martes, 26 de noviembre de 2013

Usted no alimenta nada en mí.

Cargando los recuerdos con que le bendice, o maldice, su buena memoria termina de abrir el profundo hoyo en el jardín de su casa. Se toma un segundo para secar el sudor de su rostro que se confunde con el llanto en una uniforme secreción salina que sin darse cuenta resulta el camuflaje perfecto para su agonía. Unas gotas de lluvia caen sobre su hombro y el joven anciano sabe que no le queda mucho tiempo antes que caiga la tormenta. Palmo a palmo detalla los rincones de la vieja casa que lo vio esconderse, que lo vio escribir, que lo vio sufrir. Hogar de su incertidumbre y residencia de sus fantasías imposibles. Esas viejas paredes de barro prensado fueron la prisión de los sueños que jamás alcanzó, la guarida secreta en la que escondió lo que realmente sentía, el aislamiento perfecto para que nadie escuchara el dolor que desgarraba su alma. Gruesas además, tan gruesas, que nadie se enteró jamás de sus motivos.

Arrastra un viejo baúl desde su cuarto al jardín. No sabe qué pesa más, el baúl o sus recuerdos. Cada paso es la tortuosa remembranza de sus cartas, de sus ojos, de su piel, de su voz. Qué maldición tan grande es la buena memoria porque jamás hablaron lo suficiente pero se despertaba cada mañana con un “buenos días” imaginario que parecía retumbar en el eco de la soledad; nunca se vieron lo suficiente pero pintó mil veces su delicada piel y el brillo sus ojos sobre los trozos de papel, los pintaba con palabras, con escritos, con poemas, los pintaba y los manchaba con gotas salubres que rodaban por sus mejillas; nunca se escribieron los suficiente pero revive letra a letra las tres dagas que atravesaron su pecho acabando con la esperanza, la poca que le quedaba. Típico de un joven anciano que vive en las memorias de lo imposible. Se detiene en el pasillo y se tira al piso, necesita un descanso, necesita aire. La presión en su pecho es tan fuerte como la de un millón de abrazos condensados en uno.

Por un segundo no hay llanto ni pena, solo silencio, silencio absoluto, abrumador e infinito. Solo hay quietud y una voz, imaginaria, que aliada con el eco se repite una y otra vez en ciclos infinitos diciendo: No sé por qué pierde su valioso tiempo conmigo. Golpea su cabeza contra el suelo tratando de ocasionar una amnesia permanente, al menos, una inconciencia momentánea que le alivie el daño que le causa el frío acero de esa daga en el centro de su pecho. Se arrastra con una mano y con la otra lleva el pesado baúl, el camino hacia el jardín se hace eterno, pero motor y martirio a la vez, el dolor hace que siga su marcha. Llega a un descuidado zaguán decorado con materas y flores muertas, donde pasó tantas horas planeando hacer de los días especiales de ella, días inolvidables. El joven anciano se agarra la cabeza y se sostiene de una columna de madera gastada y astillada como él. Se pone de pie, recoge un puñal que tiene sobre un mesón y lo guarda en la pretina del pantalón. Descansa sobre un taburete de madera verde y piel de chivo que tiene y con un pie abre el baúl. Como un grito espantoso se pierde entre las montañas la segunda herida mortal que bien leída, jamás escuchada y perfectamente imaginada atraviesa el corazón del joven anciano: Quiero hacer la cosas bien, necesito alejarme.


Qué clase de ser repugnante podría ser él que entorpece la bondad de un ángel, que acaba con la deidad de su diosa y repele sus misterios convirtiéndola en una fría daga. Abre los ojos y revisa que las cartas del baúl estén completas. Cada paquete de sobres es puesto en orden cronológico desde el coqueto e inocente hasta el más frío y asesino. Suspira profundo y se levanta, trata de recomponerse para dar los últimos pasos hasta el hoyo en el jardín. La decisión de enterrarlo todo está tomada, necesita terminar con su sufrimiento. Tira el baúl al piso con las pocas fuerzas que le quedan y saca de su pretina el puñal que había recogido de la mesa. Nunca es fácil decir adiós al pasado, menos cuando se sella con sangre como un pacto indeleble que le impida regresar a él. Su corazón intenta acelerarse pero está tan herido y lastimado que apenas si lo siente. Pero la respiración es otra cosa, respira al doble de lo normal mientras siente cómo se adormecen sus manos y poco a poco deja de sentir la punta de sus dedos. No puede dar más alargues o se va a arrepentir. De frente al baúl y de espalda al hoyo levanta las manos al cielo empuñando el arma y atraviesa su pecho con ella. En un desesperado gesto por olvidar todo trata de arrancar su corazón con la mano, un corazón con tres cortes profundos que atraviesan aurículas y ventrículos, un corazón que ya no latía desde hace tiempo. Arranca lo que queda de ella en él y se lamenta de tener que arrancarlo todo, porque eso tenía el joven anciano impregnado en su ser de ella, todo. Lo tira en el baúl y se deja caer sin más. Un golpe seco en la tierra de un cuerpo que agoniza es todo lo que se puede oír. El joven anciano ve pasar su vida entera frente a él con la musicalización de una voz imaginaria que le recuerda la verdadera herida que lo mató, la tercera eficaz frase que bien leyó, jamás escuchó de su boca pero que perfectamente le asesinó: Usted no alimenta nada en mí. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

