lunes, 28 de octubre de 2013
Un monumento a mi memoria
No me he terminado de ir y siento que ya te
extraño. Qué trágicas son las despedidas forzadas, qué trágicas son las muy
viles. Resulta reconfortante verte con lágrimas en los ojos, al menos me hace
creer que sientes el mismo dolor y que no quieres que me vaya. Pero, ¿quién más
debe pagar las consecuencias de mis actos sino yo mismo? Así que empaco la
maleta con la poca dignidad que me queda y todos los recuerdos de lo que viví
contigo. No necesito ropa para donde voy, no necesito más que la fuerza del
amor que algún día nos tuvimos, por eso mi maleta está atiborrada de ti, de tus
cosas, de lo intangible, de lo que me va a alentar en la soledad, en la
oscuridad. No me quiero ir y eso hace que con cada recuerdo que guarde en la
maleta un pedazo de mi corazón quedé tirado, tal vez por eso recorro cada
rincón de nuestra casa, para que no exista un solo lugar que no te haga pensarme,
que no te haga extrañarme; lo recorro también para recoger tu aroma, para
impregnarme de él.
Deberías detener el llanto por un instante, no solo
el tuyo, el mío si puedes, también. Acompáñame a la puerta para un último
abrazo, se sienten tan bien que parecen mágicos. Qué mal que nunca lo haya
notado, qué mal que como todo en la vida se valora cuando se pierde. Dame la
mano y desfilemos por este matadero de ilusiones que se disfraza de pasillo; dame
la mano la última vez y apriétala con fuerza hasta que me duelan los dedos,
porque necesito confirmar que esto es real, que me debo acostumbrar, que mi peor
pesadilla se hizo realidad. Qué disparate tan grande el de los dioses que se
confabulan en contra nuestra para separarnos, ojalá el sempiterno y perfecto
tenga por bien unirnos más adelante, cuando estemos listos para la eternidad.
Tratemos de sonreír, tratemos de ignorar lo que pasa, igual, con lágrimas
aunque del alma sean, nada vamos a remediar.
Todo de mí se queda aunque me vaya, todo, menos yo.
Todo reposará en el aire menos mi presencia y mis preguntas; preguntas idiotas
que no buscan la verdad, que no buscan conciliar, que buscan la respuesta indicada
que calmen mi dolor. Todo me llevo de ti con mi partida, todo, menos a ti. Todo
irá embebido en mi piel menos tú y tus disparates. Lo bueno y lo malo, porque
como a los mejores postres hay que ponerle sal para que el dulce resalte,
necesito del paquete completo para estar seguro que no es el idilio perenne de
mis fantasías, que muy por el contrario la realidad de mis días se acompaña de
un pequeño monumento que erigiré a la memoria de tu recuerdo. No para idolatrarte,
no para castigarme y torturarme. Para recordarte como lo mejor de mi vida.
Recordarte y que me recuerdes, que alces la
bandera de mi trabajo en tu corazón, porque nunca trabajé para mí mismo, nunca
quise hacerte un clon, nunca quise que pensaras como yo. Todo lo que dije, todo
lo que luché fue para verte libre. Que no tiemblen tus cimientos ahora, que no
flaquee tu carácter. Estaré lejos pero no muerto, estaré ausente pero no
distante, porque siempre que hagas las cosas al derecho sabré que estarás
pensando en mí. Porque siempre que sonrías, que ames con locura, que des sin
esperar a cambio; cuando vea que sigues con los pies en la tierra y que no has
empezado a levitar con estupideces; porque siempre que me entere que no te
dejas llevar, que te actualizas con cada avance; cuando descubras una porción del
basto universo del conocimiento, sabré que mi recuerdo sigue haciendo de las
suyas. Porque siempre que oiga que estás mejor, sabré que ese es el monumento a
mi memoria.
jueves, 24 de octubre de 2013
Ese tipo de tipos igual a todos los tipos.
