lunes, 3 de febrero de 2014

Ella debería volver

Disfrazando lagrimas con sonrisas trato de endulzar la amargura que ha dejado tu partida. Estático, casi inerte, más bien agónico, transformo mis sollozos en gemidos para tratar de aliviar la pena que traigo amarrada al pecho, pero es demasiado inútil porque aunque he intentado varias veces arrancar mi corazón, no sería la solución aunque lo lograra. No hay nada más tormentoso que intentar caminar, que tratar de seguir. Simplemente no puedo fingir que nada pasó y pretender olvidar todo lo que vivimos. Esas actuaciones tan pobres y viles sólo les quedan bien a los payasos. Y yo, aunque hice de todo para hacerte sonreír, jamás quise ser tu payaso. Jamás quise ser un estorbo. Jamás quise ser un recuerdo. Es entonces cuando llego a la misma pregunta, constante, cíclica, conflictiva en sí misma. Mordaz, asesina y venenosa la repito como placebo inútil a mi dolor. Es que me lo he preguntado tanto que ya me parece estúpido. Quisiera verte por un segundo y preguntarte si alguna vez has pensado en volver.

Podrían por favor dejar de repetirme una y otra, y otra, y otra vez que nadie se muere de amor. En serio se los agradecería desde el fondo del alma, porque aunque a veces mi propia estupidez me sorprende, no alcanza como para no entenderlo. Lo dicen las canciones, los libros, las paredes, lo dice todo el mundo y lo entiendo. Pero no se trata de entender, es que no se siente así. Porque todavía siento la tibieza de su mejilla junto a la mía, el frío de sus manos acariciando mi piel, el corazón acelerado en su pecho. Es que todavía la siento mía y esa tal vez la peor tragedia de mis días. Sigue siendo el ángel que me acompaña a todos lados, aunque en realidad no esté. Sé lo patético que suena pero el alma a veces es terca y el corazón muy obstinado, porque a pesar que me esfuerzo por olvidarla, solo termino recordándola más. Ya basta de sermones por favor que sé que no me voy a morir, porque eso sería demasiado fácil y parece que mi destino es feliz burlándose de mí y restregando sal en mi herida.

Tengo mil razones para odiarla, incluyendo el maldito anillo y el idiota que se lo puso en la mano. Tengo mil razones para sacarla y jamás volver a pensar en ella, pero tal vez, veintidós son suficientes para que sea imposible. Veintidós golpes que se repiten cada veintidós y que hacen insoportable el dolor. Dolor con el que me he visto obligado a vivir. Vivir que es casi imposible como imposible es hacer que regrese. Me he refugiado en lo prohibido, en lo extraño, en lo absurdo, en lo ilegal, hasta en lo infinito; con lágrimas del alma y mirando al cielo he clamado misericordia, un segundo de paz, un segundo de alivio pero algo debo haber hecho para que ni la misericordia misma se apiade de mí. He tratado de quererla menos, en serio que lo he hecho, he tratado de seguir, pero no comprendo cómo hay gente que lo logra. Jamás podría sentarme a verla pasar con otro de la mano y simplemente no hacer nada, o sencillamente sonreír, no sé cómo se cierran los cuentos porque claramente no soy escritor.


No sé cuánto tiempo deba pasar, no sé siquiera si existe esa medida. No sé para qué me desgasto en escribirle si ni le importa. Por eso ya no trato de moverme, ya no trato de seguir, solo observo cómo pasan los días frente a mí y como malgasto mis horas en ella. Duele como nada ha dolido antes. Duele adentro en lo profundo de mi ser, donde todo eran mariposas y ternuras. Ahí donde sus besos hacían un vacío. Duele por mí y duele por ella, porque siempre llevaré la duda por dentro y juzgaré sus motivos. Duele porque siempre creeré que todo es la fachada que usa para taparme, para ocultar su realidad, para esconder que me ama.  Ella debería volver, se ahorraría tanto maquillaje y tal vez me ahorraría tanto dolor. Ella debería volver porque tengo preparadas mil cosas para ella. Ella debería volver para que pueda entender por qué se fue. Ella debería volver para tener la satisfacción de ser yo quien se marche esta vez.

