lunes, 20 de enero de 2014

Decisiones, confusiones

Nadie nunca me entenderá como ella lo hace. Descifra con tanta facilidad mi complejidad que parece leer mi mente. Una extensión de mi maraña emocional que, perfecta, se levanta y me hace sucumbir antes los encantos de verme reflejado en cada una de sus indirectas. Tan natural adorarnos que nunca necesitamos decirlo. Bastaba una mirada para acabar perdidos en un mar de nervios, esos que se sienten en el vientre y que roban el aire. Mi respiración se contaba en cuántas veces suspiraba por ella. Mi pulso lo marcaba la arritmia que me causaba verle. Para qué decirnos las cosas de frente si nos entendíamos tan bien, para qué traducir el lenguaje de la piel si todo estaba claro. Por eso decidimos jugar en la intimidad de un secreto. De nuestro secreto. Prohibido incluso para nosotros mismos. Por eso no era extraño que me vieran sonriendo por la calle cuando escuchaba alguna canción. Todo se transformaba en ella. El aire traía su olor y me hacía necesitarla, como cuando llega el aroma del pan recién horneado por las tardes. Todo era perfecto y decidimos que así se mantendría.

Pero de decisiones vivimos y son ellas mismas las que con implacable justicia nos condenan en círculos viciosos, productos de nuestra necedad, a padecer con el alma. Un alma que sufre víctima de nuestra propia estupidez y presa entre los barrotes de la resignación, clama a gritos la misericordia de un beso. Así decidimos vivir. Intocables, inalcanzables, paralelos. El vacío que separa nuestros caminos se unía milagrosamente con el error fatal de coincidir en tiempo y espacio, deseándonos desde la mísera distancia de unos pasos, la infame lejanía de unos cuerpos. Decidí que jamás le diría lo que sentía, para qué usar palabras y mundanizar esa divina conexión que todo lo conoce. Pero tal vez ese fue mi error, darle demasiado crédito a la piel, a su lenguaje, olvidándome, que aunque las miradas hablan, nada supera la certeza de un te amo al oído, de un me gustas agarrados de la mano. Me dejé confundir por la maldita inseguridad que me hizo creer, que si abría la boca para decirlo, la magia de nuestro encanto se rompía y nos convertiríamos en dos mortales más, que sólo desean la mortalidad de sus cuerpos y no la infinitud de sus almas.

Cansado de solo tocarla en mis sueños, intenté escribir con las estrellas mensajes que solo ella entendiera, para que de vez en cuando tuviera la ocurrencia de mirar el cielo y dejara escapar una sonrisa. Enmudecida, y siempre tomada de la mano de alguien más, estoy seguro que los notó un par de veces, los ignoró otras tantas, pero no me cabe la menor duda que siempre los entendió. Y decidí que no necesitaba más que eso, que me bastaba un baño de júbilo ocasional cuando soñaba con esa sonrisa que producían mis mensajes. Pero no hay esfuerzo más infructuoso que el que se hace con la mitad de la fuerza. Por qué no dejaba todo y salía corriendo a abrazarla, a besarla, a decirle, a adorarla. Porque es difícil decidir cuando las señales se tornan confusas y das por entendido un mensaje que nunca llegó al destinatario. Porque la mayor cobardía de un hombre es no tomar la decisión de mirar a los ojos al amor de su vida, agarrarla fuerte de las manos y abrir la boca para confesar los misterios de amor que esconde en las profundidades de su alma. No lo haces cuando tu aliado se confunde y se vuelve en tu contra, se vuelve y te confunde.

