Nadie nunca me entenderá como ella lo hace.
Descifra con tanta facilidad mi complejidad que parece leer mi mente. Una
extensión de mi maraña emocional que, perfecta, se levanta y me hace sucumbir
antes los encantos de verme reflejado en cada una de sus indirectas. Tan
natural adorarnos que nunca necesitamos decirlo. Bastaba una mirada para acabar
perdidos en un mar de nervios, esos que se sienten en el vientre y que roban el
aire. Mi respiración se contaba en cuántas veces suspiraba por ella. Mi pulso
lo marcaba la arritmia que me causaba verle. Para qué decirnos las cosas de
frente si nos entendíamos tan bien, para qué traducir el lenguaje de la piel si
todo estaba claro. Por eso decidimos jugar en la intimidad de un secreto. De
nuestro secreto. Prohibido incluso para nosotros mismos. Por eso no era extraño
que me vieran sonriendo por la calle cuando escuchaba alguna canción. Todo se
transformaba en ella. El aire traía su olor y me hacía necesitarla, como cuando
llega el aroma del pan recién horneado por las tardes. Todo era perfecto y
decidimos que así se mantendría.
Pero de decisiones vivimos y son ellas mismas las
que con implacable justicia nos condenan en círculos viciosos, productos de
nuestra necedad, a padecer con el alma. Un alma que sufre víctima de nuestra
propia estupidez y presa entre los barrotes de la resignación, clama a gritos
la misericordia de un beso. Así decidimos vivir. Intocables, inalcanzables,
paralelos. El vacío que separa nuestros caminos se unía milagrosamente con el
error fatal de coincidir en tiempo y espacio, deseándonos desde la mísera
distancia de unos pasos, la infame lejanía de unos cuerpos. Decidí que jamás le
diría lo que sentía, para qué usar palabras y mundanizar esa divina conexión
que todo lo conoce. Pero tal vez ese fue mi error, darle demasiado crédito a la
piel, a su lenguaje, olvidándome, que aunque las miradas hablan, nada supera la
certeza de un te amo al oído, de un me gustas agarrados de la mano. Me dejé
confundir por la maldita inseguridad que me hizo creer, que si abría la boca
para decirlo, la magia de nuestro encanto se rompía y nos convertiríamos en dos
mortales más, que sólo desean la mortalidad de sus cuerpos y no la infinitud de
sus almas.
Cansado de solo tocarla en mis sueños, intenté
escribir con las estrellas mensajes que solo ella entendiera, para que de vez
en cuando tuviera la ocurrencia de mirar el cielo y dejara escapar una sonrisa.
Enmudecida, y siempre tomada de la mano de alguien más, estoy seguro que los
notó un par de veces, los ignoró otras tantas, pero no me cabe la menor duda
que siempre los entendió. Y decidí que no necesitaba más que eso, que me
bastaba un baño de júbilo ocasional cuando soñaba con esa sonrisa que producían
mis mensajes. Pero no hay esfuerzo más infructuoso que el que se hace con la mitad
de la fuerza. Por qué no dejaba todo y salía corriendo a abrazarla, a besarla,
a decirle, a adorarla. Porque es difícil decidir cuando las señales se tornan
confusas y das por entendido un mensaje que nunca llegó al destinatario. Porque
la mayor cobardía de un hombre es no tomar la decisión de mirar a los ojos al
amor de su vida, agarrarla fuerte de las manos y abrir la boca para confesar
los misterios de amor que esconde en las profundidades de su alma. No lo haces
cuando tu aliado se confunde y se vuelve en tu contra, se vuelve y te confunde.
Por eso hoy, reúno toda la fuerza que no tengo y
saco el impulso de donde no hay para decirlo todo. No más silencio, no más
distancia, debe enterarse. Claro está que no puedo aparecer de la nada, con
extrema sutileza y precisión quirúrgica, debo dejar un rastro de señales que la
lleven a mí, que la lleven a acercarse dejando todo de lado porque yo ya lo
hice. Optimista, fascinado con mi determinación y creyendo que esta vez mi plan
es infalible, dejo un surco de migajas de letras que llamen su atención y la
traigan a mis brazos. Hoy es el día, la hora de mi felicidad ha llegado. Ha
notado, como lo tenía previsto, mi mensaje. Mi corazón arrítmico, como cada vez
que hablo con ella, me avisa que el momento es ahora, que por fin existirá un tú y yo, que ya nada estorbará nuestros
destinos que por fin se tocan en la inmensidad de lo extraordinario haciéndose
realidad. Responde amablemente al código que minuciosamente diseñé y que sabía
que sólo ella entendería y con el tono más dulce que jamás le haya podido
escuchar me dice: Dile a tu miedo que ya no quieres estar más con él, que
quieres estar conmigo, que quieres ser feliz a mi lado.
Sus palabras retumban en lo profundo de mi cabeza y las piernas me empiezan a temblar. Es justo como lo había soñado, justo como lo había deseado, justo como anhelé por mucho tiempo que fuera. Sonrío amablemente para disimular que me estoy muriendo, que no siento el piso y parece que estoy levanto con el encantamiento que lanza sobre mí con esas palabras. Me tomo un tiempo para responder y con la esperanza de no precipitarme y arruinar el momento quiero jugar con su mente y hacer que me entienda como siempre lo había hecho. Escojo muy bien mis palabras y digo: desde hace un tiempo no necesito hablar con mi miedo para decirle con quién quiero estar. Su rostro se transforma y, tal vez de dolor o de desconcierto, se echa a correr y se pierde entre la muchedumbre. Trato de seguirla pero es imposible, estoy perdido y ella también. Dibujo un “buenas noches” con nubes y estrellas y es lo último que digo esa noche. Trato de dormir para no pensar y en un santiamén el sol ilumina mi ventana. Salgo a la calle a buscarla para preguntarle qué entendió, por qué corrió, en qué momento no me entendió y se confundió. Pero víctima de mi propia torpeza la veo pasar de brazo con otra decisión que no soy yo. Con otro que dibuja una sonrisa postiza en su rostro.