamento que en su corazón suena y que solo con los gemidos de su llanto había podido expresar.

No era un mediodía normal, de un día normal. El almuerzo que Alejandro acostumbraba a saborear en la esquina del lúgubre parque, justo cuando las manecillas del reloj parecían bostezar de hambre, tenía el sabor más amargo que jamás alguien haya probado. El sabor de la fatalidad con la que Alejandro sobre una servilleta de papel, representaba con sus extraños signos, a los que llamaba letras, las palabras de lo que sería la última carta que Filomena leería.

Solo motas, el gato, había visto a Filomena lamentarse tantas veces por la absurda decisión que tomó de dejar regresar a Alejandro a su lado. –Es que no puedo vivir sin él – le decía al gato pretendiendo tener con quien hablar. Pretendiendo como pretendió tantas cosas que solo ella imaginaba. Ella y su corazón que era como el último grafema que quedaba en el idioma de amor que había inventado.

No era una tarde normal, de un día normal. No era nada normal. No era normal el papel, ni el lápiz, ni el grafito que quedaba esparcido sobre la anormal textura del trozo. No eran normales las lágrimas con las que parecía estar escribiendo Filomena. Motas ronroneando se acerca a sus piernas como suelen hacer los gatos en busca de caricias. Lo levanta sobre la mesa y como si pudiese entender le lee lo que ha quedado plasmado en lo que para ella es casi un monumento de libertad, erguido entre dolor y llanto y escrito con su puño y su letra.

No era una noche normal, de un día que ya no era normal. Alejandro, tal vez cansado o indeciso por lo que planeaba hacer de nuevo, no tomó el autobús de costumbre sino que caminó las doce cuadras y cruzó las tres avenidas que separaban su calurosa casa del lúgubre parque. Caminaba tal vez para retractarse. Caminaba tal vez para despejarse. Pero con las luces de las calles y las sombras en la carretera intentaba graficar imaginariamente lo que los últimos días había calculado con la destreza que solo la ingeniería ejercida por tantos años le permitiría. Un suspiro más, una cuadra más y estaría en su casa para empacar lo que no hacía mucho había desempacado de su vieja maleta de cuero. Tembloroso, un poco, saca las llaves del bolsillo. Se despeja la garganta para saludar. Abre la puerta. Pero ya no era un día normal, Filomena se había ido.