Soy de ese tipo de tipos que mantiene la esperanza
hasta el final, en secreto, en lo profundo del corazón, seguramente porque
aparenta ser de ese tipo de tipos que ven el vaso medio vacío. Soy de ese tipo
de tipos, como la mayoría de tipos, que juega a parecer duro. De ese tipo de
tipos que vive en un mundo análogo, imaginario, absurdamente infinito,
absurdamente imposible. Un tipo, de ese tipo de tipos, que construye su
fantasía cada mañana, porque como suele suceder los mundos imaginarios colapsan
ante la cruel y fatal realidad que los condena a no existir. Esos mundos que
deberían ser, al menos, mundos paralelos que nos den el consuelo de saber, que
en lo intocable de nuestros destinos, esos otros “Yo” la están pasando bien.
Universos que se conectan tanto como para guardar en sí mismos la complicidad
de un beso furtivo. Que guarden secretos profundos, tan profundos que no deben
ser callados porque al final, envueltos en el absurdo, terminan por contarlo a
gritos a los cuatro vientos. Soy de ese tipo de tipos que cree que hay mundos
en los que hasta un parqueadero guarda el secreto de un romance prohibido, que
los arboles dan sombra a la luz de la luna y que los animales son representaciones
vivientes de nuestros sueños, tal vez hasta de nuestros nombres.
No estoy sujeto al prototipo al que se sujetan esos
sujetos indolentes y altivos, verdugos de sí mismos, asesinos de sus propios
sueños y mártires a su vez de su propia estupidez. No con esto quiero decir que
soy un sujeto que no se sujeta a cierto tipo de prototipos que me hagan del
tipo de muchos tipos. Solo digo que un sujeto que no sujeta su geta, no es del
tipo de tipos que encajan en arquetipos, porque no la sujeta por dejarla libre,
sino por pensar libre. Es ahí mismo donde el problema nace y la tortura yace. Pensar
libre para luego existir libre, vivir libre y morir cautivo. Porque siempre muere
cautivo el que pensó que por pensar libre jamás le romperían el corazón. Ese
soy yo. Un tipo de esos tipos que jura no estar sujeto al estilo de los sujetos
que se confunden con el montón, pero que carente de excelencia termina esclavo
de un perpetuo camuflaje de apariencias vanas. Libre de hablar, mientras hable
de corazón. Esclavo de lo que dice, como esclavo es quien habla guiado por el
corazón. No estoy sujeto a ese prototipo al que se sujetan ciertos sujetos,
porque no hay nada extraordinario en ellos. No lo hay en ellos y no lo hay en
mí. Simplemente soy diferente por la compleja contradicción que en mí mismo
represento, cautivo de mi libertad y real en la ilusión de mi imaginación.
Siempre contradictorio y siempre fiel al
prototipo de tipos como yo, termino odiando en quien me convierto. Porque soy
de ese tipo de tipos, que de entre tantos tipos de tipos, escogió ser del tipo pusilánime
y procrastinado. De los que juran que, el no que sale de sus bocas, será el
definitivo. De los que creen que proponerse no llamar, no escribir, no buscar,
es en definitiva la certeza del absoluto cumplimiento de su afirmación, sin
saber que en el fondo se oculta la perversa necesidad de ser contario a ella y
morir lento hasta terminar llamando, escribiendo y buscando. Siempre he querido
ser del tipo de tipos que dicen no más con la tranquilidad que genera concluir
un episodio. Siempre he querido ser un sujeto, sujeto al estilo de los sujetos
que erguidos y con la frente en alto van por la vida sin recuerdos tormentosos.
Pero maldita sea la suerte que se burla de mí, que me ve pasar errante como ese
tipo de tipos incapaces de olvidar, que cotillea con suertes ajenas, mejores
que ella, nutriéndose de mi soledad. Soy de ese tipo de tipos que al final
resulta no ser de ningún tipo. Soy de esos sujetos que no se sujetan al estilo
de muchos sujetos, pero que indiscutiblemente anda siendo ese tipo de tipos
igual a todos los tipos.
martes, 15 de octubre de 2013
Moriré solo, moriré sin mi media naranja.