El diario de un “no correspondido”


Soy de esos amigos que nunca están presentes en los buenos momentos, de los que se reservan para las hospitalizaciones, funerales, accidentes, urgencias y matrimonios. Usualmente hago parte de las tragedias de la vida de la gente por elección, porque me traumatizaron los letreros de tienda que recordaban una y mil veces que los verdaderos amigos estaban en las malas. Sí, la mayoría de las veces es mi decisión llorar con la gente en lugar de celebrar y otras tantas es porque debo llevar encima una especie de maldición que hace que me encuentre con la gente en los peores momentos de su vida. La misma maldición, tal vez, que hace que camine sin mirar el piso y de vez en cuando pise algún desecho orgánico, algún mojón que no encontró baño o que no tuvo dueño que lo embolsara. Siempre el proceso de limpieza es el mismo. Siempre me resulta asqueroso. Siempre maldigo y trato de ignorarlo, siempre, menos ayer. Un paso en falso, o más bien, en blando, hizo que por poco acabara con la vida de mi mejor amigo. Era casi imposible reconocerlo porque nunca lo vi tan menguado, tan marrón, tan maloliente. Como dije, di un mal paso y lo aplasté, el grito fue ensordecedor y terrorífico, me detuve a mirar qué había sido y ahí estaba él entre habichuelas y granos de mazorca sin digerir. Lo último que supe era que estaba enamorado, que se había alejado de todos por culpa de su nuevo gran amor, también sabía que ella no lo trataba muy bien que digamos, pero nunca pensé que se acostumbrara tanto a su maltrato que terminara convertido en lo que siempre fue su modelo de comparación.

Cómo me dolió el alma al verlo así, ya no había sonrisa en su rosto ni brillo en sus ojos. Ya no había perfume costoso, excepto el del alto precio que pagó por terminar en esta condición. Me senté en el piso a hablarle y en ese momento comenzó a llover, era su final. Las gotas empezaron a caer, a deshacer su cuerpo y se dejó entrever un rollito de papel. Por respeto esperé que la lluvia terminara de revelarlo y lo tomé. Tenía una letra casi infantil, más bien inmadura, pero llena de sentimiento. Me tomo el atrevimiento de transcribir lo que ahí decía para que sirva de ejemplo, pero sobre todo, de consuelo para los que han pasado, pasan y pasarán por lo mismo:

Día 1.
Nunca he llevado un diario en mi vida y no sé cómo debería escribirlo. Hoy conocí a la mujer más hermosa del mundo. Sus ojos tienen una magia irresistible. Creo que cupido me flechó. No sé cómo se llama, sólo la vi de lejos y no sé si algún día pueda hablarle.

Día 4
Me sigo sintiendo extraño de escribir esto pero no quiero olvidar ni un solo segundo de lo que pasa con ella. Hoy me sorprendió mientras la miraba, casi me muero de nervios. Es más hermosa de lo que recordaba. La última vez que la vi no había notado que su piel fuera tan hermosa, tan blanca, tan suave.

Día 8
Creo que me estoy enamorando. Cuando sonríe es como estar en el paraíso. Sus ojos tienen el color de todos los colores. Todavía no le hablo pero me basta verla de lejos para que mi mundo sea más que perfecto.

