Cargando los recuerdos con que le bendice, o
maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su
casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el
llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el
camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y
el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta.
Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que
lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de
sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la
prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió
lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el
dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró
jamás de sus motivos.
Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín.
No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza
de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es
la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada
mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la
soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y
el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con
escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban
por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra
las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que
le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo
imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso,
necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de
abrazos condensados en uno.
Por un segundo no hay llanto ni pena, solo
silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz,
imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos
diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza
contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una
inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa
daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado
baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez,
el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con
materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales
de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene
de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un
puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa
sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre
el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida
mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el
corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.
Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece
la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus
misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las
cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden
cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira
profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta
el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita
terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le
quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es
fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto
indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está
tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra
cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos
y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o
se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al
cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto
por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres
cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no
latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de
tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su
ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en
la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven
anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz
imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz
frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó:
Usted no alimenta nada en mí.