Por eso hoy, reúno toda la fuerza que no tengo y saco el impulso de donde no hay para decirlo todo. No más silencio, no más distancia, debe enterarse. Claro está que no puedo aparecer de la nada, con extrema sutileza y precisión quirúrgica, debo dejar un rastro de señales que la lleven a mí, que la lleven a acercarse dejando todo de lado porque yo ya lo hice. Optimista, fascinado con mi determinación y creyendo que esta vez mi plan es infalible, dejo un surco de migajas de letras que llamen su atención y la traigan a mis brazos. Hoy es el día, la hora de mi felicidad ha llegado. Ha notado, como lo tenía previsto, mi mensaje. Mi corazón arrítmico, como cada vez que hablo con ella, me avisa que el momento es ahora, que por fin existirá un tú y yo, que ya nada estorbará nuestros destinos que por fin se tocan en la inmensidad de lo extraordinario haciéndose realidad. Responde amablemente al código que minuciosamente diseñé y que sabía que sólo ella entendería y con el tono más dulce que jamás le haya podido escuchar me dice: Dile a tu miedo que ya no quieres estar más con él, que quieres estar conmigo, que quieres ser feliz a mi lado.

Sus palabras retumban en lo profundo de mi cabeza y las piernas me empiezan a temblar. Es justo como lo había soñado, justo como lo había deseado, justo como anhelé por mucho tiempo que fuera. Sonrío amablemente para disimular que me estoy muriendo, que no siento el piso y parece que estoy levanto con el encantamiento que lanza sobre mí con esas palabras. Me tomo un tiempo para responder y con la esperanza de no precipitarme y arruinar el momento quiero jugar con su mente y hacer que me entienda como siempre lo había hecho. Escojo muy bien mis palabras y digo: desde hace un tiempo no necesito hablar con mi miedo para decirle con quién quiero estar. Su rostro se transforma y, tal vez de dolor o de desconcierto, se echa a correr y se pierde entre la muchedumbre. Trato de seguirla pero es imposible, estoy perdido y ella también. Dibujo un “buenas noches” con nubes y estrellas y es lo último que digo esa noche. Trato de dormir para no pensar y en un santiamén el sol ilumina mi ventana. Salgo a la calle a buscarla para preguntarle qué entendió, por qué corrió, en qué momento no me entendió y se confundió. Pero víctima de mi propia torpeza la veo pasar de brazo con otra decisión que no soy yo. Con otro que dibuja una sonrisa postiza en su rostro.

lunes, 13 de enero de 2014

El pariente pobre de la familia.

Estrenando el último iPhone del mercado, levanta una copa llena de gaseosa porque aún es muy joven para beber y brinda diciendo: “la navidad se trata de estar en familia, no importa que no hayan regalos, no importa que no haya dinero para celulares y cosas que se quieran. La navidad es para compartir abrazos y cariño con la gente que uno realmente valora. Salud”. Inmediatamente después, se pierde en los mensajes que envía y recibe ignorando cualquier cosa, o persona, a su alrededor. Acariciando las llaves de su nuevo automóvil deportivo levanta un vaso del mejor whisky que pudo conseguir y dice: “Estoy de acuerdo con la peque y qué gran enseñanza nos da. Esta es una época en la que no deberían importar los regalos, el modelo del carro, los viajes o la ropa. Eso es el consumismo que nos imponen los medios de comunicación, lo mejor es dar un fuerte abrazo y compartir un pan en paz. Salud”. Se levanta de la silla, se dirige a la ventana, mueve la cortina y mira que el auto esté bien, le desactiva y activa la alarma por costumbre y porque le encanta como suena.