Día 12
Estoy planeando interceptarla y hablarle, preguntarle cómo se llama y si no me muero del susto hasta la invito a salir. Hasta ahora nunca la he sorprendido mirándome, ojalá sea un descuido de mi parte y nada más.
Día 16
Hoy coincidimos en tiempo y en espacio y hablamos. Me sentía en las nubes cuando pronunciaba mi nombre, quería que lo repitiera un millón de veces. Nos agregamos a las redes sociales e intercambiamos PIN, ahora sí se me están dando las cosas.

Día 32
No he dormido muy bien los últimos días, pero por ella. Hablamos hasta la madrugada, compartimos tantos gustos que estoy convencido que somos el uno para la otro. Estoy pensando en pedirle que seamos algo más porque voy por buen camino.

Día 45
Hoy salimos por primera vez. Estuvimos en un café. Nos tomamos unas cervezas y hablamos mil horas. La despedida fue lo mejor, lo robé un beso.

Día 64
Ya no hablamos tanto como antes, es que está muy ocupada con las cosas de la universidad. Espero que podamos volver a salir algún día, no quiero creer que estoy metido en un video solo.

Día 128
La invité a salir mañana y me dijo que sí, voy a comprar una camisa, me voy a afeitar y vamos a comernos un helado. Es un poco inocente el plan pero hay que ir despacio. Creo que mejor no le digo nada de lo que había pensado, esperaré un poco más y ahora sí tantearé el terreno con ella.

Día 130
Creo que se me derrumbó todo lo que había pensado. Me canceló la salida porque tenía que cuadrar una exposición para la universidad. Casualmente la vi comiendo helado con un tipo en el centro comercial. Debe ser una exposición sobre la composición molecular de los helados, ella jamás me mentiría.

Día 150
Ya nada es lo mismo, excepto lo que siento por ella. Le escribo al PIN, lo revisa y no contesta. Me ignora y me hace saberlo. Esto se está volviendo una tortura. Creo que no le voy a volver a hablar. No voy a hacer el ridículo. Debo ser fuerte y hacerme desear.

Día 150-2
No me aguanté y le hablé, me respondió como si no me conociera. Creo que llegué al final de mi esperanza.

Día 151
Me habló porque necesitaba un favor. No hay más novedades, solo indiferencia.

Día 170
No hay novedad qué reportar, excepto que solo pone estados de amor, que obviamente no son para mí. Eso y más indiferencia.

Día 199

He perdido mi tiempo, mis amigos, mi vida. Por mucho que trato de calmarme es muy difícil pasar el Niagara en bicicleta. Dónde quedaron nuestras conversaciones, nuestro tiempo, nuestros mensajes. Qué fue de lo que nos dijimos. Yo que creí, que pensé, que soñé. Ya nada queda, ni siquiera más de su indiferencia. Gasté todos los suspiros que tenía en ella. Qué ciego fui por escoger a quien no correspondió. Hoy ya no soy yo, solo el triste desecho de un amor mal digerido y el vivo reflejo de lo que lo que nada vale. Me convertí en las mismas tres tiras de lo poco que le importaba y lo que parecía iba a ser el mejor recordatorio del mundo, se volvió en mi contra como un constante aguijón de lo que pudo ser y no fue. Este maldito diario será mi tormento, mi desgracia y mi ruina. Este diario, siempre será igual a los diarios de los que no serán correspondidos.

martes, 5 de noviembre de 2013

Oda a tu mejor amiga

Tú, que curvilínea despiertas los más profundos deseos,
que asesina y dulce tanto me provocas,
que me haces creer que muchas veces han sido pocas,
te pareces tanto a ella y, aunque no es tan bella,
termino refugiado en su boca.

Refugio sombrío, oscuro como su alma,
Escondite perfecto de su lóbrega crueldad,
Que tras una piel de cristal su veneno aguarda.
Te pareces tanto a ella y no tengo escapatoria
Más que perderme y ahogarme en su aroma.

Trágica ausencia, como estipendio miserable por toda mi bondad,
Recibo con indolencia de tu cicatero corazón.
Por eso la tengo a ella que disimula mi impaciencia y todas mis carencias.
Te pareces tanto a ella y aunque por mucho duela en la garganta,
No logro detener mis ganas de tenerla.

No las logro detener como no consigo contener el llanto cuando sucede.
No se detiene como no puedo detenerte para que te quedes.
No se hace eterno el tiempo por mucho que lo sueñe.
No logro disimular el dolor que me consume.
No se puede y no quiero.