Dicen las abuelas que es como un baldado de agua
fría, como un corrientazo que recorre el cuerpo de la cabeza a los pies derechito
por la espalda. Jamás había tenido en mi vida esta absurda sensación. Jamás me
había sentido tan incompleto y desesperado. Miro la hora y me doy cuenta que el
tiempo ha pasado, que no se detiene, que castiga sin piedad. Miro la hora, me
miro al espejo y noto que no soy el mismo, que no debería ser el mismo, que ya
es hora de hacer las cosas bien y al derecho. Disparejo he salido muchas veces,
incompleto muchas otras. He desperdiciado mi vida combinando inútilmente compañías,
para no sentirme desnudo. Para no sentir el frío de andar en mis propios
zapatos. Siempre ocultando mis falencias, siempre disimulando los vacíos,
siempre, y no nunca, mitigando la esperanza de tenerte.
Te busco en vano en los rincones de mi casa. Los
pasillos se hacen túneles y los cuartos celdas. Las ventanas decoradas con
floridos barrotes me recuerdan que no tengo escapatoria, que debo encontrarte,
que debo sosegarme con tu compañía. Entonces recuerdo la última vez que te vi,
la última vez que te tuve. Trato de pisar tus pisadas, de recorrer tus
recorridos, pero infructuoso es mi esfuerzo y en vano guardo la esperanza de
tenerte. Me doy cuenta que no hay mal más cierto que la incertidumbre de
tenerte siempre a mi lado.
Cuánto ansío sentirte, cuánto anhelo que me envuelvas,
que me abrigues, que te quedes. Tal vez deba luchar con el desorden de mi
mundo, para no perderte más en él. Vas y vuelves como la lluvia, que a veces
refresca y a veces inunda. Qué angustia insoportable saber que de todas eres
una y ninguna de todas las que aparecen. Tal vez estoy ciego y he pasado por tu
lado. Te busco en el ropero, en las gavetas y en la cesta con la ilusión de que
tan solo estés jugando conmigo, un juego infantil de los que te gustan.
Pasmado por el cruel escenario voy perdiendo el
corazón, voy perdiendo los motivos para seguir creyendo. Desconcertado y
aturdido por la angustia pierdo la razón de a pocos y empiezo a tirar las
puertas. Golpeo las paredes buscando aminorar el dolor de mi alma, que no es más
que la eterna mácula, de la profunda herida que dejó tu tormentosa ausencia. Me
empiezan a temblar los pies, solo Dios sabe el dolor y las lesiones que me va a
causar que no estés. Angustioso reviso por última vez tu espacio, pero no estás. Qué te has hecho princesa adorada, dónde te metiste guardiana de mis senderos.
miércoles, 9 de octubre de 2013
No le encuentro el gusto a la cerveza
He pasado toda la vida cuidando mi hígado, mi
páncreas, mi corazón y mi estómago. Con esos antecedentes genéticos no puedo
darme el lujo de andar desperdiciando células a diestra y siniestra, uno nunca
sabe cuándo vaya a necesitarlas en serio. Mi cuadriculada vida ha sido siempre
igual, monótona como eso, como una cuadrícula. Entre medicamentos, dietas y
religión, he pasado escondido los últimos 26 años de mi amarga existencia
absteniéndome de las mieles de algunas comidas y muchos vicios placenteros (como
el sexo y esas cosas malas). Me he dedicado a escuchar las aventuras de mis
amigos y la descripción de sus gustos culposos. Digamos que en materia de
comidas no ha sido mucho lo que no he probado, si peco en algo es en ser
demasiado glotón, pero en cuanto a bebidas se refiere soy un ignorante total.
Cada vez que voy a un café termino por pedir algún coctel de colegiala con
muchas frutas y colores. Pero no más. Me cansé de que el mesero le sirva el
coctel a mi acompañante y ponga cara de asombro cuando deba advertirle que no
es para ella sino para mí. Hoy, he decidido hacerles caso omiso a todas las
advertencias médicas y obedecer a mi naturaleza masculina que dicta que todo
macho de pelo en pecho y espuma al orinar debe ser buen bebedor.
