miércoles, 18 de noviembre de 2015

Dicta Dura

No logro recordar la última vez que me senté en esta vieja máquina para escribir, mucho menos logro recordar de qué hablaba, o qué sentía. Los días de los mensajes ocultos entre las líneas de las columnas del periódico local han terminado. Qué hace diferentes a los dictadores, si parece que repiten las pisadas de sus homólogos y se copian los modelos unos a otros para domesticar naciones salvajes enteras. Qué tienen de especial que terminan por reprimir la opinión de nosotros, los amantes, los apasionados, los soñadores. Las cosas no han sido fáciles desde su ascensión al poder, triunfo paradójico, porque fue marcharse lo que más autoridad le dio. No recuerdo la última vez que pude escribir libremente, pero sí recuerdo la forma en que todo se complicó. Un inicio sencillo tratando de convencer a algunos. Una palabra por ahí, otra palabra por allá, fueron siendo suprimidas de nuestros textos.  Al principio no fue más de una palabra a la semana pero con el paso del tiempo, se prohibían expresiones completas y ahora, a pesar de que se nos considera un pueblo libre, se han prohibido temas completos.

Pero nos hemos acostumbrado, digo, se nos han prohibido las caricias, la cercanía, los vínculos personales, se nos ha prohibido hablar de amor, practicar el amor, decidir el amor. A la más mínima expresión de afecto se nos confina en un pequeño espacio destinado a manera de celda, en el que no se nos habla, no se nos escribe, no se nos piensa siquiera. Pero que dicte lo que quiera una persona, el alma es libre de sentir, libre de pensar, libre de hacer lo que quiera y no hay nada más ingenioso que el corazón de un olvidado. Por eso yo, escoria de los guerreros, en esta afónica e indiferente celda presumo valentía y escribo esta, mi última carta. Última porque tal vez mañana no esté vivo, porque la muerte de un escritor es la condena de no volver a ser leído. No importa que juegue con las palabras, no importa que camufle mi mensaje como hace un tiempo, cuando desafías la dictadura de frente, el poder de la fuerza es implacable. Estricta e indolente, se alzará como la reina impaciente que es y descubrirá mi mensaje, sabrá entonces que me he vendido a la causa y no podrá perdonar a este su perpetuo amante por tocar su tesoro.

Hay temas velados, temas manipulados y temas prohibidos. He recibido amenazas de toda índole si llegase a tocar alguno de ellos, cada una peor que la anterior, cada una más terrorífica que la otra. No puedo hablar de hadas, de fantasías inconclusas, no puedo mencionarlas, no puedo develarlas, ni puedo siquiera insinuarlas, el castigo: disolverme en el rincón que ignora. Imposible hablar de partidas, de despedidas, de adioses sin fin. Imposible merodearlos, imposible pretenderlos, inaudito nombrarlos no importa que la información esté manipulada, porque tal es su furia que inmediatamente recibo un llamado con reprensiones, un llamado a la cordura, recibo un llamado a lo que esta dictadura llama “madurez”.  Pero prohibido tengo sobre todas las cosas hablar de fauna, de animales salvajes, de mamíferos marinos y de mitología griega. Esa es la joya de su corona. No hay ventana por la que pueda escapar, ni pelo que se me escape de su furia si tan solo me acerco a diez mil kilómetros de distancia a esos temas pues sin clemencia seré condenado a la muerte en el exilio. Yo sé que suena ridículo, pero así son las dictaduras, ridículas y sin sentido.


Es esa mi peor condena, amar a quien dicta la soledad de mi destino y ser un patético esclavo de sus caprichos, cuidando el tesoro por el que me reemplazó, un rey sin melena, un semidiós sin fuerza, un brutazo sin palabras y sin letras. No recuerdo cómo todo comenzó, pero sé que con esto todo termina. Un año, dos años o cincuenta años.   

lunes, 3 de agosto de 2015

Odio las placas

Hay mil y una formas de arruinarle la vida a alguien. Están las de tipo novela en que la mujer contrata un asesino para acabar con la amante de su esposo, la famosa y clásica treta de “estoy embarazada” o simplemente decirle a alguien después de muchos años que es adoptado. Son algunos de los más básicos, y novelescos, ejemplos que existen en el inconsciente colectivo de millones de personas que han crecido al lado de Esmeralda, Gata Salvaje y las Marías de Thalía. Pero ¿y si les dijera que hay formas mucho más complejas para arruinar la vida de alguien? seguramente un tradicionalista televisivo diría que es imposible. Encontrar la manera perfecta para arruinarle la vida a alguien requiere de un estudio profundo de las conductas, la rutina y la personalidad de a quien se le va a arruinar la vida (quien de ahora en adelante será llamado “el destruido”) por parte de quien planee dicha destrucción (a quien llamaremos “el destructor”). Si han escuchado la Frase “Cada cabeza es un mundo”, usted sabrá que cada posible destruido es diferente y no se puede ejecutar un mismo método para todos. Les daré un ejemplo perfecto para que tomen como referencia y puedan recibir el diploma de destructores profesionales.

El destructor y el destruido en este caso sostienen una relación compleja desde hace algún tiempo, en los ires y venires del destino han completado varios años en un juego público-oculto de relaciones pseudoclandestinas, lo que hace que el destructor conozca claramente las debilidades del destruido, su personalidad y sus fortalezas. El destructor de esta historia, posee un control supremo sobre el destruido al igual que todos sus congénero por lo que de ahora en adelante se le dirá “La destructora”. Con esa trama de dormir en el sofá o cortar los servicios ha logrado controlar a su antojo al destruido, a quien seguiremos nombrado “el destruido” por cuestiones de género. Esa información, más ese poder, dan como resultado el camuflaje perfecto para esconder detrás de algo tierno una estrategia macabra y el destruido, como todos los de su especie, no es más que una inocente paloma que cree todo lo que le dicen (qué se le hace si así son todos los hombres). Siempre la destrucción funciona mejor cuando va después de algo tierno.

En ese orden de ideas, la destructora del ejemplo, se inventa un juego con las placas de los vehículos que consiste en lo siguiente: Cada placa por lo general tiene tres letras y tres números, si a cada letra se le enlaza con el número del espacio correspondiente encontramos que la primera letra se conecta con el primer número, la segunda con el segundo y la tercera con el tercero (reglas básicas para que el destruido no se confunda). El truco del juego está en que si la placa tiene dos números iguales, la letra que coincida con el espacio del único número diferente será la inicial del nombre de una persona que en ese momento está pensando en ti. De antemano la destructora debía conocer cuánto tiempo pasaba manejando el destruido al día y cuántas posibilidades de combinaciones podían existir con su inicial, datos que surgen de a una pequeña consulta.

La dirección de tránsito de Bucaramanga recientemente publicó las cifras del parque automotor en Bucaramanga donde revela que al menos 165.365 vehículos circulan por las calles de la capital santandereana. Si a eso se le suman los 168.653 de Girón, los 135.198 de Floriblanca y los 9.664 de Piedecuesta, Bucaramanga y su área metropolitana se ubican en un puesto muy elevado entre las ciudades con más vehículos circulando. Como los cálculos de las placas con dos números iguales son astronómicos y las posibilidades de coincidir con su inicial son casi nulas, la segunda fase del plan era convencer al destruido de soñar con viajar por todo el mundo, de hacer una lista de países a los cuales ir y encontrar un nombre popular de cada nación con la cual se reconocerían ¿Sí ven a lo que me refiero? Cada fase del plan está envuelta en un terciopelo romántico que desvíe la atención por completo del destruido. Por ende el listado de países debe ser al menos de diez y con nombres muy populares.

La tercera fase consiste en reiterar el infinito amor que supuestamente se profesa por el destruido y recordarle al ver las placas que en cada momento del día, la destructora piensa en el destruido. La última etapa es la más sencilla de todas pero la más contundente, sin razón alguna la destructora debe ponerse extraña, proyectar sobre el destruido la razón de su comportamiento haciéndolo sentir culpable de sus inseguridades y tristezas y camuflar sus razones en conductas ni remotamente similares en el destruido; esto último para generar confusión y desasosiego. Sin más, marcharse sin dar explicaciones y asegurarse que por un tiempo indefinido el destruido seguirá saliendo a la calle a ver cientos de miles de carros con placas de números repetidos y que coinciden con las iniciales de los nombres de los países de la promesa.

Por eso, razones sobran para odiar las placas, porque un destruido fallecido disfrazado de transeúnte recorre las calles congestionadas de una pequeña ciudad por más de ocho horas al día. Una y otra vez con afán de llegar a ningún lado excepto al límite de su energía para tratar de agotar la mente y dejar de pensar. Más de ocho horas diarias y más de cuatrocientos mil vehículos le dan, el inevitable infortunio, de encontrar la placa precisa una y otra vez (a veces una tras de otra). Razones de sobra para odiar las placas, porque la herida se abre cada vez que estúpidamente el destruido ve la letra que coincide con alguno de sus nombre para creer que lo piensa, pero se obliga a reconocer lo contrario. Si me lo preguntan odio las placas, las placas con dos números iguales y una letra como la inicial de uno de sus nombres.


lunes, 27 de julio de 2015

Agorafobia Selectiva...