Te pareces tanto a ella y aunque no es tan bella termino refugiado en su boca.
Esa boca que poco a poco me provoca y hace que me esconda en ella.
Porque nada oculta mejor el llanto que el mismo llanto
Que después de saciarme provoca en mis ojos,

Tu mejor amiga la Coca-Cola

lunes, 28 de octubre de 2013

Un monumento a mi memoria

No me he terminado de ir y siento que ya te extraño. Qué trágicas son las despedidas forzadas, qué trágicas son las muy viles. Resulta reconfortante verte con lágrimas en los ojos, al menos me hace creer que sientes el mismo dolor y que no quieres que me vaya. Pero, ¿quién más debe pagar las consecuencias de mis actos sino yo mismo? Así que empaco la maleta con la poca dignidad que me queda y todos los recuerdos de lo que viví contigo. No necesito ropa para donde voy, no necesito más que la fuerza del amor que algún día nos tuvimos, por eso mi maleta está atiborrada de ti, de tus cosas, de lo intangible, de lo que me va a alentar en la soledad, en la oscuridad. No me quiero ir y eso hace que con cada recuerdo que guarde en la maleta un pedazo de mi corazón quedé tirado, tal vez por eso recorro cada rincón de nuestra casa, para que no exista un solo lugar que no te haga pensarme, que no te haga extrañarme; lo recorro también para recoger tu aroma, para impregnarme de él.


 Deberías detener el llanto por un instante, no solo el tuyo, el mío si puedes, también. Acompáñame a la puerta para un último abrazo, se sienten tan bien que parecen mágicos. Qué mal que nunca lo haya notado, qué mal que como todo en la vida se valora cuando se pierde. Dame la mano y desfilemos por este matadero de ilusiones que se disfraza de pasillo; dame la mano la última vez y apriétala con fuerza hasta que me duelan los dedos, porque necesito confirmar que esto es real, que me debo acostumbrar, que mi peor pesadilla se hizo realidad. Qué disparate tan grande el de los dioses que se confabulan en contra nuestra para separarnos, ojalá el sempiterno y perfecto tenga por bien unirnos más adelante, cuando estemos listos para la eternidad. Tratemos de sonreír, tratemos de ignorar lo que pasa, igual, con lágrimas aunque del alma sean, nada vamos a remediar.

 Todo de mí se queda aunque me vaya, todo, menos yo. Todo reposará en el aire menos mi presencia y mis preguntas; preguntas idiotas que no buscan la verdad, que no buscan conciliar, que buscan la respuesta indicada que calmen mi dolor. Todo me llevo de ti con mi partida, todo, menos a ti. Todo irá embebido en mi piel menos tú y tus disparates. Lo bueno y lo malo, porque como a los mejores postres hay que ponerle sal para que el dulce resalte, necesito del paquete completo para estar seguro que no es el idilio perenne de mis fantasías, que muy por el contrario la realidad de mis días se acompaña de un pequeño monumento que erigiré a la memoria de tu recuerdo. No para idolatrarte, no para castigarme y torturarme. Para recordarte como lo mejor de mi vida.


 Recordarte y que me recuerdes, que alces la bandera de mi trabajo en tu corazón, porque nunca trabajé para mí mismo, nunca quise hacerte un clon, nunca quise que pensaras como yo. Todo lo que dije, todo lo que luché fue para verte libre. Que no tiemblen tus cimientos ahora, que no flaquee tu carácter. Estaré lejos pero no muerto, estaré ausente pero no distante, porque siempre que hagas las cosas al derecho sabré que estarás pensando en mí. Porque siempre que sonrías, que ames con locura, que des sin esperar a cambio; cuando vea que sigues con los pies en la tierra y que no has empezado a levitar con estupideces; porque siempre que me entere que no te dejas llevar, que te actualizas con cada avance; cuando descubras una porción del basto universo del conocimiento, sabré que mi recuerdo sigue haciendo de las suyas. Porque siempre que oiga que estás mejor, sabré que ese es el monumento a mi memoria.

jueves, 24 de octubre de 2013

Ese tipo de tipos igual a todos los tipos.