Con las mejillas aun rojas y quemadas por el frio de la nieve, revisa por enésima vez tener el pasaporte y la Visa siempre a la mano. Toma de la mesa una copa de vino, un Merlot supuestamente exquisito que compró en Napa Valley unos días antes de pasar a New York y que justo hoy sacó de la maleta para la ocasión. Lo huele, le mira la piernas y lo agita como le enseñaron el mes pasado en Chile en una visita a un viñedo. Suspira ante la mirada de todos y dice: “Brindo por ustedes, porque no hay nada mejor que estar en casa. No sé por qué la gente quisiera desgastarse viajando cuando lo mejor es estar en casa con los nuestros. Salud”. Disimuladamente revisa en su iPad el calendario y los recordatorios, para tener presente a qué hora sale su vuelo. Sin esperar un silencio incomodo el más anciano de la casa feliz de ver a casi todos sus hijos reunidos, no por los que están sino por los que no están, toma la palabra para agradecer su presencia, bueno, no la de todos pero sí la de la mayoría. Se levanta y toma un vaso con agua para su brindis, con agua porque guarda la vieja costumbre de su grupo de ayuda y sin el cual hubiese perdido todo su dinero. Los mira a uno a uno, pide que despierten a los que duermen en el sofá y con aire de presentador frustrado brinda diciendo: “Antes del brindis les recuerdo que la cuota para la cena, por familia, no la han pagado todos así que es importante que lo hagan. Y pues para agradecerles por venir a los que vinieron. Salud”. Se va hacia la cocina a buscar la comida cuando en el fondo se oye una voz que dice: Falta esa parte de la familia por brindar.

En un rincón de la sala estaban ellos, con su sonrisa gigante, agarrados de la mano esperando la media noche. Tenían lo de la cuota y los transportes exactamente, no acariciaban llaves, no tienen Visa, celulares nuevos o ropa costosa. Su rostro estaba quemado también pero por el ardiente sol de la calurosa ciudad donde viven y trabajan. Tienen lo que el salario mínimo les permite disfrutar con esa encantadora sensación de poder estar en su casa con su familia, de no deber millones en bancos para guardar apariencias, pero sobretodo con esa sutil y placentera satisfacción de conseguirlo todo con su propio esfuerzo sin pasar por encima de nadie, sin humillar a nadie y sin quitarle nada a nadie. Levanta un vaso de pasta, de esos que les dan a los pobres de la familia, con un fresco rojo y agua de tubo sin filtrar. Disimula el roto del zapato derecho parándose con los pies juntos, aclara la voz y dice: “Este año también fui a USA, Chile, Alemania, Holanda, Austria, Argentina y México con ustedes. Fui porque me alegran sus triunfos. Este año cuando iba en bus y los veía zigzagueando entre el tráfico, sentía que desaparecía el trancón. Desaparecía porque me alegra verlos en sus autos nuevos. Este año aprendí más de tecnología porque ustedes me dejaban ver de lejos los celulares, tabletas y demás aparatos que compraban. Y me alegré por ustedes. Pero también estuve triste, porque vi sus lágrimas de soledad. Cuando pasaron sus cumpleaños a solas en sus apartamentos, cuando no hubo día de la madre o el padre, lloré mientras sí podía celebrar con los míos y ustedes no. Por eso hoy que hago el recuento y pongo en la balanza alegrías y tristezas me pregunto quién es realmente el pariente pobre de la familia. Ustedes me miran con vergüenza, yo los miro con amor. Ustedes se abrazan por protocolo, yo disfruto compartir un momento de cariño con mi familia. Por eso brindo para que de regalo esta navidad reciban pobreza, si eso los hace más humanos, si eso los hace ricos. Brindo para que sean felices con lo realmente importante y para que disfruten, como nosotros. Salud”.


Baja el vaso de pasta después de tomar un sorbo de fresco, sonríe y el silencio es perturbador. Las miradas atónitas se cruzan mientras fruncen el ceño por el atrevimiento del “igualado” joven. Poco a poco desaparecen los gestos de desagrado y se transforman en enormes sonrisas. Sonrisas que se vuelven carcajadas. Carcajadas que se vuelven burlas. Burlas que borran la utópica idea de una navidad amorosa. El reloj marca la media noche sin que se den cuenta por el ataque de risa y los comentarios peyorativos, casi como por arte de magia, se vuelven en felicitaciones. Se abrazan todos con todos, por hipocresía, por protocolo, por apariencias. Nada cambia con palabras bonitas, nada cambia con mensajes de amor y paz. Nada cambia en el corazón pobre de la gente rica que envilece la bondad de quienes sueñan un mundo mejor, lleno de familias mejores. Mejores que la pobreza que ahoga a los pudientes pero que enriquece y hace mejores al pariente pobre de la familia. Comen y beben como cerdos rendidos a sus placeres. Cada uno es un mundo, cada uno es su propio mundo. Planetas distantes que se gritan muy de vez en cuando un “cómo están”, para consolar su casi inexistente conciencia. Se gritan, porque eso hacen los corazones que están lejos. Gritar. Gritar y recordarles a los ricos de verdad que son "el pariente pobre de la familia".