Tengo un selfie stick que ya no uso, una batería portable sin cargar y una trípode para celular en una gaveta, los tengo guardados junto a un hongo de goma y una manilla con restos de perfume. Los colecciono como suvenires y los pongo en distintos lugares para recordarme que no debo salir. “Afuera es peligroso, adentro es seguro”, es mi oración todas las mañanas y vuelvo a esconderme bajo una carpa de sábanas y cobijas que no he lavado hace más de dos meses para no borrar los restos de su esencia. Me refugio en un fuerte de recuerdos, un fuerte casi viviente de memorias palpitantes que me paralizan justo bajo el dintel de la puerta y me impiden salir como la gente normal. Claro que nunca he sido del todo normal, soy ese tipo de tipos diferente a todos los tipos que vive del romanticismo de la poesía pero igual a todos los tipos que cuando tienen al amor de su vida se portan tan mal que terminan por espantarlo. Y en esa dualidad me debato cada mañana, despertando en medio de quien quiero ser y del que tú quisieras. Repito la misma rutina, todos los días a la misma hora, una alarma en el celular, otra en el reloj, las pospongo tres veces cada una hasta que se me hace tarde y luego debo correr. De un salto llego a la ducha, jabón y champú en la misma ronda para ahorrar tiempo y agua y me pongo, sin planchar, cualquier prenda limpia de mi armario. Me visto los mismos zapatos sucios de todos los días e intento salir, pero algo me lo impide: soy agorafóbico.

Según el diccionario la agorafobia es un trastorno de ansiedad que consiste en el miedo a las situaciones cuya evitación es difícil o embarazosa y de acuerdo con la etimología de la palabra, la agorafobia está especialmente relacionada con el temor intenso a los espacios abiertos o públicos en los que pueden presentarse aglomeraciones. No estoy loco como dice mi familia, créanme, lo he hablado por varias semanas con mi terapeuta. Lo que no hemos podido esclarecer es el tipo de agorafobia tan particular que padezco, porque existe una clara diferencia en salir a ciertos lugares y a otros, entendiendo “otros lugares” como sitios donde el fatídico destino, despiadado y burlón la cruce en mi camino. Sí, podría decirse que soy un agorafóbico selectivo, que no tolero la idea de salir a la calle y verla con él porque cuando eso pasa se apoderan de mí la taquicardia, los temblores, astenia náuseas y mareos. Yo sé que ustedes me entienden, que no soy el único loco sobre la faz de la tierra que se paraliza cuando eso pasa. 

Por eso aquí vivo, inmóvil e inmutable, perdido en una anacronía casi sistemática con segundos que avanzan y se detienen cada vez que te recuerdo, la clave morse de mi amor que a gritos te necesita. Esperando que pase el tiempo para volver a tener una oportunidad y aunque sé que la gente se deja para después, después no está, trato de confortarme en mi castillo imaginario, rogando al cielo por piedad para acabar este dolor que me consume, pidiéndole a la tierra que gire al revés, que gire hacia atrás para volverte a ver aunque sea una sola vez, que gire lo suficiente hasta llegar, si es necesario, al día antes de conocerte para no volverlo a hacer. Pero este destino me ligó a ti y ahora no te quiero soltar, no puedo avanzar más, ni siquiera pueda salir de la puerta de mi casa por el temor que me produce ver que sigo creyendo que eres para mí mientras tú sonríes con alguien más, mientras eres feliz. Por eso decidí escribir, este es mi mensaje en la botella y lo escribo desde la isla del olvido después de haber naufragado en el mar de tu desprecio. Se alguien me lee y me ve titubear para salir, no me juzguen, no se burlen, sufro de una rara patología que entorpece mis sueños y me arrebata la alegría. No es una tuza como algunos dicen, no es un desamor, no es que "mucho amor pudo matarme" después de todo, es que soy un agorafóbico selectivo.

lunes, 20 de julio de 2015

No se parece a mí

Jamás había escuchado una estupidez tan grande en mi vida, ¿cómo que se parece a mí? En lo más mínimo se acerca un poco a quien soy. Si te paras a detallar notas que algo le falta, solo que aún no descifro bien qué es. Puede ser la sonrisa, este monigote no tiene sonrisa y yo siempre sonrío, por favor, si todos saben que nadie sonríe como yo. Sonrío aun cuando debiera llorar. La sonrisa es algo característico en mí, cómo vas a decir que se parece a mí si ni siquiera sonríe. Recuerda la primera vez que te fuiste y cómo sentí que el mundo desaparecía, que no iba a volver a amar, que no lo iba a superar jamás y sin embargo sonreía. Esta caricatura mal pintada no tiene sonrisa, es imposible que se parezca a mí. Y ni hablar de los ojos. Esos ojos sin brillo, sin esperanza, no son como mis ojos. Yo nunca pierdo la esperanza. Recuerda cuando caminabas agarrada de la mano de él y yo no dejaba de creer que ibas a volver conmigo, que no importaba el tiempo si estábamos destinados tendrías que regresar. Pues eso es esperanza pura y esos ojos no tienen la esperanza de los míos. Cualquier taxidermista estaría orgulloso de ellos pero simplemente es tonto creer que esos ojos inertes sean como los míos. 

No puedo creer que insistas en que nos parecemos, es que no tiene nada de mí, mira sus manos, están vacías y en las mías siempre habían regalos para ti. Alguna nota, algún detalle de esos cursis que sabes que me encanta darte. Vienen sin helado, sin postre ¡eso es! No se parece a mí porque no tiene ningún postre en las manos, sólo veo heridas mal cuidadas, cicatrices de mil espinas, pero no veo nada más. Esto ya me está hartando, en serio que no le encuentro sentido. Qué gran esfuerzo por conseguirle la misma ropa vieja que tengo puesta pero dejemos la tontería y vámonos de aquí. En serio que no quiero ver más esto. No quiero someterme a esta tortura, compararme a esta cosa sin sueños, sin esperanza, sin motivos no es justo conmigo que siempre lo di todo. Se le nota en la cara que ha nacido para nada, yo por el contrario nací para amarte con cada latido de mi corazón, nací para cuidarte cada día de mi vida. No digas que se parece a mí porque me haces odiarlo y el misómano es él, no yo. 

No me hagas mirar más por favor, esto se está volviendo muy incómodo, me está costando respirar, no puedo creer que de verdad digas que ese esperpento soy yo porque no se parece a mí. Yo soy todo menos un fracaso, no cargo con el peso de mil pasado como él, no dejo se suspirar aún por ti, no dejo de soñar contigo, dejemos este juego para después y vamos, sigamos con nuestras vidas como si nada. Mira que ya hice de tripas corazón para seguir sonriendo, para seguir con la esperanza. No sé quién es más necio, si tú por obligarme o yo por seguir mirando. Tampoco sé qué es lo que más duele, que digas que soy yo o que este yo que me muestras tiene roto el corazón y no te ama. No se parece a mí, dejémonos de tonterías y vamos que si me haces quedarme un minuto más te juro que rompo este maldito espejo.

lunes, 24 de febrero de 2014

Tengo un problema con usted


Tengo un problema con usted y con sus ojos que me resultan hipnóticos. Podría pasar el resto de mis días viéndolos en un atardecer, en un amanecer, bajo la lluvia y a la luz de las estrellas. Tengo un problema porque jamás había encontrado unos tan profundos, tan claros, tan expresivos que me hicieran perder la razón. Tengo un problema con sus ojos y es un problema serio, porque no logro encontrar los míos cuando trato de buscarlos. Sólo entreveo el reflejo de los suyos que me han marcado hasta el fondo del alma, que me hacen llevarla como parte de mí. Tengo un problema sin solución, solución que no busco, solución que no quiero. Y tal vez entonces, el mayor problema sea que un problema lleva a otro y sin darme cuenta resulto teniendo un problema con su boca, que me resulta irresistible y no quiero dejar de besarla. Ahora con dos problemas se supone debo aparentar que nada pasa aunque todo pasa. Miro sus ojos, deseo su boca y me olvido de todo, excepto de esa trágica sensación de saber que ahora tengo dos problemas a cuestas sin resolver, pesados como una pluma y ligeros como el viento.

Imán de problemas son los problemas que usted me causa, por eso cuando menos lo espero resulto teniendo un problema con su pelo. Desordenado y peinado por el viento se porta justo como quiero. Se desliza entre mis dedos como la más fina seda y deja escapar un aroma a coco recién rayado. Desaparezco y queda un rastro de mi alma que quiere fundirse con los restos de su fragancia, la más pura, la más tierna. Abro los ojos y quisiera que estuviera ahí para siempre, pero ya se ha ido. Eso hacen los dioses, se visten de humanidad y perfección, enamoran mortales y luego se marchan a seguir con sus labores divinas. Y ahí entre fantasía y dolor, arrebatado y dado a la vez, termina sumándome un problema más. Su beso, más problemático y conflictivo que los anteriores se vuelve mi adicción. Por qué la eternidad no se disfraza de segundos y me hace creer que se va a quedar para siempre. Llevo ya cuatro problemas en mi maleta, envueltos en un pañuelo con tu nombre, junto a una canción sin terminar y varios poemas prestados que repito incansablemente tratando de memorizarlos, tal vez cuando te vea, pueda robarte una sonrisa si recito un fragmento.