Soy de ese tipo de tipos que mantiene la esperanza hasta el final, en secreto, en lo profundo del corazón, seguramente porque aparenta ser de ese tipo de tipos que ven el vaso medio vacío. Soy de ese tipo de tipos, como la mayoría de tipos, que juega a parecer duro. De ese tipo de tipos que vive en un mundo análogo, imaginario, absurdamente infinito, absurdamente imposible. Un tipo, de ese tipo de tipos, que construye su fantasía cada mañana, porque como suele suceder los mundos imaginarios colapsan ante la cruel y fatal realidad que los condena a no existir. Esos mundos que deberían ser, al menos, mundos paralelos que nos den el consuelo de saber, que en lo intocable de nuestros destinos, esos otros “Yo” la están pasando bien. Universos que se conectan tanto como para guardar en sí mismos la complicidad de un beso furtivo. Que guarden secretos profundos, tan profundos que no deben ser callados porque al final, envueltos en el absurdo, terminan por contarlo a gritos a los cuatro vientos. Soy de ese tipo de tipos que cree que hay mundos en los que hasta un parqueadero guarda el secreto de un romance prohibido, que los arboles dan sombra a la luz de la luna y que los animales son representaciones vivientes de nuestros sueños, tal vez hasta de nuestros nombres.

No estoy sujeto al prototipo al que se sujetan esos sujetos indolentes y altivos, verdugos de sí mismos, asesinos de sus propios sueños y mártires a su vez de su propia estupidez. No con esto quiero decir que soy un sujeto que no se sujeta a cierto tipo de prototipos que me hagan del tipo de muchos tipos. Solo digo que un sujeto que no sujeta su geta, no es del tipo de tipos que encajan en arquetipos, porque no la sujeta por dejarla libre, sino por pensar libre. Es ahí mismo donde el problema nace y la tortura yace. Pensar libre para luego existir libre, vivir libre y morir cautivo. Porque siempre muere cautivo el que pensó que por pensar libre jamás le romperían el corazón. Ese soy yo. Un tipo de esos tipos que jura no estar sujeto al estilo de los sujetos que se confunden con el montón, pero que carente de excelencia termina esclavo de un perpetuo camuflaje de apariencias vanas. Libre de hablar, mientras hable de corazón. Esclavo de lo que dice, como esclavo es quien habla guiado por el corazón. No estoy sujeto a ese prototipo al que se sujetan ciertos sujetos, porque no hay nada extraordinario en ellos. No lo hay en ellos y no lo hay en mí. Simplemente soy diferente por la compleja contradicción que en mí mismo represento, cautivo de mi libertad y real en la ilusión de mi imaginación.

Siempre contradictorio y siempre fiel al prototipo de tipos como yo, termino odiando en quien me convierto. Porque soy de ese tipo de tipos, que de entre tantos tipos de tipos, escogió ser del tipo pusilánime y procrastinado. De los que juran que, el no que sale de sus bocas, será el definitivo. De los que creen que proponerse no llamar, no escribir, no buscar, es en definitiva la certeza del absoluto cumplimiento de su afirmación, sin saber que en el fondo se oculta la perversa necesidad de ser contario a ella y morir lento hasta terminar llamando, escribiendo y buscando. Siempre he querido ser del tipo de tipos que dicen no más con la tranquilidad que genera concluir un episodio. Siempre he querido ser un sujeto, sujeto al estilo de los sujetos que erguidos y con la frente en alto van por la vida sin recuerdos tormentosos. Pero maldita sea la suerte que se burla de mí, que me ve pasar errante como ese tipo de tipos incapaces de olvidar, que cotillea con suertes ajenas, mejores que ella, nutriéndose de mi soledad. Soy de ese tipo de tipos que al final resulta no ser de ningún tipo. Soy de esos sujetos que no se sujetan al estilo de muchos sujetos, pero que indiscutiblemente anda siendo ese tipo de tipos igual a todos los tipos.

martes, 15 de octubre de 2013

Moriré solo, moriré sin mi media naranja.

Dicen las abuelas que es como un baldado de agua fría, como un corrientazo que recorre el cuerpo de la cabeza a los pies derechito por la espalda. Jamás había tenido en mi vida esta absurda sensación. Jamás me había sentido tan incompleto y desesperado. Miro la hora y me doy cuenta que el tiempo ha pasado, que no se detiene, que castiga sin piedad. Miro la hora, me miro al espejo y noto que no soy el mismo, que no debería ser el mismo, que ya es hora de hacer las cosas bien y al derecho. Disparejo he salido muchas veces, incompleto muchas otras. He desperdiciado mi vida combinando inútilmente compañías, para no sentirme desnudo. Para no sentir el frío de andar en mis propios zapatos. Siempre ocultando mis falencias, siempre disimulando los vacíos, siempre, y no nunca, mitigando la esperanza de tenerte.