lunes, 16 de diciembre de 2013

El Trovador y La Luna.

Imperante era el silencio que embargaba aquella noche fría. Esas, de luna y estrellas escondidas, que torturan el alma y los sentidos con la oscuridad más profunda que la humanidad jamás pueda ver. No había luz alguna, o rastro de ella, que se colara por las ventanas y las fisuras de las puertas en la pequeña casa al final de la ciudad. Era tan pesada y profunda que no se podía ver el piso, o el techo, o pared alguna. Era tan insondable que el temor se apoderaba de la gente, temor de perderse en ella y no poder volver a la luz. Pero tal vez, sólo tal vez, la quietud y el silencio eran más inquietantes que la oscuridad. Así, que en completo sigilo y completa penumbra; en completa angustia y completa soledad; en la sala de una pequeña casa a las afueras de una ciudad, la Luna daba a luz un pedazo de su ser. Por qué la diosa de las mareas no tendría el respaldo de su padre, el sol, el rey de nuestro universo. Por qué las estrellas, sus aliadas y fieles amigas, no estaban para darle la mano a la princesa y ayudarla en su gemir. Seguramente porque su amante fugitivo era un mortal, un simple mortal que con guitarra al hombro encantaba mientras cantaba.

Ciega, la Luna intentaba encontrar algo que alivianara su tormento y le deshiciera el recuerdo, de la primera y única vez, que se le había permitido descender a la tierra. El dolor era inaguantable. Luchaba para apagar sus gritos con algo, que por la textura y la forma parecía un cojín, y que había arrebatado de un lugar cualquiera. Debía mantener su inmovilidad para no hacer ruido alguno y despertar a la gente que vivía en la casa. Una diminuta casa, como ya dije, llena de mil objetos y decoraciones inútiles, tan auténtico en muchos humanos. Las contracciones se detenían cada tanto y sus pensamientos se despejaban lo suficiente como para recordar la fiesta. Esa fatal celebración que tienen una vez al año los mortales, de toda lengua y nación, para rendirle culto y ofrendas a los dioses del firmamento.

Un día que se reserva una vez al año, los astros toman forma humana y descienden entre los humanos, buscando gente de corazón puro, llenos de luz, para dar origen a nuevos dioses que se posen en el firmamento. Pero la Luna, torpe y primeriza, trastornada por la curiosidad, no se percataba del corazón de nadie. Cuántas fechas especiales vio desde el firmamento con parejas de enamorados que juraban eternidad para su amor y que no podían disimular tanta felicidad. Ella lo envidiaba, lo soñaba, hubiese dado la vida misma por conseguirlo. Por eso, su único objetivo era encontrar un joven galante, que le escribiera los mejores versos, lo más románticos, los más dulces y los más tiernos. Caminaba por entre la muchedumbre, algunos hedían a humano, otros encantaban a amor.