lunes, 27 de enero de 2014

Entre viajes

Aún recuerdo su primer viaje. No sé exactamente por qué viaja tanto pero supongo que la presión de sus parientes acaba por convencerla. Aún recuerdo su primer viaje porque todo comenzó ahí. Un viaje a tierra caliente, como si el calor generalizado del calentamiento global hiciera que muchos suplicaran vacaciones para ir a buscar más calor. Se fue sin que lo supiera y no tenía razones para saberlo. Perfectamente pudo ser un lunes o un viernes y me hubiese dado exactamente igual porque no fue su partida lo que alteró el curso de los hechos sino su estadía. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero siempre he sido demasiado despistado para eso. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira. Ella tampoco tenía pensada la dulce tragedia que rompió los paradigmas de los protocolos y derribó las fortalezas de las imposibilidades.

No es de esas personas que pierden los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la compostura de la pulcritud que la formalidad exige. Así que no podemos echarle la culpa al alcohol o al típico ambiente festivo de los que habitan a ese nivel del mar. Por otra parte, la pereza sí que es un problema, o el aburrimiento lo es casi igual de peligroso. No sé si no tenía nada qué hacer, pero bendito sea el ocio que la puso a hablar conmigo. Un “Hola” fue el comienzo de una limitada cadena de emociones echas mensaje. Un “cómo estás” el principio de un interrogatorio romántico que terminó por estrechar lazos de intimidad. No es de esas personas que pierdan los estribos de sus sentimientos, pero algo debo tener yo que hice que se olvidara de que los límites existen. Envalentonado de leer su desmedida dulzura y su vasto interés, excavé en su mente con preguntas y coquetos mensajes. Por un momento pensé que quería convertirme en su todo, quería ser su “buenos días” y su “hasta mañana”. Quería ser el que movía el segundero del reloj de sus días, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su regreso. No sé exactamente por qué regresó a buscarme pero supongo que la presión de su deseo acabo por convencerla. Aún recuerdo su regreso porque todo se concretó ahí. Se concretó y se selló con la dulzura de sus labios, que como si estuviesen obligados por la vida a estar pegaditos a los míos, se posaron naturalmente sobre ellos. Regresó justamente cuando lo sabía porque no dejamos de hablar un solo instante. Conocía los pormenores de la partida, el recorrido y la llegada. Sabía cuánto tardó desempacando y cuánto en saludar, despedirse y salir corriendo a mi encuentro. No sé si sabía lo que vendría después, si sabía que todo se iba a poner patas arriba, si sospechaba que iba a ser más grande de lo que ella misma creía; pero yo no, soy muy despistado para eso. Dicen que las mujeres controlan más cómo demuestran sus sentimientos que los hombres, pero parece que es mentira. Ellas sienten más que nosotros, eso está claro, pero también son más estratégicas. Y ella, perfectamente podría ser la mayor estratega jamás conocida por la humanidad, pero no conmigo. Conmigo no lo era, porque simplemente no sabía qué la sacudía tan desesperadamente a buscarme, no sabía qué movía sus ansias de mí.

No es de esas personas que pierdan los estribos con el amor. Más bien siempre guarda la distancia que la pulcritud del pudor exige. Así que no podemos echarle la culpa al libertinaje que se apoderó de ella o a una lujuria filtrada en un momento de locura. Por otra parte sentir tantas cosas por alguien sí que es un problema, o sentirse enamorado que es mucho más peligroso. No sé si estaba enamorada, pero benditos los sentimientos que la pusieron ahí conmigo. De un café pasamos al sofá, de un botón a todo lo demás y no le pusimos reglas al reloj. No es de esas personas que cedan el control de las cosas, pero algo debo tener yo que hice que olvidara su necesidad de poder y mandato. Envalentonado por verla sin temores o prevenciones entre mis brazos exploré su cuerpo poro a poro y cabello a cabello. Por un momento sentí convertirme en su todo, fui su suspiro, su palpitar acelerado, su aliento perdido y su éxtasis. Fui el impulso del segundero en ese momento de su día, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su siguiente partida. No sé exactamente por qué se volvió a ir pero supongo que la presión de sus parientes acabó por convencerla. Aún recuerdo su siguiente partida porque todo se puso extraño en ese momento. Un viaje de nuevo a tierra caliente, como si el calor de nuestro amor la hubiese aburrido y la hiciera suplicar vacaciones para ir a buscar otro calor. Se fue y aunque sabía que lo tenía que hacer, no tenía ganas de que fuera así. Perfectamente podía quedarse, congelar esos mágicos momentos y no dejar que nada cambiara con su partida. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero aunque siempre he sido demasiado despistado para eso esta vez tenía un temblor en el pecho que me advertía. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira, porque esta vez era yo quien presentía la tragedia. Esta vez tampoco tenía pensada la amarga tragedia que rompió los enlaces que al amor había creado.