Te busco en vano en los rincones de mi casa. Los pasillos se hacen túneles y los cuartos celdas. Las ventanas decoradas con floridos barrotes me recuerdan que no tengo escapatoria, que debo encontrarte, que debo sosegarme con tu compañía. Entonces recuerdo la última vez que te vi, la última vez que te tuve. Trato de pisar tus pisadas, de recorrer tus recorridos, pero infructuoso es mi esfuerzo y en vano guardo la esperanza de tenerte. Me doy cuenta que no hay mal más cierto que la incertidumbre de tenerte siempre a mi lado.

Cuánto ansío sentirte, cuánto anhelo que me envuelvas, que me abrigues, que te quedes. Tal vez deba luchar con el desorden de mi mundo, para no perderte más en él. Vas y vuelves como la lluvia, que a veces refresca y a veces inunda. Qué angustia insoportable saber que de todas eres una y ninguna de todas las que aparecen. Tal vez estoy ciego y he pasado por tu lado. Te busco en el ropero, en las gavetas y en la cesta con la ilusión de que tan solo estés jugando conmigo, un juego infantil de los que te gustan.

Pasmado por el cruel escenario voy perdiendo el corazón, voy perdiendo los motivos para seguir creyendo. Desconcertado y aturdido por la angustia pierdo la razón de a pocos y empiezo a tirar las puertas. Golpeo las paredes buscando aminorar el dolor de mi alma, que no es más que la eterna mácula, de la profunda herida que dejó tu tormentosa ausencia. Me empiezan a temblar los pies, solo Dios sabe el dolor y las lesiones que me va a causar que no estés. Angustioso reviso por última vez tu espacio, pero no estás. Qué te has hecho princesa adorada, dónde te metiste guardiana de mis senderos. 

Tu abandono acabó con la sonrisa que me quedaba, que a decir verdad, no era más que un dibujo en mi piel con lápiz para ojos porque desde hace mucho no tenía razones para sonreír. No es fácil vivir con ese fatal destino. Destino que es como una maldición en mi casa, todos estamos sentenciados a estar incompletos, estamos reservados a las malas uniones como si fuera el castigo divino del caos en el que vivimos. No es fácil vivir así, con ese peso encima. Me tocó, como casi siempre, con una de una y otra de otra. Ocultar con la máxima discreción que no me combinan las medias, que moriré solo, que moriré sin mi media naranja.

miércoles, 9 de octubre de 2013

No le encuentro el gusto a la cerveza

He pasado toda la vida cuidando mi hígado, mi páncreas, mi corazón y mi estómago. Con esos antecedentes genéticos no puedo darme el lujo de andar desperdiciando células a diestra y siniestra, uno nunca sabe cuándo vaya a necesitarlas en serio. Mi cuadriculada vida ha sido siempre igual, monótona como eso, como una cuadrícula. Entre medicamentos, dietas y religión, he pasado escondido los últimos 26 años de mi amarga existencia absteniéndome de las mieles de algunas comidas y muchos vicios placenteros (como el sexo y esas cosas malas). Me he dedicado a escuchar las aventuras de mis amigos y la descripción de sus gustos culposos. Digamos que en materia de comidas no ha sido mucho lo que no he probado, si peco en algo es en ser demasiado glotón, pero en cuanto a bebidas se refiere soy un ignorante total. Cada vez que voy a un café termino por pedir algún coctel de colegiala con muchas frutas y colores. Pero no más. Me cansé de que el mesero le sirva el coctel a mi acompañante y ponga cara de asombro cuando deba advertirle que no es para ella sino para mí. Hoy, he decidido hacerles caso omiso a todas las advertencias médicas y obedecer a mi naturaleza masculina que dicta que todo macho de pelo en pecho y espuma al orinar debe ser buen bebedor.