Distraído paso mi tiempo mirando los carros pasar por la calle, con la esperanza de que en un gesto de bondad pueda verla llegar. Milagrosamente sucede, coincidimos en tiempo y en espacio como burlándonos del cronos, le suelto el nudo al pañuelo y cuento mis problemas mientras camina hacia mí. Tengo un problema con usted y con sus ojos; tengo un problema con usted y con su boca; tengo un problema con usted y con su pelo; tengo un problema con usted y con su beso. No sé si tanta belleza hizo que se me olvidara contar, pero de cuatro que tenía conté cinco. Reviso de nuevo y efectivamente cinco suman mis problemas con el más grave de todos, su cuerpo. Tengo un problema con usted y con su cuerpo. Un problema grave porque quiero que sea mío, como suyo es el mío. Mío el suyo, suyo el mío, mío y suyo, suyo y mío y en el enredo de este laberinto que es hacer que se enamore, termine por ser mío su corazón. Sin esfuerzo, sin temores, sin pasado, sin futuro, sólo mío como suyo es el mío, desde que los cinco problemas se apoderaron de él. Cuando lo compraron, cuando lo raptaron, cuando se apoderó usted de mí.


Pero no puedo evitar pensar que donde caben cinco, caben seis y que problemas es lo que nunca sobra en la vida. Entonces descubro que tengo un problema con usted y con sus obstinadas ganas de no quererme como yo la quiero. Seis son en total, cinco arremeten contra mis sentidos y uno que atenta contra mi razón. Tal vez el peor de todos los problemas es convencerme que al final ningún problema tiene usted conmigo, míos son los que hay y suyos los que no existen. No existe un mío el suyo como suyo el mío, mucho menos un suyo y mío. Tengo un problema con usted, aterrador, abrumador y absurdo que agota mi impulso. No soy de los que se retiran fácilmente, de los que desisten sin batallar, pero mi problema con usted es más serio de lo que creo. Me paraliza, me aturde y me anula, porque simplemente no puedo tragarme lo que siento a la espera de que sienta. No pretendo solución, no pretendo contagiarte mis problemas, no lo hago porque te conozco. Conozco tu firmeza, tu decisión, tu determinación y al final sólo me encanta más. No puedo hacer más que aprender a soportar, a sonreír con tu sonrisa, a suspirar con tu fragancia, a morir si se te escapa un beso y a vivir con el hecho de que tengo un problema con usted.

lunes, 17 de febrero de 2014

Plan B

La primera vez que me dijeron: "tenemos que hablar" no tenía ni idea de lo que me esperaba. Perfectamente podría ser alguna cosa efímera del montón de cosas sin sentido que pasan en un día. Pero con el paso del tiempo, y un poco con la experiencia que se va adquiriendo con los años, entendí que esas tres palabras implican un conflicto. Sea como sea, esa es una frase cargada de tensión y energía negativa. Inmediatamente colgué, me senté y me preparé para lo peor. Sabía que nada bueno vendría después de eso. Por lo tanto, y conociéndome como me conozco, sé que necesito un plan B., porque una vez que esté frente a ella me voy a hacer un ocho y voy a terminar por decir nada. Espero no ponerme a llorar como una niña y mantener la compostura que la formalidad exige. Espero ser tan firme como ella, tan estricta e indolente, porque aunque no estamos hablando todavía sé que así se va a mostrar. Preparo unas palabras en un trozo de papel, arrugado y usado como mi corazón, y me resigno a la posibilidad de tener que leérselo. Este es el plan de respaldo porque el primero me falló. Ese que tenía trazado desde el momento en que la vi, ese de quererla con locura, de adorarla con todas mis fuerzas. Todavía no sé si voy a necesitar sacar este papel, porque seguramente estaré tratando de encontrarle sentido a ese millón de razones que me va a dar. Mientras llega la hora cero gasto mi tiempo pensando mil cosas. He tratado de conservar la cordura pero esa me la arrebataron sus ojos. He tratado de conservar la esperanza pero esa también me la arrebataron, hoy al colgar el teléfono. Lamento que todo tenga que ser así, lamento que no me haya dejado estar con ella, lamento tener que lamentarme en lugar de disfrutarla. 

Me conozco tanto que sé que necesito esconder un as bajo mi manga para no dejarla ir sin que sepa lo que pienso. Y, seguramente, lo que pienso lo voy a escribir sin el temor de esperar un reproche.  Bueno, eso no es del todo cierto, no lo he escuchado todavía pero tienen tanto poder los de ella que ya no quiero ni escribir. Dicen que las cosas no se hacen si se teme, yo nunca tuve miedo de lo que hice. Hay cosas que no se hacen si se está inseguro, yo siempre estuve seguro de lo que hice. Pero tengo miedo, sí, de lo que siento. No por lo impuro o falso que pudiera ser porque no lo es, sino por la velocidad con que voy sintiendo. No sé todavía si apareció en un momento complicado, pero le abrí de par en par las puertas de mi corazón, sin darme cuenta que tal vez me equivocaba. Claro que si quiero hablar de equivocaciones debo poner al principio de la lista no saber exactamente qué es lo que quiere, para hacerlo. No sé qué razones me vaya a dar pero no quiero que se vaya. No quiero que deje de estar a mi lado. Me rehúso a creer que cuando más feliz estoy quiera arrebatarme la sonrisa que ella misma se encargó de colocar. Es una especie de diosa imperfecta, una deidad humanizada que por supuesto tengo claro está lejos de la perfección y tal vez es la persona más imperfecta del mundo, pero así la quiero. La quiero tanto que tiendo a confundirme. Por favor, nunca pensé tener que explicar que te adoro es muy poco y te quiero es el camuflaje de algo más grande. Con su inocencia y su ternura hizo borrosa la línea que separa el amor-decisión del amor-sentimiento, porque nunca decidí amarla, pero justo así lo sentía. 


Vaya enredo en el que me he metido ¿Y si no es nada malo y por el contrario quiere proponerme algo muy bueno? Qué tal que todo el terror que siento sea una mala pasada de mi imaginación y ella realmente esté planeando una gran sorpresa para mí. Sería un grave error desperdiciar mis horas sufriendo la tortura que produce la incertidumbre del futuro. No sé cómo sentirme o qué pensar pero el fatalismo siempre ha sido mi mejor aliado. Creo que este plan también empieza a fallar, como falla casi todo en lo que pongo el corazón. Espero que todas las razones que me dé pueda creerlas porque sería muy estúpido haber creído tener su corazón por el simple hecho de que ella tenía el mío, porque en verdad lo tenía. Tontamente me comprometí con ella, me comprometí con su familia, me comprometí conmigo a ser diferente con ella. Ya qué. Quería hacerla feliz, sin futuro y sin pasado. Quise hacerla feliz en el único segundo que tiene para vivir, pero durante todos los segundos que la vida me permitiera estar a su lado para vivir. Quisiera no ser tan realista y tener en el bolsillo una cápsula de optimismo pero esas no existen, como no existe un “nosotros”. Todavía no escojo las palabras precisas, pero supongo que no necesitaré muchas, tal vez seis sean suficientes. Veintiocho podrían ser más específicas pero veintinueve fatales. Por eso me decido por escribir seis, seis que me ahorran el llanto, el drama, las explicaciones y la vergüenza. Desdoblo el papel, lo aliso con toda la paciencia que no poseo y escribo lo que puedo decir para hacer que se quede. No cuenta como que la dejé ir si ella se marcha. Seis palabras, seis ideas, un abrazo, un beso, un adiós y cero esperanzas. Cuido que las letras sean claras, cuido la ortografía y pongo el punto final de mi plan B: No tienes nada qué decir, adiós. 

lunes, 10 de febrero de 2014

La cita

Busca en el viejo ropero una camisa que no use con frecuencia. La plancha con toda la paciencia que posee y la cuelga con un viejo gancho de alambre en el picaporte de la puerta de su cuarto. El pantalón que hace juego está listo sobre la cama y parece que tiene todo preparado. Se baña con mayor cuidado que de costumbre y se cepilla los dientes dos veces para asegurarse de pulir su sonrisa. No sabe exactamente hace cuánto sueña con este día. Los nervios le entumen los dedos y abotonarse la camisa es toda una odisea. Se acicala con dedicación y termina con un poco de perfume. Sabe que no es el tipo de tipos que sale a la calle y llama la atención. Sabe que es más bien del tipo de tipos que pasa desapercibido. Víctima de la presión del momento sus manos comienzan a sudar, corre a lavarlas y frente al espejo del baño se dice en voz alta: no debe notar que te mueres por ella, bueno, no a primera vista. Toma un poco de agua de la llave, decepcionado de no encontrarla tan ardiente como la del estante de la sala que hace tiempo está vacío. Una última revisión de los bolsillos, que nada haga falta. Una última revisión que le permita asegurarse de que está listo y no hay marcha atrás.