No es de esas personas que recuperen los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la frialdad que las buenas costumbres y la determinación obligan. Así que no podemos echarle la culpa al clima. Por otra parte, el desinterés sí que es un problema, o el fastidio que es casi igual de peligroso. No sé si ya no tenía nada qué hacer conmigo, si ya había hecho todo lo que quería y no me había dado por enterado, pero maldita sea la distancia que la puso a ignorarme. Ni un “Hola” que diera comienzo a una limitada cadena de emociones echas mensaje. Ni un “cómo estás” como principio de una mínima oportunidad comunicarnos. No es de esas personas que recuperen los estribos de su cordura sin razón, pero algo debí hacer yo, que terminó por olvidar el cariño que me había jurado. Decepcionado de leer de su silencio, esa desmedida indiferencia y ese vasto desinterés terminé lleno de preguntas y sin ningún mensaje. Por un momento supe que ya no era su todo, más bien era su nada. Como un Deja Vu mal repetido, volví a vivir los frutos de sus viajes. Fue entonces cuando entendí que nuestro amor fue entre viajes y que como todos los viajes, terminó cuando menos lo quería.


Aún recuerdo su segundo regreso… No es cierto, nunca regresó.

lunes, 20 de enero de 2014

Decisiones, confusiones

Nadie nunca me entenderá como ella lo hace. Descifra con tanta facilidad mi complejidad que parece leer mi mente. Una extensión de mi maraña emocional que, perfecta, se levanta y me hace sucumbir antes los encantos de verme reflejado en cada una de sus indirectas. Tan natural adorarnos que nunca necesitamos decirlo. Bastaba una mirada para acabar perdidos en un mar de nervios, esos que se sienten en el vientre y que roban el aire. Mi respiración se contaba en cuántas veces suspiraba por ella. Mi pulso lo marcaba la arritmia que me causaba verle. Para qué decirnos las cosas de frente si nos entendíamos tan bien, para qué traducir el lenguaje de la piel si todo estaba claro. Por eso decidimos jugar en la intimidad de un secreto. De nuestro secreto. Prohibido incluso para nosotros mismos. Por eso no era extraño que me vieran sonriendo por la calle cuando escuchaba alguna canción. Todo se transformaba en ella. El aire traía su olor y me hacía necesitarla, como cuando llega el aroma del pan recién horneado por las tardes. Todo era perfecto y decidimos que así se mantendría.

Pero de decisiones vivimos y son ellas mismas las que con implacable justicia nos condenan en círculos viciosos, productos de nuestra necedad, a padecer con el alma. Un alma que sufre víctima de nuestra propia estupidez y presa entre los barrotes de la resignación, clama a gritos la misericordia de un beso. Así decidimos vivir. Intocables, inalcanzables, paralelos. El vacío que separa nuestros caminos se unía milagrosamente con el error fatal de coincidir en tiempo y espacio, deseándonos desde la mísera distancia de unos pasos, la infame lejanía de unos cuerpos. Decidí que jamás le diría lo que sentía, para qué usar palabras y mundanizar esa divina conexión que todo lo conoce. Pero tal vez ese fue mi error, darle demasiado crédito a la piel, a su lenguaje, olvidándome, que aunque las miradas hablan, nada supera la certeza de un te amo al oído, de un me gustas agarrados de la mano. Me dejé confundir por la maldita inseguridad que me hizo creer, que si abría la boca para decirlo, la magia de nuestro encanto se rompía y nos convertiríamos en dos mortales más, que sólo desean la mortalidad de sus cuerpos y no la infinitud de sus almas.