Majestuosas y premiadas existen en mi país. Rubias, morenas, rojas, ligeras, nacionales e importadas, de todo tipo y variedad, la reina de las bebidas se presenta burbujeante y seductora para hacerse desear por los pobres e inocentes bebedores. Me rindo ante la tentación en un bar cualquiera de un parque cualquiera. Un bar de esos que con el nombre hacen temblar la billetera porque en la carta las bebidas nacionales valen lo de las importadas y las importadas valen lo que vale importarlas, exportarlas y de nuevo importarlas. Me siento cerca de la barra para ahorrarle la fatiga al mesero y acabar con mis ahorros, es que tengo pensado probarlas todas. Empiezo con una ligera nacional. El primer sorbo es más amargo de lo que imaginaba, no me gusta para nada. No sé cómo hacen para tomar y tomar de esto sin hacer mala cara, tenía otra idea en mi cabeza. El segundo sorbo baja más suave. Sabe mucho mejor. Es burbujeante, espumosa y está muy helada. Tomo un tercer sorbo, pequeño, lo saboreo y lo trago. Me desaparece la sed es una bebida mágica, sin duda alguna los egipcios son unos genios por haberla inventado. Sin darme cuenta la termino y parece que al final sabe a gloria. La segunda en la mesa es una rubia nacional, no es nada especial. Es bastante más amarga, el mesero tenía razón con eso. No supe en cuántos sorbos la terminé pero estaba como buena, aunque no tanto. Me urge una tercera para seguir probando porque no me convence mucho y el mesero se acerca con otra rubia extrafina nacional. Tiene mucho sentido eso de que las cosas buenas toman su tiempo. No sé mucho de bebidas como lo dije pero esta se siente más añeja que las demás.

De la misma casa una morena y quisiera poder decirles a qué sabe pero me urge ir al baño. Qué afán me dio de la nada, siento que la vejiga se me va a estallar. Voy y vuelvo del baño en un santiamén y hay una roja en la mesa cuando regreso. Sabe diferente, como entre la ligera y la morena o la morena y la normal o más bien normalmente morena ligera. No sé si ya les dije pero la nena de la mesa de al lado está cada vez más linda. Viene el turno de las importadas. Una botella verde se asoma en la bandeja del mesero. Es muy curioso que no se le caiga si la mueve como tabla de surfear cazando ola. La pone sobre la mesa y ahora esta se mueve con ella. Le doy la mano al mesero porque ha sido un gran mesero, el mejor mesero del mundo, se merece una buena propina pero mejor le doy un abrazo que hijuepuyas (perdón con las señoritas). Esta de botella verde sabe a agua, no sé cómo. ni por qué pero baja en tres sorbos. Viene una alemana de botella oscura que se tambalea más que la anterior y la recibo con mucha alegría.
  
Qué música tan buena la de este sitio, qué ambiente, qué gente tan querida, que niñas tan lindas. Cómo los quiero a todos. Después de la anterior todas saben a agua. No les encuentro mucho el gusto por lo que me veo obligado a seguir probando. Si supieran cuánto los quiero, no dejen de leerme por favor que ustedes son los mejores lectores del mundo. Los amo porque son unos verracos, no se preocupen por mí que si esto se publica es que llegué vivo a la casa.

Belgas e inglesas se acomodan en mi mesa, como los machos de verdad. Parece que todos tienen ataque de risa. Todos menos mi billetera que empieza a sufrir por la cuenta. Pero no hay de qué preocuparse le digo yo, eso ahí miramos qué hacemos. Cantemos para alegrar el ambiente mejor. En estos chuzos no ponen ranchera o qué, que me pongan a “Chente” que esto se compone.

Quiero confesarles algo…

Tráiganme otra porque quiero confesarles algo desde el corazón, otra "monita" de esas…

¡Yo no quiero agua, yo quiero bebida! ¡¿Cuál chito?! Es que mi plata no vale que no puedo cantar o qué. Venga amigo yo estoy bien, perdón, de verdad perdóneme pero es que estoy triste, o bueno, no triste, estoy feliz, o bueno no feliz, estoy… balde. Páseme un balde que no me siento bien.

Qué le echaron a esto ustedes le echaron algo. Cómo que no sé tomar, yo sé tomar porque no me echo la cerveza encima ¿Que cómo me llamo, qué dónde vivo, que dónde estoy? Me va a dar trabajo o qué que esto parece una entrevista. Yo no necesito trabajo, yo necesito saber y quiero saber si me amas tú, jajajajajaja. No estoy borracho, no. Es que si el lobo de los tres cerditos se comió a caperucita y besó a la bella durmiente entonces qué pasó con los enanos de Blancanieves, a mí me devuelven la plata. Cómo que no entiende lo que digo, yo no hablo inglés, le estoy hablando un alemán claro. Yo pago esa pinche cuenta ¿cuánto es o qué, cuántas me tomé?


Ustedes sí es que son muy líchigos peleando por 8 cervezas. Mire no me gustó su chuzo mejor me largo y para que conste: no le encuentro el gusto a la cerveza.