Un par de cuadras lo separan de su destino, la lucha de cómo recorrerlas termina en que caminarlas tal vez lo relaje un poco y con eso le da tiempo de tardarse como es típico en ella. Cada cuatro o cinco pasos mira el reloj para asegurarse que va a buen ritmo y que va a llegar a tiempo. Las calles son las mismas pero lucen diferentes, unas grises otras coloridas, unas frías otras cálidas, todo depende del video que lleve armado en su cabeza sobre ese momento. Ese momento de la cita en que por primera vez le diga mirándola a los ojos que le encanta, que no tiene idea cómo o cuándo se volvió la ladrona de sus suspiros y sonrisas. Se limpia el sudor de las manos con un pañuelo que lleva en el bolsillo y respira profundo porque está a unos pasos de su destino. Gira en busca de la entrada y la ve, sus ojos se pierden en el vaivén de sus pasos y su corazón late al mismo ritmo. No recordaba que fuera tan divina, no recordaba que le impactara tanto, no recordaba el camino de regreso a la realidad después de verla pasearse frente a él. Se sienta en una mesa cualquiera mientras ella sale del baño donde, asume, revisa estar perfecta para él.



Un saludo formal, típico de esos amores prohibidos, se dan la mano, un beso en la mejilla y como es correcto él se levanta y la invita a sentarse. Comienzan un charla sobre qué van a pedir, ella como la mayoría de mujeres le cuesta trabajo decidirse, aunque para ser honesto a ella le cuesta un poco más que a las demás. Resuelve pedir un café mientras ella decide y agradece con un gesto a la mesera. Mientras revisa en un mar de indecisiones la carta, él no hace más que detallar su figura. Mirar el color miel de sus ojos, la curva de sus mejillas, la forma de sus cejas, las ondas del cabello y pareciera que mágicamente dibuja con su mirada unos labios que sonríen y se portan como sueña cada noche. Ella lo descubre mirándola y se sonroja, mientras le sonríe con amabilidad. No pronuncia palabra alguna, así que, temiendo esos silencios incomodos, comienza hablar de todo un poco. Habla de un poco todo y al final solo controla las vueltas del tema que lo lleven al momento justo para mirarla, tomarla de la mano y decirle suavemente que se muere por ella. Espera de vez en cuando que responda algo, pero solo asiente con la cabeza.



Ella lo mira como creyendo cada palabra que sale de su boca, como deseando esos labios que hacen mágica la realidad y real la magia. Se turba un poco cuando lo piensa y los nervios atacan de nuevo. Aterriza en un segundo y se baja de la nube cuando ella mira el reloj como si tuviese que irse. Se pregunta si la está aburriendo y guarda silencio un instante esperando que diga algo, pero silente y expectante hace un pequeño movimiento con sus ojos como quien quiere que sigan hablando. Su vida se va en el oír. Está seguro que ya descubrió que está tan dentro en su ser que navega por su alma con toda la libertad que la da, descubriendo pasajes insondables a lo profundo del universo que encierra y que pocas personas han querido entender. Enloquecido por ella, en ella y para ella deja escapar un “me encantas” como si no importara, casi displicente. Ella no reacciona y él quiere creer que no hay que alarmarse. Pero qué débil intento de aferrarse a la vida cuándo el tiempo, enemigo de todo ser vivo, decide ser implacable. Mira su reloj de nuevo y comienza a acomodar el bolso como quien se alista para marcharse.



Por qué querría arrebatarle la gloria de las manos cuando más la disfruta. Cuántas veces un pobre diablo se topa en el camino con la perfección hecha mujer y corresponde a su miseria con un poco de atención. Desaparece de su ser cualquier rastro de alegría fundiendo su alma y su cuerpo en la más profunda tristeza y desolación. Pero resignado no tiene más remedio que permitir que se marche. Y ahí se deslizan entre sus dedos la esperanza y la ilusión como se desliza la arena cuando no quiere ser atrapada. Qué absurdo creer que en algo podrían complementarse y que ella no podría resistirse a él. Levanta la mano y le hace una señal a la mesera para que le traiga la cuenta ¿Cuánto podría tardar en llegar con el trozo de papel, un par de siglos o unos cuantos milenios? El tiempo se congela mientras descubre que no le importó, que escuchó claramente lo que conscientemente dejó escapar, pero hizo caso omiso. El silencio es incómodo y no hace nada por remediarlo.


Se porta como un espejismo en el desierto aprovechándose de toda su necesidad de ella pero no hace nada por remediarlo. Su corazón se acelera y empieza a entender que realmente jamás asintió, jamás escuchó, estuvo presente la ausencia misma del amor imposible que golpeó la cara de un enceguecido enamorado, como quien se estrella a toda marcha con una pared. Aparece un nudo en la garganta mientras desaparece el nerviosismo, aparece un afán repentino de marcharse mientras desaparece la sonrisa del rostro. El soliloquio infinito de las fantasías inconclusas llega a su fin mientras el barco, de las realidades limitadas por el siempre maldito deber, atraca en un rincón desesperanzado de su alma. Qué tan incierto es creer que le escuchó. Qué tan ciertas son las posibilidades que jamás tuvo. Desorientado en una mala jugada de su locura intenta recordar si la citó en ese lugar. Por fin llega la mesera con la cuenta y saca del bolsillo un billete. Se retira sin decir adiós ni agradecer. Se va sin despedirse y errante tropieza con las mesas. Se va mientras la mesera se queda recogiendo sólo una taza y acomodando sólo una silla.

lunes, 3 de febrero de 2014

Ella debería volver

Disfrazando lagrimas con sonrisas trato de endulzar la amargura que ha dejado tu partida. Estático, casi inerte, más bien agónico, transformo mis sollozos en gemidos para tratar de aliviar la pena que traigo amarrada al pecho, pero es demasiado inútil porque aunque he intentado varias veces arrancar mi corazón, no sería la solución aunque lo lograra. No hay nada más tormentoso que intentar caminar, que tratar de seguir. Simplemente no puedo fingir que nada pasó y pretender olvidar todo lo que vivimos. Esas actuaciones tan pobres y viles sólo les quedan bien a los payasos. Y yo, aunque hice de todo para hacerte sonreír, jamás quise ser tu payaso. Jamás quise ser un estorbo. Jamás quise ser un recuerdo. Es entonces cuando llego a la misma pregunta, constante, cíclica, conflictiva en sí misma. Mordaz, asesina y venenosa la repito como placebo inútil a mi dolor. Es que me lo he preguntado tanto que ya me parece estúpido. Quisiera verte por un segundo y preguntarte si alguna vez has pensado en volver.

Podrían por favor dejar de repetirme una y otra, y otra, y otra vez que nadie se muere de amor. En serio se los agradecería desde el fondo del alma, porque aunque a veces mi propia estupidez me sorprende, no alcanza como para no entenderlo. Lo dicen las canciones, los libros, las paredes, lo dice todo el mundo y lo entiendo. Pero no se trata de entender, es que no se siente así. Porque todavía siento la tibieza de su mejilla junto a la mía, el frío de sus manos acariciando mi piel, el corazón acelerado en su pecho. Es que todavía la siento mía y esa tal vez la peor tragedia de mis días. Sigue siendo el ángel que me acompaña a todos lados, aunque en realidad no esté. Sé lo patético que suena pero el alma a veces es terca y el corazón muy obstinado, porque a pesar que me esfuerzo por olvidarla, solo termino recordándola más. Ya basta de sermones por favor que sé que no me voy a morir, porque eso sería demasiado fácil y parece que mi destino es feliz burlándose de mí y restregando sal en mi herida.

Tengo mil razones para odiarla, incluyendo el maldito anillo y el idiota que se lo puso en la mano. Tengo mil razones para sacarla y jamás volver a pensar en ella, pero tal vez, veintidós son suficientes para que sea imposible. Veintidós golpes que se repiten cada veintidós y que hacen insoportable el dolor. Dolor con el que me he visto obligado a vivir. Vivir que es casi imposible como imposible es hacer que regrese. Me he refugiado en lo prohibido, en lo extraño, en lo absurdo, en lo ilegal, hasta en lo infinito; con lágrimas del alma y mirando al cielo he clamado misericordia, un segundo de paz, un segundo de alivio pero algo debo haber hecho para que ni la misericordia misma se apiade de mí. He tratado de quererla menos, en serio que lo he hecho, he tratado de seguir, pero no comprendo cómo hay gente que lo logra. Jamás podría sentarme a verla pasar con otro de la mano y simplemente no hacer nada, o sencillamente sonreír, no sé cómo se cierran los cuentos porque claramente no soy escritor.