Cansado de solo tocarla en mis sueños, intenté escribir con las estrellas mensajes que solo ella entendiera, para que de vez en cuando tuviera la ocurrencia de mirar el cielo y dejara escapar una sonrisa. Enmudecida, y siempre tomada de la mano de alguien más, estoy seguro que los notó un par de veces, los ignoró otras tantas, pero no me cabe la menor duda que siempre los entendió. Y decidí que no necesitaba más que eso, que me bastaba un baño de júbilo ocasional cuando soñaba con esa sonrisa que producían mis mensajes. Pero no hay esfuerzo más infructuoso que el que se hace con la mitad de la fuerza. Por qué no dejaba todo y salía corriendo a abrazarla, a besarla, a decirle, a adorarla. Porque es difícil decidir cuando las señales se tornan confusas y das por entendido un mensaje que nunca llegó al destinatario. Porque la mayor cobardía de un hombre es no tomar la decisión de mirar a los ojos al amor de su vida, agarrarla fuerte de las manos y abrir la boca para confesar los misterios de amor que esconde en las profundidades de su alma. No lo haces cuando tu aliado se confunde y se vuelve en tu contra, se vuelve y te confunde.

Por eso hoy, reúno toda la fuerza que no tengo y saco el impulso de donde no hay para decirlo todo. No más silencio, no más distancia, debe enterarse. Claro está que no puedo aparecer de la nada, con extrema sutileza y precisión quirúrgica, debo dejar un rastro de señales que la lleven a mí, que la lleven a acercarse dejando todo de lado porque yo ya lo hice. Optimista, fascinado con mi determinación y creyendo que esta vez mi plan es infalible, dejo un surco de migajas de letras que llamen su atención y la traigan a mis brazos. Hoy es el día, la hora de mi felicidad ha llegado. Ha notado, como lo tenía previsto, mi mensaje. Mi corazón arrítmico, como cada vez que hablo con ella, me avisa que el momento es ahora, que por fin existirá un tú y yo, que ya nada estorbará nuestros destinos que por fin se tocan en la inmensidad de lo extraordinario haciéndose realidad. Responde amablemente al código que minuciosamente diseñé y que sabía que sólo ella entendería y con el tono más dulce que jamás le haya podido escuchar me dice: Dile a tu miedo que ya no quieres estar más con él, que quieres estar conmigo, que quieres ser feliz a mi lado.

Sus palabras retumban en lo profundo de mi cabeza y las piernas me empiezan a temblar. Es justo como lo había soñado, justo como lo había deseado, justo como anhelé por mucho tiempo que fuera. Sonrío amablemente para disimular que me estoy muriendo, que no siento el piso y parece que estoy levanto con el encantamiento que lanza sobre mí con esas palabras. Me tomo un tiempo para responder y con la esperanza de no precipitarme y arruinar el momento quiero jugar con su mente y hacer que me entienda como siempre lo había hecho. Escojo muy bien mis palabras y digo: desde hace un tiempo no necesito hablar con mi miedo para decirle con quién quiero estar. Su rostro se transforma y, tal vez de dolor o de desconcierto, se echa a correr y se pierde entre la muchedumbre. Trato de seguirla pero es imposible, estoy perdido y ella también. Dibujo un “buenas noches” con nubes y estrellas y es lo último que digo esa noche. Trato de dormir para no pensar y en un santiamén el sol ilumina mi ventana. Salgo a la calle a buscarla para preguntarle qué entendió, por qué corrió, en qué momento no me entendió y se confundió. Pero víctima de mi propia torpeza la veo pasar de brazo con otra decisión que no soy yo. Con otro que dibuja una sonrisa postiza en su rostro.

lunes, 13 de enero de 2014

El pariente pobre de la familia.