Majestuosas y premiadas existen en mi país. Rubias,
morenas, rojas, ligeras, nacionales e importadas, de todo tipo y variedad, la
reina de las bebidas se presenta burbujeante y seductora para hacerse desear
por los pobres e inocentes bebedores. Me rindo ante la tentación en un bar
cualquiera de un parque cualquiera. Un bar de esos que con el nombre hacen
temblar la billetera porque en la carta las bebidas nacionales valen lo de las
importadas y las importadas valen lo que vale importarlas, exportarlas y de
nuevo importarlas. Me siento cerca de la barra para ahorrarle la fatiga al
mesero y acabar con mis ahorros, es que tengo pensado probarlas todas. Empiezo
con una ligera nacional. El primer sorbo es más amargo de lo que imaginaba, no
me gusta para nada. No sé cómo hacen para tomar y tomar de esto sin hacer mala
cara, tenía otra idea en mi cabeza. El segundo sorbo baja más suave. Sabe mucho
mejor. Es burbujeante, espumosa y está muy helada. Tomo un tercer sorbo,
pequeño, lo saboreo y lo trago. Me desaparece la sed es una bebida mágica, sin
duda alguna los egipcios son unos genios por haberla inventado. Sin darme
cuenta la termino y parece que al final sabe a gloria. La segunda en la mesa es
una rubia nacional, no es nada especial. Es bastante más amarga, el mesero
tenía razón con eso. No supe en cuántos sorbos la terminé pero estaba como
buena, aunque no tanto. Me urge una tercera para seguir probando porque no me
convence mucho y el mesero se acerca con otra rubia extrafina nacional. Tiene
mucho sentido eso de que las cosas buenas toman su tiempo. No sé mucho de
bebidas como lo dije pero esta se siente más añeja que las demás.
De la misma casa una morena y quisiera poder
decirles a qué sabe pero me urge ir al baño. Qué afán me dio de la nada, siento
que la vejiga se me va a estallar. Voy y vuelvo del baño en un santiamén y hay
una roja en la mesa cuando regreso. Sabe diferente, como entre la ligera y la
morena o la morena y la normal o más bien normalmente morena ligera. No sé si
ya les dije pero la nena de la mesa de al lado está cada vez más linda. Viene
el turno de las importadas. Una botella verde se asoma en la bandeja del
mesero. Es muy curioso que no se le caiga si la mueve como tabla de surfear
cazando ola. La pone sobre la mesa y ahora esta se mueve con ella. Le doy la
mano al mesero porque ha sido un gran mesero, el mejor mesero del mundo, se
merece una buena propina pero mejor le doy un abrazo que hijuepuyas (perdón con
las señoritas). Esta de botella verde sabe a agua, no sé cómo. ni por qué pero
baja en tres sorbos. Viene una alemana de botella oscura que se tambalea más
que la anterior y la recibo con mucha alegría.
Qué música tan buena la de este sitio, qué
ambiente, qué gente tan querida, que niñas tan lindas. Cómo los quiero a todos.
Después de la anterior todas saben a agua. No les encuentro mucho el gusto por
lo que me veo obligado a seguir probando. Si supieran cuánto los quiero, no
dejen de leerme por favor que ustedes son los mejores lectores del mundo. Los
amo porque son unos verracos, no se preocupen por mí que si esto se publica es
que llegué vivo a la casa.
Belgas e inglesas se acomodan en mi mesa, como los machos de verdad. Parece que todos
tienen ataque de risa. Todos menos mi billetera que empieza a sufrir por la
cuenta. Pero no hay de qué preocuparse le digo yo, eso ahí miramos qué hacemos.
Cantemos para alegrar el ambiente mejor. En estos chuzos no ponen ranchera o
qué, que me pongan a “Chente” que esto se compone.
Quiero confesarles algo…
Tráiganme otra porque quiero confesarles algo desde
el corazón, otra "monita" de esas…
¡Yo no quiero agua, yo quiero bebida! ¡¿Cuál chito?!
Es que mi plata no vale que no puedo cantar o qué. Venga amigo yo estoy bien,
perdón, de verdad perdóneme pero es que estoy triste, o bueno, no triste, estoy
feliz, o bueno no feliz, estoy… balde. Páseme un balde que no me siento bien.
Qué le echaron a esto ustedes le echaron algo. Cómo
que no sé tomar, yo sé tomar porque no me echo la cerveza encima ¿Que cómo me
llamo, qué dónde vivo, que dónde estoy? Me va a dar trabajo o qué que esto
parece una entrevista. Yo no necesito trabajo, yo necesito saber y quiero saber
si me amas tú, jajajajajaja. No estoy borracho, no. Es que si el lobo de los
tres cerditos se comió a caperucita y besó a la bella durmiente entonces qué
pasó con los enanos de Blancanieves, a mí me devuelven la plata. Cómo que no
entiende lo que digo, yo no hablo inglés, le estoy hablando un alemán claro. Yo
pago esa pinche cuenta ¿cuánto es o qué, cuántas me tomé?
