Por última vez el acero afilado atraviesa mi piel. La misma piel que muchas veces acarició ella pero que hoy, si intentara hacerlo de nuevo, sería inútil. No porque no quiera, de hecho es lo que más anhelo en este momento, sino por lo insensible de mi ser, por la frialdad con la que respiro, por la lentitud de mis latidos y por el poco brillo que queda en mis ojos que me impediría sentir su calor. Trato de moverme para luchar contra mi fatal destino pero la sangre a mi alrededor, que podría decirse todavía palpita al ritmo de mi corazón, me espanta más que pensar en la muerte misma y me quedo inmóvil. Veo entre mis lágrimas y los vidrios de los lentes rotos por la caída, una sombra correr, con el cinismo que caracteriza al asesino. No sé quién es ni qué buscaba, pero me arrebató los sueños y la poca dignidad que me quedaba después de hacer lo más valiente que jamás había hecho, o tal vez, lo más estúpido.
Son siete los pecados capitales y yo un practicante empedernido de cada uno de ellos. Uno al que parece que la ley divina se los cobra con cálculo y cuidado, con sangre y acero. No sé cuántas veces ese pedazo de cuchillo habrá perforado a las personas, pero ya perdí la cuenta en la anterior, de cuántas veces a entrado en el mío. De cara doy contra el piso porque no puedo mover las manos para detener el golpe. Siento como mi tabique se quiebra al unísono con los lentes que no he cambiado hace más de cinco años. Esos lentes que me permitieron verla la primera vez y redescubrirla en la segunda, cuando apareció a enredar todo lo que soy. Aunque tal vez en este punto ya no soy más yo, solo el doloroso recuerdo que quedará en sus corazones, o bueno, tal vez solo en uno porque el otro lo destruí antes de salir.
Todavía no acababa de entender qué sucedía y por quinta vez un frío letal recorría mi cuerpo de pies a cabeza. A diferencia de las anteriores, en esta sentí tan claro cómo entro por mi espalda, giró un poco a la derecha y salió. Me sentía hace unos segundos el hombre más valiente de la tierra. Por fin había decidido qué camino tomar. Por fin y después de algunos meses había cortado el cable azul y no el rojo, la bomba iba a explotar pero cuando yo no estuviera porque mi ausencia iba a ser el remoto que la activaría. Todas las sonrisas, las miradas, las caricias y los sueños compartidos se convertirían en polvo rosa después del gran boom que les pondría fin.
Apenas me reponía de un tercer impacto, cuando uno nuevo hacía doler mi brazo derecho como para querer arrancarlo. Que frialdad sentí sin ver su rostro. Y es que no necesitaba verlo para saber que quien ataca por la espalda ni orgullo tiene. Logro moverme tratando de evitar mi castigo pero no puedo, es más fuerte que yo. Es más fuerte que yo porque sangraba mi estómago, mi pierna izquierda, mi pecho y ahora el brazo. Es más fuerte que yo porque un miserable así no tiene corazón. No tiene un corazón como el mío que iba a medias, porque de alguna manera una parte la había dejado tres casas atrás. En ese momento empecé a lamentar y a recordar que cuatro veces me insistió que no me fuera. Cuatro fueron en total. Cuatro sumaron con la de la puerta. Tres con las escaleras. Dos en el cuarto. Una en la sala cuando le dije que no podía seguir. Tengo un segundo para pensar como si no importara lo que pasa a mi alrededor. Y creo que la frialdad que siento ahora, es la que sale de mi corazón junto con mi sangre y que estuvo retenida y sostenida en mi mirada mientras expulsaba las fatales palabras. La vida con nada se queda y todo lo cobra. El tiempo nada perdona y cómo lamento no poder echar atrás el tiempo.
Con una mano en el estomago y arrastrando una pierna trato de correr, pero un asqueroso brazo me toma por el cuello mientras siento el otro atravesar sin la más mínima duda y con un pedazo de puñal mi pecho. Buscaba el corazón. Sabía lo que quería pero por cosas del destino, que quería algo lento y doloroso para mí, falló torpemente. No sale de mi cabeza que como una daga fueron mis inclementes palabras para ella. Pero yo tenía el valor que daba un nuevo amor y que juraba me iba a sostener. Un amor clandestino. Un amor prohibido. Algo emocionante y con sabor a revivido. Lo estaba dejando todo por ella. Por quién acabo de notar le grita a mi perpetrador para que no se pase conmigo que era solo para asustarme. Lamento ser un tipo de sorpresas, quizás lamento más, que ella sea una impaciente. Quería con emoción llamar a su puerta y decirle que todo el malentendido estaba resuelto, que ahora podía hacer lo que tantas veces me había reprochado que no podía. Maldita suerte la mía que por querer dar una sorpresa el sorprendido fui yo.