No sé cuánto tiempo deba pasar, no sé siquiera si existe esa medida. No sé para qué me desgasto en escribirle si ni le importa. Por eso ya no trato de moverme, ya no trato de seguir, solo observo cómo pasan los días frente a mí y como malgasto mis horas en ella. Duele como nada ha dolido antes. Duele adentro en lo profundo de mi ser, donde todo eran mariposas y ternuras. Ahí donde sus besos hacían un vacío. Duele por mí y duele por ella, porque siempre llevaré la duda por dentro y juzgaré sus motivos. Duele porque siempre creeré que todo es la fachada que usa para taparme, para ocultar su realidad, para esconder que me ama.  Ella debería volver, se ahorraría tanto maquillaje y tal vez me ahorraría tanto dolor. Ella debería volver porque tengo preparadas mil cosas para ella. Ella debería volver para que pueda entender por qué se fue. Ella debería volver para tener la satisfacción de ser yo quien se marche esta vez.

lunes, 27 de enero de 2014

Entre viajes

Aún recuerdo su primer viaje. No sé exactamente por qué viaja tanto pero supongo que la presión de sus parientes acaba por convencerla. Aún recuerdo su primer viaje porque todo comenzó ahí. Un viaje a tierra caliente, como si el calor generalizado del calentamiento global hiciera que muchos suplicaran vacaciones para ir a buscar más calor. Se fue sin que lo supiera y no tenía razones para saberlo. Perfectamente pudo ser un lunes o un viernes y me hubiese dado exactamente igual porque no fue su partida lo que alteró el curso de los hechos sino su estadía. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero siempre he sido demasiado despistado para eso. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira. Ella tampoco tenía pensada la dulce tragedia que rompió los paradigmas de los protocolos y derribó las fortalezas de las imposibilidades.

No es de esas personas que pierden los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la compostura de la pulcritud que la formalidad exige. Así que no podemos echarle la culpa al alcohol o al típico ambiente festivo de los que habitan a ese nivel del mar. Por otra parte, la pereza sí que es un problema, o el aburrimiento lo es casi igual de peligroso. No sé si no tenía nada qué hacer, pero bendito sea el ocio que la puso a hablar conmigo. Un “Hola” fue el comienzo de una limitada cadena de emociones echas mensaje. Un “cómo estás” el principio de un interrogatorio romántico que terminó por estrechar lazos de intimidad. No es de esas personas que pierdan los estribos de sus sentimientos, pero algo debo tener yo que hice que se olvidara de que los límites existen. Envalentonado de leer su desmedida dulzura y su vasto interés, excavé en su mente con preguntas y coquetos mensajes. Por un momento pensé que quería convertirme en su todo, quería ser su “buenos días” y su “hasta mañana”. Quería ser el que movía el segundero del reloj de sus días, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su regreso. No sé exactamente por qué regresó a buscarme pero supongo que la presión de su deseo acabo por convencerla. Aún recuerdo su regreso porque todo se concretó ahí. Se concretó y se selló con la dulzura de sus labios, que como si estuviesen obligados por la vida a estar pegaditos a los míos, se posaron naturalmente sobre ellos. Regresó justamente cuando lo sabía porque no dejamos de hablar un solo instante. Conocía los pormenores de la partida, el recorrido y la llegada. Sabía cuánto tardó desempacando y cuánto en saludar, despedirse y salir corriendo a mi encuentro. No sé si sabía lo que vendría después, si sabía que todo se iba a poner patas arriba, si sospechaba que iba a ser más grande de lo que ella misma creía; pero yo no, soy muy despistado para eso. Dicen que las mujeres controlan más cómo demuestran sus sentimientos que los hombres, pero parece que es mentira. Ellas sienten más que nosotros, eso está claro, pero también son más estratégicas. Y ella, perfectamente podría ser la mayor estratega jamás conocida por la humanidad, pero no conmigo. Conmigo no lo era, porque simplemente no sabía qué la sacudía tan desesperadamente a buscarme, no sabía qué movía sus ansias de mí.

No es de esas personas que pierdan los estribos con el amor. Más bien siempre guarda la distancia que la pulcritud del pudor exige. Así que no podemos echarle la culpa al libertinaje que se apoderó de ella o a una lujuria filtrada en un momento de locura. Por otra parte sentir tantas cosas por alguien sí que es un problema, o sentirse enamorado que es mucho más peligroso. No sé si estaba enamorada, pero benditos los sentimientos que la pusieron ahí conmigo. De un café pasamos al sofá, de un botón a todo lo demás y no le pusimos reglas al reloj. No es de esas personas que cedan el control de las cosas, pero algo debo tener yo que hice que olvidara su necesidad de poder y mandato. Envalentonado por verla sin temores o prevenciones entre mis brazos exploré su cuerpo poro a poro y cabello a cabello. Por un momento sentí convertirme en su todo, fui su suspiro, su palpitar acelerado, su aliento perdido y su éxtasis. Fui el impulso del segundero en ese momento de su día, perdido en ella y abandonado en la extensión de su ser.

Aún recuerdo su siguiente partida. No sé exactamente por qué se volvió a ir pero supongo que la presión de sus parientes acabó por convencerla. Aún recuerdo su siguiente partida porque todo se puso extraño en ese momento. Un viaje de nuevo a tierra caliente, como si el calor de nuestro amor la hubiese aburrido y la hiciera suplicar vacaciones para ir a buscar otro calor. Se fue y aunque sabía que lo tenía que hacer, no tenía ganas de que fuera así. Perfectamente podía quedarse, congelar esos mágicos momentos y no dejar que nada cambiara con su partida. No sé qué tanto advierten las personas con su intuición que las cosas sobrevengan pero aunque siempre he sido demasiado despistado para eso esta vez tenía un temblor en el pecho que me advertía. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido más desarrollado que nosotros pero parece que es mentira, porque esta vez era yo quien presentía la tragedia. Esta vez tampoco tenía pensada la amarga tragedia que rompió los enlaces que al amor había creado.

No es de esas personas que recuperen los estribos con el calor, más bien, siempre guarda la frialdad que las buenas costumbres y la determinación obligan. Así que no podemos echarle la culpa al clima. Por otra parte, el desinterés sí que es un problema, o el fastidio que es casi igual de peligroso. No sé si ya no tenía nada qué hacer conmigo, si ya había hecho todo lo que quería y no me había dado por enterado, pero maldita sea la distancia que la puso a ignorarme. Ni un “Hola” que diera comienzo a una limitada cadena de emociones echas mensaje. Ni un “cómo estás” como principio de una mínima oportunidad comunicarnos. No es de esas personas que recuperen los estribos de su cordura sin razón, pero algo debí hacer yo, que terminó por olvidar el cariño que me había jurado. Decepcionado de leer de su silencio, esa desmedida indiferencia y ese vasto desinterés terminé lleno de preguntas y sin ningún mensaje. Por un momento supe que ya no era su todo, más bien era su nada. Como un Deja Vu mal repetido, volví a vivir los frutos de sus viajes. Fue entonces cuando entendí que nuestro amor fue entre viajes y que como todos los viajes, terminó cuando menos lo quería.


Aún recuerdo su segundo regreso… No es cierto, nunca regresó.

lunes, 20 de enero de 2014

Decisiones, confusiones

Nadie nunca me entenderá como ella lo hace. Descifra con tanta facilidad mi complejidad que parece leer mi mente. Una extensión de mi maraña emocional que, perfecta, se levanta y me hace sucumbir antes los encantos de verme reflejado en cada una de sus indirectas. Tan natural adorarnos que nunca necesitamos decirlo. Bastaba una mirada para acabar perdidos en un mar de nervios, esos que se sienten en el vientre y que roban el aire. Mi respiración se contaba en cuántas veces suspiraba por ella. Mi pulso lo marcaba la arritmia que me causaba verle. Para qué decirnos las cosas de frente si nos entendíamos tan bien, para qué traducir el lenguaje de la piel si todo estaba claro. Por eso decidimos jugar en la intimidad de un secreto. De nuestro secreto. Prohibido incluso para nosotros mismos. Por eso no era extraño que me vieran sonriendo por la calle cuando escuchaba alguna canción. Todo se transformaba en ella. El aire traía su olor y me hacía necesitarla, como cuando llega el aroma del pan recién horneado por las tardes. Todo era perfecto y decidimos que así se mantendría.

Pero de decisiones vivimos y son ellas mismas las que con implacable justicia nos condenan en círculos viciosos, productos de nuestra necedad, a padecer con el alma. Un alma que sufre víctima de nuestra propia estupidez y presa entre los barrotes de la resignación, clama a gritos la misericordia de un beso. Así decidimos vivir. Intocables, inalcanzables, paralelos. El vacío que separa nuestros caminos se unía milagrosamente con el error fatal de coincidir en tiempo y espacio, deseándonos desde la mísera distancia de unos pasos, la infame lejanía de unos cuerpos. Decidí que jamás le diría lo que sentía, para qué usar palabras y mundanizar esa divina conexión que todo lo conoce. Pero tal vez ese fue mi error, darle demasiado crédito a la piel, a su lenguaje, olvidándome, que aunque las miradas hablan, nada supera la certeza de un te amo al oído, de un me gustas agarrados de la mano. Me dejé confundir por la maldita inseguridad que me hizo creer, que si abría la boca para decirlo, la magia de nuestro encanto se rompía y nos convertiríamos en dos mortales más, que sólo desean la mortalidad de sus cuerpos y no la infinitud de sus almas.