Ustedes sí es que son muy líchigos peleando por 8
cervezas. Mire no me gustó su chuzo mejor me largo y para que conste: no le
encuentro el gusto a la cerveza.
martes, 24 de septiembre de 2013
El pelo que no sabía que era peluca
Esta es la historia de un pelo que no sabía que era
peluca. Todas las mañanas se levantaba convencido de ser el más hermoso de los
pelos, de la más hermosa cabellera. Radiante el sol que entraba por la ventaba,
pretendía iluminar su folículo piloso, nutriendo de emociones toda su cutícula
hasta llegar a la raíz. Era espléndido el brillo que podía tener. Con una
sonrisa de oreja a oreja se dejaba consentir por las manos que lo recogían y
recorrían cada centímetro de su ser. Era olido, revisado y cepillado
minuciosamente cada mañana y cada noche, pero curiosamente el único pelo que se
sentía diferente, entre los millones que lo acompañaban, era este.
Siempre tuvo miedo de lo que dijeran los demás, por
eso se guardaba lo que sentía. De vez en mes se hacía el artista y dejaba
escapar uno que otro comentario pero inmediatamente era masacrado por sus
colegas. Vaya vida tan difícil la del que vive engañado. Vaya vida tan difícil
la del que vive escondido. Todas las semanas recibía cariño extra. Cada jueves,
siguiendo un ritual sagrado, era llevado a un tratamiento especial de limpieza
y nutrición. Era un pelo real sin duda alguna, era un pelo de verdad.
Cierto día, mientras era cepillado, oyó hablar de
un viaje. Era el viaje de su vida. Recorrería Suramérica en automóvil. Tardaron
una semana en definir el itinerario y el
domingo en la noche tenían empacadas las maletas y subidas en la parte de atrás
del carro. Partieron muy temprano en la mañana del lunes. Las maletas se
tambaleaban y el techo del carro se había replegado para que la brisa y el sol
lo acariciaran. No podía ser más fantástico el recorrido. Una que otra parada
técnica para ir al baño, poner gasolina en el tanque y muchas paradas para
tomar fotos. El pelo se lucía en cada captura, quería dar su mejor pose y su
mejor ángulo. Era un viaje mágico.
Ya habían pasado Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.
Para cuando cruzaron la frontera con Argentina, un presentimiento lo hizo
temblar de la raíz a la punta. Algo no andaba bien. La abundante cabellera que
lo acompañaba ya no era tan abundante. El brillo que lo caracterizaba, había
desaparecido. Debe ser la falta de cariño, debe ser que por cinco meses se
habían olvidado de su tratamiento semanal de cariño y cuidados, los jueves en
la noche. Debe ser que el descuido y el olvido lo estaban asesinando. Cómo hace
un pelo para aferrarse a la vida, cómo hace para vivir lo que siempre estuvo
inerte. Vivía lejos del sosiego, con un alma perturbada porque la brisa le
dejaba ver como se arrancaban uno a uno sus oscuros homólogos.
Algo no andaba bien y ya era evidente. El
recorrido, al menos para él, había terminado. Se consolaba pensando en todo lo
que había vivido, aunque la tortura de lo que quería vivir le resultaba
insoportable. Tal vez lo último que alcanzaría a ver sería el hielo impetuoso
de la Patagonia, como presagio de su
frío final. Ya ni la Tierra de Fuego, donde estaba, podría abrigar el frío de
la muerte que lo acorralaba. El último tramo atraviesa desde Santa Cruz hasta
Buenos Aires y no se dio cuenta cómo llegó. Preso de la angustia y esclavo de
un amargo desconsuelo sabe que al llegar a la capital en un salón de belleza dará
el adiós final. Avenidas y calles que deberían estar llenas de vida y color
parecen simplemente opacas y muertas.