Donde sea que fuese, ella era la luz. Todo cambiaba con la aparición de deidad hecha carne. Los hombres quedaban turbados y las mujeres enceguecidas por los celos los halaban de los brazos. Una diosa en todo su esplendor. Era la Luna que caminaba entre lo mortales y hacía de las suyas con su encanto. Tenía el cabello oscuro como el firmamento sobre el que se posa al brillar. Su tez era tan blanca y tan suave, que parecía como uno de esos halos de luz que acarician la piel en una de esas noches despejadas. En contraste y delicadamente posada sobre su hermoso rostro estaba su boca. Esa boca roja y pequeña como el beso de una cereza que no puedes dejar de mirar y que solo deseas besar. Sus ojos eran grandes, perfectos y tan profundos, que las palabras de todos los alfabetos unidos no alcanzarían para describirlos. Eran claros, muy claros, tan claros, que lo único claro era que quien la viera se perdía en su mirar. Así, divina y encantadora, pasaba de región en región, de nación en nación, buscando el adecuado.

Cuando la noche estaba a punto de terminar el eco del valle le trajo el sonar de una guitarra y una voz. Esa voz gruesa y viril que la estremeció de la cabeza a los pies, cantaba sobre sus amores y sus desventuras. Como un relámpago estruendoso se escabulló entre las copas de los árboles y sin que aquel juglar lo notara se acercó. Pero una mujer así no puede ocultarse, no debe hacerlo, jamás lo lograría por más que quisiera. Se cruzaron sus miradas en una sinfonía silenciosa que además los dejó sin aliento. Ella tan divina y él tan ilícito, conectados en un solo sentir, electrizante y perfectamente platónico. Ella se acerca un poco más y subrepticiamente se cuela hasta estar a junto a él y entre sonrisas, canciones y vino tiene la guarida perfecta para darle un beso. Un beso, de esos que se escapan y no alcanzan a llegar donde quisieras, se posa en su hombro. Se cruzan las miradas y por un instante el corazón no necesitaba latir, si se tienen el uno al otro no sería necesario jamás. Ahí, una sola mirada y un solo ser, envueltos entre sus sentimientos y pasiones se planta en el corazón de la Luna el deseo de ser una mortal más del montón.

Enloquecida y atormentada por las contracciones, contracciones no de su vientre sino del alma, yace en el piso de la diminuta casa medio mortal y medio diosa la culpable de la oscuridad. El culpable del silencio desesperante espera en la puerta por una señal. Espera que decida aniquilar su conciencia de diosa, su responsabilidad de deidad y su vida de perfección, para convertirse en su amante y su compañera. Para convertirse en su alma gemela. Espera que tal vez en un arrebato de demencia deje todo su esplendor celestial y se rinda a los designios de su corazón. Es que hasta los dioses sufren por él, sufren del alma.  La Luna debe parir de su interior, su deidad o su carne, y salir o desaparecer.


Los minutos parecen sempiternos hasta que la oscuridad empieza a desaparecer un poco y parece que el corazón del trovador, también con ella. No hay más llanto, ni terror, ni siquiera hay esperanza. La oscuridad desaparece por completo cuando la Luna se alza en el cielo, llena y brillante. El silencio se rompe con el sollozo del trovador que entiende que ganó la conciencia y el legado de su diosa. Que los mortales siempre serán mortales y los dioses siempre serán dioses.

martes, 3 de diciembre de 2013

La ventana...

Con el alma gastada de tanto esperar una señal, con los ojos gastados de tanto aguantar el llanto, con el corazón gastado de tanto luchar por latir, levanto la mirada por última vez y trato de recoger los pocos pedazos de dignidad que aún quedan en el piso. Todos los hombres saben cuándo retirarse, menos yo. Las trompetas nunca tocan la retirada en mis batallas que siempre terminan con la masacre de muchos de mis sueños y esta vez no es la excepción. Entre pedazos de anhelos rotos y fantasías inconclusas doy unos pesados pasos mientras me alejo. Algo me dice que me quede, que espere un poco más, pero debe ser la gran estupidez que me domina o mi inmensa capacidad de autodestrucción que detecta que algo no ha sido derribado en mi vida. Sea la razón que sea me detengo y miro hacia la ventana una vez más. Esa ventana que como en clave morse codificaba nuestros más sentidos mensajes.