Cansado de solo tocarla en mis sueños, intenté escribir con las estrellas mensajes que solo ella entendiera, para que de vez en cuando tuviera la ocurrencia de mirar el cielo y dejara escapar una sonrisa. Enmudecida, y siempre tomada de la mano de alguien más, estoy seguro que los notó un par de veces, los ignoró otras tantas, pero no me cabe la menor duda que siempre los entendió. Y decidí que no necesitaba más que eso, que me bastaba un baño de júbilo ocasional cuando soñaba con esa sonrisa que producían mis mensajes. Pero no hay esfuerzo más infructuoso que el que se hace con la mitad de la fuerza. Por qué no dejaba todo y salía corriendo a abrazarla, a besarla, a decirle, a adorarla. Porque es difícil decidir cuando las señales se tornan confusas y das por entendido un mensaje que nunca llegó al destinatario. Porque la mayor cobardía de un hombre es no tomar la decisión de mirar a los ojos al amor de su vida, agarrarla fuerte de las manos y abrir la boca para confesar los misterios de amor que esconde en las profundidades de su alma. No lo haces cuando tu aliado se confunde y se vuelve en tu contra, se vuelve y te confunde.

Por eso hoy, reúno toda la fuerza que no tengo y saco el impulso de donde no hay para decirlo todo. No más silencio, no más distancia, debe enterarse. Claro está que no puedo aparecer de la nada, con extrema sutileza y precisión quirúrgica, debo dejar un rastro de señales que la lleven a mí, que la lleven a acercarse dejando todo de lado porque yo ya lo hice. Optimista, fascinado con mi determinación y creyendo que esta vez mi plan es infalible, dejo un surco de migajas de letras que llamen su atención y la traigan a mis brazos. Hoy es el día, la hora de mi felicidad ha llegado. Ha notado, como lo tenía previsto, mi mensaje. Mi corazón arrítmico, como cada vez que hablo con ella, me avisa que el momento es ahora, que por fin existirá un tú y yo, que ya nada estorbará nuestros destinos que por fin se tocan en la inmensidad de lo extraordinario haciéndose realidad. Responde amablemente al código que minuciosamente diseñé y que sabía que sólo ella entendería y con el tono más dulce que jamás le haya podido escuchar me dice: Dile a tu miedo que ya no quieres estar más con él, que quieres estar conmigo, que quieres ser feliz a mi lado.

Sus palabras retumban en lo profundo de mi cabeza y las piernas me empiezan a temblar. Es justo como lo había soñado, justo como lo había deseado, justo como anhelé por mucho tiempo que fuera. Sonrío amablemente para disimular que me estoy muriendo, que no siento el piso y parece que estoy levanto con el encantamiento que lanza sobre mí con esas palabras. Me tomo un tiempo para responder y con la esperanza de no precipitarme y arruinar el momento quiero jugar con su mente y hacer que me entienda como siempre lo había hecho. Escojo muy bien mis palabras y digo: desde hace un tiempo no necesito hablar con mi miedo para decirle con quién quiero estar. Su rostro se transforma y, tal vez de dolor o de desconcierto, se echa a correr y se pierde entre la muchedumbre. Trato de seguirla pero es imposible, estoy perdido y ella también. Dibujo un “buenas noches” con nubes y estrellas y es lo último que digo esa noche. Trato de dormir para no pensar y en un santiamén el sol ilumina mi ventana. Salgo a la calle a buscarla para preguntarle qué entendió, por qué corrió, en qué momento no me entendió y se confundió. Pero víctima de mi propia torpeza la veo pasar de brazo con otra decisión que no soy yo. Con otro que dibuja una sonrisa postiza en su rostro.

lunes, 13 de enero de 2014

El pariente pobre de la familia.

Estrenando el último iPhone del mercado, levanta una copa llena de gaseosa porque aún es muy joven para beber y brinda diciendo: “la navidad se trata de estar en familia, no importa que no hayan regalos, no importa que no haya dinero para celulares y cosas que se quieran. La navidad es para compartir abrazos y cariño con la gente que uno realmente valora. Salud”. Inmediatamente después, se pierde en los mensajes que envía y recibe ignorando cualquier cosa, o persona, a su alrededor. Acariciando las llaves de su nuevo automóvil deportivo levanta un vaso del mejor whisky que pudo conseguir y dice: “Estoy de acuerdo con la peque y qué gran enseñanza nos da. Esta es una época en la que no deberían importar los regalos, el modelo del carro, los viajes o la ropa. Eso es el consumismo que nos imponen los medios de comunicación, lo mejor es dar un fuerte abrazo y compartir un pan en paz. Salud”. Se levanta de la silla, se dirige a la ventana, mueve la cortina y mira que el auto esté bien, le desactiva y activa la alarma por costumbre y porque le encanta como suena.

Con las mejillas aun rojas y quemadas por el frio de la nieve, revisa por enésima vez tener el pasaporte y la Visa siempre a la mano. Toma de la mesa una copa de vino, un Merlot supuestamente exquisito que compró en Napa Valley unos días antes de pasar a New York y que justo hoy sacó de la maleta para la ocasión. Lo huele, le mira la piernas y lo agita como le enseñaron el mes pasado en Chile en una visita a un viñedo. Suspira ante la mirada de todos y dice: “Brindo por ustedes, porque no hay nada mejor que estar en casa. No sé por qué la gente quisiera desgastarse viajando cuando lo mejor es estar en casa con los nuestros. Salud”. Disimuladamente revisa en su iPad el calendario y los recordatorios, para tener presente a qué hora sale su vuelo. Sin esperar un silencio incomodo el más anciano de la casa feliz de ver a casi todos sus hijos reunidos, no por los que están sino por los que no están, toma la palabra para agradecer su presencia, bueno, no la de todos pero sí la de la mayoría. Se levanta y toma un vaso con agua para su brindis, con agua porque guarda la vieja costumbre de su grupo de ayuda y sin el cual hubiese perdido todo su dinero. Los mira a uno a uno, pide que despierten a los que duermen en el sofá y con aire de presentador frustrado brinda diciendo: “Antes del brindis les recuerdo que la cuota para la cena, por familia, no la han pagado todos así que es importante que lo hagan. Y pues para agradecerles por venir a los que vinieron. Salud”. Se va hacia la cocina a buscar la comida cuando en el fondo se oye una voz que dice: Falta esa parte de la familia por brindar.

En un rincón de la sala estaban ellos, con su sonrisa gigante, agarrados de la mano esperando la media noche. Tenían lo de la cuota y los transportes exactamente, no acariciaban llaves, no tienen Visa, celulares nuevos o ropa costosa. Su rostro estaba quemado también pero por el ardiente sol de la calurosa ciudad donde viven y trabajan. Tienen lo que el salario mínimo les permite disfrutar con esa encantadora sensación de poder estar en su casa con su familia, de no deber millones en bancos para guardar apariencias, pero sobretodo con esa sutil y placentera satisfacción de conseguirlo todo con su propio esfuerzo sin pasar por encima de nadie, sin humillar a nadie y sin quitarle nada a nadie. Levanta un vaso de pasta, de esos que les dan a los pobres de la familia, con un fresco rojo y agua de tubo sin filtrar. Disimula el roto del zapato derecho parándose con los pies juntos, aclara la voz y dice: “Este año también fui a USA, Chile, Alemania, Holanda, Austria, Argentina y México con ustedes. Fui porque me alegran sus triunfos. Este año cuando iba en bus y los veía zigzagueando entre el tráfico, sentía que desaparecía el trancón. Desaparecía porque me alegra verlos en sus autos nuevos. Este año aprendí más de tecnología porque ustedes me dejaban ver de lejos los celulares, tabletas y demás aparatos que compraban. Y me alegré por ustedes. Pero también estuve triste, porque vi sus lágrimas de soledad. Cuando pasaron sus cumpleaños a solas en sus apartamentos, cuando no hubo día de la madre o el padre, lloré mientras sí podía celebrar con los míos y ustedes no. Por eso hoy que hago el recuento y pongo en la balanza alegrías y tristezas me pregunto quién es realmente el pariente pobre de la familia. Ustedes me miran con vergüenza, yo los miro con amor. Ustedes se abrazan por protocolo, yo disfruto compartir un momento de cariño con mi familia. Por eso brindo para que de regalo esta navidad reciban pobreza, si eso los hace más humanos, si eso los hace ricos. Brindo para que sean felices con lo realmente importante y para que disfruten, como nosotros. Salud”.