Estrenando el último iPhone del mercado, levanta una copa llena de gaseosa porque aún es muy joven para beber y brinda diciendo: “la navidad se trata de estar en familia, no importa que no hayan regalos, no importa que no haya dinero para celulares y cosas que se quieran. La navidad es para compartir abrazos y cariño con la gente que uno realmente valora. Salud”. Inmediatamente después, se pierde en los mensajes que envía y recibe ignorando cualquier cosa, o persona, a su alrededor. Acariciando las llaves de su nuevo automóvil deportivo levanta un vaso del mejor whisky que pudo conseguir y dice: “Estoy de acuerdo con la peque y qué gran enseñanza nos da. Esta es una época en la que no deberían importar los regalos, el modelo del carro, los viajes o la ropa. Eso es el consumismo que nos imponen los medios de comunicación, lo mejor es dar un fuerte abrazo y compartir un pan en paz. Salud”. Se levanta de la silla, se dirige a la ventana, mueve la cortina y mira que el auto esté bien, le desactiva y activa la alarma por costumbre y porque le encanta como suena.

Con las mejillas aun rojas y quemadas por el frio de la nieve, revisa por enésima vez tener el pasaporte y la Visa siempre a la mano. Toma de la mesa una copa de vino, un Merlot supuestamente exquisito que compró en Napa Valley unos días antes de pasar a New York y que justo hoy sacó de la maleta para la ocasión. Lo huele, le mira la piernas y lo agita como le enseñaron el mes pasado en Chile en una visita a un viñedo. Suspira ante la mirada de todos y dice: “Brindo por ustedes, porque no hay nada mejor que estar en casa. No sé por qué la gente quisiera desgastarse viajando cuando lo mejor es estar en casa con los nuestros. Salud”. Disimuladamente revisa en su iPad el calendario y los recordatorios, para tener presente a qué hora sale su vuelo. Sin esperar un silencio incomodo el más anciano de la casa feliz de ver a casi todos sus hijos reunidos, no por los que están sino por los que no están, toma la palabra para agradecer su presencia, bueno, no la de todos pero sí la de la mayoría. Se levanta y toma un vaso con agua para su brindis, con agua porque guarda la vieja costumbre de su grupo de ayuda y sin el cual hubiese perdido todo su dinero. Los mira a uno a uno, pide que despierten a los que duermen en el sofá y con aire de presentador frustrado brinda diciendo: “Antes del brindis les recuerdo que la cuota para la cena, por familia, no la han pagado todos así que es importante que lo hagan. Y pues para agradecerles por venir a los que vinieron. Salud”. Se va hacia la cocina a buscar la comida cuando en el fondo se oye una voz que dice: Falta esa parte de la familia por brindar.

En un rincón de la sala estaban ellos, con su sonrisa gigante, agarrados de la mano esperando la media noche. Tenían lo de la cuota y los transportes exactamente, no acariciaban llaves, no tienen Visa, celulares nuevos o ropa costosa. Su rostro estaba quemado también pero por el ardiente sol de la calurosa ciudad donde viven y trabajan. Tienen lo que el salario mínimo les permite disfrutar con esa encantadora sensación de poder estar en su casa con su familia, de no deber millones en bancos para guardar apariencias, pero sobretodo con esa sutil y placentera satisfacción de conseguirlo todo con su propio esfuerzo sin pasar por encima de nadie, sin humillar a nadie y sin quitarle nada a nadie. Levanta un vaso de pasta, de esos que les dan a los pobres de la familia, con un fresco rojo y agua de tubo sin filtrar. Disimula el roto del zapato derecho parándose con los pies juntos, aclara la voz y dice: “Este año también fui a USA, Chile, Alemania, Holanda, Austria, Argentina y México con ustedes. Fui porque me alegran sus triunfos. Este año cuando iba en bus y los veía zigzagueando entre el tráfico, sentía que desaparecía el trancón. Desaparecía porque me alegra verlos en sus autos nuevos. Este año aprendí más de tecnología porque ustedes me dejaban ver de lejos los celulares, tabletas y demás aparatos que compraban. Y me alegré por ustedes. Pero también estuve triste, porque vi sus lágrimas de soledad. Cuando pasaron sus cumpleaños a solas en sus apartamentos, cuando no hubo día de la madre o el padre, lloré mientras sí podía celebrar con los míos y ustedes no. Por eso hoy que hago el recuento y pongo en la balanza alegrías y tristezas me pregunto quién es realmente el pariente pobre de la familia. Ustedes me miran con vergüenza, yo los miro con amor. Ustedes se abrazan por protocolo, yo disfruto compartir un momento de cariño con mi familia. Por eso brindo para que de regalo esta navidad reciban pobreza, si eso los hace más humanos, si eso los hace ricos. Brindo para que sean felices con lo realmente importante y para que disfruten, como nosotros. Salud”.