Siempre estuvo abierta, así la conocí, así comenzó todo. No importaba la lluvia, el sol o la brisa, siempre lo estuvo como dándome la bienvenida. Por ella me colé un par de veces para hacer de las mías y por ella me escapé para que nadie me pillara. De un momento a otro, esa, ya no era un objeto más de la infraestructura, era un símbolo de mis cuidados, de mis picardías, de mis ocurrencias y de mis ternuras. Me colaba por ella aunque estuviese cerrada, porque el simple hecho de mirarla sabía tanto a mí, olía tanto a mí, decía tanto de mí, que parecía el portal fantástico de los sueños hechos realidad. Ella la abría para que yo supiera que estaba en casa, luego la cerraba porque me encargué de cuidarla del invierno cuando salía y a veces se entrecerraba porque nunca fui estricto y los puntos medios, para complacerla, siempre fueron mis favoritos.

También era emblema ella, no lo puedo negar. Recuerdo el misterio cuando nos conocimos, repaso incansablemente el juego de sus palabras que me ocultaban cuál de todas era. Muy consciente de que no me moría por otra mujer en el mundo, decía querer evitar que cada vez que pasara por esa calle mirara su ventana y vaya que sí tenía razón, porque desde que la descubrí jamás pasé sin ojearla. Bendita ventana, frontera clandestina de nuestro país de las maravillas, sin ley, sin conciencia y sin arrepentimientos; peaje sin costo a los excesos más exquisitos de su piel, de su cuerpo, de su ser. Bastaba con cruzarla para saber que podía ser yo mismo, podía decir lo que quisiera, pensar lo que se me antojara, ella era mi bondadosa reina y me castigaba con la miel de sus besos. Tanto me fui acostumbrando que poco a poco olvidaba quién era afuera, si le debía algo a los míos, a los tuyos, a los nuestros.

Qué placidez infinita encontraba del otro lado que por un tiempo desconocí que nada dura para siempre. Que la impaciencia es el más común de los arrebatos mortales y que como todas las reinas, por muy magnánima que fuera, tenía sus exigencias. El remordimiento hizo de las suyas y su piedad menguaba como lo hacían sus besos. Encontré el acomodo para no perderla pero tanto desprecio es abrumador y poco a poco me fui gastando. La ventana, a veces abierta y a veces cerrada, siempre habló tan claro que no fallaba en llegar el mensaje hasta mí. Ahora todo era confuso, no sabía exactamente si la abría para que pudiera entrar o para que salieran mis recuerdos, no sabía si la cerraba para retenerme o para prohibir mi ingreso. Y poco a poco me fui gastando.


Me adueñé de la acera de enfrente para vigilarla. Pasó verano e invierno y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mi alma, gasté mis ojos, gasté mi corazón y hasta mi dignidad. Pero ella resultó tan estricta e indolente qué jamás se asomó, jamás respondió. Todos los hombres saben cuándo retirarse menos yo, que sigo aquí esperando con un fardo de recuerdos que se encienda la luz, que aparezcan cortinas, que haya movimiento porque es imposible que se haya ido y no me haya dicho. Pasó invierno y verano y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mis horas, gasté mis sueños, gasté mi vida y hasta mi dignidad. Inmóvil con un ramo de nubes, unos versos prestados y unas canciones recicladas aguanté hasta el límite. Pero ella resultó tan estricta e indolente que jamás se asomó, jamás se asomó porque ya se había ido.

martes, 26 de noviembre de 2013

Usted no alimenta nada en mí.

Cargando los recuerdos con que le bendice, o maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta. Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró jamás de sus motivos.

Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín. No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso, necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de abrazos condensados en uno.

Por un segundo no hay llanto ni pena, solo silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz, imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez, el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.


Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó: Usted no alimenta nada en mí. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

El diario de un “no correspondido”


Soy de esos amigos que nunca están presentes en los buenos momentos, de los que se reservan para las hospitalizaciones, funerales, accidentes, urgencias y matrimonios. Usualmente hago parte de las tragedias de la vida de la gente por elección, porque me traumatizaron los letreros de tienda que recordaban una y mil veces que los verdaderos amigos estaban en las malas. Sí, la mayoría de las veces es mi decisión llorar con la gente en lugar de celebrar y otras tantas es porque debo llevar encima una especie de maldición que hace que me encuentre con la gente en los peores momentos de su vida. La misma maldición, tal vez, que hace que camine sin mirar el piso y de vez en cuando pise algún desecho orgánico, algún mojón que no encontró baño o que no tuvo dueño que lo embolsara. Siempre el proceso de limpieza es el mismo. Siempre me resulta asqueroso. Siempre maldigo y trato de ignorarlo, siempre, menos ayer. Un paso en falso, o más bien, en blando, hizo que por poco acabara con la vida de mi mejor amigo. Era casi imposible reconocerlo porque nunca lo vi tan menguado, tan marrón, tan maloliente. Como dije, di un mal paso y lo aplasté, el grito fue ensordecedor y terrorífico, me detuve a mirar qué había sido y ahí estaba él entre habichuelas y granos de mazorca sin digerir. Lo último que supe era que estaba enamorado, que se había alejado de todos por culpa de su nuevo gran amor, también sabía que ella no lo trataba muy bien que digamos, pero nunca pensé que se acostumbrara tanto a su maltrato que terminara convertido en lo que siempre fue su modelo de comparación.

Cómo me dolió el alma al verlo así, ya no había sonrisa en su rosto ni brillo en sus ojos. Ya no había perfume costoso, excepto el del alto precio que pagó por terminar en esta condición. Me senté en el piso a hablarle y en ese momento comenzó a llover, era su final. Las gotas empezaron a caer, a deshacer su cuerpo y se dejó entrever un rollito de papel. Por respeto esperé que la lluvia terminara de revelarlo y lo tomé. Tenía una letra casi infantil, más bien inmadura, pero llena de sentimiento. Me tomo el atrevimiento de transcribir lo que ahí decía para que sirva de ejemplo, pero sobre todo, de consuelo para los que han pasado, pasan y pasarán por lo mismo:

Día 1.
Nunca he llevado un diario en mi vida y no sé cómo debería escribirlo. Hoy conocí a la mujer más hermosa del mundo. Sus ojos tienen una magia irresistible. Creo que cupido me flechó. No sé cómo se llama, sólo la vi de lejos y no sé si algún día pueda hablarle.

Día 4
Me sigo sintiendo extraño de escribir esto pero no quiero olvidar ni un solo segundo de lo que pasa con ella. Hoy me sorprendió mientras la miraba, casi me muero de nervios. Es más hermosa de lo que recordaba. La última vez que la vi no había notado que su piel fuera tan hermosa, tan blanca, tan suave.

Día 8
Creo que me estoy enamorando. Cuando sonríe es como estar en el paraíso. Sus ojos tienen el color de todos los colores. Todavía no le hablo pero me basta verla de lejos para que mi mundo sea más que perfecto.

Día 12
Estoy planeando interceptarla y hablarle, preguntarle cómo se llama y si no me muero del susto hasta la invito a salir. Hasta ahora nunca la he sorprendido mirándome, ojalá sea un descuido de mi parte y nada más.
Día 16
Hoy coincidimos en tiempo y en espacio y hablamos. Me sentía en las nubes cuando pronunciaba mi nombre, quería que lo repitiera un millón de veces. Nos agregamos a las redes sociales e intercambiamos PIN, ahora sí se me están dando las cosas.

Día 32
No he dormido muy bien los últimos días, pero por ella. Hablamos hasta la madrugada, compartimos tantos gustos que estoy convencido que somos el uno para la otro. Estoy pensando en pedirle que seamos algo más porque voy por buen camino.

Día 45
Hoy salimos por primera vez. Estuvimos en un café. Nos tomamos unas cervezas y hablamos mil horas. La despedida fue lo mejor, lo robé un beso.