Entran en un extraño recinto, la campanita suena al
abrir y cerrar la puerta. Adiós Paraguay, adiós Brasil, su desierto y su
carnaval, adiós al feliz regreso. Está tan distraído que no nota lo particular
del lugar, no nota que hace mucho dejaron de notarlo. Pero con esa tranquilidad
que sobreviene un momento antes de morir, abre los ojos para hacer fotografías
mentales de todo. Justo ahí se percata que nunca había sido lo que siempre creyó.
Que no está en un salón de belleza y que nunca lo necesitó. Que aquí todos
parecen perfectos, que los pelos argentinos son divinos, más elegantes y
estables. Abre los ojos y se percata que nunca tuvo claro que era un pelo más,
en una peluca, de pelos cualquieras.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Pensándolo bien no es machismo, es sensualidad.
Este siempre ha sido un espacio de opinión. No discriminamos las ideas de la gente por su sexo, orientaciones, desorientaciones o mala ortografía (se les arregla antes de publicar). Hoy quiero compartir con ustedes uno de los textos más sentidos que se hayan publicado en este blog. Mi maestra, "La señorita de los Rines", se tomó unos minutos para sacarse la piedra del zapato y plasmar un par de ideas que espero les gusten tanto como a mí. Por ella, en gran parte, escribo como escribo. Por ella, en menor parte, soy como soy. Pero sin duda alguna por ella siento como siento porque nadie siente como ella. ("La señorita de los Rines" es su seudónimo, ustedes saben cómo son los artistas siempre ocultándose).
"El machismo está marcado por épocas de esclavitud, donde la mujer no era valorada intelectualmente, no tenía opinión pública y se convertía en la sombra de un marido, que sin importar clase social, era quien traía el pan y la leche. Muchas cosas han cambiado desde esos tiempos, hay que reconocerlo. Las mujeres de ahora deciden si ambicionan ir a la universidad, estudiar lo que su corazón les inspire, ser reconocidas por su intelecto, tener una posición propia en la sociedad y no esperar que el hombre lleve el pan y la leche a su casa, porque ellas ya pueden comprar la marca de leche que les guste o vaya con su dieta. Otras mujeres, sin que se valore menos su esfuerzo, deciden quedarse en el hogar, atender a su esposo, cuidar de sus hijos y así son felices. Esa discrepancia enseña que ahora pueden opinar, llevar las riendas del hogar o hacer casi todo lo que se les antoje. Diferencias, que evidentemente, definen nuestra sociedad entre una época y otra.
Por otra parte,
también escogemos con quién queremos estar. Las mujeres salimos a la calle, conocemos un hombre intelectualmente
atractivo, físicamente seductor, de palabras encantadoras, que sabe de música y
que tal vez interpreta melodías silenciosas de algún instrumento, opina algo
sobre política, le gustan los niños y los ancianos, tiene ese pensamiento idealista
de querer cambiar el mundo sin hacer nada, se plasma perfecto y nos saca una
sonrisa. Nos hace suspirar y levitamos mientras disfrutamos de su compañía,
pero ¿quién es ese hombre tan perfecto en realidad?
Con el tiempo, tal
vez, se dan las cosas. Comenzamos a conocerlo un poco más. Es un personaje
familiar, con una profesión interesante y prometedora y nos damos cuenta que es un “buen partido”,
hipotéticamente hablando. Cierto día, de ese idílico cuento de hadas, tomamos
la decisión de vivir con él. Ahora, somos madres que trabajan y estudian. Mujeres que nos
desvelamos haciendo tareas y madrugamos para preparar desayuno y levantar los
hijos para el colegio. Mujeres que deben recoger ropa sucia y lavarla, barrer,
trapear y limpiar el polvo, ¡claro!, es que eso nos hace grandes mujeres ¿A
caso no son muchas funciones para una sola persona? Dónde quedan las
oportunidades profesionales que llegamos a perder al prevalecer nuestro instinto
de madre. Entonces, en ese preciso instante nos preguntamos, ¿qué pasó con ese”
hombre perfecto”?