Baja el vaso de pasta después de tomar un sorbo de fresco, sonríe y el silencio es perturbador. Las miradas atónitas se cruzan mientras fruncen el ceño por el atrevimiento del “igualado” joven. Poco a poco desaparecen los gestos de desagrado y se transforman en enormes sonrisas. Sonrisas que se vuelven carcajadas. Carcajadas que se vuelven burlas. Burlas que borran la utópica idea de una navidad amorosa. El reloj marca la media noche sin que se den cuenta por el ataque de risa y los comentarios peyorativos, casi como por arte de magia, se vuelven en felicitaciones. Se abrazan todos con todos, por hipocresía, por protocolo, por apariencias. Nada cambia con palabras bonitas, nada cambia con mensajes de amor y paz. Nada cambia en el corazón pobre de la gente rica que envilece la bondad de quienes sueñan un mundo mejor, lleno de familias mejores. Mejores que la pobreza que ahoga a los pudientes pero que enriquece y hace mejores al pariente pobre de la familia. Comen y beben como cerdos rendidos a sus placeres. Cada uno es un mundo, cada uno es su propio mundo. Planetas distantes que se gritan muy de vez en cuando un “cómo están”, para consolar su casi inexistente conciencia. Se gritan, porque eso hacen los corazones que están lejos. Gritar. Gritar y recordarles a los ricos de verdad que son "el pariente pobre de la familia".

lunes, 16 de diciembre de 2013

El Trovador y La Luna.

Imperante era el silencio que embargaba aquella noche fría. Esas, de luna y estrellas escondidas, que torturan el alma y los sentidos con la oscuridad más profunda que la humanidad jamás pueda ver. No había luz alguna, o rastro de ella, que se colara por las ventanas y las fisuras de las puertas en la pequeña casa al final de la ciudad. Era tan pesada y profunda que no se podía ver el piso, o el techo, o pared alguna. Era tan insondable que el temor se apoderaba de la gente, temor de perderse en ella y no poder volver a la luz. Pero tal vez, sólo tal vez, la quietud y el silencio eran más inquietantes que la oscuridad. Así, que en completo sigilo y completa penumbra; en completa angustia y completa soledad; en la sala de una pequeña casa a las afueras de una ciudad, la Luna daba a luz un pedazo de su ser. Por qué la diosa de las mareas no tendría el respaldo de su padre, el sol, el rey de nuestro universo. Por qué las estrellas, sus aliadas y fieles amigas, no estaban para darle la mano a la princesa y ayudarla en su gemir. Seguramente porque su amante fugitivo era un mortal, un simple mortal que con guitarra al hombro encantaba mientras cantaba.

Ciega, la Luna intentaba encontrar algo que alivianara su tormento y le deshiciera el recuerdo, de la primera y única vez, que se le había permitido descender a la tierra. El dolor era inaguantable. Luchaba para apagar sus gritos con algo, que por la textura y la forma parecía un cojín, y que había arrebatado de un lugar cualquiera. Debía mantener su inmovilidad para no hacer ruido alguno y despertar a la gente que vivía en la casa. Una diminuta casa, como ya dije, llena de mil objetos y decoraciones inútiles, tan auténtico en muchos humanos. Las contracciones se detenían cada tanto y sus pensamientos se despejaban lo suficiente como para recordar la fiesta. Esa fatal celebración que tienen una vez al año los mortales, de toda lengua y nación, para rendirle culto y ofrendas a los dioses del firmamento.

Un día que se reserva una vez al año, los astros toman forma humana y descienden entre los humanos, buscando gente de corazón puro, llenos de luz, para dar origen a nuevos dioses que se posen en el firmamento. Pero la Luna, torpe y primeriza, trastornada por la curiosidad, no se percataba del corazón de nadie. Cuántas fechas especiales vio desde el firmamento con parejas de enamorados que juraban eternidad para su amor y que no podían disimular tanta felicidad. Ella lo envidiaba, lo soñaba, hubiese dado la vida misma por conseguirlo. Por eso, su único objetivo era encontrar un joven galante, que le escribiera los mejores versos, lo más románticos, los más dulces y los más tiernos. Caminaba por entre la muchedumbre, algunos hedían a humano, otros encantaban a amor.

Donde sea que fuese, ella era la luz. Todo cambiaba con la aparición de deidad hecha carne. Los hombres quedaban turbados y las mujeres enceguecidas por los celos los halaban de los brazos. Una diosa en todo su esplendor. Era la Luna que caminaba entre lo mortales y hacía de las suyas con su encanto. Tenía el cabello oscuro como el firmamento sobre el que se posa al brillar. Su tez era tan blanca y tan suave, que parecía como uno de esos halos de luz que acarician la piel en una de esas noches despejadas. En contraste y delicadamente posada sobre su hermoso rostro estaba su boca. Esa boca roja y pequeña como el beso de una cereza que no puedes dejar de mirar y que solo deseas besar. Sus ojos eran grandes, perfectos y tan profundos, que las palabras de todos los alfabetos unidos no alcanzarían para describirlos. Eran claros, muy claros, tan claros, que lo único claro era que quien la viera se perdía en su mirar. Así, divina y encantadora, pasaba de región en región, de nación en nación, buscando el adecuado.

Cuando la noche estaba a punto de terminar el eco del valle le trajo el sonar de una guitarra y una voz. Esa voz gruesa y viril que la estremeció de la cabeza a los pies, cantaba sobre sus amores y sus desventuras. Como un relámpago estruendoso se escabulló entre las copas de los árboles y sin que aquel juglar lo notara se acercó. Pero una mujer así no puede ocultarse, no debe hacerlo, jamás lo lograría por más que quisiera. Se cruzaron sus miradas en una sinfonía silenciosa que además los dejó sin aliento. Ella tan divina y él tan ilícito, conectados en un solo sentir, electrizante y perfectamente platónico. Ella se acerca un poco más y subrepticiamente se cuela hasta estar a junto a él y entre sonrisas, canciones y vino tiene la guarida perfecta para darle un beso. Un beso, de esos que se escapan y no alcanzan a llegar donde quisieras, se posa en su hombro. Se cruzan las miradas y por un instante el corazón no necesitaba latir, si se tienen el uno al otro no sería necesario jamás. Ahí, una sola mirada y un solo ser, envueltos entre sus sentimientos y pasiones se planta en el corazón de la Luna el deseo de ser una mortal más del montón.

Enloquecida y atormentada por las contracciones, contracciones no de su vientre sino del alma, yace en el piso de la diminuta casa medio mortal y medio diosa la culpable de la oscuridad. El culpable del silencio desesperante espera en la puerta por una señal. Espera que decida aniquilar su conciencia de diosa, su responsabilidad de deidad y su vida de perfección, para convertirse en su amante y su compañera. Para convertirse en su alma gemela. Espera que tal vez en un arrebato de demencia deje todo su esplendor celestial y se rinda a los designios de su corazón. Es que hasta los dioses sufren por él, sufren del alma.  La Luna debe parir de su interior, su deidad o su carne, y salir o desaparecer.


Los minutos parecen sempiternos hasta que la oscuridad empieza a desaparecer un poco y parece que el corazón del trovador, también con ella. No hay más llanto, ni terror, ni siquiera hay esperanza. La oscuridad desaparece por completo cuando la Luna se alza en el cielo, llena y brillante. El silencio se rompe con el sollozo del trovador que entiende que ganó la conciencia y el legado de su diosa. Que los mortales siempre serán mortales y los dioses siempre serán dioses.

martes, 3 de diciembre de 2013

La ventana...

Con el alma gastada de tanto esperar una señal, con los ojos gastados de tanto aguantar el llanto, con el corazón gastado de tanto luchar por latir, levanto la mirada por última vez y trato de recoger los pocos pedazos de dignidad que aún quedan en el piso. Todos los hombres saben cuándo retirarse, menos yo. Las trompetas nunca tocan la retirada en mis batallas que siempre terminan con la masacre de muchos de mis sueños y esta vez no es la excepción. Entre pedazos de anhelos rotos y fantasías inconclusas doy unos pesados pasos mientras me alejo. Algo me dice que me quede, que espere un poco más, pero debe ser la gran estupidez que me domina o mi inmensa capacidad de autodestrucción que detecta que algo no ha sido derribado en mi vida. Sea la razón que sea me detengo y miro hacia la ventana una vez más. Esa ventana que como en clave morse codificaba nuestros más sentidos mensajes.

Siempre estuvo abierta, así la conocí, así comenzó todo. No importaba la lluvia, el sol o la brisa, siempre lo estuvo como dándome la bienvenida. Por ella me colé un par de veces para hacer de las mías y por ella me escapé para que nadie me pillara. De un momento a otro, esa, ya no era un objeto más de la infraestructura, era un símbolo de mis cuidados, de mis picardías, de mis ocurrencias y de mis ternuras. Me colaba por ella aunque estuviese cerrada, porque el simple hecho de mirarla sabía tanto a mí, olía tanto a mí, decía tanto de mí, que parecía el portal fantástico de los sueños hechos realidad. Ella la abría para que yo supiera que estaba en casa, luego la cerraba porque me encargué de cuidarla del invierno cuando salía y a veces se entrecerraba porque nunca fui estricto y los puntos medios, para complacerla, siempre fueron mis favoritos.