Algo me dice que todo va mal, que no me quieren robar. No escuche que me exigieran entregar algo de lo que llevaba, que la verdad no era más que basura de mí mismo. El ardor en la parte de atrás de mi pierna me impedía correr. Espantado grité por ayuda una vez más pero la gente mira como si fuera un espectáculo taurino. Mi estomago duele pero más mi pierna que arde como si me quemara con ácido. Quiero llorar porque me están quitando la emoción de salir al encuentro de mi nueva amada. Quiero gritar porque por fin saqué fuerzas de donde no las tenía para al menos hacer lo correcto y dejar la hipocresía. Pero no puedo ni lo uno ni lo otro porque mi pierna sangra por montones. No sé si hacer presión en ella, en mi estómago o en el desgraciado que no da cara y solo juega conmigo como cocinero con un pavo navideño. Quiero regresar, pero no soy bienvenido. Creo que empiezo a entender el precio de los actos y que el karma existe. Pero me tranquiliza la estúpida idea que después de la tormenta viene la calma y mi calma serían sus brazos. Estúpida ilusión que se derrumbaría con la sorpresa que me llevaría más adelante.
Salgo envalentonado de la casa que me juré no volvería a pisar con la adrenalina del momento. Salgo extasiado de pensar en poder hacer realidad mi idilio con quién por orgullo siempre dijo ser la otra pero que yo creía no era la otra sino la única. Todavía recordaba con un poco de tristeza las lágrimas de los ojos de quien indolentemente abandonaba, pero debía hacerlo, debía parar el juego. Recorrí toda la casa, tal vez para purgar mi conciencia y asegurarme que en cada lugar donde había dicho que la amaba le estaba reprochando que estaba engañado y que no era más que costumbre. Busco la puerta antes del drama final. Salgo sin cerrar y con prisa en mi andar. Ella grita algo que prefiero no recordar y tira la puerta. Apresuro mi paso porque quiero salir a dar una gran sorpresa, pero sorpresa es la que me llevo yo cuando por detrás una mano rasga mi estómago con algo. Grito desesperado en busca de ayuda pero nadie responde. Se me va el aire y no entiendo qué es lo que sucede. Intento correr en medio de mi desconcierto, pero algo atraviesa mi pierna. Un brazo me agarra por el cuello, el otro como quien busca el corazón atraviesa mi pecho con un puñal de acero. Forcejeo un poco pero en el mismo movimiento rompe mi brazo con el cuchillo dejándome sin fuerza para defenderme. El peor escalofrío que haya sentido jamás recorre mi cuerpo cuando de nuevo, por mi espalda esta vez, el helado metal que ya empieza a tibiarse con mi sangre rompe lenta fulminantemente. Todo se congela. Parece que ya no siento y que ya no vivo. Parece que no soy sino que empiezo a formar parte de los que eran. Todo es confuso y muy doloroso. Ya no estoy seguro de por dónde entra pero dos veces más el acero perfora mi cuerpo. Caigo de cara contra el piso mientras siento como se rompe mi cara, o mis gafas, o las dos. Entre lagrimas y vidrios quebrados veo que sale corriendo un asqueroso ser.
Me pesa el pecho para respirar. Me tiemblan las manos. Rompo en llanto como quien se encuentra cara a cara con la muerte y no quiere ser llevado. La cálida sangre me empieza a arrullar y el sentimiento de culpa a atormentar. Pero ya no hay más que hacer. Ya no hay más que decir y si pudiera decir, no tendría palabras para hacerlo. Todo se pone negro y no paro de recordar casi segundo a segundo cada momento vivido. Todo termina de oscurecerse y entre tinieblas retumban las últimas palabras de quién ahora estoy seguro es el amor de mi vida: Ojalá no te quedes sin el pan y sin el queso.