Día 64
Ya no hablamos tanto como antes, es que está muy ocupada con las cosas de la universidad. Espero que podamos volver a salir algún día, no quiero creer que estoy metido en un video solo.

Día 128
La invité a salir mañana y me dijo que sí, voy a comprar una camisa, me voy a afeitar y vamos a comernos un helado. Es un poco inocente el plan pero hay que ir despacio. Creo que mejor no le digo nada de lo que había pensado, esperaré un poco más y ahora sí tantearé el terreno con ella.

Día 130
Creo que se me derrumbó todo lo que había pensado. Me canceló la salida porque tenía que cuadrar una exposición para la universidad. Casualmente la vi comiendo helado con un tipo en el centro comercial. Debe ser una exposición sobre la composición molecular de los helados, ella jamás me mentiría.

Día 150
Ya nada es lo mismo, excepto lo que siento por ella. Le escribo al PIN, lo revisa y no contesta. Me ignora y me hace saberlo. Esto se está volviendo una tortura. Creo que no le voy a volver a hablar. No voy a hacer el ridículo. Debo ser fuerte y hacerme desear.

Día 150-2
No me aguanté y le hablé, me respondió como si no me conociera. Creo que llegué al final de mi esperanza.

Día 151
Me habló porque necesitaba un favor. No hay más novedades, solo indiferencia.

Día 170
No hay novedad qué reportar, excepto que solo pone estados de amor, que obviamente no son para mí. Eso y más indiferencia.

Día 199

He perdido mi tiempo, mis amigos, mi vida. Por mucho que trato de calmarme es muy difícil pasar el Niagara en bicicleta. Dónde quedaron nuestras conversaciones, nuestro tiempo, nuestros mensajes. Qué fue de lo que nos dijimos. Yo que creí, que pensé, que soñé. Ya nada queda, ni siquiera más de su indiferencia. Gasté todos los suspiros que tenía en ella. Qué ciego fui por escoger a quien no correspondió. Hoy ya no soy yo, solo el triste desecho de un amor mal digerido y el vivo reflejo de lo que lo que nada vale. Me convertí en las mismas tres tiras de lo poco que le importaba y lo que parecía iba a ser el mejor recordatorio del mundo, se volvió en mi contra como un constante aguijón de lo que pudo ser y no fue. Este maldito diario será mi tormento, mi desgracia y mi ruina. Este diario, siempre será igual a los diarios de los que no serán correspondidos.

martes, 5 de noviembre de 2013

Oda a tu mejor amiga

Tú, que curvilínea despiertas los más profundos deseos,
que asesina y dulce tanto me provocas,
que me haces creer que muchas veces han sido pocas,
te pareces tanto a ella y, aunque no es tan bella,
termino refugiado en su boca.

Refugio sombrío, oscuro como su alma,
Escondite perfecto de su lóbrega crueldad,
Que tras una piel de cristal su veneno aguarda.
Te pareces tanto a ella y no tengo escapatoria
Más que perderme y ahogarme en su aroma.

Trágica ausencia, como estipendio miserable por toda mi bondad,
Recibo con indolencia de tu cicatero corazón.
Por eso la tengo a ella que disimula mi impaciencia y todas mis carencias.
Te pareces tanto a ella y aunque por mucho duela en la garganta,
No logro detener mis ganas de tenerla.

No las logro detener como no consigo contener el llanto cuando sucede.
No se detiene como no puedo detenerte para que te quedes.
No se hace eterno el tiempo por mucho que lo sueñe.
No logro disimular el dolor que me consume.
No se puede y no quiero.

Te pareces tanto a ella y aunque no es tan bella termino refugiado en su boca.
Esa boca que poco a poco me provoca y hace que me esconda en ella.
Porque nada oculta mejor el llanto que el mismo llanto
Que después de saciarme provoca en mis ojos,

Tu mejor amiga la Coca-Cola