Baja el vaso de pasta después de tomar un sorbo de fresco, sonríe y el silencio es perturbador. Las miradas atónitas se cruzan mientras fruncen el ceño por el atrevimiento del “igualado” joven. Poco a poco desaparecen los gestos de desagrado y se transforman en enormes sonrisas. Sonrisas que se vuelven carcajadas. Carcajadas que se vuelven burlas. Burlas que borran la utópica idea de una navidad amorosa. El reloj marca la media noche sin que se den cuenta por el ataque de risa y los comentarios peyorativos, casi como por arte de magia, se vuelven en felicitaciones. Se abrazan todos con todos, por hipocresía, por protocolo, por apariencias. Nada cambia con palabras bonitas, nada cambia con mensajes de amor y paz. Nada cambia en el corazón pobre de la gente rica que envilece la bondad de quienes sueñan un mundo mejor, lleno de familias mejores. Mejores que la pobreza que ahoga a los pudientes pero que enriquece y hace mejores al pariente pobre de la familia. Comen y beben como cerdos rendidos a sus placeres. Cada uno es un mundo, cada uno es su propio mundo. Planetas distantes que se gritan muy de vez en cuando un “cómo están”, para consolar su casi inexistente conciencia. Se gritan, porque eso hacen los corazones que están lejos. Gritar. Gritar y recordarles a los ricos de verdad que son "el pariente pobre de la familia".

lunes, 16 de diciembre de 2013

El Trovador y La Luna.

Imperante era el silencio que embargaba aquella noche fría. Esas, de luna y estrellas escondidas, que torturan el alma y los sentidos con la oscuridad más profunda que la humanidad jamás pueda ver. No había luz alguna, o rastro de ella, que se colara por las ventanas y las fisuras de las puertas en la pequeña casa al final de la ciudad. Era tan pesada y profunda que no se podía ver el piso, o el techo, o pared alguna. Era tan insondable que el temor se apoderaba de la gente, temor de perderse en ella y no poder volver a la luz. Pero tal vez, sólo tal vez, la quietud y el silencio eran más inquietantes que la oscuridad. Así, que en completo sigilo y completa penumbra; en completa angustia y completa soledad; en la sala de una pequeña casa a las afueras de una ciudad, la Luna daba a luz un pedazo de su ser. Por qué la diosa de las mareas no tendría el respaldo de su padre, el sol, el rey de nuestro universo. Por qué las estrellas, sus aliadas y fieles amigas, no estaban para darle la mano a la princesa y ayudarla en su gemir. Seguramente porque su amante fugitivo era un mortal, un simple mortal que con guitarra al hombro encantaba mientras cantaba.

Ciega, la Luna intentaba encontrar algo que alivianara su tormento y le deshiciera el recuerdo, de la primera y única vez, que se le había permitido descender a la tierra. El dolor era inaguantable. Luchaba para apagar sus gritos con algo, que por la textura y la forma parecía un cojín, y que había arrebatado de un lugar cualquiera. Debía mantener su inmovilidad para no hacer ruido alguno y despertar a la gente que vivía en la casa. Una diminuta casa, como ya dije, llena de mil objetos y decoraciones inútiles, tan auténtico en muchos humanos. Las contracciones se detenían cada tanto y sus pensamientos se despejaban lo suficiente como para recordar la fiesta. Esa fatal celebración que tienen una vez al año los mortales, de toda lengua y nación, para rendirle culto y ofrendas a los dioses del firmamento.

Un día que se reserva una vez al año, los astros toman forma humana y descienden entre los humanos, buscando gente de corazón puro, llenos de luz, para dar origen a nuevos dioses que se posen en el firmamento. Pero la Luna, torpe y primeriza, trastornada por la curiosidad, no se percataba del corazón de nadie. Cuántas fechas especiales vio desde el firmamento con parejas de enamorados que juraban eternidad para su amor y que no podían disimular tanta felicidad. Ella lo envidiaba, lo soñaba, hubiese dado la vida misma por conseguirlo. Por eso, su único objetivo era encontrar un joven galante, que le escribiera los mejores versos, lo más románticos, los más dulces y los más tiernos. Caminaba por entre la muchedumbre, algunos hedían a humano, otros encantaban a amor.