Es el “Machismo
civilizado” en todo su esplendor. El hombre “perfecto” no sabe cocinar y tampoco
le interesa aprender, no “colabora” con recoger los calzoncillos del baño y
mucho menos los platos de la mesa
después de comer. No sabe lavar ropa, ni cómo barrer o trapear, es aún no sabe lo
sexy que se ve en delantal y por lo visto ni le importa enterarse. Piensa que
siempre tendrá quien haga ese tipo de cosas, mamá, abuela, novia o esposa, disfraza
la sumisión en palabras como “verracas”, “emprendedoras”, “echadas pa’ lante” y
“hacendosas”, excusas aberrantes que nos
dejan en el mismo lugar de la época de nuestras abuelas. Excusas que muchas
escuchamos al crecer, pero que olvidamos, o ignoramos, con el transcurso de los
días.
Instruyámonos
mujeres, ¿por qué engañarnos? la responsabilidad no es toda nuestra, la
responsabilidad debe ser 50/50, y digo debe porque no puede ser negociable. El
hombre tiene la misma “carga” a la hora de enfrentar el hogar. No soy feminista
al 100%, porque en mí existe esa parte machista en la que el hombre debe llevar
el paso en el baile, cuando te toma fuerte por la cintura y te sostiene contra
su pecho. Aunque pensándolo bien no es
machismo, es sensualidad, y bastante que les hace falta por estos días."
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Apareces, desapareces.
Apareces de la nada, con tu
carita y tus palabras. Apareces con nada en las manos excepto un paquete de
promesas. Apareces para hacer que crea, para hacer que olvide las heridas.
Apareces para calentar mis noches frías. Apareces y sin cuestionar te dejo entrar,
te invito a seguir, te hago dueña y señora de casi todo. -Todo lo que no ves es
tuyo. -Por qué lo que no veo. -Porque lo intangible es lo que más valor tiene. -Pero
quiero lo que se ve y lo que no se ve, lo quiero todo y punto. Apareces con tu
ambición para dejar que fragüe lentamente la idea de no sacarte, que fragüe
lenta y dolorosamente mi obsesión porque te quedes. Aceleras la llama con tu
aliento en mi oído, la aceleras estratégicamente con tus susurros para que
creas que soy yo el que tiene afán. Apareces y pareces perdida, tal vez una
pérdida más que le encuentro a mi lista, perdida o no, decides pasar al menos
la noche.
Desapareces como tienes por
costumbre. Recorro cada rincón, cada pliegue de mi cuerpo para tratar de
encontrar tu aroma. Recorro mi ser para tratar de encontrar el mío al menos,
porque siempre que desapareces te llevas todo mí. Desapareces como tienes por
costumbre, vienes llorando, te quedas peleando y te vas sonriendo. Desapareces
como hacen los fantasmas, que aunque muy amigables sean, tienden a desaparecer
cuando se aburren. Desapareces para llevar al límite mi cordura, para serruchar
las vigas que sostienen el techo que resguarda la esperanza de que algún día aparezcas
y te quedes. Con lamentos recorro mis lugares, sollozando tus lugares, a gritos
nuestros lugares. Esos lugares que si hablaran, darían testimonio de mi
sufrimiento.
Apareces, sublime, perfecta, casi
inalcanzable de nuevo, disfrazando el abatimiento y el cansancio de tantas
guerras perdidas. Apareces con un regalo en tus manos y una promesa en tus
labios. Promesa que he escuchado tantas veces que perdí la cuenta. Llenas todo
con tu olor de nuevo y sacias mis ganas de ti. Te rindes en mis brazos y
perdemos la noción del tiempo y de la vida.
Desapareces antes de que abra mis
ojos. Desapareces sin que lo note, desapareces y me dejas peor que al principio.
No puedo ni maldecir el momento en que te dejé entrar, porque sumando, malditos
serían todos mis días. Desapareces sin razón con razones que siempre te sobran
a la hora de volver.
Apareces, jurando con lágrimas en
los ojos que no te volverás a marchar. Incrédulo vacilo un segundo antes de
dejarte entrar, pero acaso podría dejarte ahí.
Desapareces cuando volteo la
cabeza para indicarte el camino. Desapareces más rápido de lo que imagino.
Apareces para evitar que muera.
Desapareces para ahondar la
herida.
Apareces porque sí.
Desapareces sin porqué
Apareces, desapareces. Eso hacen
los fantasmas.
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