También era emblema ella, no lo puedo negar. Recuerdo el misterio cuando nos conocimos, repaso incansablemente el juego de sus palabras que me ocultaban cuál de todas era. Muy consciente de que no me moría por otra mujer en el mundo, decía querer evitar que cada vez que pasara por esa calle mirara su ventana y vaya que sí tenía razón, porque desde que la descubrí jamás pasé sin ojearla. Bendita ventana, frontera clandestina de nuestro país de las maravillas, sin ley, sin conciencia y sin arrepentimientos; peaje sin costo a los excesos más exquisitos de su piel, de su cuerpo, de su ser. Bastaba con cruzarla para saber que podía ser yo mismo, podía decir lo que quisiera, pensar lo que se me antojara, ella era mi bondadosa reina y me castigaba con la miel de sus besos. Tanto me fui acostumbrando que poco a poco olvidaba quién era afuera, si le debía algo a los míos, a los tuyos, a los nuestros.

Qué placidez infinita encontraba del otro lado que por un tiempo desconocí que nada dura para siempre. Que la impaciencia es el más común de los arrebatos mortales y que como todas las reinas, por muy magnánima que fuera, tenía sus exigencias. El remordimiento hizo de las suyas y su piedad menguaba como lo hacían sus besos. Encontré el acomodo para no perderla pero tanto desprecio es abrumador y poco a poco me fui gastando. La ventana, a veces abierta y a veces cerrada, siempre habló tan claro que no fallaba en llegar el mensaje hasta mí. Ahora todo era confuso, no sabía exactamente si la abría para que pudiera entrar o para que salieran mis recuerdos, no sabía si la cerraba para retenerme o para prohibir mi ingreso. Y poco a poco me fui gastando.


Me adueñé de la acera de enfrente para vigilarla. Pasó verano e invierno y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mi alma, gasté mis ojos, gasté mi corazón y hasta mi dignidad. Pero ella resultó tan estricta e indolente qué jamás se asomó, jamás respondió. Todos los hombres saben cuándo retirarse menos yo, que sigo aquí esperando con un fardo de recuerdos que se encienda la luz, que aparezcan cortinas, que haya movimiento porque es imposible que se haya ido y no me haya dicho. Pasó invierno y verano y como una estatua en nombre de lo que pudo ser y no fue, permanecí a la espera. Gasté mis horas, gasté mis sueños, gasté mi vida y hasta mi dignidad. Inmóvil con un ramo de nubes, unos versos prestados y unas canciones recicladas aguanté hasta el límite. Pero ella resultó tan estricta e indolente que jamás se asomó, jamás se asomó porque ya se había ido.

martes, 26 de noviembre de 2013

Usted no alimenta nada en mí.

Cargando los recuerdos con que le bendice, o maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta. Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró jamás de sus motivos.

Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín. No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso, necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de abrazos condensados en uno.

Por un segundo no hay llanto ni pena, solo silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz, imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez, el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.


Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó: Usted no alimenta nada en mí. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

El diario de un “no correspondido”


Soy de esos amigos que nunca están presentes en los buenos momentos, de los que se reservan para las hospitalizaciones, funerales, accidentes, urgencias y matrimonios. Usualmente hago parte de las tragedias de la vida de la gente por elección, porque me traumatizaron los letreros de tienda que recordaban una y mil veces que los verdaderos amigos estaban en las malas. Sí, la mayoría de las veces es mi decisión llorar con la gente en lugar de celebrar y otras tantas es porque debo llevar encima una especie de maldición que hace que me encuentre con la gente en los peores momentos de su vida. La misma maldición, tal vez, que hace que camine sin mirar el piso y de vez en cuando pise algún desecho orgánico, algún mojón que no encontró baño o que no tuvo dueño que lo embolsara. Siempre el proceso de limpieza es el mismo. Siempre me resulta asqueroso. Siempre maldigo y trato de ignorarlo, siempre, menos ayer. Un paso en falso, o más bien, en blando, hizo que por poco acabara con la vida de mi mejor amigo. Era casi imposible reconocerlo porque nunca lo vi tan menguado, tan marrón, tan maloliente. Como dije, di un mal paso y lo aplasté, el grito fue ensordecedor y terrorífico, me detuve a mirar qué había sido y ahí estaba él entre habichuelas y granos de mazorca sin digerir. Lo último que supe era que estaba enamorado, que se había alejado de todos por culpa de su nuevo gran amor, también sabía que ella no lo trataba muy bien que digamos, pero nunca pensé que se acostumbrara tanto a su maltrato que terminara convertido en lo que siempre fue su modelo de comparación.

Cómo me dolió el alma al verlo así, ya no había sonrisa en su rosto ni brillo en sus ojos. Ya no había perfume costoso, excepto el del alto precio que pagó por terminar en esta condición. Me senté en el piso a hablarle y en ese momento comenzó a llover, era su final. Las gotas empezaron a caer, a deshacer su cuerpo y se dejó entrever un rollito de papel. Por respeto esperé que la lluvia terminara de revelarlo y lo tomé. Tenía una letra casi infantil, más bien inmadura, pero llena de sentimiento. Me tomo el atrevimiento de transcribir lo que ahí decía para que sirva de ejemplo, pero sobre todo, de consuelo para los que han pasado, pasan y pasarán por lo mismo:

Día 1.
Nunca he llevado un diario en mi vida y no sé cómo debería escribirlo. Hoy conocí a la mujer más hermosa del mundo. Sus ojos tienen una magia irresistible. Creo que cupido me flechó. No sé cómo se llama, sólo la vi de lejos y no sé si algún día pueda hablarle.

Día 4
Me sigo sintiendo extraño de escribir esto pero no quiero olvidar ni un solo segundo de lo que pasa con ella. Hoy me sorprendió mientras la miraba, casi me muero de nervios. Es más hermosa de lo que recordaba. La última vez que la vi no había notado que su piel fuera tan hermosa, tan blanca, tan suave.

Día 8
Creo que me estoy enamorando. Cuando sonríe es como estar en el paraíso. Sus ojos tienen el color de todos los colores. Todavía no le hablo pero me basta verla de lejos para que mi mundo sea más que perfecto.

Día 12
Estoy planeando interceptarla y hablarle, preguntarle cómo se llama y si no me muero del susto hasta la invito a salir. Hasta ahora nunca la he sorprendido mirándome, ojalá sea un descuido de mi parte y nada más.
Día 16
Hoy coincidimos en tiempo y en espacio y hablamos. Me sentía en las nubes cuando pronunciaba mi nombre, quería que lo repitiera un millón de veces. Nos agregamos a las redes sociales e intercambiamos PIN, ahora sí se me están dando las cosas.

Día 32
No he dormido muy bien los últimos días, pero por ella. Hablamos hasta la madrugada, compartimos tantos gustos que estoy convencido que somos el uno para la otro. Estoy pensando en pedirle que seamos algo más porque voy por buen camino.

Día 45
Hoy salimos por primera vez. Estuvimos en un café. Nos tomamos unas cervezas y hablamos mil horas. La despedida fue lo mejor, lo robé un beso.

Día 64
Ya no hablamos tanto como antes, es que está muy ocupada con las cosas de la universidad. Espero que podamos volver a salir algún día, no quiero creer que estoy metido en un video solo.

Día 128
La invité a salir mañana y me dijo que sí, voy a comprar una camisa, me voy a afeitar y vamos a comernos un helado. Es un poco inocente el plan pero hay que ir despacio. Creo que mejor no le digo nada de lo que había pensado, esperaré un poco más y ahora sí tantearé el terreno con ella.

Día 130
Creo que se me derrumbó todo lo que había pensado. Me canceló la salida porque tenía que cuadrar una exposición para la universidad. Casualmente la vi comiendo helado con un tipo en el centro comercial. Debe ser una exposición sobre la composición molecular de los helados, ella jamás me mentiría.

Día 150
Ya nada es lo mismo, excepto lo que siento por ella. Le escribo al PIN, lo revisa y no contesta. Me ignora y me hace saberlo. Esto se está volviendo una tortura. Creo que no le voy a volver a hablar. No voy a hacer el ridículo. Debo ser fuerte y hacerme desear.

Día 150-2
No me aguanté y le hablé, me respondió como si no me conociera. Creo que llegué al final de mi esperanza.

Día 151
Me habló porque necesitaba un favor. No hay más novedades, solo indiferencia.

Día 170
No hay novedad qué reportar, excepto que solo pone estados de amor, que obviamente no son para mí. Eso y más indiferencia.

Día 199

He perdido mi tiempo, mis amigos, mi vida. Por mucho que trato de calmarme es muy difícil pasar el Niagara en bicicleta. Dónde quedaron nuestras conversaciones, nuestro tiempo, nuestros mensajes. Qué fue de lo que nos dijimos. Yo que creí, que pensé, que soñé. Ya nada queda, ni siquiera más de su indiferencia. Gasté todos los suspiros que tenía en ella. Qué ciego fui por escoger a quien no correspondió. Hoy ya no soy yo, solo el triste desecho de un amor mal digerido y el vivo reflejo de lo que lo que nada vale. Me convertí en las mismas tres tiras de lo poco que le importaba y lo que parecía iba a ser el mejor recordatorio del mundo, se volvió en mi contra como un constante aguijón de lo que pudo ser y no fue. Este maldito diario será mi tormento, mi desgracia y mi ruina. Este diario, siempre será igual a los diarios de los que no serán correspondidos.