Donde sea que fuese, ella era la luz. Todo cambiaba con la aparición de deidad hecha carne. Los hombres quedaban turbados y las mujeres enceguecidas por los celos los halaban de los brazos. Una diosa en todo su esplendor. Era la Luna que caminaba entre lo mortales y hacía de las suyas con su encanto. Tenía el cabello oscuro como el firmamento sobre el que se posa al brillar. Su tez era tan blanca y tan suave, que parecía como uno de esos halos de luz que acarician la piel en una de esas noches despejadas. En contraste y delicadamente posada sobre su hermoso rostro estaba su boca. Esa boca roja y pequeña como el beso de una cereza que no puedes dejar de mirar y que solo deseas besar. Sus ojos eran grandes, perfectos y tan profundos, que las palabras de todos los alfabetos unidos no alcanzarían para describirlos. Eran claros, muy claros, tan claros, que lo único claro era que quien la viera se perdía en su mirar. Así, divina y encantadora, pasaba de región en región, de nación en nación, buscando el adecuado.

Cuando la noche estaba a punto de terminar el eco del valle le trajo el sonar de una guitarra y una voz. Esa voz gruesa y viril que la estremeció de la cabeza a los pies, cantaba sobre sus amores y sus desventuras. Como un relámpago estruendoso se escabulló entre las copas de los árboles y sin que aquel juglar lo notara se acercó. Pero una mujer así no puede ocultarse, no debe hacerlo, jamás lo lograría por más que quisiera. Se cruzaron sus miradas en una sinfonía silenciosa que además los dejó sin aliento. Ella tan divina y él tan ilícito, conectados en un solo sentir, electrizante y perfectamente platónico. Ella se acerca un poco más y subrepticiamente se cuela hasta estar a junto a él y entre sonrisas, canciones y vino tiene la guarida perfecta para darle un beso. Un beso, de esos que se escapan y no alcanzan a llegar donde quisieras, se posa en su hombro. Se cruzan las miradas y por un instante el corazón no necesitaba latir, si se tienen el uno al otro no sería necesario jamás. Ahí, una sola mirada y un solo ser, envueltos entre sus sentimientos y pasiones se planta en el corazón de la Luna el deseo de ser una mortal más del montón.

Enloquecida y atormentada por las contracciones, contracciones no de su vientre sino del alma, yace en el piso de la diminuta casa medio mortal y medio diosa la culpable de la oscuridad. El culpable del silencio desesperante espera en la puerta por una señal. Espera que decida aniquilar su conciencia de diosa, su responsabilidad de deidad y su vida de perfección, para convertirse en su amante y su compañera. Para convertirse en su alma gemela. Espera que tal vez en un arrebato de demencia deje todo su esplendor celestial y se rinda a los designios de su corazón. Es que hasta los dioses sufren por él, sufren del alma.  La Luna debe parir de su interior, su deidad o su carne, y salir o desaparecer.


Los minutos parecen sempiternos hasta que la oscuridad empieza a desaparecer un poco y parece que el corazón del trovador, también con ella. No hay más llanto, ni terror, ni siquiera hay esperanza. La oscuridad desaparece por completo cuando la Luna se alza en el cielo, llena y brillante. El silencio se rompe con el sollozo del trovador que entiende que ganó la conciencia y el legado de su diosa. Que los mortales siempre serán mortales y los dioses siempre serán dioses.

martes, 3 de diciembre de 2013

La ventana...

Con el alma gastada de tanto esperar una señal, con los ojos gastados de tanto aguantar el llanto, con el corazón gastado de tanto luchar por latir, levanto la mirada por última vez y trato de recoger los pocos pedazos de dignidad que aún quedan en el piso. Todos los hombres saben cuándo retirarse, menos yo. Las trompetas nunca tocan la retirada en mis batallas que siempre terminan con la masacre de muchos de mis sueños y esta vez no es la excepción. Entre pedazos de anhelos rotos y fantasías inconclusas doy unos pesados pasos mientras me alejo. Algo me dice que me quede, que espere un poco más, pero debe ser la gran estupidez que me domina o mi inmensa capacidad de autodestrucción que detecta que algo no ha sido derribado en mi vida. Sea la razón que sea me detengo y miro hacia la ventana una vez más. Esa ventana que como en clave morse codificaba nuestros más sentidos mensajes.

Siempre estuvo abierta, así la conocí, así comenzó todo. No importaba la lluvia, el sol o la brisa, siempre lo estuvo como dándome la bienvenida. Por ella me colé un par de veces para hacer de las mías y por ella me escapé para que nadie me pillara. De un momento a otro, esa, ya no era un objeto más de la infraestructura, era un símbolo de mis cuidados, de mis picardías, de mis ocurrencias y de mis ternuras. Me colaba por ella aunque estuviese cerrada, porque el simple hecho de mirarla sabía tanto a mí, olía tanto a mí, decía tanto de mí, que parecía el portal fantástico de los sueños hechos realidad. Ella la abría para que yo supiera que estaba en casa, luego la cerraba porque me encargué de cuidarla del invierno cuando salía y a veces se entrecerraba porque nunca fui estricto y los puntos medios, para complacerla, siempre fueron mis favoritos.

También era emblema ella, no lo puedo negar. Recuerdo el misterio cuando nos conocimos, repaso incansablemente el juego de sus palabras que me ocultaban cuál de todas era. Muy consciente de que no me moría por otra mujer en el mundo, decía querer evitar que cada vez que pasara por esa calle mirara su ventana y vaya que sí tenía razón, porque desde que la descubrí jamás pasé sin ojearla. Bendita ventana, frontera clandestina de nuestro país de las maravillas, sin ley, sin conciencia y sin arrepentimientos; peaje sin costo a los excesos más exquisitos de su piel, de su cuerpo, de su ser. Bastaba con cruzarla para saber que podía ser yo mismo, podía decir lo que quisiera, pensar lo que se me antojara, ella era mi bondadosa reina y me castigaba con la miel de sus besos. Tanto me fui acostumbrando que poco a poco olvidaba quién era afuera, si le debía algo a los míos, a los tuyos, a los nuestros.

Qué placidez infinita encontraba del otro lado que por un tiempo desconocí que nada dura para siempre. Que la impaciencia es el más común de los arrebatos mortales y que como todas las reinas, por muy magnánima que fuera, tenía sus exigencias. El remordimiento hizo de las suyas y su piedad menguaba como lo hacían sus besos. Encontré el acomodo para no perderla pero tanto desprecio es abrumador y poco a poco me fui gastando. La ventana, a veces abierta y a veces cerrada, siempre habló tan claro que no fallaba en llegar el mensaje hasta mí. Ahora todo era confuso, no sabía exactamente si la abría para que pudiera entrar o para que salieran mis recuerdos, no sabía si la cerraba para retenerme o para prohibir mi ingreso. Y poco a poco me fui gastando.


Me adueñé de la acera de enfrente para vigilarla. Pasó verano e invierno y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mi alma, gasté mis ojos, gasté mi corazón y hasta mi dignidad. Pero ella resultó tan estricta e indolente qué jamás se asomó, jamás respondió. Todos los hombres saben cuándo retirarse menos yo, que sigo aquí esperando con un fardo de recuerdos que se encienda la luz, que aparezcan cortinas, que haya movimiento porque es imposible que se haya ido y no me haya dicho. Pasó invierno y verano y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mis horas, gasté mis sueños, gasté mi vida y hasta mi dignidad. Inmóvil con un ramo de nubes, unos versos prestados y unas canciones recicladas aguanté hasta el límite. Pero ella resultó tan estricta e indolente que jamás se asomó, jamás se asomó porque ya se había ido.

martes, 26 de noviembre de 2013

Usted no alimenta nada en mí.

Cargando los recuerdos con que le bendice, o maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta. Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró jamás de sus motivos.

Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín. No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso, necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de abrazos condensados en uno.

Por un segundo no hay llanto ni pena, solo silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz, imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez, el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.


Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó: Usted no alimenta nada en mí.